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PÉGAME DE VERDAD ... EL BESO DEL GUASÓN / por Jairo Carthy / Caracas, 19 de abril de 2026
Estudiar teatro con Horacio Peterson era como subirse a una montaña rusa sin cinturón de seguridad: nunca sabías hacia dónde te lanzaría o qué esperaba de nosotros. En sus clases, y mientras se representaban las improvisaciones del día, la postura era sagrada. Teníamos que sentarnos con la espalda tan recta como bailarines de ballet (o como si nos hubiéramos tragado un perchero), porque si te encorvabas un milímetro, ahí aparecía su famosa vara de madera para "corregir" la posición con un toque de disciplina.
Horacio nos enseñaba la gramática del escenario: los famosos "trucos". Cómo dar un golpe sin tocar al otro, cómo recibir una cachetada coreografiada, cómo desmayarse con elegancia y, por supuesto, cómo besar apasionadamente... de mentira.
Yo, que en ese entonces era un rebelde del realismo, sentía que esos trucos se veían muy falsos. Desmayarse en "cuatro tiempos" me parecía una ofensa a la gravedad. Por eso, cuando me tocaban escenas violentas, le pedía a mis compañeros: -Pégame de verdad, no muy fuerte, pero que se sienta. Buscaba la reacción natural, convencido de que la técnica era el enemigo de la verdad. El Maestro nos enseñaba que el que debía hacer el espectáculo era el que recibía el golpe, más que el que lo daba.
Un día, Horacio nos lanzó un reto: escribir, dirigir y actuar nuestra propia escena. Lamentablemente, cuando improvisábamos, estábamos más pendientes de qué decir o crear una escena “inteligente” que de interpretar y caracterizar un personaje, que en realidad era para lo que nos estábamos preparando, no para ser dramaturgos.
Como estábamos bajo la influencia total de las telenovelas de la época, terminé armando un melodrama de alto impacto. La trama era un clásico: una pareja está conversando en la sala de la casa de ella, comienzan a ser muy cariñosos, el romance sube de tono y, en el clímax del beso, entra la madre a descubrirlos. ¿El giro dramático? El galán también se había acostado con la suegra sin saberlo.
Decidido a romper con la "farsa" de la técnica, convencí a mi compañera de que nos besáramos de verdad: - Para que se vea real, -le dije. Ella, muerta de la pena, aceptó solo porque la "mamá" de la escena y yo la acorralamos con argumentos artísticos. Yo quería ser el pionero del realismo en la escuela; estaba seguro de que Horacio me daría una medalla.
Llegó el día de la presentación eran como 10 trabajos que se iban a presentar, nosotros éramos casi los últimos, y estábamos nerviosos porque todo saliera muy bien Mi compañera, nerviosa, se retocó el maquillaje unas cincuenta veces. Labios de un rojo intenso, perfectos para el drama. Mientras yo estaba pendiente de los otros trabajos para arreglar los elementos de escenografía que usaríamos en el nuestro.
Salimos a escena, empezó el coqueteo y, finalmente, nos fundimos en el esperado beso apasionado. La madre debía interrumpir gritando el nombre de su hija, pero se quedó muda. Yo creo que lo hizo a propósito para vernos sufrir, así que, en nombre del arte, nosotros seguimos dándonos el beso del siglo.
Cuando por fin la "madre" soltó el grito y cortó la acción, me voltee hacia ella. Estaba petrificada: - ¡Qué actriz!, pensé yo: - está roja de la ira, no puede ni hablar. Pero cuando giré a ver a mi pareja, casi me da un síncope: parecía un payaso de circo que acababa de sobrevivir a un tornado. El labial rojo que se había retocado mil veces estaba desparramado por toda su boca, la quijada y las mejillas.
De inmediato caí en cuenta: si ella estaba así, yo debía parecer al Guasón después de una pelea. Éramos dos estatuas pintarrajeadas. La "madre" hacía esfuerzos heroicos por no reírse, tapándose la cara con las manos para fingir que lloraba de dolor, pero los hombros le saltaban de la carcajada contenida. El público (nuestros compañeros) estalló en un rugido de risas incontrolables.
