Y ASÍ PASÓ... HILDA VERA... TODA UNA DIVA , por Jairo Carthy /. Domingo 4 de octubre de 2026

 


 

En aquellos años de intensa actividad artística, uno de mis trabajos favoritos  - que hacía casi por puro placer - era el maquillaje para sesiones fotográficas. Hacía mancuerna con Marta Mikulán Martín, fotógrafa argentina de gran prestigio. Sus “clientes” eran generalmente del medio artístico: teatro, ballet, música clásica, cine y televisión.

Teníamos tal compenetración que llegamos a presentar la exposición Rostros de la Música. Sabíamos exactamente cómo domar la luz y las sombras para la fotografía en blanco y negro, que se usaba mucho en ese entonces, intensificando rasgos para que cada artista luciera impecable. En mi caso, el maquillaje surgió por necesidad actoral: en mi afán por transformarme para cada personaje, experimentaba conmigo mismo todo tipo de trucos e inventos. Por petición popular, terminé aplicando esos hallazgos en rostros ajenos. Me fascinaba el maquillaje de caracterización, aunque también asumí el eterno terror de todo maquillador: arreglar novias.

 

Un día nos contrató una celebridad de otra categoría. Una mujer de energía inagotable, sensualidad a toda prueba y estampa de fuego: nada más y nada menos que HILDA VERA, diva indiscutible de nuestro cine, teatro y televisión.

 

Nos citó en su casa para la sesión. Era un enorme y elegante apartamento en una de las mejores zonas de Caracas. Entrar allí era respirar talento y disciplina: las paredes estaban tapizadas de placas, premios, trofeos y reconocimientos a una carrera memorable.

 

Como el inicio de fotos siempre es tenso, mientras Marta montaba las luces, Hilda y yo coordinábamos el vestuario. Llegó el momento del maquillaje. Ella se puso una espectacular bata de seda blanca y yo encendí los motores. Para romper el hielo me gustaba hablar; la química entre maquillador y modelo es sagrada. Todo fluía de maravilla. El centro de atracción eran sus ojos.

 

Para las pestañas, yo utilizaba un rímel profesional en pasta negra que me había enseñado a usar el gran maquillador Francois Paredes. Se aplicaba con un cepillito especial y luego, con un alfiler largo, yo iba separando y destacando pestaña por pestaña con precisión quirúrgica.

 

En pleno proceso de microcirugía en el ojo izquierdo, Hilda me pregunta con absoluta desenvoltura:

 - ¿Y no me vas a poner de una vez las pestañas postizas?

 - No, Sra. Hilda - le respondí con mucha serenidad  -  No hace falta. Con mi técnica le van a quedar igual o mejor que las postizas.

Aquello fue como arrojar una chispa en un barril de pólvora. En un solo impulso se puso de pie, escandalizada:

- ¡No, no, no! Yo necesito pestañas postizas. Es lo lógico, ¡lo profesional! Yo no me tomo ni una sola foto sin las pestañas postizas.

Gritaba con tal vehemencia que Marta entró corriendo a la habitación para ver si había estallado una guerra.

- ¡Imagínate, Marta! - dijo la Diva, señalándome -. Dice este muchacho que no me va a poner pestañas postizas porque me las deja «mejor». ¡Tú estás loco! Si no me las pones, aquí no hay fotos.

 

Marta me tomó del brazo, me arrastró a un rincón y me susurró entre dientes:

- Jairo, por el amor de Dios, no le lleves la contraria. Ponle las pestañas y se acabó el drama.

 - Marta, no tengo problema en ponérselas. El problema es que no las tengo. Últimamente no las uso y no las traje.

A Marta se le desencajó el rostro.

- ¡Pues sales corriendo a comprarlas! ¡El tiempo corre!  

De inmediato le dije: - ¿A dónde, Marta? ¡Hoy es Jueves Santo! Está todo cerrado y esto es una zona residencial.

 

En eso reapareció Hilda Vera. Con la bata blanca, el rostro a medio maquillar y un turbante improvisado en la cabeza, parecía el personaje de una película de los años cincuenta.

- ¿Y bien? ¿Me las vas a poner o no?

Marta intervino con una sonrisa ensayada que denotaba pánico puro:

- ¡Por supuesto, Sra. Vera! Lo que pasa es que Jairo va a buscarlas en mi estudio.  Ya regresa.

