Y ASÍ PASÓ / LA LUZ DE CARLOS GIMÉNEZ por Jairo Carthy / 27 de Septiembre de 2026


 

Hay anécdotas extrañas y mezquinas que quedan grabadas en la memoria. Ocurrió durante mi etapa de formación en la Escuela de Teatro, en el marco del III Festival Internacional de Teatro de Caracas, con el estreno de Las Lanzas Coloradas de Arturo Uslar Pietri, bajo la dirección del maestro Carlos Giménez.

 

La expectativa era enorme. Carlos había abierto el elenco a reconocidas figuras de la televisión, lo que sumaba un atractivo magnético para el público al reunir a las estrellas dramáticas del momento. La emoción se respiraba en el aire.

 

El estreno tendría lugar en el Teatro Municipal, una de las salas más majestuosas y de mayor aforo de Caracas de aquel entonces. Cuando llegué acompañado por algunos compañeros del Laboratorio Teatral Anna Julia Rojas, nos invadió un desconcierto absoluto: el lobby del teatro estaba desierto. Sin colas, sin bullicio, casi sin nadie. Nos preguntamos si nos habíamos equivocado de día o de hora, pero al mostrar nuestras credenciales del Festival, el portero nos confirmó que sí: era la noche del gran estreno.

 

Nos recibió una sala inmensa y sobrecogedora en su silencio, con sus balcones y su platea prácticamente vacíos. En ese ambiente enrarecido comenzó la función. El montaje era deslumbrante, cargado de efectos, con una escenografía espectacular de José Salas y un juego de luces y sombras donde la penumbra misma parecía actuar.

 

A los pocos minutos, la mezquindad hizo su entrada: pequeños grupos dispersos en la platea y los balcones comenzaron a boicotear la obra con risas despectivas, ruidos e interrupciones deliberadas. De pronto, uno de nuestros compañeros del Laboratorio - un prestigioso abogado, hombre maduro, tímido y apasionado por las artes escénicas -  se puso de pie. Con una voz firme y una impostación que jamás le habíamos escuchado, encaró al teatro entero:

-¿¡Qué carajo les pasa a todos!? ¡Qué falta de respeto para con los actores que están trabajando para nosotros! ¿Acaso alguno de ustedes ha dado algo o hecho algo por este montaje para que vengan a sabotearlo sin importar el daño que le hacen a la obra y al Festival?

 

No podíamos creer la valentía de nuestro amigo saliendo en defensa del escenario. En escena, la gran protagonista, Lupita Ferrer, le hizo una reverencia profunda y le envió un beso, gesto al que se sumó el aplauso conmovido de todo el elenco. Gracias a esa intervención digna, la función pudo llegar a su fin. Los saboteadores se retiraron en silencio y los pocos que quedábamos aplaudimos con el corazón encogido, entre la energía de la resistencia y el dolor de no comprender la ausencia del público.

 

Muchos años después comprendí la trama oculta: en aquel momento, Carlos Giménez era víctima de una feroz campaña de desprestigio promovida por la envidia y el prejuicio. Pero la templanza de Carlos aguantaba eso y más. Era un hombre de teatro integral que jamás se dejó intimidar. Aunque aquel amargo episodio lo llevó a un autoexilio temporal en España, su regreso fue glorioso: le demostró al mundo, con puestas en escena desbordantes de genio y originalidad, la inmensidad de su talento.

 

Décadas más tarde, en Ediciones Choroní, tuve el honor y el privilegio de asumir el diseño y la diagramación del libro ¡Bravo Carlos Giménez!. Sumergirme en sus páginas fue una aventura entrañable. Al diagramar los testimonios de artistas de todo el mundo que elogiaban su obra, sentí que lo conocía , quizás comprendiendo su legado con una cercanía muy especial.

 

Aquellos años 90 fueron oscuros y veloces. Las personas se marchaban de repente, en silencio, envueltas en la sombra de una "pandemia" que la sociedad ocultaba por prejuicio y que arrebató a tantos creadores extraordinarios cuando aún tenían un universo por entregar. Carlos Giménez, tristemente, no fue la excepción, dejando inconclusos proyectos deslumbrantes... en uno de los cuales el destino nos habría cruzado.

 

Ocurrió tras el estreno de Los juegos prohibidos de los Ángeles, de Manuel Caballero, dirigida por Rubén Rega, donde me correspondió el papel protagónico. Roberto Stopello, diseñador de iluminación de la obra, le había hablado de mi trabajo a Carlos, y el Maestro asistió a la función. Durante el brindis me felicitó con calidez y me hizo una pregunta que me dejó sin aliento: me propuso protagonizar y sumarme al Grupo Rajatabla para el montaje de El Mercader de Venecia de Shakespeare.

 

Acepté de inmediato, emocionado. Mi amado Germán Mendieta, actor pilar de Rajatabla, daba saltos de alegría imaginando que volveríamos a compartir tablas. Quedamos en reunirnos a la brevedad. Sin embargo, esa cita jamás llegó a concretarse. Durante la espera, la luz de ese ser maravilloso se fue extinguiendo lentamente.

 

Haber trabajado en las tablas bajo la dirección de Carlos Giménez habría sido una experiencia transformadora. Sin embargo, me queda la gratitud de haberme inmiscuido en su vida a través de las páginas de su libro, honrando a ese genio indomable.

 

Muchas cosas quedaron pendientes en mi carrera como actor; ese Mercader, sin duda, es una de las ausencias más queridas.

 

Y así pasó…

Jairo Carthy

 jcarthyc@gmail.com

 

 
 

 

 

 

Y ASÍ PASÓ / LA LUZ DE CARLOS GIMÉNEZ por Jairo Carthy / 27 de Septiembre de 2026

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