Aquello era un desastre total, a esas alturas nosotros tres no podíamos parar de reír, pero Horacio, con su genio habitual para salvar el caos, empezó a meter a otros alumnos a escena. En segundos, pasamos de un drama familiar a un sanatorio de enfermos mentales donde todos gritábamos y reíamos. Fue la única forma de justificar nuestras caras manchadas y la risa histérica.
Al terminar, Horacio casi me expulsa. Por disciplina me quedé callado, pero años después le expliqué que yo solo quería "verdad". Me perdonó, pero me quedó claro que el truco existe por una razón: para no terminar pareciendo un grafiti.
Años más tarde, el destino (y Horacio) me cobraron mi obsesión por la realidad. En el musical LOCURA ES…, yo interpretaba al tipo más rudo del pueblo. En una escena, mi pareja (una mujer mayor) me insultaba desde el otro extremo del escenario. La orden de Horacio era clara: yo debía cruzar a toda velocidad y darle una cachetada fulminante.
Durante los ensayos pedimos que quitara el golpe, pero Horacio no cedió. La noche del estreno, con la adrenalina a mil, se me fue la mano. Le di un golpe tan real que casi la mando al foso de la orquesta. El público soltó un "¡Oh!", colectivo. Yo sudaba frío pensando: - Si a mí me arde la mano, ella debe estar viendo pajaritos. En el intermedio, ella fue una dama: - No te preocupes, gajes del oficio. Esas cosas pasan. Ya se me aliviará el dolor.
Pero la procesión iba por dentro. Durante toda la temporada, la escena se volvió fingidísima porque yo tenía pánico de volver a tocarla. Sin embargo, ella estaba esperando su momento. En la última función, cuando fui a darle la cachetada técnica, me agarró la mano con una fuerza de acero, me torció el brazo y se me fue encima. Me dio cachetadas, tirones de pelo y patadas. Yo no podía quejarme porque mi personaje era un "macho", así que tuve que aguantar la paliza frente a todo el teatro, y por fin los otros actores la agarraron y ella me miraba con una gran satisfacción.
Nunca le reclamé. Tenía toda la razón. Desde entonces, le tengo un respeto sagrado a la técnica. La violencia en escena, aunque sea "por amor al arte", siempre trae sus consecuencias.
Y así pasó...
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
SONIDO...CÁMARA... ACCION (PARTE 2) / SANGRE, SUDOR Y PERDÓN por Jairo Carthy / Caracas, 12 de abril de 2026
Luego de las intensas escenas que filmamos en el cementerio, el rodaje continuó con secuencias en las que yo no participaba. Sin embargo, no podía regresar a Caracas; el plan de trabajo marcaba la muerte de mi personaje para el miércoles.
La locación estaba en las afueras de Maracaibo, en unos caminos áridos y polvorientos que recordaban la soledad de Santa Bárbara del Zulia. Mientras tanto, en mi mente resonaba el compromiso en la capital: estaba en la semana final de la obra de teatro que les comenté anteriormente. Mi contrato era estricto: podía filmar solo hasta el mediodía de ese miércoles porque debía volar para la función de esa noche. A partir del lunes siguiente, ya sin funciones de teatro, mi tiempo sería totalmente de la producción por siete semanas.
Hasta ahí, el plan parecía perfecto. El detalle -ese que siempre aparece en el cine- es que eran casi las tres de la tarde y el último vuelo a Caracas salía a las cuatro. Estábamos lejos del aeropuerto y la escena que faltaba era de una complejidad técnica agotadora: la muerte del famoso "Chingo Araujo", el temido asesino al que el público ansiaba ver caer en pantalla bajo una lluvia de plomo. Bueno, en realidad la sangre corrió durante toda la película, pues mataban a casi todo el elenco, ¡y a mí me tocó ser de los primeros!
