MI ENCUENTRO CON LOS GRANDES... por Jairo Carthy /. Caracas, 8 de Marzo de 2026

 


Y sin saberlo.  En mis primeros viajes a Nueva York, me movía el deseo de descubrir todo lo relacionado con el teatro y las artes escénicas. Mi ritual al llegar era infalible: lo primero era acudir a las taquillas de Broadway para comprar entradas para los musicales en cartelera.

 

Uno de los lugares que más anhelaba visitar era el Lincoln Center for the Performing Arts y, por supuesto, el Metropolitan Opera House. Tenía recomendaciones de personas importantes que me insistían en que no podía dejar de asistir. Al buscar entradas, me encontré con que todo estaba agotado para las fechas de mi estancia, excepto un lugar para la función de las dos de la tarde: una entrada "de pie". No entendía cómo funcionaba aquello, ¿pagar por estar de pie? Me sorprendió que, aun así, el lugar estuviera numerado. Aunque supuse que sería una entrada económica, no fue así. Aun con dudas, anoté en mi agenda la cita con la ópera que cambiaría mi percepción del arte: Aida, de Giuseppe Verdi.

 

Antes de irme, pasé por la taquilla del Avery Fisher Hall y compré una entrada para la Orquesta Filarmónica de Nueva York. En aquel entonces, no me importaba el repertorio ni el solista; como artista en formación, sabía que mi deber era presenciar a esos músicos de otro nivel.

 

Por fin llegó el día de AIDA. A pesar del frío invierno neoyorquino, la ocasión merecía vestirse con elegancia. Al entrar, quedé impactado: escaleras de mármol blanco que se cruzaban entre sí, una alfombra roja impoluta y lámparas majestuosas que parecían flotar en el aire. Más tarde supe que muchas eran de cristal de Swarovski entre otros, una donación del gobierno austríaco que simboliza el cosmos.

 

Pero el asombro no terminó en el vestíbulo. Al entrar a la sala, vi otras lámparas similares, pero estas se encontraban casi a ras del público en la platea. Una joven acomodadora me guio hasta mi lugar. Mi "puesto" era una especie de reclinatorio, pero diseñado para apoyar los brazos y disfrutar del espectáculo con comodidad a pesar de estar de pie.

 

De repente, las luces se atenuaron y las lámparas comenzaron a subir, ganando brillo mientras ascendían al ritmo de la obertura, como si danzaran con la orquesta. Fue un inicio sublime y totalmente novedoso para mí.

 

Describir la puesta en escena de AIDA me tomaría páginas enteras. La opulencia del antiguo Egipto estaba allí: cambios de escenografía impresionantes, la presencia de elefantes, camellos y caballos, y un vestuario e iluminación impecables.

 

El papel de Aida lo interpretaba una soprano de color con una voz prodigiosa. En mi ignorancia de aquel entonces sobre la ópera, llegué a pensar que usaba un micrófono oculto; me parecía imposible que su voz se proyectara con tal claridad por encima de un coro masivo y una orquesta completa. Su interpretación del aria "Ritorna vincitor" y la monumental Marcha Triunfal con la entrada de Radamés fueron momentos asombrosos. Salí del teatro cansado, pero con la satisfacción de haber visto una producción irrepetible.

 

Días después llegó el turno de la Filarmónica de Nueva York. Esta vez estaba sentado en el patio de butacas. Desde allí, veía perfectamente al director: un hombre de energía magnética. Parecía que de su batuta surgían hilos invisibles que movían a los músicos con una gestualidad precisa, logrando un sonido glorioso.

 

Cuando llegó el turno del solista, apareció un violoncellista. Debo confesar que el cello no era de mis instrumentos favoritos, hasta que lo escuché y lo vi a él. En el escenario, el músico y el instrumento parecían fusionarse en un solo ser. Su conexión emocional con el público era total; ponía el corazón en cada nota. Fue una experiencia única que me dejó profundamente agradecido.

 

Pasaron los años. Ya trabajando en la Ópera de Caracas, escuché a unas profesoras de canto hablar con vehemencia sobre las grandes divas de la historia. Una de ellas exclamó: - Para mí, la mejor Aida es la de Leontyne Price. ¡Qué voz, qué timbre! Ojalá hubiera podido verla en persona.

 

En ese momento, recordé a la soprano que me había deslumbrado en Nueva York. Al llegar a casa, busqué en mi biblioteca los programas de mano (Playbill) que siempre conservaba. Al abrir el del MET, allí estaba el nombre: Aida… Leontyne Price.

 

No podía creerlo. Había escuchado a la primera superestrella afroamericana del bel canto, una leyenda mundial que conquistó desde la Scala de Milán hasta el Metropolitan. Al día siguiente, regresé con mi programa de mano para relatarles cada detalle del montaje a las profesoras, quienes me escuchaban con asombro e interés.

 

Y, como seguramente sospechan, lo mismo ocurrió con el concierto de la Filarmónica. Al investigar con más conocimientos musicales, descubrí que aquel cellista que me conmovió era nada menos que Yo-Yo Ma, bajo la dirección del maestro Zubin Mehta. Dos gigantes de la música que, por un maravilloso azar del destino, pude disfrutar en mi juventud. Y no lo sabía.   ¡Qué tiempos aquellos!

 

Y así pasó…


Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 
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EL INVITADO 101 / por Jairo Carthy / Caracas 1 de Marzo de 2026

 

Al finalizar las funciones de Don Juan, de Guilherme Figueiredo - tanto en el Festival de Almagro como en la temporada del Teatro La Comedia de Madrid - , recibí una invitación de mi amiga Mariangelina Celis. Ella vivía en Bruselas, donde era Agregada Cultural de la Embajada de Venezuela; y además, había sido la productora de nuestra obra.  Estaba en Madrid, pues deseaba vernos en escena una vez más antes de que regresáramos a Caracas para una nueva temporada, y allí surge la invitación. 

 

Debido a la disponibilidad de vuelos, yo viajaría un sábado y ella llegaría el domingo. Mariangelina me aseguró que no habría problema: podría descansar en su casa y disfrutar de todas las comodidades mientras ella llegaba. Así lo hicimos. Salí muy temprano hacia el aeropuerto de Barajas a tomar el vuelo a Bruselas. Mi amiga ya había coordinado con el Encargado de Negocios de la Embajada, el Dr. Nelson Castellanos, para que me buscaran.  Él, con gran gentileza, insistió en ir personalmente al aeropuerto.

 

Llegué a Bruselas a las diez de la mañana. El Dr. Castellanos resultó ser un hombre joven, atento y muy simpático. De inmediato me pidió que lo tuteara. Mientras caminábamos hacia su auto - un BMW espectacular -, noté que el nivel de vida en ese país era altísimo; allí, ver un Mercedes Benz o un Lamborghini era lo cotidiano.

 

Camino a la ciudad, observé el paisaje y le pregunté:

 

- Nelson, ¿aquí la gente juega mucho al golf?

 

Él, sorprendido, me miró.  - ¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres jugar? Hay varios campos...

 

- No, no sé jugar, respondí. - Lo digo porque llevo rato viendo campos bellísimos, parecen alfombras.

 

Nelson soltó una carcajada: - No, Jairo. Esos no son campos de golf; son los parques públicos de Bruselas.

 

Ese fue el inicio de un día inolvidable. Cruzamos puentes de piedra sobre lagos perfectos, donde nadaban cisnes blancos y patos salvajes. Me sentía dentro de una tarjeta de Hallmark  o en un libro de cuentos de hadas.

 

Fuimos a desayunar a una cafetería para probar la exquisita pastelería belga. Nelson me contó que su pasión era la equitación y que tenía varios caballos.

 

- ¿Y dónde los tienes? ¿En tu casa?  - pregunté.

 

- No, en las caballerizas del Country Club. ¿Quieres acompañarme? Paso por allí y así conoces los caballos y el Club.

 

Me pareció un plan mucho mejor que quedarme viendo televisión.

 

El Country Club era un imponente castillo medieval de piedra rodeado de jardines llenos de flores multicolor. Hacía mucho frío, unos 9 grados, pero para los belgas acostumbrados a tener temperaturas bajo cero, aquello era casi verano. Tras atender sus asuntos, Nelson me invitó a la terraza:

-Vamos para que conozcas a unas amigas y tomemos un té caliente, seguro te caerá muy bien.

