"FLORECER CON LUPUS: Relato de una guerrera que eligió ser feliz" de Carmen Carmona: cuentos para los momentos difíciles, Ediciones Choroní, marzo 2026

 


De venta en Amazon y en Autoreseditores.com


La particularidad de este libro de Carmen Carmona es que en él, ella no nos cuenta su batalla contra el lupus: nos regala los cuentos que la ayudaron en su momento más difícil, cuando estaba al borde de la muerte y sus pequeños hijos, Pedro y Alejandro, se turnaban para leérselos sin saber si ella los escuchaba. 

Esos cuentos que ella misma había escrito muchos años atrás y publicado con seudónimo, cuentos suyos acompañados de cuentos budistas, zen, hindúes, sufi... cuentos que nos invitan a disfrutar de la vida pese a las adversidad. Cuentos que nos dan alegría, placer, esperanza y fuerza.  

Carmen, hoy ya en remisión, ha decidido publicar este libro con su verdadero nombre para compartir su felicidad y su alegría por la vida que, con sus altibajos, siempre merece la pena ser vivida y vivida en todo su esplendor. Este libro nos habla de eso… y mucho más.

Carmen Carmona, venezolana,  fue Presidenta del Instituto de Cultura del Edo. Miranda, Directora de Cultura de la Alcaldía de Chacao, Productora del Festival Internacional de Teatro de Caracas, Productora del Ateneo de Caracas, productora de más de 100 obras de teatro en Venezuela y Estados Unidos. Obligada a abandonar su país por el chavismo, vive en el exilio en Miami, trabajando duramente para salir adelante. 

"Cuando escribí la Introducción 1 nunca imaginé que, 18 años después, que mis jóvenes hijos me leyeran mi libro los 18 días que estuve hospitalizada al borde de la muerte, sin que los médicos supieran qué era lo que me estaba matando, me iba a resultar de tanta ayuda, me iba a traer tanta paz en medio de la desesperación. (...)

Pero muchas cosas habían pasado en esos 18 años y tener que dejar mi país, Venezuela, fue, sin que lo supiera entonces, el comienzo de mi enfermedad: una se puede enfermar de dolor de patria, morir de nostalgia de patria, agonizar de exilio.

Con dos niños pequeños, divorciada, tuve que abandonar mi apartamento que tanto me había costado comprar, mi trabajo que tanto me gustaba, mi ciudad, mi gente, mi familia y partir a países amables pero extranjeros: primero España, después Estados Unidos, donde vivo actualmente. (...).

Pasaron cinco años y el Lupus entró en remisión.

Entonces me dije: tengo que volver a publicar este libro (...)  Porque si yo pude entrar en remisión, casi curarme, de una enfermedad tan terrible, tú también puedes. Y si estás pasando por algo parecido, ojalá que mi libro te sirva de ayuda como me sirvió a mí.

 Y como dijo el gran escritor argentino Julio Cortázar:

 “Nada está perdido si tenemos el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.

 Gracias por leerme. Gracias por existir". Carmen Carmona, Introducción II, fragmento.

 

“A pesar de las cargas que la vida le presentó, mi hermana de la vida Carmuchi, emergió de su prueba más fuerte, más sabia, y con una profunda gratitud por la existencia misma. Este libro nos invita a reflexionar sobre lo hermoso que es vivir, sobre la importancia de cada instante compartido con aquellos a quienes amamos. Su viaje nos recuerda que, aunque algunos itinerarios pueden ser difíciles, cada paso cuenta, cada lucha tiene sentido y cada sueño es un destello que merece ser alcanzado”. Fragmento del prólogo de Karl Hoffmann.

Con prólogo del actor y productor Karl Hoffmann y diseño de portada y del libro de Jairo Carthy, el l libro puede comprarse en Amazon y en Autoreseditores.com (para América Latina es mejor comprarlo aquí porque el envío es más barato que el de Amazon). 

 

Un cuento de "FLORECER CON LUPUS: Relato de una guerrera que eligió ser feliz"

 

LA ENFERMEDAD NO ES UN CASTIGO

 

En el siglo XIX un turista muy rico visitó al

 famoso rabino polaco Hofetz Chaim 

y se quedó asombrado ​al ver que la casa del rabino ​

consistía sencillamente en una habitación​ ​llena de libros.

 

El único mobiliario era una mesa y un banco. 