El maquillador de efectos especiales, un español sumamente meticuloso, fue el encargado de darme ese aspecto aterrador. Entre tantos trucos, introdujo con cuidado en mi cuero cabelludo un producto con textura de gel, parecido a un chicle negro. El diseño era ingenioso: con el calor del ambiente, el producto se derretiría poco a poco, logrando un efecto de sangre muy natural que chorrearía por mis sienes, mis ojos y mi cuello.
La acción era pura adrenalina: el Chingo viaja en un carro conducido por su hermano; de pronto, una camioneta se adelanta, una lona se levanta y unos sicarios con ametralladoras acaban con su vida. El hermano sobrevive al ataque (en la vida real este hombre recibió 17 tiros en su cuerpo y quedó vivo), perdemos el control y nos estrellamos contra un árbol. Por lo complicado, filmamos por partes, pero lo urgente era mi "muerte".
Finalmente terminamos. Los asistentes ya me esperaban con toallas y agua, pero no había mucho tiempo. Allí mismo, en medio de la calle, me desmaquillé como pude, me cambié de ropa a la velocidad del rayo y salté a un taxi rumbo al aeropuerto "La Chinita". Íbamos a más de 120 km/h por esos caminos desérticos mientras yo intentaba terminar de acomodarme la camisa. Parecía una escena de Rápido y Furioso, pero con más estrés y menos presupuesto.
Al llegar, corrí como un loco hacia el mostrador. El empleado me miró con una expresión de absoluto terror. -¡El vuelo está a punto de despegar! - me informó casi sin aliento. Yo no entendía por qué me miraba así, pero mi única obsesión era subir. Me señaló las rampas de acceso y arranqué. Parecía un patinador, deslizándome por esas rampas para ganar velocidad hasta que al llegar casi a la puerta había unos Guardias Nacionales que me detuvieron en seco. Me miraban con espanto. - ¡Disculpen, pero tengo que tomar ese vuelo, es de vida o muerte! - les grité. Uno de ellos asintió con una mirada de lástima profunda y se comunicó por radio con la torre: Detengan el avión. Me gritaron: - ¡Corra, que lo están esperando!.
Bajo el calor agobiante de Maracaibo y el estrés, yo era una fuente de sudor. Allí estaba el avión, una aeronave pequeña con entrada por la parte trasera (sí, por el "culito" del avión). La aeromoza, asomada por la compuerta y con los ojos como platos, me gritaba: -¡Suba, suba ya! -¿Y por dónde, mija? - pensé yo, viendo que no había escalera. Al final bajaron un peldaño que quedaba altísimo. Como un primate en pleno escape, me trepé y me desplomé en el primer asiento libre.
El avión despegó entre las miradas de pánico de todos los pasajeros. La aeromoza se acercó con una amabilidad sospechosa: - ¿Quiere algo? ¿Un calmante? Se ve muy mal… - Agua, por favor - respondí.
Mi vecino de asiento, al verme de cerca, pegó un grito: -¡Señor, por Dios! ¿Qué le pasó? Fue entonces cuando me pasé la mano por la cara para secarme el sudor y lo que vi fue sangre. El "chicle" negro del maquillaje había hecho su función a la perfección: con el sudor y el calor, se había derretido por completo, y yo iba chorreando líquido rojo de manera "muy natural". Lo increíble es que me dejaron subir así, sin pedirme ni el boleto, pensando que era un herido de gravedad.
Por cierto, el muchacho del grito era nada más y nada menos que Amílcar Boscán, el solista del grupo musical “Guaco”. Al final, llegué al teatro a mi función, aunque la escena no sirvió y tuvimos que repetirla semanas después en Calabozo, donde pude "morir" con toda la calma del mundo.
Hacer cine es un arte de contrastes. Pocos días después, me citaron para la escena de la muerte de "nuestro padre". Yo estaba muy nervioso, no solo por la dificultad del papel, sino porque actuaría frente al primer actor Carlos Márquez, una figura de trayectoria impecable. Debía pedirle perdón en su lecho de muerte por haberle destruido la vida a él y a toda la familia.