Me volvió a ver con unos ojos desorbitados que eran una súplica desesperada.

 - Claro que sí, ya regreso - atiné a decir.

En la puerta, Marta me despidió al borde del colapso:

- Trata de conseguirlas donde sea o este trabajo se va al carajo.

 

Salí disparado. La parte “positiva” del Jueves Santo era que Caracas parecía una ciudad fantasma: ni un solo carro en la calle, lo que me permitía volar de un extremo a otro. La parte trágica era que en esa época la Semana Santa era sagrada y nadie abría un local. Tampoco existían las cadenas de farmacias 24 horas de hoy en día.

 

Manejé en vano hasta que tuve una revelación: ¡las farmacias de turno! Tras dar vueltas desesperadas, encontré una farmacia pequeña. Me atendió una señora mayor que, milagrosamente, tenía una cajita de pestañas postizas con su pegamento incluido. Vi el cielo abierto. Por poco le doy un beso antes de salir volando de regreso. Estaba feliz.

 

Cuando reaparecí, a Marta le volvió el alma al cuerpo. Hilda estaba tomando un té, muy compuesta:

- Bueno, mi amor, pónmelas de una vez. Yo sin pestañas postizas me siento desnuda. 

Marta y yo nos miramos, provocaba risa la situación, pero la idea era no contradecirla:

- Claro Sra. Hilda la entiendo perfectamente -le dije yo.

Le coloqué las pestañas postizas en el ojo derecho – ambos ojos tenían mi técnica manual. Llamé a Marta para que evaluara el progreso. Marta se acercó, miró fijamente el rostro de Hilda y dijo aliviada:

- ¡Buenísimo! Ya está lista, Sra. Hilda.

De inmediato salté yo: - ¡No, Marta! Falta el ojo izquierdo.

Marta se me quedó viendo. Al notar que el ojo izquierdo (sin postizas) lucía exactamente igual de tupido e impactante que el derecho (con postizas), entendió la jugada.

-Ah... ¡Claro! Excelente. Ya casi empezamos - disimuló Marta.

Y por supuesto le puse las pestañas que faltaban, aunque no hicieran falta.  

-Listo Sra. Hilda – le dije.

Hilda se miró en el gran espejo, ensayó una pose majestuosa y suspiró satisfecha:

-¡Ahora sí! La diferencia es del cielo a la tierra. Ahora sí estoy tranquila.

Se giró, me dio un beso y me dijo: “Eres un sol, Jairo. ¡Muchas gracias!”.

 

Lo que vino después fue un espectáculo inolvidable. Hilda se cambió cerca de cien veces: utilizaba atuendos de todo tipo, para toda ocasión, vestidos de gala, vestidos de cocktail, blusas entalladas con jeans mostrando sus curvas espectaculares, aderezadas por múltiples accesorios que ella manejaba con una destreza sorprendente: sombreros, plumas, estolas, pieles, Marabú de varios colores. Collares, pulseras, bufandas, zarcillos, era algo increíble y con la velocidad que lo hacía, se miraba en el enorme espejo que tenía, ensayaba rápidamente 2 o 3 poses y directo a las fotos.  Irradiaba una energía desbordante. 

 

Marta estaba al borde del colapso porque Hilda se movía mucho y con tanta fluidez que, cuando la cámara enfocaba, ella ya había cambiado de pose. Pasaba de frágil a sexy, de soñadora a dramática en cuestión de segundos. Fue una jornada agotadora, pero el resultado fotográfico fue sublime.

Hilda Vera demostró por qué era una leyenda insustituible. A pesar del tiempo tenía la fuerza y picardía de una joven, era maravilloso verla disfrutar la sesión de fotos.  Yo estaba agradecido de haberla conocido y poder verla en acción y compartir con alguien como ella, era toda una celebridad… Hilda Vera es un referente para muchas generaciones de futuros artistas por su disciplina, talento y amor por las artes escénicas.  

Y así pasó…

 

PD: A partir de ese Santo día, jamás volvió a faltar un par de pestañas postizas en mi maletín.

 

 


 


"CARLOS GIMÉNEZ MEMORY-Aproximación biográfica" de Viviana Marcela Iriart, prólogo de José Pulido, diseño gráfico de Jairo Carthy, Ediciones Choroní, septiembre 2026



 




“CARLOS GIMÉNEZ MEMORY-Aproximación biográfica” de Viviana Marcela Iriart, prólogo de José Pulido, diseño gráfico de Jairo Carthy y publicación de EDICIONES CHORONÍ, nos adentra en la vida, obra y pasión de un hombre que, en apenas 30 años, dejó una huella en el mundo teatral que ni el paso del tiempo puede borrar.

