"Leer los poemas de Beatriz, nos hacen sentirnos inmersos de alguna manera en los versos de Alejandra Pizarnik y de Sylvia Plath. Mas, ¿quién es esta poeta sublime, que nos remite a Novalis, a Goethe con sus versos que abrazan a la muerte con brazos seductores, que al mismo tiempo expresan sufrimiento y dolor...?". Sonia M.Martin, Estados Unidos (fragmento).
La periodista y poeta venezolana Petruvska Simne, en una entrevista a Beatriz Iriart publicada el 11 de febrero pasado en España, escribe: "Algo que encontramos en los poemas de Beatriz Iriart me hace recordar lo que la poeta, escritora y filosofa española María Zambrano escribió en uno de sus ensayos: “la poesía es pensamiento, pero un pensamiento que no se separa de la vida. No piensa sobre la experiencia: piensa desde ella. Por eso la poesía no argumenta; revela. Y esa revelación no llega como certeza lógica, sino como emoción: una emoción que no es sentimentalismo, sino comprensión súbita”. “Cuando un poema nos conmueve de verdad, no es porque haya tocado una fibra sensible cualquiera, sino porque ha puesto palabras —necesarias e inevitables— a algo que intuíamos sin saber decir. La emoción es el signo de que la idea ha alcanzado su forma justa”.
Por su parte la Dra. Susana D. Castillo, de la Universidad de San Diego, California, opina: "Tu trabajo poético, tu examinar estos desaciertos fantasmales de la humanidad, nos compromete a estar alertas a los procesos personales y colectivos por los que deambulamos torpemente".
Y el poeta argentino Eliahu Toker, en relación al libro "Te he soñado tanto LIBERTAD" de Beatriz Iriart, publicado por nuestra editorial el año pasado, dijo: "Sus textos son muy conmovedores y de veras poéticos sobre un tema acerca del que no es fácil hacer poesía. Y no se trata de un dolor judío, sino de una tragedia simplemente humana".
BEATRIZ IRIART Nace en otoño (12 de mayo) en La Plata, Argentina. Miembro de la "Sociedad de Escritores Latinoamericanos de California" y de "Capítulo Internacional en Internet" (SELC y CII), California, Estados Unidos.
Publicó los libros: "Perspectivas" (1977) "Collage de Cinco" (1981) "Extraño Linaje" (1984) "La Muerte Quiere" (2003, 2da. edición 2016) "Te He Soñado Tanto Libertad" (edición español-inglés, Ed. Choroní, 2025)
Su obra es publicada en inglés y portugués en varios países y en diferentes antologías en su país y en el extranjero. Estudió cerámica y pintura y formó parte del movimiento underground en la década del '70, colaborando con la revista literaria "Machu Picchu". Los poemas de su libro dedicado a las víctimas del Holocausto, "Te he soñado tanto LIBERTAD", han sido leídos y publicados en diferentes conmemoraciones del Holocausto en Europa y América.
Un amor apasionado, erótico, misterioso, acechado por la sombra de los crímenes de la pasada dictadura.
Verano de los '80. Paola, corresponsal de guerra, viaja a una Argentina atravesada por las heridas de la última dictadura a visitar a su abuela, mecenas de Puerto de Caracoles, un encantador pueblito a orillas del mar fundado por sobrevivientes de las guerras europeas.
Allí se reencontrará con su amigo Fabián, actor, quien la invitará a una fiesta en una casa muy especial: La Casa Lila, habitada por la ceramista Luz y su marido Gabriel, arquitecto. Esa noche, sin que nadie lo imagine, surgirá un amor que atravesará todos los tabúes y prejuicios .