El director Luis Correa me dio una instrucción que me dejó petrificado: - Jairo, no quiero melodrama. Quiero que sea increíblemente conmovedora, que se sienta un arrepentimiento sincero en tu voz, pero no quiero que llores. Un tipo como el que interpretas no lloraría, pero quiero que el público vea esas lágrimas ahí, a punto de desbordarse. Quiero que, por única vez, sientan compasión por ti.
Respiré hondo. Recordé las lecciones del libro de Laurence Olivier: en el cine, tu rostro se verá cien veces más grande. El público verá tu alma a través del lente, con un acercamiento así tu cara ocupará la pantalla, solo siente, cree en lo que dices, habla con el corazón, con el sentimiento.
Filmamos primero las escenas con toda la familia: la madre sufrida, los hermanos llorando, el dolor colectivo. Yo me mantuve inmóvil, agarrándome la cabeza en un gesto de "no puede ser". Todo salió natural y fluido.
Pero entonces, llegó el truco del cine. Me preparé para mi escena íntima con Carlos, me senté en su cama, observaba como respiraba con dificultad, le tomé la mano y... -- ¡Corten! - gritó Luis. Carlos Márquez se levantó, se quitó la pijama de enfermo y apareció vestido de civil, impecable. - Encantado de conocerte, Jairo. Muy bien todo, me dijo con una sonrisa antes de marcharse. Nos vemos en otras escenas.
Me quedé asombrado. De repente, los técnicos desarmaron la cama donde él había estado acostado. En el lugar donde estaba Carlos, pusieron la cámara en un trípode pequeño. Me sentí desolado. ¿A una cámara le pediría perdón? Me hacía falta su mirada, sentir su mano fría, su presencia. Luis Correa pidió silencio absoluto. – Mira Jairo no anunciaré ni cámara ni acción. Me dijo: - Tómate tu tiempo, mira el lente y hazlo cuando lo sientas.
Me quedé solo con la cámara. Recordé las lecciones de Laurence Olivier: en un primer plano, tu rostro es gigante; el público verá cada poro, cada intención. No puedes fingir. Cerré los ojos, invoqué todas las culpas del personaje , me imaginaba a mi padre, respirando con dificultad, estaba muriendo… y con el dolor más grande que podía sentir, dije mi única línea viendo fijamente al lente: - Perdóname, papá.
Lo dije con la voz rota, con las venas de las sienes latiendo y ese brillo en los ojos que Luis me había pedido. Cuidando que las lágrimas no cayeran. El silencio en el set era absoluto. Pasaron los segundos que parecieron horas hasta que escuché el "¡Corten!" seguido de un aplauso cerrado. ¡La toma había quedado! Luis me abrazó y me dijo: - Sabía que no me equivocaría contigo. Eres grande y llegarás muy lejos.
Sus palabras nunca las olvido, así como su fe y su confianza en que yo podía hacer todo lo que el guion exigía. Cuando vi esa escena en la película es realmente conmovedora, y claro luego de estar editada es perfecta, con la reacción del padre cuando escucha ese perdón de su hijo antes de morir.
Este artículo, con estas anécdotas tan variadas quiero que sirva como homenaje a quienes me dieron la oportunidad, a quienes creyeron en mí y a quienes siempre me trataron con un respeto infinito dándome un lugar importante y destacado durante todo el rodaje. A Luis Correa, a Santiago San Miguel y a Juan Andrés Valladares en la fotografía, fue maravilloso contar con ustedes en esta aventura novedosa para mí…
Y así pasó…
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
SIEMPRE SE ESCUCHARÁN SUS PASOS EN LA ESCENA, por José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis”, Italia 2024: prólogo del libro "CARLOS GIMÉNEZ MEMORY biografía" de Viviana Marcela Iriart
El Soneto 6 de William Shakespeare podría recitarse hoy en la tumba de Carlos Giménez, de Carlitos, como lo llamábamos y lo seguiremos llamando quienes tuvimos su amistad y el privilegio de verlo trabajando una obra de teatro, oficio que realizaba con la misma pasión que pusieron en boga los hombres y las mujeres que amaron el teatro y lo convirtieron en una magistral expresión del alma.
SONETO 6 DE SHAKESPEARE
No dejes que la cruda mano invernal estrague
ese verano tuyo sin que antes se destile:
conserva tu esencia en un precioso envase,
antes de que el tesoro más bello se aniquile.
No es vedada usura usar así la vida,
y alegra a quien paga la renta de buen grado;
hacer de ti una copia lo mismo supondría,
y si son diez por una, diez veces contentado.
Y más feliz diez veces aún te sentirías
si en otros diez iguales diez veces te copiases:
¿Entonces, al marcharte, la muerte qué haría
si a ti como heredero viviente te dejases?
No seas obstinado, que toda tu excelencia
ni Muerte ni gusanos obtengan por herencia
LA CONDICIÓN HUMANA
La condición humana, la sinceridad plena respecto a la condición humana. Lo que la gente no había advertido en su diario vivir. Eso le interesaba sobremanera a Carlos Giménez y lo expresaba en el teatro que organizaba y creaba sobre el escenario.
Él era un panorama humano, un destello de vida que no se apagaba. Y el fenómeno creador que lo acompañó desde siempre no resultaba fácil de descubrir pero cuando se avizoraba su fortaleza para dirigir, su magia para conmover era imposible dejar de admirar y querer lo que hacía.
El mundo podría estar encerrado en un frasco y Carlos lo miraría desde afuera y Carlos lo recorrería desde adentro y todo el cristal que el frasco usaba como envoltorio desaparecería cuando Carlos invocara la visión teatral.
Ese es uno de los puntos esenciales de lo que él sabía realizar: invocar la visión teatral y conseguir que la más alta expresión humana funcionara en un escenario y trascendiera hacia todos los senderos del alma.
Creo que Viviana Marcela Iriart fue una de sus amigas más observadoras, una de las más acuciosas y apasionadas a la hora de valorar lo que él lograba en la escena. Ella pudo mirar más profundamente en él, ella lo analizó como quien estudia las emanaciones del lenguaje que jamás deja de brillar.
Viviana Marcela ha logrado establecer una memoria sólida, irreductible, con su escritura y su noble deseo de que el olvido nunca toque la obra de Carlos Giménez. Ella es la muestra más clara y justa de lo que en última instancia anhela un creador en el arte: que alguien sea intensamente impresionado por la obra y haga posible que su recuerdo no desaparezca.
Porque en el teatro los escenarios se vacían y se vuelve a llenar con piezas, actores, escenografías, directores y dramaturgos, pero siempre hacen eso: se vacían y el público también va, viene y cambia: a veces para retroceder porque cada público debe comenzar de cero, desde el principio.
Viviana Marcela Iriart consigue que los nuevos públicos se empapen con las virtudes y la peculiaridad de Carlos Giménez, un hombre de teatro que se entregó tanto a esa pasión como cualquiera de los grandes teatreros que existieron transformaron en gran voz universal el lenguaje de las tablas.
No solo fulguraba en el oficio de hacer teatro, sino también en la propuesta existencial de amar el teatro. Hablando de pronto sobre el ángulo de una obra, Carlos Giménez podía extraer de sus sensaciones y conocimientos frases enriquecedoras que clarificaban cualquier niebla, que desenredaban cualquier madeja. Sus palabras salidas del hondo conocimiento de la escena, hacían más visible el alma de cualquier dramaturgo, de cualquier creador. Convertía en seres cotidianos a Shakespeare, Ibsen, Chejov, Ionesco, a cualquiera.
La biografía que ha realizado Marcela Viviana Iriart es una puerta amplia por donde es posible entrar al mundo de Carlos Giménez y amar más el teatro junto con él. Inclusive, hasta quienes no lo conocieron sabrán en algún momento que Carlos Giménez forma parte sustancial del teatro porque siempre se escucharán sus pasos en la escena.
Diseño de portada del libro: Jairo Carthy
Próximamente publicado por Ediciones Choroní
"FLORECER CON LUPUS: Relato de una guerrera que eligió ser feliz" de Carmen Carmona: cuentos para los momentos difíciles, Ediciones Choroní, marzo 2026
La particularidad de este libro de Carmen Carmona es que en
él, ella no nos cuenta su batalla contra el lupus: nos regala los cuentos que
la ayudaron en su momento más difícil, cuando estaba al borde de la muerte y
sus pequeños hijos, Pedro y Alejandro, se turnaban para leérselos sin saber si
ella los escuchaba.
Esos cuentos que ella misma había escrito muchos años atrás y publicado con seudónimo, cuentos suyos acompañados de cuentos budistas, zen, hindúes, sufi... cuentos que nos invitan a disfrutar de la vida pese a las adversidad. Cuentos que nos dan alegría, placer, esperanza y fuerza.
Carmen, hoy ya en remisión, ha decidido publicar este libro con su verdadero
nombre para compartir su felicidad y su alegría por la vida que, con sus
altibajos, siempre merece la pena ser vivida y vivida en todo su esplendor.
Este libro nos habla de eso… y mucho más.
Carmen Carmona, venezolana, fue Presidenta del Instituto de Cultura del
Edo. Miranda, Directora de Cultura de la Alcaldía de Chacao, Productora del
Festival Internacional de Teatro de Caracas, Productora del Ateneo de Caracas,
productora de más de 100 obras de teatro en Venezuela y Estados Unidos.
Obligada a abandonar su país por el chavismo, vive en el exilio en Miami,
trabajando duramente para salir adelante.
"Cuando escribí la Introducción 1 nunca imaginé que,
18 años después, que mis jóvenes hijos me leyeran mi libro los 18 días que
estuve hospitalizada al borde de la muerte, sin que los médicos supieran qué
era lo que me estaba matando, me iba a resultar de tanta ayuda, me iba a traer
tanta paz en medio de la desesperación. (...)
Pero muchas cosas habían pasado en esos 18 años y tener que
dejar mi país, Venezuela, fue, sin que lo supiera entonces, el comienzo de mi
enfermedad: una se puede enfermar de dolor de patria, morir de nostalgia de
patria, agonizar de exilio.
Con dos niños pequeños, divorciada, tuve que abandonar mi
apartamento que tanto me había costado comprar, mi trabajo que tanto me
gustaba, mi ciudad, mi gente, mi familia y partir a países amables pero
extranjeros: primero España, después Estados Unidos, donde vivo actualmente.
(...).
Pasaron cinco años y el Lupus entró en remisión.
Entonces me dije: tengo que volver a publicar este libro
(...) Porque si yo pude entrar en remisión, casi curarme, de una
enfermedad tan terrible, tú también puedes. Y si estás pasando por algo
parecido, ojalá que mi libro te sirva de ayuda como me sirvió a mí.
Y como dijo el gran escritor argentino Julio
Cortázar:
“Nada está perdido si tenemos el valor de proclamar
que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.
Gracias por leerme. Gracias por existir". Carmen
Carmona, Introducción II, fragmento.
“A pesar de las cargas que la vida le presentó, mi hermana
de la vida Carmuchi, emergió de su prueba más fuerte, más sabia, y con una
profunda gratitud por la existencia misma. Este libro nos invita a reflexionar
sobre lo hermoso que es vivir, sobre la importancia de cada instante compartido
con aquellos a quienes amamos. Su viaje nos recuerda que, aunque algunos
itinerarios pueden ser difíciles, cada paso cuenta, cada lucha tiene sentido y
cada sueño es un destello que merece ser alcanzado”. Fragmento del prólogo de Karl
Hoffmann.
Con prólogo del actor y productor Karl Hoffmann y diseño de portada y del libro de Jairo Carthy, el l libro puede comprarse en Amazon y en Autoreseditores.com (para América Latina es mejor comprarlo aquí porque el envío es más barato que el de Amazon).
Un cuento de "FLORECER CON LUPUS:
LA ENFERMEDAD NO ES UN CASTIGO
En el
siglo XIX un turista muy rico visitó al
famoso rabino polaco Hofetz Chaim
y se quedó asombrado al ver que la casa del rabino
consistía sencillamente en una habitación llena de libros.
El
único mobiliario era una mesa y un banco.
-Rabino, ¿dónde están tus muebles?”
preguntó
asombrado el millonario turista.
-Dónde
están los tuyos?
respondió
el rabino Hofetz.
-¿Los
míos? Pero si yo sólo soy un visitante… Estoy aquí de
paso... dijo el turista.
-Lo
mismo que yo, contestó el rabino Hofetz.
Todas
y todos estamos de paso.
La
vida es finita.
Todo,
absolutamente todo,
tiene
un principio y un final.
Y los
seres humanos no podemos
escaparnos de
esa finitud.
Para
que otros seres humanos vivan
es
necesario que otros mueran.
Si no,
el planeta Tierra colapsaría
y
nadie podría vivir sobre él.
Observa
la naturaleza.
Ella
es una gran fuente de enseñanza.
Podrás
ver cómo los animales
se
enferman y mueren.
Cómo
las plantas cumplen su ciclo y mueren.
Pero
no se acaba la selva.
No
desaparece el bosque.
- ¿Y a
mí que me importa
si yo
ya no voy a estar viva, vivo?
puede
que te preguntes.
Entonces,
querido amigo, querida amiga,
la que
esta moribunda es tu alma.
Y si
tu alma muere, ¿crees que puedes
seguir
viviendo sin ella?
Las
personas nos enfermamos porque
de
algo tenemos que morir.
Y
siempre es mejor morir de enfermedad
que
morir asesinado.
O
morir de hambre.
O
morir en un campo de concentración.
O
morir en una sala de torturas.
O
morir por falta de medicinas.
O
morir por falta de asistencia medica.
O
morir por discriminación racial, sexual,
de
género… cualquier tipo de discriminación.
O
morir por culpa de la ignorancia,
ajena
o propia.
O
morir por culpa del fanatismo.
O
morir por luchar por “la verdad”.
O
morir de miedo por perder
las
cosas materiales.
O
morir de soledad
Entonces,
¿no es más natural simplemente
morir
de vida?
¡Morir
de vida!
Lo
cual no significa resignarse a la enfermedad
Y
mucho menos buscarla o incentivarla.
Ni
tampoco enfermar de estar enfermo.
Ni
culpar a los otros y muchos menos
culparte
a ti por tu enfermedad.
Porque
tú no eres culpable de tu enfermedad.
Tú no
eres responsable de que la enfermedad
haya
aparecido.
Tu
enfermedad no es un castigo
por
algo que hayas hecho mal.
Pero
hay muchas cosas que puedes hacer
para
curarte o para vivir con la enfermedad
sin
que te haga tanto daño.
En
primer lugar: no te sientas culpable
por tu
enfermedad.
El
sentimiento de culpa mata más que
la
enfermedad.
El
sentimiento de culpa
es la
peor enfermedad.
¿Por
qué vas a sentirte culpable
de
haber enfermado si la enfermedad
es una
integrante más de la vida?
¿Acaso
te sientes culpable
de
tener hijos, de tener hijas?
¿Te
sientes culpable de tener hambre?
¿Te
sientes culpable de reír?
¿De
llorar? ¿De cantar?
La
enfermedad y la salud son las dos caras
de una
misma moneda llamada Vida.
Si se
tiene salud, en algún momento
se
puede tener enfermedad.
Porque
para tener enfermedad
primero
hay que tener salud.
Entonces,
¿vas a sentirte culpable
por
estar viva, por estar vivo?
La
enfermedad es una de las piedras
que
encontramos en el camino hacia el Arcoiris.
Hay
quien la salta aquí o allá.
Pero
siempre, en algún momento del camino,
la
piedra se atravesará.
Entonces
puede que eso que llamamos
Vida
se detenga. O no.
Pero
de todas maneras, eso que llamamos Vida
en
algún momento se detendrá.
La
enfermedad no es mas
que
una de las estaciones
en las
que se detiene el tren de la Vida,
antes
de llegar a la estación central.
Entonces,
querida amiga, querido amigo,
¡Si
estas enferma, si estás enfermo
es
porque estás viva, estás vivo!
¡Alégrate
de formar parte de la Vida!
Con
sus dificultades, a veces terribles,
vivir
es maravilloso.
En
segundo lugar: no te resignes
a la
opinión de los expertos.
Los
expertos también se equivocan.
La
religión se equivoca.
Las
amistades se equivocan.
La
medicina se equivoca.
Una y
uno se equivoca.
La
ciencia avanza y retrocede.
Lo que
hoy es malo,
mañana
puede ser bueno y viceversa.
No te
quedes con una sola opinión.
No
dejes que te enfermen
más de
lo que estás.
No
permitas que te entierren
antes
de tiempo.
Hay un
antiguo y sabio cuento sufi
que
dice lo siguiente:
Un hombre a quien se consideraba muerto
fue llevado por sus amigos para ser
enterrado.
Cuando el féretro estaba a punto de ser
introducido
en la tumba, el hombre revivió
y comenzó a golpear la tapa del féretro.
Los amigos abrieron el féretro
y el hombre se incorporó:
- ¿Qué estan haciendo?
dijo a los sorprendidos amigos.
- Estoy vivo. No he muerto.
Sus palabras fueron recibidas con
asombrado
silencio. Al fin uno de los amigos acertó
a hablar.
- Amigo, tanto los médicos como los
sacerdotes
han certificado que has muerto.
¿Y cómo van a equivocarse los expertos?
Entonces volvieron a atornillar
la tapa del féretro
Y lo enterraron debidamente.
Resumiendo
tenemos que:
Primero
no tienes que sentirte culpable
por
haberte enfermado;
Segundo,
no tienes que permitir
que te
enferme la opinión de los expertos.
La
enfermedad es un túnel.
La luz
está al final del camino.
Cuando
estés enferma,
cuando
estés enfermo,
busca
la mano amiga.
La
primera mano amiga
esta
dentro de ti, búscala.
Cuando
la encuentres,
busca
la mano amiga externa.
Dos
manos unidas son más fuertes
que la
más fuerte de las enfermedades.
Y si
crees que no hay mano amiga
es
porque todavía no encontraste la tuya.
O
porque no puedes ver.
A
veces la mano amiga
está
mas cerca de lo que crees.
Solo
tienes que saber mirar.
Pero
la mano no es para que te aferres a ella.
La
mano es para compartir el camino,
que en
definitiva es sólo tuyo.
Una
mano puede ser la mano
de un
ser humano.
Pero
también puede ser la mano de Dios,
el
Dios de tu religión cualquiera que esta sea.
También
puede ser un animal,
un
libro, una canción,
el
sol, la luna, las estrellas...
Una
mano puede ser cualquier cosa que te sirva.
Porque
Dios, o lo que para ti es Dios,
está
en todas las cosas. Y si tienes a Dios
dentro
de ti, entonces, querida amiga,
querido
amigo, tú no estás sola,
tú no
estas solo.
Muy pronto "CARLOS GIMÉNEZ MEMORY" biografía del genio teatral de Viviana Marcela Iriart, prólogo de José Pulido, diseño gráfico de Jairo Carthy
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Y ASÍ PASÓ... Una columna de historias reales Desde la publicación de mi libro, “Como soportar la vida con humor...
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