Pero…¿quién fue Carlos Giménez?


“¿Quién dirige con la mentalidad única de un Fellini, planea con la paciencia de un Kissinger, combina el arte y el comercialismo con la astucia de un Joe Papp y vive en Caracas, después de haber resucitado de entre los muertos? Carlos Giménez”. Jeff Levis, The Daily Journal, 1982

Alabado por Joseph Papp, Giorgio Strehler, Pierre Cardin, García Márquez, Jack Lange, The New York Times…¿quién fue Carlos Giménez, Argentina 1946-Venezuela 1993, el genio argentino-venezolano de la creación teatral?

“En Caracas hay un joven director que ha encontrado la esencia del estilo épico de Brecht y los elementos de los métodos de trabajo de Peter Brook, en soledad, lejos de los maestros europeos. Ese director es Carlos Giménez”. Glenn Loney, Universidad de Cambridge, 1986.

Carlos Giménez realizó su primera gira europea a los 17 años y a los 19 años recibió sus primeros premios internacionales en Europa.

“El Sr. Giménez crea un espectáculo con la belleza y la grandeza cromática de una pintura de Gericault y envía a sus personajes a girar en torno a ella en una danza hipnótica, pero sin difuminar las complejas líneas de la trama". The New York Times, 1987

En su corta vida, murió a los 46 años, sus montajes, que eran un canto a la libertad, revolucionaron, cautivaron, fascinaron, crearon polémica, y deslumbraron al mundo entero.

Adorado, odiado, perseguido, encarcelado, deportado, exiliado, torturado, difamado, endiosado… Carlos no se detuvo ante ninguna adversidad ni ante ningún elogio: en 29 años dirigió 101 obras de teatro en 7 país, realizó giras por 35 países de 3 continentes, creó más de 20 instituciones teatrales en Venezuela y Argentina, entre ellas el Festival Internacional de Teatro de Caracas y el Festival Latinoamericano de Córdoba, Argentina.

La adaptación y dirección de “El Coronel no tiene quien le escriba” (1989), de García Márquez, lo encumbró como uno de los mejores directores del mundo.

“Absolutamente emocionante. De veras no esperaba que fuera tan emocionante, tan conmovedora para mí y tengo la impresión de que para el público también porque me di cuenta de que todo el mundo quedó en suspenso desde la primera palabra hasta la última. No se oyó volar una mosca, no se oía respirar. Es emocionante realmente”. Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura México, 1989.

Viviana Marcela Iriart es una escritora y editora argentina-venezolana, fundadora de la editorial independiente Ediciones Choroní y del blog, canal de Youtube y página de Facebook de Carlos Giménez.
Ha publicado los libros “Bravo Carlos Giménez”, “María Teresa Castillo-Carlos Giménez-Festival Internacional de Teatro de Caracas 1973-1992” (de lectura gratis), “La Casa Lila” (novela LGBT), “Entrevistas” y “Puerta Abierta al Mar” (teatro).




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SIEMPRE SE ESCUCHARÁN SUS PASOS EN LA ESCENA, prólogo de José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis”, Italia 2024: "CARLOS GIMÉNEZ MEMORY- Aproximación biografía" de Viviana Marcela Iriart, Ediciones Choroní, septiembre 2026

 





El Soneto 6 de William Shakespeare podría recitarse hoy en la tumba de Carlos Giménez, de Carlitos, como lo llamábamos y lo seguiremos llamando quienes tuvimos su amistad y el privilegio de verlo trabajando una obra de teatro, oficio que realizaba con la misma pasión que pusieron en boga los hombres y las mujeres que amaron el teatro y lo convirtieron en una magistral expresión del alma.

 

SONETO 6 DE SHAKESPEARE

 

No dejes que la cruda mano invernal estrague

ese verano tuyo sin que antes se destile:

conserva tu esencia en un precioso envase,

antes de que el tesoro más bello se aniquile.

 

No es vedada usura usar así la vida,

y alegra a quien paga la renta de buen grado;

hacer de ti una copia lo mismo supondría,

y si son diez por una, diez veces contentado.