Fragmento: "Esta historia que voy a contarles sucedió hace mucho. En una época en que hombres y mujeres se desvivían, desolaban, revivían y morían, simbólicamente, por pasiones tan primitivas y lejanas como el amor. Una época en que el amor se hacía cuerpo a cuerpo, sudor contra sudor, gemido sobre gemido. Después llegó Internet. Y la paz a los corazones. Y el aburrimiento. Será por eso que mis jóvenes amigas disfrutan tanto con esta historia y me piden una y otra vez que se las cuente".
Esta nueva edición de LA CASA LILA de Viviana Marcela Iriart, publicada anteriormente en Amazon con gran suceso, surge de la necesidad de hacer más accesibles nuestros libros en América Latina y por eso la publicamos en autoreseditores.com, una plataforma colombiana que nos permite tener precios más económicos.
Viviana Marcela Iriart (1958) es una escritora y entrevistadora argentina-venezolana. Ha publicado los libros "Entrevistas" (a grandes personalidades de la cultura latinoamericana), "¡Bravo Carlos Giménez!" (rescate del legado del gran creador teatral), "Puerta Abierta al Mar" (teatro) y "María Teresa Castillo-Carlos Giménez-Festival Internacional de Teatro de Caracas 1973-1992" (de lectura gratuita).
Poemas para varios homenajes.
Este es un libro de la amistad recorrida a través de los tantos nombres que
estuvieron y están cerca de la sintaxis afectiva del poeta José Pulido. Este,
en verdad, es un libro de abrazos con palabras, con la memoria intacta del
afecto. El país cultural, el país humano, el país de la poesía, el del teatro,
el del canto y la danza, el país recogido en el silencio de un monólogo
dialogado, en la conversación poética de quien escribe como si estuviera
hablando con el cosmos, con el mundo entero, a través de una habitual
sinceridad que atraviesa el tiempo.
Libro de personajes, de
nuestros personajes, de los más sensibles e íntimos afectos. Libro donde el
abrazo es el sentido más visible de la creación. José Pulido, una vez más,
escribe conversando con ese alguien visible e invisible que la poesía crea para
hacernos más humanos, más próximos al calor de la existencia. La sencillez, la
metaforización del espíritu, el canto de ese hombre que ha conocido la amistad,
la existencia de tantos nombres notables por su condición de periodista y de
escritor que tiene en la poesía y en la narrativa el poder de decir, de no
olvidar, de estar siempre presente en el acento de aquéllos que ya no están
pero siguen estando en la imaginación del creador. Esta es una poesía
celebratoria. Este es un libro que reconoce, brinda con el nombrado en los
versos, suscita una emoción por una vez más estar al lado de quienes una vez
fueron amigos, de aquéllos que siguen siendo activos en sus libros, en sus
pinturas en sus cantos grabados, en sus fotografías, en sus silencios tan
profundos, en la ciudad que indagan en nuestro vivir, en nuestro estar para que
ellos continúen siendo el país que no queremos olvidar.
José Pulido es de los pocos
poetas que habla de sus más íntimos países, porque cada nombre que menciona,
que traza en sus versos, es la multiplicación de las voces que nos representan,
de los teatros abiertos a la emoción inteligente, a la invención, al imaginario
sagrado de una nación que debe recuperarse desde esos hombres y mujeres que se
entregaron por entero a estudiarlo, a construirlo, a hacerlo más sensible, más
humano, poético si se quiere, más allá de los dolores, afrentas y discordias.
2.-
En José Pulido tanto la prosa
como la poesía encuentran un espacio para celebrar, para conjugar las voces que
le darán forma a ese imaginario que no lo abandona: el autor habla, versifica
desde lo cotidiano, ahonda en la personalidad del sujeto tratado, como es en
este caso que hoy tocamos. Cada personaje homenajeado es un poema de una épica
íntima, apegada a la amistad, a un relato que dibuja tanto al ser humano como a
la obra que éste ha construido. Pulido escribe desde el arte del otro, desde
ese arte que es de todos, porque ser escritor, pintor, figura de la danza,
cantor, ensayista, director de teatro, dramaturgo convierte al creador en un
todo que ya no se pertenece. Es ya no es él, es quien lo crea desde el poema. Y
ese él es el otro que lo celebra, que se celebra desde él mismo. Las palabras
son sensaciones, como las que expresan las creaciones artísticas. Por supuesto,
José Pulido le escribe a sus cercanos, a quienes se lo merecen, no puede
hacerlo para celebrar la fealdad, los malabarismos de la perversión de algunos
que se dicen artistas.