-Rabino, ¿dónde están tus muebles?”

preguntó asombrado el millonario turista. 

-Dónde están los tuyos?

respondió el rabino Hofetz.  

-¿Los míos? Pero si yo sólo soy un visitante…​ ​Estoy aquí de paso... dijo el turista. 

-Lo mismo que yo, ​contestó el rabino Hofetz.

 

Todas y todos estamos de paso.

La vida es finita.

Todo, absolutamente todo,

tiene un principio y un final.

Y los seres humanos no podemos

escaparnos  de esa finitud.

Para que otros seres humanos vivan

es necesario que otros mueran.

Si no, el planeta Tierra colapsaría

y nadie podría vivir sobre él.

Observa la naturaleza.

Ella es una gran fuente de enseñanza.

Podrás ver cómo los animales

se enferman y mueren.

Cómo las plantas cumplen su ciclo y mueren.

Pero no se acaba la selva.

No desaparece el bosque.

 

- ¿Y a mí que me importa

si yo ya no voy a estar viva, vivo?

puede que te preguntes.

Entonces, querido amigo, querida amiga,

la que esta moribunda es tu alma.

Y si tu alma muere, ¿crees que puedes

seguir viviendo sin ella?

 

Las personas nos enfermamos porque

de algo tenemos que morir.

Y siempre es mejor morir de enfermedad

que morir asesinado.

O morir de hambre.

O morir en un campo de concentración.

O morir en una sala de torturas.

O morir por falta de medicinas.

O morir por falta de asistencia medica.

O morir por discriminación racial, sexual,

de género… cualquier tipo de discriminación.

O morir por culpa de la ignorancia,

ajena o propia.

O morir por culpa del fanatismo.

O morir por luchar por “la verdad”.

O morir de miedo por perder

las cosas materiales.

O morir de soledad

Entonces, ¿no es más natural simplemente

morir de vida?

¡Morir de vida!

Lo cual no significa resignarse a la enfermedad 

 

Y mucho menos buscarla o incentivarla.

Ni tampoco enfermar de estar enfermo.

Ni culpar a los otros y muchos menos

culparte a ti por tu enfermedad.

Porque tú no eres culpable de tu enfermedad.

Tú no eres responsable de que la enfermedad

haya aparecido.

 

Tu enfermedad no es un castigo

por algo que hayas hecho mal.

Pero hay muchas cosas que puedes hacer

para curarte o para vivir con la enfermedad

sin que te haga tanto daño.

 

En primer lugar: no te sientas culpable

por tu enfermedad.

El sentimiento de culpa mata más que

la enfermedad.

El sentimiento de culpa

es la peor enfermedad.

 

¿Por qué vas a sentirte culpable

de haber enfermado si la enfermedad

es una integrante más de la vida?

¿Acaso te sientes culpable

de tener hijos, de tener hijas?

¿Te sientes culpable de tener hambre?

¿Te sientes culpable de reír?

¿De llorar? ¿De cantar?

La enfermedad y la salud son las dos caras

de una misma moneda llamada Vida.

Si se tiene salud, en algún momento

se puede tener enfermedad.

Porque para tener enfermedad

primero hay que tener salud.

Entonces, ¿vas a sentirte culpable

por estar viva, por estar vivo?

La enfermedad es una de las piedras

que encontramos en el camino hacia el Arcoiris.

Hay quien la salta aquí o allá.

Pero siempre, en algún momento del camino,

la piedra se atravesará.

Entonces puede que eso que llamamos

Vida se detenga. O no.

Pero de todas maneras, eso que llamamos Vida

en algún momento se detendrá.

La enfermedad no es mas

que una de las estaciones

en las que se detiene el tren de la Vida,

antes de llegar a la estación central.

 

Entonces, querida amiga, querido amigo,

¡Si estas enferma, si estás enfermo

es porque estás viva, estás vivo!

¡Alégrate de formar parte de la Vida!

Con sus dificultades, a veces terribles,

vivir es maravilloso.

 

En segundo lugar: no te resignes

a la opinión de los expertos.

Los expertos también se equivocan.

La religión se equivoca.

Las amistades se equivocan.

La medicina se equivoca.

Una y uno se equivoca.

 

La ciencia avanza y retrocede.

Lo que hoy es malo,

mañana puede ser bueno y viceversa.

No te quedes con una sola opinión.

No dejes que te enfermen

más de lo que estás.

No permitas que te entierren

antes de tiempo.

 

Hay un antiguo y sabio cuento sufi

que dice lo siguiente:

Un hombre a quien se consideraba muerto

fue llevado por sus amigos para ser enterrado.

Cuando el féretro estaba a punto de ser introducido

en la tumba, el hombre revivió

y comenzó a golpear la tapa del féretro.

Los amigos abrieron el féretro

y el hombre se incorporó:

- ¿Qué estan haciendo?

dijo a los sorprendidos amigos.

- Estoy vivo. No he muerto.

 

Sus palabras fueron recibidas con asombrado

silencio. Al fin uno de los amigos acertó a hablar.

- Amigo, tanto los médicos como los sacerdotes

han certificado que has muerto.

¿Y cómo van a equivocarse los expertos?

 

Entonces volvieron a atornillar

la tapa del féretro

Y lo enterraron debidamente.

 

Resumiendo tenemos que:

Primero no tienes que sentirte culpable

por haberte enfermado;

Segundo, no tienes que permitir

que te enferme la opinión de los expertos.

La enfermedad es un túnel.

La luz está al final del camino.

 

Cuando estés enferma,

cuando estés enfermo,

busca la mano amiga.

La primera mano amiga

esta dentro de ti, búscala.

Cuando la encuentres,

busca la mano amiga externa.

Dos manos unidas son más fuertes

que la más fuerte de las enfermedades.

Y si crees que no hay mano amiga

es porque todavía no encontraste la tuya.

O porque no puedes ver.

 

A veces la mano amiga

está mas cerca de lo que crees.

Solo tienes que saber mirar.

Pero la mano no es para que te aferres a ella.

La mano es para compartir el camino,

que en definitiva es sólo tuyo.

Una mano puede ser la mano

de un ser humano.

Pero también puede ser la mano de Dios,

el Dios de tu religión cualquiera que esta sea.

 

También puede ser un animal,

un libro, una canción,

el sol, la luna, las estrellas...

Una mano puede ser cualquier cosa que te sirva.

Porque Dios, o lo que para ti es Dios,

está en todas las cosas. Y si tienes a Dios

dentro de ti, entonces, querida amiga,

querido amigo, tú no estás sola,

tú no estas solo.

 

 

 

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ISABEL PALACIOS... el eco de una ovación infinita / por Jairo Carthy / Caracas, 15 de Marzo de 2026

 


Una mañana, la puerta de mi oficina se abrió para dar paso a Isabel Palacios. Su presencia, siempre magnética, venía acompañada de un mandato irresistible

.

-Toma, Jairo, me dijo, ofreciéndome dos boletos - estas entradas son para ti y tu papá. Tienes que ir a este concierto el domingo; dirijo a la Simón Bolívar. Sé bien que no eres un asiduo de las salas de conciertos, pero te lo aseguro: esta vez te va a fascinar. Esta obra tiene todos los ingredientes que sé que a ti te gustan.

 

Con esa introducción, rechazarla era sencillamente imposible. Le aseguré que asistiríamos y que mi papá estaría encantado. Durante años, él había cultivado una admiración ferviente por Isabel, tanto por la artista monumental como por la mujer carismática; ya le había realizado varias sesiones de fotos, cautivado siempre por su desenvoltura y ese poder natural ante la cámara.

 

Tomé las entradas en mis manos y leí: CARMINA BURANA de Carl Orff. Ese nombre se grabó en mi memoria para siempre, como la marca de un hecho trascendental a punto de ocurrir. Y así fue. La profecía de Isabel se cumplió con creces: no solo me gustó, sino que aquella obra me convirtió en un devoto instantáneo.

 

Formalmente, Carmina Burana se define como una cantata escénica que exige una orquesta titánica, una sección de percusión masiva capaz de sacudir los cimientos. En el frente vocal, requiere solistas de primera línea, un coro mixto de grandes dimensiones, un coro pequeño y un coro infantil. Es una arquitectura de sonido apabullante. Desde su estreno en Frankfurt en 1937, cada presentación alrededor del mundo ha sido un triunfo rotundo, pero lo que estaba por vivir superaba cualquier registro histórico.

 

Llegó el esperado domingo. Era a las once de la mañana y el escenario sería la emblemática Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, un coliseo con capacidad para 2.500 personas. Estábamos en una ubicación privilegiada. La sala se fue colmando, butaca tras butaca, hasta que no quedó un solo resquicio vacío. Había jóvenes de pie y sentados en las escaleras; era un lleno total, una marea humana vibrando en una espera eléctrica.

 

Entonces, comenzó el desfile en el inmenso escenario. Los tres coros participantes, el coro de niños, los solistas y, finalmente, la orquesta tomaron sus posiciones. El aire pesaba de tanta expectativa. Y por fin, hizo su entrada la Maestra Palacios. Vestida con un elegante traje de lino beige y el cabello recogido, lucía absolutamente imponente.

 

Un aplauso atronador rompió el silencio. Las luces se atenuaron lentamente, concentrándose en el podio. Y con los acordes rugientes de "O Fortuna!", esa maravilla indescriptible comenzó.

Recuerdo haberme hundido en mi butaca, apoyando el brazo en la rodilla, quedando petrificado hasta el final. Ver a Isabel dirigir era un espectáculo de pura energía vital. Blandía la batuta con magistral destreza, esculpiendo cada nota e infundiendo a la obra una emoción desbordada, un éxtasis y un poder visceral... porque Carmina Burana lo tiene todo. Este no es un tratado musical, sino el testimonio de quien fue testigo de un momento cumbre; un instante electrizante que, hasta la fecha, no se ha replicado en esa sala, a pesar de los grandes artistas que la han pisado.

 

El aria de la soprano fue pura hechicería. La interpretación del barítono, los niños, los coros... todo era perfecto. Pero la intervención de los percusionistas - el corazón pulsante y la fuerza dramática de la obra - fue un despliegue fuera de serie. De nuevo, el retorno de "O Fortuna!", ahora con una intensidad final demoledora, marcó la conclusión de la obra.

 

En ese instante, se desató la ovación más estruendosa que jamás haya presenciado. Todo el público se puso de pie, como obedeciendo a un resorte invisible, y el aplauso creció hasta convertirse en un delirio colectivo. La gente gritaba y vitoreaba. La Maestra Palacios era la artífice incuestionable de esa maravilla que nos había conmovido hasta la médula.

 

Mi papá, siempre meticuloso, sacó su reloj para medir el tiempo de esa ovación interminable: 14 minutos y medio. Era increíble. Isabel hizo saludar a todos: coros, solistas y miembros de la orquesta, mientras recibía esa avalancha de gratitud que parecía no tener fin. Un ramo de rosas y su batuta eran lo único que sostenía mientras se inclinaba una y otra vez ante un reconocimiento histórico.

 

Después de ese éxito memorable e inigualable al frente de la maravillosa Orquesta Sinfónica Simón Bolívar del Sistema, Isabel recibió contratos de otras orquestas, dirigiendo conciertos, operas, ballet y siendo la cabeza de muchos proyectos musicales.

 

Años más tarde, junto a la Camerata Barroca de Caracas, Isabel llevó de nuevo a escena esta majestuosa obra en su versión para dos pianos y percusión completa. Arnaldo Pizzolante y Carlos Urbaneja fueron los solistas pianistas y, junto al Coro de la Camerata Barroca, la Camerata Infantil y el extraordinario equipo de percusión de la Orquesta Simón Bolívar, repitieron el milagro. Hicimos dos funciones a sala llena ante un público que, insaciable, rogaba por más.

 

Quedó demostrado que hay encuentros que solo ocurren una vez en la vida, pero cuyo eco, como el de aquel primer golpe de timbal, resuena para siempre en quienes tuvimos la fortuna de estar allí.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

Jcarthyc@gmail.com

 

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MI ENCUENTRO CON LOS GRANDES... por Jairo Carthy /. Caracas, 8 de Marzo de 2026

 


Y sin saberlo.  En mis primeros viajes a Nueva York, me movía el deseo de descubrir todo lo relacionado con el teatro y las artes escénicas. Mi ritual al llegar era infalible: lo primero era acudir a las taquillas de Broadway para comprar entradas para los musicales en cartelera.

 

Uno de los lugares que más anhelaba visitar era el Lincoln Center for the Performing Arts y, por supuesto, el Metropolitan Opera House. Tenía recomendaciones de personas importantes que me insistían en que no podía dejar de asistir. Al buscar entradas, me encontré con que todo estaba agotado para las fechas de mi estancia, excepto un lugar para la función de las dos de la tarde: una entrada "de pie". No entendía cómo funcionaba aquello, ¿pagar por estar de pie? Me sorprendió que, aun así, el lugar estuviera numerado. Aunque supuse que sería una entrada económica, no fue así. Aun con dudas, anoté en mi agenda la cita con la ópera que cambiaría mi percepción del arte: Aida, de Giuseppe Verdi.

 

Antes de irme, pasé por la taquilla del Avery Fisher Hall y compré una entrada para la Orquesta Filarmónica de Nueva York. En aquel entonces, no me importaba el repertorio ni el solista; como artista en formación, sabía que mi deber era presenciar a esos músicos de otro nivel.

 

Por fin llegó el día de AIDA. A pesar del frío invierno neoyorquino, la ocasión merecía vestirse con elegancia. Al entrar, quedé impactado: escaleras de mármol blanco que se cruzaban entre sí, una alfombra roja impoluta y lámparas majestuosas que parecían flotar en el aire. Más tarde supe que muchas eran de cristal de Swarovski entre otros, una donación del gobierno austríaco que simboliza el cosmos.

 

Pero el asombro no terminó en el vestíbulo. Al entrar a la sala, vi otras lámparas similares, pero estas se encontraban casi a ras del público en la platea. Una joven acomodadora me guio hasta mi lugar. Mi "puesto" era una especie de reclinatorio, pero diseñado para apoyar los brazos y disfrutar del espectáculo con comodidad a pesar de estar de pie.

 

De repente, las luces se atenuaron y las lámparas comenzaron a subir, ganando brillo mientras ascendían al ritmo de la obertura, como si danzaran con la orquesta. Fue un inicio sublime y totalmente novedoso para mí.

 

Describir la puesta en escena de AIDA me tomaría páginas enteras. La opulencia del antiguo Egipto estaba allí: cambios de escenografía impresionantes, la presencia de elefantes, camellos y caballos, y un vestuario e iluminación impecables.

 

El papel de Aida lo interpretaba una soprano de color con una voz prodigiosa. En mi ignorancia de aquel entonces sobre la ópera, llegué a pensar que usaba un micrófono oculto; me parecía imposible que su voz se proyectara con tal claridad por encima de un coro masivo y una orquesta completa. Su interpretación del aria "Ritorna vincitor" y la monumental Marcha Triunfal con la entrada de Radamés fueron momentos asombrosos. Salí del teatro cansado, pero con la satisfacción de haber visto una producción irrepetible.

 

Días después llegó el turno de la Filarmónica de Nueva York. Esta vez estaba sentado en el patio de butacas. Desde allí, veía perfectamente al director: un hombre de energía magnética. Parecía que de su batuta surgían hilos invisibles que movían a los músicos con una gestualidad precisa, logrando un sonido glorioso.

 

Cuando llegó el turno del solista, apareció un violoncellista. Debo confesar que el cello no era de mis instrumentos favoritos, hasta que lo escuché y lo vi a él. En el escenario, el músico y el instrumento parecían fusionarse en un solo ser. Su conexión emocional con el público era total; ponía el corazón en cada nota. Fue una experiencia única que me dejó profundamente agradecido.

 

Pasaron los años. Ya trabajando en la Ópera de Caracas, escuché a unas profesoras de canto hablar con vehemencia sobre las grandes divas de la historia. Una de ellas exclamó: - Para mí, la mejor Aida es la de Leontyne Price. ¡Qué voz, qué timbre! Ojalá hubiera podido verla en persona.

 

En ese momento, recordé a la soprano que me había deslumbrado en Nueva York. Al llegar a casa, busqué en mi biblioteca los programas de mano (Playbill) que siempre conservaba. Al abrir el del MET, allí estaba el nombre: Aida… Leontyne Price.

 

No podía creerlo. Había escuchado a la primera superestrella afroamericana del bel canto, una leyenda mundial que conquistó desde la Scala de Milán hasta el Metropolitan. Al día siguiente, regresé con mi programa de mano para relatarles cada detalle del montaje a las profesoras, quienes me escuchaban con asombro e interés.

 

Y, como seguramente sospechan, lo mismo ocurrió con el concierto de la Filarmónica. Al investigar con más conocimientos musicales, descubrí que aquel cellista que me conmovió era nada menos que Yo-Yo Ma, bajo la dirección del maestro Zubin Mehta. Dos gigantes de la música que, por un maravilloso azar del destino, pude disfrutar en mi juventud. Y no lo sabía.   ¡Qué tiempos aquellos!

 

Y así pasó…


Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 
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EL INVITADO 101 / por Jairo Carthy / Caracas 1 de Marzo de 2026

 

Al finalizar las funciones de Don Juan, de Guilherme Figueiredo - tanto en el Festival de Almagro como en la temporada del Teatro La Comedia de Madrid - , recibí una invitación de mi amiga Mariangelina Celis. Ella vivía en Bruselas, donde era Agregada Cultural de la Embajada de Venezuela; y además, había sido la productora de nuestra obra.  Estaba en Madrid, pues deseaba vernos en escena una vez más antes de que regresáramos a Caracas para una nueva temporada, y allí surge la invitación. 

 

Debido a la disponibilidad de vuelos, yo viajaría un sábado y ella llegaría el domingo. Mariangelina me aseguró que no habría problema: podría descansar en su casa y disfrutar de todas las comodidades mientras ella llegaba. Así lo hicimos. Salí muy temprano hacia el aeropuerto de Barajas a tomar el vuelo a Bruselas. Mi amiga ya había coordinado con el Encargado de Negocios de la Embajada, el Dr. Nelson Castellanos, para que me buscaran.  Él, con gran gentileza, insistió en ir personalmente al aeropuerto.

 

Llegué a Bruselas a las diez de la mañana. El Dr. Castellanos resultó ser un hombre joven, atento y muy simpático. De inmediato me pidió que lo tuteara. Mientras caminábamos hacia su auto - un BMW espectacular -, noté que el nivel de vida en ese país era altísimo; allí, ver un Mercedes Benz o un Lamborghini era lo cotidiano.

 

Camino a la ciudad, observé el paisaje y le pregunté:

 

- Nelson, ¿aquí la gente juega mucho al golf?

 

Él, sorprendido, me miró.  - ¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres jugar? Hay varios campos...

 

- No, no sé jugar, respondí. - Lo digo porque llevo rato viendo campos bellísimos, parecen alfombras.

 

Nelson soltó una carcajada: - No, Jairo. Esos no son campos de golf; son los parques públicos de Bruselas.

 

Ese fue el inicio de un día inolvidable. Cruzamos puentes de piedra sobre lagos perfectos, donde nadaban cisnes blancos y patos salvajes. Me sentía dentro de una tarjeta de Hallmark  o en un libro de cuentos de hadas.

 

Fuimos a desayunar a una cafetería para probar la exquisita pastelería belga. Nelson me contó que su pasión era la equitación y que tenía varios caballos.

 

- ¿Y dónde los tienes? ¿En tu casa?  - pregunté.

 

- No, en las caballerizas del Country Club. ¿Quieres acompañarme? Paso por allí y así conoces los caballos y el Club.

 

Me pareció un plan mucho mejor que quedarme viendo televisión.

 

El Country Club era un imponente castillo medieval de piedra rodeado de jardines llenos de flores multicolor. Hacía mucho frío, unos 9 grados, pero para los belgas acostumbrados a tener temperaturas bajo cero, aquello era casi verano. Tras atender sus asuntos, Nelson me invitó a la terraza:

-Vamos para que conozcas a unas amigas y tomemos un té caliente, seguro te caerá muy bien.

 

La elegancia y el buen gusto reinaba en cada rincón. En la terraza nos esperaban cinco damas sofisticadas. Yo no entendía nada; hablaban una mezcla de francés y flamenco (neerlandés), además de alemán. Me senté a disfrutar del té y del paisaje, pero me sentí incómodo al verlas reír mientras me miraban.

- Nelson, me siento fuera de lugar - le susurré -. Siento que se burlan de mí. Por favor, llévame a casa de Mariangelina o pídeme un taxi. 

 

Él me tranquilizó de inmediato: - ¡Para nada Jairo! Al contrario, me están pidiendo que te lleve como invitado especial a la fiesta de esta noche.

 

- ¿A una fiesta? ¡Cómo se te ocurre! - exclamé.

 

- Esta noche se celebran los 100 años del Country Club de Bruselas. Hay cien invitados de todo el mundo y ellas quieren que tú seas el invitado 101. Les dije que eres un actor venezolano que estabas de gira por España, y venías invitado por la Embajada de Venezuela y, además, el hermano de Deborah Carthy Deu, la actual Miss Universo. Eres la celebridad de la noche.

 

Efectivamente, mi hermana Deborah había sido coronada como Miss Universo representando a Puerto Rico, y su triunfo me llenaba de gran orgullo, ella es una luchadora incansable y además de su belleza tenía todos los atributos para ser Reina universal.

 

- Pero no tengo ropa para algo así —objeté.

 

- No te preocupes. Vamos a la boutique de Gianni Versace. Allí alquilan trajes de etiqueta. Con ese bronceado y tu peinado engominado de latin lover, las vas a volver locas.

 

¿Gianni qué? … Era la primera vez que escuchaba el nombre de Versace. La tienda era un espectáculo de cristal. Gracias al estatus diplomático de Nelson, las puertas se abrían a nuestro paso. Tras varias pruebas, el esmoquin quedó listo.

 

Pasamos la tarde recorriendo Bruselas, una ciudad espectacular que mezcla castillos antiguos con arquitectura moderna. Fuimos a su elegante apartamento a prepararnos. Me afeité y me peiné al estilo de Carlos Gardel, cabello engominado echado para atrás. El esmoquin de seda tenía una caída impecable. Yo me preguntaba: “¿Quién me va a creer esto?”.

 

Llegamos tarde a propósito para llamar la atención. Entré con un abrigo de piel de Nelson apoyado solo sobre un hombro, haciendo una entrada puramente teatral. El salón estaba organizado en mesas de herradura con candelabros enormes. Al poco tiempo, pronunciaron mi nombre en el discurso de apertura. Nelson me susurró: — Levántate y haz una venia.

 

Lo hice, y la curiosidad de los asistentes creció.

 

Durante el brindis, pedí agua mineral. No quería que el champán me diera sueño. Así, totalmente sobrio, tuve a un mesonero dedicado exclusivamente a servirme agua Evian toda la noche. Esto me permitió observar cómo la nobleza europea se desinhibía con el alcohol. Frente a mí estaba el Conde de Luxemburgo; a un lado, la Princesa de Suecia; al otro, el Príncipe de Dinamarca y una princesa de Malasia. Era la monarquía en pleno y yo estaba allí, entre ellos.

 

Al comienzo pensé que Nelson me estaba echando broma, pero luego descubrí que no era así, mujeres mayores muy elegantes con sus tiaras de piedras preciosas, un joven rubio también de la nobleza llevaba un corbatín de oro macizo, era un desfile de personas extrañas, joyas, Príncipes, Princesas, Duques, ¡en fin! Y por supuesto me repetía: ¿Quién me va a creer esto que estoy viviendo?

 

El momento cumbre fue el baile. Sin las barreras del idioma - hablando una mezcla de español, inglés e italiano -  con total desparpajo terminé charlando con medio salón. Estaba relajado, nadie me conocía y yo no conocía a nadie.  Una señora muy elegante, parecida a Hillary Clinton, me sacó a bailar. De pronto, la gente hizo una rueda a nuestro alrededor. Yo, con mi estilo caribeño, la soltaba, le daba vueltas y la acercaba al compás de la música. Nelson se escondía tras una columna muerto de la risa. Mi pareja de baile, aunque disimulaba, parecía algo desconcertada por mi ímpetu. Yo la tenía tomada de las dos manos y la alejaba y acercaba a mi, así durante un buen rato.  Creo que empezaba a incomodarse. Finalmente, Nelson me hizo señas para que la soltara y cediera el turno a otra pareja. La pobre mujer salió huyendo, aunque con mucha clase.

 

Fue una de las noches más increíbles de mi vida. A veces me cuesta creer que fue real, pero las diapositivas que conservo con aquel traje de Versace confirman la veracidad de la historia. Al terminar la velada en el Country Club, Nelson me mostró un poco de la vida nocturna de Bruselas: bares donde las mascotas son bienvenidas y las prostitutas, mujeres absolutamente bellas y perfectas se exhiben en una calle especial, en vitrinas,  totalmente desnudas para que uno pueda escoger la que más le guste.

 

Simplemente, una experiencia inolvidable.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 

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