Una mañana, la puerta de mi oficina se abrió para dar paso a Isabel Palacios. Su presencia, siempre magnética, venía acompañada de un mandato irresistible
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-Toma, Jairo, me dijo, ofreciéndome dos boletos - estas entradas son para ti y tu papá. Tienes que ir a este concierto el domingo; dirijo a la Simón Bolívar. Sé bien que no eres un asiduo de las salas de conciertos, pero te lo aseguro: esta vez te va a fascinar. Esta obra tiene todos los ingredientes que sé que a ti te gustan.
Con esa introducción, rechazarla era sencillamente imposible. Le aseguré que asistiríamos y que mi papá estaría encantado. Durante años, él había cultivado una admiración ferviente por Isabel, tanto por la artista monumental como por la mujer carismática; ya le había realizado varias sesiones de fotos, cautivado siempre por su desenvoltura y ese poder natural ante la cámara.
Tomé las entradas en mis manos y leí: CARMINA BURANA de Carl Orff. Ese nombre se grabó en mi memoria para siempre, como la marca de un hecho trascendental a punto de ocurrir. Y así fue. La profecía de Isabel se cumplió con creces: no solo me gustó, sino que aquella obra me convirtió en un devoto instantáneo.
Formalmente, Carmina Burana se define como una cantata escénica que exige una orquesta titánica, una sección de percusión masiva capaz de sacudir los cimientos. En el frente vocal, requiere solistas de primera línea, un coro mixto de grandes dimensiones, un coro pequeño y un coro infantil. Es una arquitectura de sonido apabullante. Desde su estreno en Frankfurt en 1937, cada presentación alrededor del mundo ha sido un triunfo rotundo, pero lo que estaba por vivir superaba cualquier registro histórico.
Llegó el esperado domingo. Era a las once de la mañana y el escenario sería la emblemática Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, un coliseo con capacidad para 2.500 personas. Estábamos en una ubicación privilegiada. La sala se fue colmando, butaca tras butaca, hasta que no quedó un solo resquicio vacío. Había jóvenes de pie y sentados en las escaleras; era un lleno total, una marea humana vibrando en una espera eléctrica.
Entonces, comenzó el desfile en el inmenso escenario. Los tres coros participantes, el coro de niños, los solistas y, finalmente, la orquesta tomaron sus posiciones. El aire pesaba de tanta expectativa. Y por fin, hizo su entrada la Maestra Palacios. Vestida con un elegante traje de lino beige y el cabello recogido, lucía absolutamente imponente.
Un aplauso atronador rompió el silencio. Las luces se atenuaron lentamente, concentrándose en el podio. Y con los acordes rugientes de "O Fortuna!", esa maravilla indescriptible comenzó.
Recuerdo haberme hundido en mi butaca, apoyando el brazo en la rodilla, quedando petrificado hasta el final. Ver a Isabel dirigir era un espectáculo de pura energía vital. Blandía la batuta con magistral destreza, esculpiendo cada nota e infundiendo a la obra una emoción desbordada, un éxtasis y un poder visceral... porque Carmina Burana lo tiene todo. Este no es un tratado musical, sino el testimonio de quien fue testigo de un momento cumbre; un instante electrizante que, hasta la fecha, no se ha replicado en esa sala, a pesar de los grandes artistas que la han pisado.
El aria de la soprano fue pura hechicería. La interpretación del barítono, los niños, los coros... todo era perfecto. Pero la intervención de los percusionistas - el corazón pulsante y la fuerza dramática de la obra - fue un despliegue fuera de serie. De nuevo, el retorno de "O Fortuna!", ahora con una intensidad final demoledora, marcó la conclusión de la obra.
En ese instante, se desató la ovación más estruendosa que jamás haya presenciado. Todo el público se puso de pie, como obedeciendo a un resorte invisible, y el aplauso creció hasta convertirse en un delirio colectivo. La gente gritaba y vitoreaba. La Maestra Palacios era la artífice incuestionable de esa maravilla que nos había conmovido hasta la médula.
Mi papá, siempre meticuloso, sacó su reloj para medir el tiempo de esa ovación interminable: 14 minutos y medio. Era increíble. Isabel hizo saludar a todos: coros, solistas y miembros de la orquesta, mientras recibía esa avalancha de gratitud que parecía no tener fin. Un ramo de rosas y su batuta eran lo único que sostenía mientras se inclinaba una y otra vez ante un reconocimiento histórico.
Después de ese éxito memorable e inigualable al frente de la maravillosa Orquesta Sinfónica Simón Bolívar del Sistema, Isabel recibió contratos de otras orquestas, dirigiendo conciertos, operas, ballet y siendo la cabeza de muchos proyectos musicales.
Años más tarde, junto a la Camerata Barroca de Caracas, Isabel llevó de nuevo a escena esta majestuosa obra en su versión para dos pianos y percusión completa. Arnaldo Pizzolante y Carlos Urbaneja fueron los solistas pianistas y, junto al Coro de la Camerata Barroca, la Camerata Infantil y el extraordinario equipo de percusión de la Orquesta Simón Bolívar, repitieron el milagro. Hicimos dos funciones a sala llena ante un público que, insaciable, rogaba por más.
Quedó demostrado que hay encuentros que solo ocurren una vez en la vida, pero cuyo eco, como el de aquel primer golpe de timbal, resuena para siempre en quienes tuvimos la fortuna de estar allí.
Y así pasó…
Jairo Carthy
Jcarthyc@gmail.com
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