 

La elegancia y el buen gusto reinaba en cada rincón. En la terraza nos esperaban cinco damas sofisticadas. Yo no entendía nada; hablaban una mezcla de francés y flamenco (neerlandés), además de alemán. Me senté a disfrutar del té y del paisaje, pero me sentí incómodo al verlas reír mientras me miraban.

- Nelson, me siento fuera de lugar - le susurré -. Siento que se burlan de mí. Por favor, llévame a casa de Mariangelina o pídeme un taxi. 

 

Él me tranquilizó de inmediato: - ¡Para nada Jairo! Al contrario, me están pidiendo que te lleve como invitado especial a la fiesta de esta noche.

 

- ¿A una fiesta? ¡Cómo se te ocurre! - exclamé.

 

- Esta noche se celebran los 100 años del Country Club de Bruselas. Hay cien invitados de todo el mundo y ellas quieren que tú seas el invitado 101. Les dije que eres un actor venezolano que estabas de gira por España, y venías invitado por la Embajada de Venezuela y, además, el hermano de Deborah Carthy Deu, la actual Miss Universo. Eres la celebridad de la noche.

 

Efectivamente, mi hermana Deborah había sido coronada como Miss Universo representando a Puerto Rico, y su triunfo me llenaba de gran orgullo, ella es una luchadora incansable y además de su belleza tenía todos los atributos para ser Reina universal.

 

- Pero no tengo ropa para algo así —objeté.

 

- No te preocupes. Vamos a la boutique de Gianni Versace. Allí alquilan trajes de etiqueta. Con ese bronceado y tu peinado engominado de latin lover, las vas a volver locas.

 

¿Gianni qué? … Era la primera vez que escuchaba el nombre de Versace. La tienda era un espectáculo de cristal. Gracias al estatus diplomático de Nelson, las puertas se abrían a nuestro paso. Tras varias pruebas, el esmoquin quedó listo.

 

Pasamos la tarde recorriendo Bruselas, una ciudad espectacular que mezcla castillos antiguos con arquitectura moderna. Fuimos a su elegante apartamento a prepararnos. Me afeité y me peiné al estilo de Carlos Gardel, cabello engominado echado para atrás. El esmoquin de seda tenía una caída impecable. Yo me preguntaba: “¿Quién me va a creer esto?”.

 

Llegamos tarde a propósito para llamar la atención. Entré con un abrigo de piel de Nelson apoyado solo sobre un hombro, haciendo una entrada puramente teatral. El salón estaba organizado en mesas de herradura con candelabros enormes. Al poco tiempo, pronunciaron mi nombre en el discurso de apertura. Nelson me susurró: — Levántate y haz una venia.

 

Lo hice, y la curiosidad de los asistentes creció.

 

Durante el brindis, pedí agua mineral. No quería que el champán me diera sueño. Así, totalmente sobrio, tuve a un mesonero dedicado exclusivamente a servirme agua Evian toda la noche. Esto me permitió observar cómo la nobleza europea se desinhibía con el alcohol. Frente a mí estaba el Conde de Luxemburgo; a un lado, la Princesa de Suecia; al otro, el Príncipe de Dinamarca y una princesa de Malasia. Era la monarquía en pleno y yo estaba allí, entre ellos.

 

Al comienzo pensé que Nelson me estaba echando broma, pero luego descubrí que no era así, mujeres mayores muy elegantes con sus tiaras de piedras preciosas, un joven rubio también de la nobleza llevaba un corbatín de oro macizo, era un desfile de personas extrañas, joyas, Príncipes, Princesas, Duques, ¡en fin! Y por supuesto me repetía: ¿Quién me va a creer esto que estoy viviendo?

 

El momento cumbre fue el baile. Sin las barreras del idioma - hablando una mezcla de español, inglés e italiano -  con total desparpajo terminé charlando con medio salón. Estaba relajado, nadie me conocía y yo no conocía a nadie.  Una señora muy elegante, parecida a Hillary Clinton, me sacó a bailar. De pronto, la gente hizo una rueda a nuestro alrededor. Yo, con mi estilo caribeño, la soltaba, le daba vueltas y la acercaba al compás de la música. Nelson se escondía tras una columna muerto de la risa. Mi pareja de baile, aunque disimulaba, parecía algo desconcertada por mi ímpetu. Yo la tenía tomada de las dos manos y la alejaba y acercaba a mi, así durante un buen rato.  Creo que empezaba a incomodarse. Finalmente, Nelson me hizo señas para que la soltara y cediera el turno a otra pareja. La pobre mujer salió huyendo, aunque con mucha clase.

 

Fue una de las noches más increíbles de mi vida. A veces me cuesta creer que fue real, pero las diapositivas que conservo con aquel traje de Versace confirman la veracidad de la historia. Al terminar la velada en el Country Club, Nelson me mostró un poco de la vida nocturna de Bruselas: bares donde las mascotas son bienvenidas y las prostitutas, mujeres absolutamente bellas y perfectas se exhiben en una calle especial, en vitrinas,  totalmente desnudas para que uno pueda escoger la que más le guste.

 

Simplemente, una experiencia inolvidable.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 

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SI...IF", book by Rudyard Kipling-Claudia Patricia López Osornio: bilingual Spanish-English edition, edición bilingue español-inglés, Ed. Choroní, February-febrero 2026

 


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         IF/SI- Rudyard Kipling


 IF you can keep
your head
when all about you
Are losing theirs and
blaming it on you.

IF you can trust
yourself when
all men doubt you,
But make allowance
for their doubting too
(...)


SI puedes mantener
la cabeza en su sitio
cuando todos a tu alrededor
la pierden
y te culpan a ti.

SI puedes confiar
en ti mismo
cuando todos dudan de ti
pero también dejas lugar
para sus dudas
(...)








The Poetry of Color by Jairo Carthy

"Poetry and painting have always been sisters, speaking different languages to convey the same truth. While Rudyard Kipling sculpted a monument to human fortitude with words in his poem "If," the art of Claudia Patricia López Osornio seeks to capture that same essence through 
color, form, and texture.

Why unite these two disciplines in a single book? Because a modern painting is not just an image; it is a visual response to Kipling's "If." Where the poet speaks of keeping one's head, the artist finds balance in composition. Where the verse speaks of rebuilding with worn-out tools, the painting reveals the beauty of matter-the relief and the layering of pigments that narrate a story of strength.

In this book, the poem ceases to be a static text and becomes an atmosphere. The works presented here do not merely illustrate the poem; they inhabit it. They are the reflection of that "unforgiving minute" which the artist has managed to fill with sixty seconds of pure creation".

Excerpt from the prologue.


La poesía del color por Jairo Carthy

"La poesía y la pintura han sido, desde siempre, hermanas que hablan distintos idiomas para decir la misma verdad. Mientras RudyardKipling esculpió con palabras un monumento a la entereza humana en su poema “If”’, el arte de Claudia Patricia López Osornio busca capturar esa misma esencia a través del color, la forma y la textura.

Mientras Rudyard Kipling esculpió con palabras un monumento a la entereza humana en su poema "If"', el arte de Claudia Patricia López Osornio busca capturar esa misma esencia a través del color, la forma y la textura.

¿Por qué unir estas dos disciplinas en un solo libro? Porque un cuadro moderno no es solo una imagen; es una respuesta visual al "Si..." de Kipling. Donde el poeta dice mantener la cabeza en su sitio, la artista plástica encuentra el equilibrio en la composición. Donde el verso habla de reconstruir con herramientas desgastadas, la pintura nos muestra la belleza de la materia, el relieve y la superposición de capas que narran una historia de fortaleza.

En este libro, el poema deja de ser un texto estático para convertirse en atmósfera. Las obras aquí presentes no ilustran el poema; lo habitan. Son el reflejo de ese minuto implacable que la artista ha logrado llenar con sesenta segundos de creación pura".

Fragmento del prólogo.


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RUDYARD KIPLING

Was a prominent British writer and poet born in Bombay, India (1865) . He is world-renowned for his storytelling skills and his tales set in British India. 
His most famous works include The Jungle Book, Kim, and the poem “If”
In 1907, he became the first English-language author to receive the Nobel Prize in Literature, and he remains the youngest recipient of the award to this day. 
His writing style is characterized by its celebration of heroism, duty, and life during the era of the British Empire.

Fue un destacado escritor y poeta británico nacido en Bombay, India (1865). Es mundialmente conocido por su capacidad narrativa y sus relatos ambientados en el Oriente británico. 
Sus obras más famosas incluyen El libro de la selva, Kim y el poema “If”. 
En 1907, se convirtió en el primer autor de lengua inglesa en recibir el Premio Nobel de Literatura, siendo hasta hoy el galardonado más joven en esta categoría. Su estilo se caracteriza por celebrar el
heroísmo, el deber y la vida durante el Imperio Británico.


CLAUDIA PATRICIA LÓPEZ OSORNIO

She studied set design at the La Plata Theater School (Argentina) and fine arts painting under artists Mirta Rosetti and Cristina Manganiello. She has participated in both solo and group exhibitions in Argentina, Canada, and Venezuela. 
In Venezuela, she was invited by the prestigious puppeteer Eduardo Di Mauro to lead lighting works-
hops for puppetry in Caracas and throughout the country. 
She is currently a member of the Friends of MACLA (Museum of Contemporary Art of La Plata).

Estudió escenografía en la Escuela de Teatro de La Plata, Argentina  y pintura con las artistas Mirta Rosetti y Cristina Manganiello. Ha realizado exposiciones individuales y colectivas en Argentina, Canadá y Venezuela, país en donde también dictó Talleres de iluminación para títeres en Caracas y el interior del país, invitada por el prestigioso titiritero Eduardo Di Mauro. 
Es miembro de Amigos del MACLA (Museo de Arte Contemporáneo de La Plata).





CRISTINA REYES ... la belleza de lo natural / por Jairo Carthy / Caracas, 22 de Febrero de 2026

 


Al llegar a la casa, me detuvo el conserje del edificio:  - Sr. Jairo, ahora tenemos a dos actores en este edificio. Una colega suya se acaba de mudar al piso 10; es una mujer espectacular: Cristina Reyes.

 

No pude ocultar mi asombro. Su llegada era tan inesperada como incómoda. En aquel entonces, ella representaba toda la frivolidad, superficialidad y pedantería que se les atribuía a las actrices de televisión. Ojalá las cosas hayan cambiado, pero eso era lo que el medio les exigía; luego entendí el por qué. Yo la conocía de verla en alguna telenovela: era dueña de una belleza fuera de serie, pero siempre encarnaba a la malvada de la historia, a la mujer acaudalada y triunfadora. Nunca interpretaba a alguien común que debiera trabajar para ganarse la vida. Esos elementos, sumados a su porte y distinción, contribuían a la imagen de que era, definitivamente, una diva inalcanzable que caía pesada.

 

Un día, sonó el timbre de mi apartamento. Antes de abrir, pregunté: - ¿Quién es?  - Soy yo, Jairo. Cristina , escuché del otro lado.

 

No entendía nada. ¿Cristina Reyes? ¿Cómo sabía mi nombre? Al abrir la puerta, efectivamente era ella, pero una versión que jamás imaginé: sin una gota de maquillaje, descalza, vistiendo unos shorts rosados, una blusa corta blanca y el cabello recogido en una sencilla cola. Su aspecto era el polo opuesto a la imagen que yo guardaba de ella.

 

-Tu nombre me lo dio un amigo que tenemos en común - continuó diciendo -. Me sugirió que viniera, pues siempre es bueno contar con el apoyo de un vecino, y siendo tú actor, ¿quién mejor para iniciar una amistad?

 

Alargó su mano y me preguntó: - ¿Amigos? Estaba tan sorprendido que tardé unos segundos en reaccionar y estrecharla.  Allí comenzó no solo una relación de vecinos, sino una maravillosa amistad y camaradería que ha perdurado siempre.

 

Ella era decidida. De inmediato me dijo: - Ven, sube a mi casa. Te invito a tomar café y a probar una torta que acabo de hacer. La seguí de inmediato. Subimos las escaleras, pues solo un piso nos separaba. Su apartamento era más pequeño que el mío, pero estaba decorado con muy buen gusto; se notaba el alma de artista en cada rincón. Me llamó la atención un detalle: no había ni una sola foto de ella exhibida.

 

Nuestras tertulias se hicieron frecuentes. Ella se interesaba por mi carrera y yo por la suya. Pronto descubrimos que las distancias entre el teatro y la televisión eran abismales. Cristina anhelaba interpretar personajes reales, como los de las novelas brasileñas que causaban furor entonces; quería salir sin maquillaje si la escena era al despertar, o hacer cosas cotidianas como lavarse los dientes o fregar los platos. Nada de eso se permitía en una telenovela nacional, a menos que fueras la protagonista sufrida; pero la antagonista, la "villana", jamás podía permitirse tal humanidad.

 

Me explicó que, por contrato, no podía salir a la calle sin maquillaje: debía estar siempre impecable, sonriente y "perfecta" para el público. Por eso, en pantalla, aparecía con dormilonas que parecían trajes de gala, muy maquillada incluso con pestañas postizas y el cabello como para un comercial de champú , para una escena que se estaba acabando de levantar por la mañana.  Fui descubriendo tantas facetas de ella que me dio pena mi prejuicio inicial. Era totalmente diferente; de hecho, su sencillez la hacía ver mucho más bonita y juvenil. Se ganaba a la gente con su autenticidad. Cuando llegaba de grabar me daba mucha risa; parecía otra persona. Frente a mis ojos, veía cómo la diva se desvanecía para dar paso a la Cristina que muy pocos conocían.

 

De repente, un día volvió a tocar mi puerta con insistencia. Ya yo sabía que era ella. —¡Mi vido! - así me llamaba -. ¡Vamos a trabajar juntos en una película! Me acabo de enterar, ¡qué alegría más grande!

 

Y así fue. Fue una sorpresa.  Nos habían contratado a cada uno por su lado. Tuve el honor de compartir con ella la aventura llamada “Ana, pasión de dos mundos”, donde, para variar, ella era la antagonista de Maribel Verdú. Pero, afortunadamente, su personaje, “Clarita”, era una prostituta de origen humilde que había luchado mucho por salir adelante. Eso le dio la oportunidad de hacer algo distinto. Trabajamos mucho en ello y ella logró darle al personaje una dimensión humana que trascendía su evidente belleza física.

 

Descubrir su calidad humana fue un regalo. Le encantaba ayudar. Era invitada de honor en Los Nevados, un pueblo en Mérida, a donde llevaba juguetes, ropa y medicinas que recolectaba incansablemente entre sus conocidos y empresas. Se iba a caballo, en Jeep o a pie por esas montañas. Aunque nunca la acompañé, admiraba profundamente su dedicación y el amor con que la recibían en esas tierras.

 

Durante el rodaje de la película, hizo algo increíble. En una secuencia, mi personaje usaba alpargatas y yo acompañaba a Maribel Verdú, quien conducía un caballo; Cristina venía en otro detrás de nosotros. Nos detuvimos según las marcas del director y, de repente, un caballo me pisó el pie. Por profesionalismo, no dije nada; esperé a que terminara la escena. Al grito de “¡Corten!”, solté un alarido de dolor. Al quitarme la alpargata, el dedo no paraba de sangrar. Todos corrieron, pero ella fue la primera. Me limpió la herida y, al ver que la hemorragia seguía, le dije bromeando: - Si fuera el dedo de la mano sería perfecto, porque me lo meto en la boca y la saliva corta la sangre. Ella me miró con esos ojos maravillosos y me dijo: —No te preocupes, mi vido, ya vas a ver.

 

Acto seguido, se metió mi dedo del pie en su boca para detener la sangre. Yo no podía creerlo. Fue una muestra de humildad y calidad humana que dejó paralizados a técnicos y actores. Lo cierto es que surtió efecto: la sangre se detuvo y pudo curarme debidamente.

 

Durante las semanas del rodaje de la película, nos invitaba casi a diario a su habitación a comer panquecas, ella las cocinaba en una cocinita pequeñita de camping y tenía todos los implementos para hacerlo.  Pasabamos ratos muy agradables compartiendo con los actores españoles y eso podía ser a cualquier hora, desde la hora del desayuno hasta medianoche.  Sus panquecas se hicieron famosas.

 

Esa es solo una de las tantas vivencias donde su bondad y optimismo salían a flote. Un día, llegué a mi oficina y Yelitza, una gran amiga de muchos años y cómplice en muchas de mis locuras, me cuenta: - Ayer, en la carretera de La Victoria, vi a una mujer desde lejos que se cayó de un parapente. ¡Parece loca! . Sabrá Dios que le habrá pasado. 

 

Horas más tarde, Cristina me llamó con un hilo de voz: - Mi vido, no te asustes, pero estoy hospitalizada. Ayer me caí de un parapente y me rompí la columna. Era la misma historia de Yelitza. Así era ella: audaz, intrépida y amante de los deportes extremos, todo lo contrario a mis gustos. Fui a la clínica de inmediato y la encontré enyesada desde el cuello hasta los glúteos, con los brazos en posición de abrazo. Era una estampa dolorosa, pero ella mantenía el humor y se reía de lo sucedido.

 

Faltaba una semana para el estreno de una obra de teatro llamada “El Chingo”, de Edilio Peña, era un proyecto muy importante para mí carrera. Le dije que no se preocupara, que ya veríamos cómo llevarla a una función más adelante. Pero ella sentenció: - Yo voy igual, mi vido. Ese estreno no me lo pierdo; es tu noche y quiero estar allí.

 

Y cumplió. Primero llegó al teatro un ramo de 72 rosas rojas de tallo largo, tan inmenso que no cabía por la puerta y tuvo que quedarse en el lobby. Luego llegó ella, una hora antes de la función. La producción tomó previsiones para sentarla en primera fila y que estuviera visible lo menos posible, no quería llamar la atención. Le dediqué la función y ella, como no podía aplaudir por el yeso, gritaba con toda su alma: “¡Bravo, bravo!”. Fue una noche mágica.

 

A veces, comparando nuestras carreras, ella me decía: - Quisiera tener tu experiencia y tu currículum haciendo teatro y creando personajes. Y yo le respondía entre risas: - Y yo quisiera ganar lo que tú ganas en televisión, aunque sea por un mes. Mi sueldo en la cultura era modesto y el de ella, con horas extras, era astronómico. Pero ella era generosa y disfrutaba compartiendo cada éxito con sus amigos.

 

 

 

 

Podría escribir horas sobre nuestras anécdotas. Aprendí que, aunque viniéramos de medios distintos, ella de la fama y la popularidad, yo del rigor y la satisfacción del aplauso en vivo, en el fondo buscábamos lo mismo: un canal para expresarnos y brillar a través del trabajo.

 

Uno de sus últimos trabajos antes de irse al Tíbet a un retiro espiritual fue en una novela de Cabrujas. Era un papel corto, moriría en el capítulo 25, pero le permitía hacer algo diferente. Mi consejo, muy extraño por tratarse de mi, fue: - Cristina, no actúes. Sé simplemente tú, con esa alegría y bondad que tienes. No interpretes; deja que el público conozca a la mujer maravillosa que vive en ti.

 

Y así lo hizo. El personaje lo permitía.  Apareció natural, casi sin maquillaje y vestida sin lujos. Sus diálogos tenían una naturalidad que emocionaban a los espectadores, era un papel corto pero muy bien escrito.  Fue un éxito rotundo y recibió críticas excelentes. Yo fui muy feliz de verla triunfar y cumplir ese sueño.

 

Eramos inseparables, amigos por siempre. Al final del día, nuestras charlas me enseñaron que el teatro y la televisión no son mundos antagónicos, sino dos espejos que reflejan la misma búsqueda humana. Yo, desde las tablas, perseguía la verdad a través del rigor y el sudor del aplauso inmediato; ella, desde la pantalla, luchaba por encontrar esa misma verdad detrás de las capas de maquillaje y los contratos de perfección.

 

Aprendí que no importa si el escenario es de madera o de píxeles: el talento real, como el de Cristina, consiste en saber despojarse de los artificios. Ella fue mi mejor lección de que el éxito no está en la cuenta bancaria ni en el vestuario de gala, sino en la capacidad de meterse en el barro - o en la boca, si el dedo de un amigo sangra -  para demostrar que lo más valioso que podemos interpretar es nuestra propia humanidad.

 

Hoy, cuando recuerdo a la “villana” que resultó ser un ángel, sonrío. Porque aunque ella anhelaba la libertad del teatro y yo la solvencia de la televisión, ambos descubrimos que en el arte, y en la vida, lo único que realmente perdura es la autenticidad con la que tocamos el alma de los demás.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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MI ENCUENTRO CON LOS GRANDES... por Jairo Carthy /. Caracas, 8 de Marzo de 2026

  Y sin saberlo.   En mis primeros viajes a Nueva York, me movía el deseo de descubrir todo lo relacionado con el teatro ...