3.-
En este ´Abrazo de palabras´
están, entre otros, que aparecen como referentes, María Teresa Castillo (quien
es celebrada desde un corto reportaje, crónica poética que la describe desde su
labor como propulsora del arte de otros); William Niño Araque, Bárbaro Rivas y
su Petare, Abilio Padrón (en un soneto), Morella Muñoz, Sadel, Ana Enrique
Terán, Manuel Puig, Cabrujas, Viviana Marcela Iriart, Caupolicán Ovalles y José
Ramón Medina, María Kodama, Elizabeth Schön, Sonia Sanoja, Luis Brito, Hanni
Ossott, Harry Almela, Alberto Hernández, Marilyn Monroe, María Félix, Arthur
Miller, Miguel von Dangel, Rafael Cadenas en varios poemas, Salvador Garmendia,
Manuel Caballero, Lyl Barceló Sifontes, Armando Rojas Guardia, la ciudad de
Caracas, Rodolfo Izaguirre, Asdrúbal Colmenárez, Palomares, Isaac Abraham
López, Luis Pastori, Eugenio Montejo también en varios poemas, Ramón Ordaz,
Juan Liscano, Rafael José Muñoz, César Dávila Andrade, Frida, Reverón, Carlos
Ayesta, Elisa Lerner, Carlos Giménez, el Ávila, Cabré. Es decir, aquí está
parte del país sensible. Aquí esta ese abrazo que las palabras de José Pulido
se han convertido en poesía.
(Este poemario fue publicado
por la editorial Choroní, en enero de 2026).
Jairo Carthy: “Durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época”.
El palo mayor de la balandra Isabel marca sobre el cielo el tardo vaivén del puerto adormilándose en la penumbra del atardecer.
Un marinero, cansado y alegre, se apoya en la barandilla mohosa, rota por las olas, y silba una canción que oyó hace mucho tiempo.
Ese es un fragmento del cuento “La balandra Isabel llegó esta tarde”, que escribió Guillermo Meneses, autor venezolano siempre vigente. A partir de ese cuento se generó una nueva y gran vivencia para el teatro venezolano, aunque quizás nunca se supo con certeza y Guillermo Meneses apenas lo habrá pensado.
En ese cuento se interesó Bolívar Films para hacer una película y logró captar para una coproducción a los cineastas argentinos Carlos Hugo Christensen y Enrique Faustin, cuya empresa se llamaba Chrisfa. La película se rodó en 1949 y se estrenó en 1950.
Fue dirigida por Carlos Hugo Christensen, cuyo asistente de dirección era el joven actor Horacio Peterson. Se rodó con guion de Aquiles Nazoa, música de Eduardo Serrano y protagonizada por Arturo de Córdova, Virginia Luque, América Barrio, Juana Sujo, Tomás Henríquez, Néstor Zavarce y María Gámez.
El joven Horacio Peterson fue alumno del pionero del teatro moderno en Chile, Pedro de la Barra. Su nombre era Horacio Collao, pero en el arte se consideraba hijo de don Pedro de la Barra y por eso escogió Peterson como apellido.
La balandra Isabel llegó esta tarde y trajo a Horacio Peterson: esa es la síntesis de un inicio que transformó el teatro venezolano.
Horacio Peterson encontró a Jairo Carthy
Horacio Peterson era un hombre teatro, un prodigio de la actuación, un maestro de la escena. Cuando llegó a Venezuela desde Chile, ya había protagonizado películas y había estado en varias obras de teatro. Actuó, dirigió, escribió y enseñó. Su vida fue una entrega al arte de la actuación. Él llevó a Carlos Giménez a Venezuela. Es obvio que el teatro venezolano contiene en su carisma esencial la exigente genética artística de Horacio Peterson.
Jairo Carthy dice algo que define muy bien lo que fue Horacio Peterson: “A Peterson había que reconocerle que te sacaba temperamento, volumen en la voz y fuerza interpretativa como fuera, gracias a esas técnicas vencí mi timidez e incluso llegué a hacer trabajos que nunca pensé que pudiera hacer y que nadie se atrevía a hacer”.
Jairo Carthy fue uno de los alumnos de Horacio Peterson. Es decir: fue uno de los seres elegidos y seleccionados para apasionarse eternamente por el teatro y dedicar su vida a la escena. Jairo ha cumplido al pie de la letra con ese designio.
La belleza como inspiración, la búsqueda de una expresión bien acabada y muy elevada en la actuación, han sido acompañantes de Jairo en su pasión por la actuación, en su alma vertida hacia el escenario.
Su devoción por la actuación y su entrega a esa existencia en la escena definieron su vida. Actualmente se dedica a escribir y a continuar su trabajo como diseñador. Ha publicado un libro que es memoria preciosa: Cómo soportar la vida con humor: las confidencias de un actor, una visión de lo que ha sido el arte de la actuación en Venezuela, una muestra de lo que se ha hecho y al mismo tiempo una narración fluida y optimista de todo lo que ha debido resolver para convertirse en actor y realizar una vida profesional en ese sentido.
Ese libro es una obra escrita con desenfado, precisión y hondura. El libro lo ha publicado la agrupación Escritoras Unidas & Cía. Editoras. Esa editorial generó el nacimiento de Ediciones Choroní, donde Jairo realiza diseños que reflejan su talento y dedicación.
Leer ese libro es enterarse de muchas intimidades importantes para conocer en profundidad el cuerpo y el alma del teatro venezolano. Para que se tome en cuenta la vida de un actor que lo ha dado todo por la escena y el arte, he aquí la entrevista con Jairo Carthy.
El dramaturgo y director José Ignacio Cabrujas junto con Jairo Carthy, durante un ensayo de la obra teatral Fiero amor, de 1989.
Trabajar con Palacios y Cabrujas
¿Puedes contar un poco tu experiencia con la ópera y el teatro?
Mi experiencia en el teatro ha sido lo mejor de mi vida. Fui alumno de Horacio Peterson, debuté con él y durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época. Es lo más importante que he realizado: tener una trayectoria en teatro y también en cine.
Comencé a trabajar en la Fundación Mito Juan Promúsica, destinada a la promoción de artistas de música clásica y a llevar sus carreras a un plano internacional. Fue creada y desarrollada por Mariangelina Celis, quien estuvo al frente durante muchos años, y yo a su lado apoyándola y aprendiendo, logrando que artistas de la talla de Abraham Abreu, José Francisco del Castillo, Harriet Serr, Antonio Bujanda e Isabel Palacios, entre otros, lograran su internacionalización.
En ese entonces conocí a Isabel Palacios, y como las actividades de Mito Juan finalizarían, me ofreció un cargo importante para trabajar con ella y con José Ignacio Cabrujas en la recién creada Ópera de Caracas. Acepté de inmediato; sentía que trabajando con ellos estaría un poco más ligado al teatro, y así fue.
Durante los años que duró la compañía aprendí muchas cosas: no sólo a entender y valorar cada título y compositor, sino lo difícil que era cantar de acuerdo a la tesitura que exigía cada partitura. Eso lo vivía a diario, pues teníamos el Taller Permanente de la Ópera de Caracas, donde se formaron muchos cantantes que luego hicieron una carrera profesional.
La ópera, sin duda, fue una gran escuela, y lamentamos mucho cuando se terminó. De la misma manera que un día Fundarte la creó, de un día para otro se terminó. Lo más triste es que el último montaje, que fue Don Giovanni de Mozart, tuvo un éxito sin precedentes. La puesta en escena de Cabrujas, la escenografía de José Salas y todos los que participaron en esa superproducción —cantantes, actores, coros, figurantes—, hicieron de ese montaje algo grandioso. Nunca nos imaginamos que, al caer el telón de la última función, sería el final de varios años de trabajo constante y superación.
¿Puedes hablar de tu colaboración y amistad con Cabrujas?
A José Ignacio Cabrujas lo conocía de lejos por mi trayectoria como actor. Lo admiraba no sólo como dramaturgo, sino como actor; verlo en La revolución junto a Rafael Briceño fue algo increíble. Estar presente en la noche del estreno mundial de El día que me quieras, de su autoría, interpretando el personaje de Pío Miranda, fue un privilegio que sólo pocos pudimos tener, pues el personaje era de Fausto Verdial y él retomó la temporada luego de recuperar su salud. Esa interpretación, y otras tantas, marcaron una admiración y respeto por él, sin imaginar que el destino me tenía preparada la sorpresa de conocerlo, convivir y hacer muchas cosas juntos.
Al trabajar en la Ópera de Caracas hicimos una amistad. Él había visto varios trabajos míos como actor y, por supuesto, para mí era muy importante trabajar con él. Allí, en la ópera, yo siempre estaba atento a lo que necesitaba, iba a los ensayos y aprendía.
Él tenía una relación con Isabel Palacios y, cuando se terminó la ópera, me fui a trabajar con ella en la Camerata de Caracas. Isabel y yo trabajamos juntos por más de cuarenta años, pero en la primera etapa de la Camerata no teníamos sede y por ello funcionábamos en la casa de Isabel. Los ensayos se hacían en una de las salas del Teatro Teresa Carreño. Ya José Ignacio e Isabel se habían casado y él tenía su estudio en esa casa. Gracias a ese trato diario y a la convivencia en esa casa, fui conociendo a un José Ignacio muy distinto al que se paraba a dirigir una ópera o una obra de teatro. Era muy tímido, muy genial y a veces muy torpe para muchas cosas; allí estaba yo dispuesto a ayudarlo y tenía una ternura increíble que contrastaba con esa voz de bajo profundo que tenía.
Nos llevábamos muy bien. A veces recibía personas en la sala y echaba cuentos y anécdotas, y yo me quedaba embelesado oyéndolas, aun teniendo cosas importantes por atender. Era increíble oír sus historias. Llegamos a tener una amistad tan grande que hasta su luna de miel con Isabel la dejó en mis manos; yo planifiqué todo para que fuera un viaje inolvidable desde que salieran de la recepción de la boda. Conocí al Cabrujas cocinero: era su verdadera pasión, siempre me lo decía: “Para mí es lo más importante y lo que más disfruto de la vida”. A veces me invitaba a almorzar, nos servíamos un whisky y, mientras cocinaba, hablábamos de muchas cosas, nunca de teatro. Por supuesto, los platos que hacía eran de un nivel sorprendente, muy elaborados; tenía una sazón exquisita. Era todo un chef que cuidaba al máximo los ingredientes; todo tenía que ser de primera calidad. Era todo un ritual sentarse a comer lo que había preparado.
Hicimos muchos planes juntos, unos se concretaron y otros no. Su muerte fue tan inesperada; tenía tanto que dar y estaba en su mejor momento como escritor de telenovelas, había muchos países que deseaban trabajar con él. Dejó un vacío enorme en muchos aspectos: como escritor (tenía varias columnas en la prensa y yo lo ayudaba en la logística del envío, etc., eran otros tiempos), como dramaturgo, como director, como amigo y como padre. En fin, era todo un artista. