En aquellos años de intensa actividad artística, uno de mis trabajos
favoritos - que hacía casi por puro
placer - era el maquillaje para sesiones fotográficas. Hacía mancuerna con
Marta Mikulán Martín, fotógrafa argentina de gran prestigio. Sus “clientes”
eran generalmente del medio artístico: teatro, ballet, música clásica, cine y
televisión.
Teníamos tal compenetración que llegamos a presentar la exposición Rostros
de la Música. Sabíamos exactamente cómo domar la luz y las sombras para la
fotografía en blanco y negro, que se usaba mucho en ese entonces, intensificando
rasgos para que cada artista luciera impecable. En mi caso, el maquillaje
surgió por necesidad actoral: en mi afán por transformarme para cada personaje,
experimentaba conmigo mismo todo tipo de trucos e inventos. Por petición
popular, terminé aplicando esos hallazgos en rostros ajenos. Me fascinaba el maquillaje
de caracterización, aunque también asumí el eterno terror de todo maquillador:
arreglar novias.
Un día nos contrató una celebridad de otra categoría. Una mujer de
energía inagotable, sensualidad a toda prueba y estampa de fuego: nada más y
nada menos que HILDA VERA, diva indiscutible de nuestro cine, teatro y
televisión.
Nos citó en su casa para la sesión. Era un enorme y elegante apartamento
en una de las mejores zonas de Caracas. Entrar allí era respirar talento y
disciplina: las paredes estaban tapizadas de placas, premios, trofeos y
reconocimientos a una carrera memorable.
Como el inicio de fotos siempre es tenso, mientras Marta montaba las
luces, Hilda y yo coordinábamos el vestuario. Llegó el momento del maquillaje.
Ella se puso una espectacular bata de seda blanca y yo encendí los motores.
Para romper el hielo me gustaba hablar; la química entre maquillador y modelo
es sagrada. Todo fluía de maravilla. El centro de atracción eran sus ojos.
Para las pestañas, yo utilizaba un rímel profesional en pasta negra que
me había enseñado a usar el gran maquillador Francois Paredes. Se aplicaba con
un cepillito especial y luego, con un alfiler largo, yo iba separando y
destacando pestaña por pestaña con precisión quirúrgica.
En pleno proceso de microcirugía en el ojo izquierdo, Hilda me pregunta
con absoluta desenvoltura:
- ¿Y no me vas a poner de una vez
las pestañas postizas?
- No, Sra. Hilda - le respondí
con mucha serenidad - No hace falta.
Con mi técnica le van a quedar igual o mejor que las postizas.
Aquello fue como arrojar una chispa en un barril de pólvora. En un solo
impulso se puso de pie, escandalizada:
- ¡No, no, no! Yo necesito pestañas postizas. Es lo lógico, ¡lo
profesional! Yo no me tomo ni una sola foto sin las pestañas postizas.
Gritaba con tal vehemencia que Marta entró corriendo a la habitación
para ver si había estallado una guerra.
- ¡Imagínate, Marta! - dijo la Diva, señalándome -. Dice este muchacho
que no me va a poner pestañas postizas porque me las deja «mejor». ¡Tú estás
loco! Si no me las pones, aquí no hay fotos.
Marta me tomó del brazo, me arrastró a un rincón y me susurró entre
dientes:
- Jairo, por el amor de Dios, no le lleves la contraria. Ponle las
pestañas y se acabó el drama.
- Marta, no tengo problema en
ponérselas. El problema es que no las tengo. Últimamente no las uso y no
las traje.
A Marta se le desencajó el rostro.
- ¡Pues sales corriendo a comprarlas! ¡El tiempo corre!
De inmediato le dije: - ¿A dónde, Marta? ¡Hoy es Jueves Santo! Está todo
cerrado y esto es una zona residencial.
En eso reapareció Hilda Vera. Con la bata blanca, el rostro a medio
maquillar y un turbante improvisado en la cabeza, parecía el personaje de una
película de los años cincuenta.
- ¿Y bien? ¿Me las vas a poner o no?
Marta intervino con una sonrisa ensayada que denotaba pánico puro:
- ¡Por supuesto, Sra. Vera! Lo que pasa es que Jairo va a buscarlas en
mi estudio. Ya regresa.
Me volvió a ver con unos ojos desorbitados que eran una súplica
desesperada.
- Claro que sí, ya regreso - atiné
a decir.
En la puerta, Marta me despidió al borde del colapso:
- Trata de conseguirlas donde sea o este trabajo se va al carajo.
Salí disparado. La parte “positiva” del Jueves Santo era que Caracas
parecía una ciudad fantasma: ni un solo carro en la calle, lo que me permitía
volar de un extremo a otro. La parte trágica era que en esa época la Semana
Santa era sagrada y nadie abría un local. Tampoco existían las cadenas de
farmacias 24 horas de hoy en día.
Manejé en vano hasta que tuve una revelación: ¡las farmacias de turno!
Tras dar vueltas desesperadas, encontré una farmacia pequeña. Me atendió una
señora mayor que, milagrosamente, tenía una cajita de pestañas postizas con su
pegamento incluido. Vi el cielo abierto. Por poco le doy un beso antes de salir
volando de regreso. Estaba feliz.
Cuando reaparecí, a Marta le volvió el alma al cuerpo. Hilda estaba
tomando un té, muy compuesta:
- Bueno, mi amor, pónmelas de una vez. Yo sin pestañas postizas me
siento desnuda.
Marta y yo nos miramos,
provocaba risa la situación, pero la idea era no contradecirla:
- Claro Sra. Hilda la
entiendo perfectamente -le dije yo.
Le coloqué las pestañas postizas en el ojo derecho – ambos ojos tenían mi
técnica manual. Llamé a Marta para que
evaluara el progreso. Marta se acercó, miró fijamente el rostro de Hilda y dijo
aliviada:
- ¡Buenísimo! Ya está lista, Sra. Hilda.
De inmediato salté yo: - ¡No, Marta! Falta el ojo izquierdo.
Marta se me quedó viendo. Al notar que el ojo izquierdo (sin postizas)
lucía exactamente igual de tupido e impactante que el derecho (con postizas),
entendió la jugada.
-Ah... ¡Claro! Excelente. Ya casi empezamos - disimuló Marta.
Y por supuesto le puse las pestañas que faltaban, aunque no hicieran falta.
-Listo Sra. Hilda – le dije.
Hilda se miró en el gran espejo, ensayó una pose majestuosa y suspiró
satisfecha:
-¡Ahora sí! La diferencia es del cielo a la tierra. Ahora sí estoy
tranquila.
Se giró, me dio un beso y me dijo: “Eres un sol, Jairo. ¡Muchas
gracias!”.
Lo que vino después fue un espectáculo inolvidable. Hilda se cambió
cerca de cien veces: utilizaba atuendos de todo tipo, para toda ocasión, vestidos
de gala, vestidos de cocktail, blusas entalladas con jeans mostrando sus curvas
espectaculares, aderezadas por múltiples accesorios que ella manejaba con una
destreza sorprendente: sombreros, plumas, estolas, pieles, Marabú de varios
colores. Collares, pulseras, bufandas, zarcillos, era algo increíble y con la
velocidad que lo hacía, se miraba en el enorme espejo que tenía, ensayaba rápidamente 2 o 3 poses y directo a las fotos.
Irradiaba una energía desbordante.
Marta estaba al borde del colapso porque Hilda se movía mucho y con
tanta fluidez que, cuando la cámara enfocaba, ella ya había cambiado de pose.
Pasaba de frágil a sexy, de soñadora a dramática en cuestión de segundos. Fue
una jornada agotadora, pero el resultado fotográfico fue sublime.
Hilda Vera
demostró por qué era una leyenda insustituible. A pesar del tiempo tenía la
fuerza y picardía de una joven, era maravilloso verla disfrutar la sesión de
fotos. Yo estaba agradecido de haberla
conocido y poder verla en acción y compartir con alguien como ella, era toda
una celebridad… Hilda Vera es un referente para muchas generaciones de futuros
artistas por su disciplina, talento y amor por las artes escénicas.
Y así pasó…
PD: A partir de ese Santo día, jamás volvió a faltar un par de pestañas
postizas en mi maletín.