 

Y más feliz diez veces aún te sentirías

si en otros diez iguales diez veces te copiases:

¿Entonces, al marcharte, la muerte qué haría

si a ti como heredero viviente te dejases?

 

No seas obstinado, que toda tu excelencia

ni Muerte ni gusanos obtengan por herencia

 

 

LA CONDICIÓN HUMANA

 

La condición humana, la sinceridad plena respecto a la condición humana. Lo que la gente no había advertido en su diario vivir. Eso le interesaba sobremanera a Carlos Giménez y lo expresaba en el teatro que organizaba y creaba sobre el escenario.

Él era un panorama humano, un destello de vida que no se apagaba. Y el fenómeno creador que lo acompañó desde siempre no resultaba fácil de descubrir pero cuando se avizoraba su fortaleza para dirigir, su magia para conmover era imposible dejar de admirar y querer lo que hacía.

El mundo podría estar encerrado en un frasco y Carlos lo miraría desde afuera y Carlos lo recorrería desde adentro y todo el cristal que el frasco usaba como envoltorio desaparecería cuando Carlos invocara la visión teatral.

Ese es uno de los puntos esenciales de lo que él sabía realizar: invocar la visión teatral y conseguir que la más alta expresión humana funcionara en un escenario y trascendiera hacia todos los senderos del alma.

Creo que Viviana Marcela Iriart fue una de sus amigas más observadoras, una de las más acuciosas y apasionadas a la hora de valorar lo que él lograba en la escena. Ella pudo mirar más profundamente en él, ella lo analizó como quien estudia las emanaciones del lenguaje que jamás deja de brillar.

Viviana Marcela ha logrado establecer una memoria sólida, irreductible, con su escritura y su noble deseo de que el olvido nunca toque la obra de Carlos Giménez. Ella es la muestra más clara y justa de lo que en última instancia anhela un creador en el arte: que alguien sea intensamente impresionado por la obra y haga posible que su recuerdo no desaparezca.

Porque en el teatro los escenarios se vacían y se vuelve a llenar con piezas, actores, escenografías, directores y dramaturgos, pero siempre hacen eso: se vacían y el público también va, viene y cambia: a veces para retroceder porque cada público debe comenzar de cero, desde el principio.

Viviana Marcela Iriart consigue que los nuevos públicos se empapen con las virtudes y la peculiaridad de Carlos Giménez, un hombre de teatro que se entregó tanto a esa pasión como cualquiera de los grandes teatreros que existieron transformaron en gran voz universal el lenguaje de las tablas.

No solo fulguraba en el oficio de hacer teatro, sino también en la propuesta existencial de amar el teatro. Hablando de pronto sobre el ángulo de una obra, Carlos Giménez podía extraer de sus sensaciones y conocimientos frases enriquecedoras que clarificaban cualquier niebla, que desenredaban cualquier madeja. Sus palabras salidas del hondo conocimiento de la escena, hacían más visible el alma de cualquier dramaturgo, de cualquier creador. Convertía en seres cotidianos a Shakespeare, Ibsen, Chejov, Ionesco, a cualquiera.

 

La biografía que ha realizado Marcela Viviana Iriart es una puerta amplia por donde es posible entrar al mundo de Carlos Giménez y amar más el teatro junto con él. Inclusive, hasta quienes no lo conocieron sabrán en algún momento que Carlos Giménez forma parte sustancial del teatro porque siempre se escucharán sus pasos en la escena.

 

© José Pulido

Diseño de portada del libro: Jairo Carthy


 

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Y ASÍ PASÓ / LA LUZ DE CARLOS GIMÉNEZ por Jairo Carthy / 27 de Septiembre de 2026


 

Hay anécdotas extrañas y mezquinas que quedan grabadas en la memoria. Ocurrió durante mi etapa de formación en la Escuela de Teatro, en el marco del III Festival Internacional de Teatro de Caracas, con el estreno de Las Lanzas Coloradas de Arturo Uslar Pietri, bajo la dirección del maestro Carlos Giménez.

 

La expectativa era enorme. Carlos había abierto el elenco a reconocidas figuras de la televisión, lo que sumaba un atractivo magnético para el público al reunir a las estrellas dramáticas del momento. La emoción se respiraba en el aire.

 

El estreno tendría lugar en el Teatro Municipal, una de las salas más majestuosas y de mayor aforo de Caracas de aquel entonces. Cuando llegué acompañado por algunos compañeros del Laboratorio Teatral Anna Julia Rojas, nos invadió un desconcierto absoluto: el lobby del teatro estaba desierto. Sin colas, sin bullicio, casi sin nadie. Nos preguntamos si nos habíamos equivocado de día o de hora, pero al mostrar nuestras credenciales del Festival, el portero nos confirmó que sí: era la noche del gran estreno.

 

Nos recibió una sala inmensa y sobrecogedora en su silencio, con sus balcones y su platea prácticamente vacíos. En ese ambiente enrarecido comenzó la función. El montaje era deslumbrante, cargado de efectos, con una escenografía espectacular de José Salas y un juego de luces y sombras donde la penumbra misma parecía actuar.

 

A los pocos minutos, la mezquindad hizo su entrada: pequeños grupos dispersos en la platea y los balcones comenzaron a boicotear la obra con risas despectivas, ruidos e interrupciones deliberadas. De pronto, uno de nuestros compañeros del Laboratorio - un prestigioso abogado, hombre maduro, tímido y apasionado por las artes escénicas -  se puso de pie. Con una voz firme y una impostación que jamás le habíamos escuchado, encaró al teatro entero:

-¿¡Qué carajo les pasa a todos!? ¡Qué falta de respeto para con los actores que están trabajando para nosotros! ¿Acaso alguno de ustedes ha dado algo o hecho algo por este montaje para que vengan a sabotearlo sin importar el daño que le hacen a la obra y al Festival?

 

No podíamos creer la valentía de nuestro amigo saliendo en defensa del escenario. En escena, la gran protagonista, Lupita Ferrer, le hizo una reverencia profunda y le envió un beso, gesto al que se sumó el aplauso conmovido de todo el elenco. Gracias a esa intervención digna, la función pudo llegar a su fin. Los saboteadores se retiraron en silencio y los pocos que quedábamos aplaudimos con el corazón encogido, entre la energía de la resistencia y el dolor de no comprender la ausencia del público.

 

Muchos años después comprendí la trama oculta: en aquel momento, Carlos Giménez era víctima de una feroz campaña de desprestigio promovida por la envidia y el prejuicio. Pero la templanza de Carlos aguantaba eso y más. Era un hombre de teatro integral que jamás se dejó intimidar. Aunque aquel amargo episodio lo llevó a un autoexilio temporal en España, su regreso fue glorioso: le demostró al mundo, con puestas en escena desbordantes de genio y originalidad, la inmensidad de su talento.

 

Décadas más tarde, en Ediciones Choroní, tuve el honor y el privilegio de asumir el diseño y la diagramación del libro ¡Bravo Carlos Giménez!. Sumergirme en sus páginas fue una aventura entrañable. Al diagramar los testimonios de artistas de todo el mundo que elogiaban su obra, sentí que lo conocía , quizás comprendiendo su legado con una cercanía muy especial.

 

Aquellos años 90 fueron oscuros y veloces. Las personas se marchaban de repente, en silencio, envueltas en la sombra de una "pandemia" que la sociedad ocultaba por prejuicio y que arrebató a tantos creadores extraordinarios cuando aún tenían un universo por entregar. Carlos Giménez, tristemente, no fue la excepción, dejando inconclusos proyectos deslumbrantes... en uno de los cuales el destino nos habría cruzado.

 

Ocurrió tras el estreno de Los juegos prohibidos de los Ángeles, de Manuel Caballero, dirigida por Rubén Rega, donde me correspondió el papel protagónico. Roberto Stopello, diseñador de iluminación de la obra, le había hablado de mi trabajo a Carlos, y el Maestro asistió a la función. Durante el brindis me felicitó con calidez y me hizo una pregunta que me dejó sin aliento: me propuso protagonizar y sumarme al Grupo Rajatabla para el montaje de El Mercader de Venecia de Shakespeare.

 

Acepté de inmediato, emocionado. Mi amado Germán Mendieta, actor pilar de Rajatabla, daba saltos de alegría imaginando que volveríamos a compartir tablas. Quedamos en reunirnos a la brevedad. Sin embargo, esa cita jamás llegó a concretarse. Durante la espera, la luz de ese ser maravilloso se fue extinguiendo lentamente.

 

Haber trabajado en las tablas bajo la dirección de Carlos Giménez habría sido una experiencia transformadora. Sin embargo, me queda la gratitud de haberme inmiscuido en su vida a través de las páginas de su libro, honrando a ese genio indomable.

 

Muchas cosas quedaron pendientes en mi carrera como actor; ese Mercader, sin duda, es una de las ausencias más queridas.

 

Y así pasó…

Jairo Carthy

 jcarthyc@gmail.com

 

 
 

 

 

 

Y ASI PASO / LA CAMERATA ... mi vida en la música antigua / por Jairo Carthy. / Caracas, 20 de septiembre de 2026

So 

 

¡Se acabó la ópera! Así, de repente, sin aviso previo y sin ningún finale apoteósico (como los que a mí me gustan). La sorpresa quedó dibujada en el rostro de cada uno de los que formamos parte de aquel sueño de Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas que tantos frutos dio. Durante cinco años, los cantantes venezolanos tuvieron una plataforma donde forjar una carrera; de la noche a la mañana, la incertidumbre, la desolación y ese vacío indescifrable se convirtieron en lo único que teníamos en común.

 

Pero, afortunadamente, a los pocos meses el panorama cambió por completo. Isabel tenía - como siempre - un plan B. Contaba con un grupo de música antigua llamado Camerata - que en aquellos días se definía jocosamente como “una familia de locos que gozan haciendo música antigua” -  y me invitó a trabajar con ella solo algunas mañanas. La idea era darle a ese proyecto una imagen institucional y ver si podíamos lograr grandes cosas, tal como lo habíamos hecho en la ópera.

 

Con el equipaje de aquellos años tan productivos, comencé a trabajar hombro a hombro con ella. Lo hacíamos en la mesa de su comedor: una superficie de roble macizo con bancos a cada lado que se metamorfoseaba cada mediodía para dar paso al almuerzo familiar. Todo lo teníamos dispuesto para esa transición exprés: en cajas especiales guardábamos el material de nuestra pequeña oficina, y una simple mesa con su máquina de escribir bastaba para echar a andar lo que estaba por venir.

 

Cambié entonces a los fieles y admirados amigos que había aprendido a conocer -Verdi, Puccini, Bellini, Donizetti, Bizet, Rossini-  por otros que en ese momento eran tan nuevos para mí como lo fueron aquellos en su momento. Así, Vivaldi, Bach, Monteverdi, Handel, Mozart, Purcell, Schumann y muchos más del período renacentista y barroco pasaron a formar parte de mi cotidianidad.

 

Cuando fuimos a otorgarle presencia jurídica al grupo para abrir una cuenta bancaria y cumplir con los requisitos de ley, nos topamos con que necesitábamos casi un apellido, pues «Camerata», por sí solo, no se podía registrar. Fue así como se le agregó el “de Caracas”, sellando un nombre que llevaríamos con orgullo durante décadas.

 

Había varios frentes: la Camerata Renacentista - que en ocasiones se transformaba en Camerata Medieval - , la Camerata Barroca con un coro de cuarenta voces mixtas, la Orquesta de Cámara Collegium Musicum y el grupo Memoria de Apariencias, encargado de dar vida a las óperas de los períodos que abarcaba la institución. Todo ello bajo la dirección, el talento y la inagotable creatividad de Isabel.

 

Los años fueron pasando y, con el tiempo, la Camerata de Caracas se convirtió en un ejemplo a seguir. Llegamos a tener sede propia y un equipo administrativo de diez y hasta doce personas. Así comenzó «la aventura moderna de la música antigua», como rezaba el eslogan que utilizamos durante años.

 

Este escrito no pretende abarcar toda la trayectoria nacional e internacional de los grupos; necesitaría muchas páginas para resumir lo que durante décadas atestigüé y ayudé a construir desde dentro. Fui parte de cada montaje, de múltiples festivales y de incontables ediciones discográficas, administrando los recursos financieros y manejando una imagen gráfica que siempre estuvo supervisada - y por lo general ideada - por la propia Isabel. Gracias a su valioso asesoramiento fui aprendiendo a recrear cada época: los colores, las texturas y las tipografías adecuadas según el estilo y el compositor. Fue una escuela perfecta cuyos resultados, muchas veces, fueron elogiados por la propia crítica.

 

Durante muchísimo tiempo, Isabel tuvo que demostrarle al gobierno y a la empresa privada que valía la pena invertir en la Camerata. Fueron décadas de grandes acontecimientos, de éxitos memorables, de ausencias inevitables y de un amor desmedido por lo que hacíamos. En las etapas en que estábamos holgados financieramente, todo era celebración; y cuando no era así, apretábamos filas. Jamás en todos esos años me pidió cuentas o me revisó un informe bancario. NUNCA. Lo que yo decía era ley. Esa confianza ciega fue el pilar de un vínculo indestructible y contará por siempre con mi agradecimiento infinito.

 

Nos unía una complicidad diaria. Teníamos frecuentes ataques de risa incontrolables; una sola mirada bastaba para saber exactamente qué pensaba el otro o qué debíamos hacer. La conocía al milímetro: sabía cuándo era el momento exacto para abordar un problema y cuándo era mejor guardar silencio.

 

Podría estar horas escribiendo sobre mis andanzas con Isabel a lo largo de más de cuarenta años. Desde nuestra juventud, cuando ella era artista exclusiva de Mito Juan Pro-Música y yo apenas me adentraba en el universo clásico, me enseñó a comprender y a querer primero la ópera y luego la música antigua. Recuerdo con entrañable nostalgia los momentos sencillos: ir juntos de compras, perder el sentido dentro de una papelería fascinados por cuadernos, libretas, lápices y bolígrafos, o acompañarla a elegir los vestidos de gala para sus conciertos como solista. Siempre la apoyé para que luciera radiante, porque Isabel poseía una belleza y una simpatía únicas que deslumbraban a todos.

 

En la Camerata no solo me limitaba a administrar, también a escuchar, a remodelar muchas veces la sede y darle vida y color.  Fui psicólogo y cómplice de muchos y muchas aventuras y tuve la oportunidad de resolver y a veces mejorar la vida de quienes trabajaban conmigo, recibiendo por ello no solo el respeto sino el cariño incondicional de cada uno. 

 

“La música que nunca conocimos” fue el eslogan para ofrecer al mundo la música del pasado de América a través de cinco festivales, con la presencia de musicólogos de gran relevancia internacional y agrupaciones que venían de diversos países a mostrar el fruto de sus investigaciones rescatando piezas olvidadas.

 

Muchos proyectos e inventos se hicieron en la Camerata de Caracas. Desde mi posición, vi cómo florecieron las carreras de jóvenes músicos y cantantes que llevaban el sello MADE IN CAMERATA - o lo que era lo mismo: MADE IN ISABEL - , pues ella era el corazón de todo, y el público se lo retribuía con aplausos calurosos en cada montaje. No hay duda: la Camerata es Isabel.

Un día, Isabel entró a mi oficina y me dijo:

- Mi amor, te quiero leer algo que escribí.

Cada texto que redactaba contaba con mi opinión, y yo era feliz teniendo la primicia absoluta de sus ideas

- Cuéntame, ¿qué escribiste? - le pregunté.

- Escribí una entrevista a Puccini.

- ¿Cómo así?… ¿Una entrevista?

- Sí, claro. Como si estuviera en esta época y un periodista lo entrevistara. Déjame leerte y luego te explico los detalles.

 

Así comenzó una faceta nueva e impactante: Isabel la dramaturga. Aunque ya había escrito artículos, ensayos e inclusive una obra de teatro llamada Genio y locura sobre la vida de Händel, ahora se arriesgaba a traer a la vida al mismísimo Giacomo Puccini en la época actual, el cual estaría maravillado por el mundo moderno. Mientras leía, interpretaba a ambos personajes: el periodista incisivo y el compositor soñador. Era un espectáculo verla. Con su cultura inagotable y su rigor de investigadora nata, lograba que todo sonara real, auténtico.

 

La felicité efusivamente, y entonces vino la mejor parte

-Te cuento -añadió ella- . La idea es que sea como un programa de televisión, donde el público asistente sea a su vez el público del programa. Mientras transcurre la entrevista, cantantes en vivo acompañados al piano interpretarán las arias más conocidas.

- ¡Qué maravilla, Isabel! - le dije -. ¿Y dónde lo quieres hacer?

 

Ella, sin saberlo, sembró en mí muchas ilusiones y sueños guardados con la respuesta que salió de su boca

¡- En nuestro teatro! Vamos a hacer un teatrico en la sala de la Camerata. Hablaré con Carlos y veremos qué tenemos para armarlo.

 

¿Un teatro? ¿Un teatro propio?... Mi corazón dio un vuelco. Aquel proyecto lo asumí como algo mío. Durante décadas de conciertos solo asistía a los montajes más apoteósicos - como el Mesías de Händel, Il Festino de Banchieri, la Pasión según San Marcos de Keiser, Fiestas de pasión y gloria o los estrenos de las óperas- ; pero esta vez me involucré en cada detalle. Diseñé una logística impecable para la reserva y venta de entradas numeradas. El público, que siempre agotó las entradas, quedaba maravillado por la organización y la calidez del espacio. Y yo los recibí en cada una de las funciones. 

 

Durante el proceso de creación, supervisé de cerca el trabajo de Carlos, un joven talentoso y muy dispuesto. Le fui enseñando los secretos del escenario: la terminología teatral, la magia de las luces, la mística tras bambalinas. Logré sembrar en él esa misma pasión que luego se reflejó en cada temporada de La Entrevista.

 

Después de Puccini vinieron varias entregas dedicadas a Mozart, Monteverdi, Vivaldi y Beethoven, entre otros. Como siempre, disfrutaba del privilegio único de escuchar primero los textos en la voz de su autora. Y debo confesar que, aunque grandes actores interpretaban a los personajes, nadie lo hacía mejor que Isabel. Su encarnación de Beethoven, con el acento alemán que le imprimía y el matiz de su dificultad auditiva, era simplemente insuperable.

 

Ese teatrico despertó en mí algo que nunca se había dormido. A veces, cuando la jornada terminaba y me encontraba totalmente solo en la sede, me subía al escenario. Encendía los reflectores, sentía la madera bajo mis pies y comenzaba a improvisar un cuento, un chiste o una anécdota ante la atenta mirada de mi perra adorada, que vivía allí. En esa soledad comencé a soñar despierto. Planifiqué desde un espectáculo unipersonal - que luego se transformaría en libro - hasta montar una comedia del absurdo junto a Isabel que parecía escrita pensando en los dos. Ese espacio revivió el fuego sagrado de mi verdadera pasión: el teatro.

 

El lugar ganaba renombre, el público llenaba las funciones e incluso un director y dramaturgo reconocido presentó una de sus obras en nuestra sala. Todo fluía con una luz hermosa, hasta que irrumpió algo inesperado cuyos alcances jamás imaginamos: la pandemia del COVID-19.

 

Al principio no entendíamos nada. ¿Un virus? ¿Una cuarentena de unos días? Pronto la realidad nos golpeó. No fueron días, fueron años. El mundo se detuvo, el silencio se apoderó de las calles y los encuentros presenciales quedaron prohibidos. Para el arte vivo, el golpe fue devastador.

 

Y empezó el cambio… el sinsentido. Sin programación ni público, no era factible continuar. Pasaron algunos meses. Sabía lo que teníamos que hacer, pero no era fácil: toda una vida no se desecha ni se olvida así como así; eran muchos, muchísimos años.

 

Un día, recogí mis cosas - que no eran muchas- , bajé las escaleras y llegué al teatro. El escenario estaba a oscuras, las sillas vacías; ese espacio que hasta hacía muy poco contenía toda la vida, los aplausos y los ¡bravos! por lo que allí presentamos. Sentía un dolor profundo y callado, el recordatorio inevitable de que todo ciclo tiene su final. Encendí todas las luces y subí al escenario, sabiendo que era la última vez.

 

Las paredes de esa hermosa casa guardan para siempre incontables risas, momentos gloriosos y también algunas lágrimas. Pero también guardan mis ilusiones: el deseo ardiente de regresar a las tablas. Había llegado, entonces, el momento de hacer mutis.

 

Fui apagando las luces de la escena, poco a poco, lentamente. En el centro quedó encendido un solo reflector cenital, resplandeciendo en la penumbra como una pequeña llama rebelde .  Lo miré por un instante, con el corazón apretado de gratitud y nostalgia por todo. Caminé hacia el interruptor y, suavemente, lo apagué también.

 

La oscuridad abrazó el escenario, dejando a oscuras el espacio, pero guardando intactos, en el silencio de la memoria, mis sueños más queridos y los recuerdos de lo vivido durante tantos años… BLACKOUT…

 

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com 

 

 


 


Y ASÍ PASÓ... HILDA VERA... TODA UNA DIVA , por Jairo Carthy /. Domingo 4 de octubre de 2026

    En aquellos años de intensa actividad artística, uno de mis trabajos favoritos   - que hacía casi por puro placer - e...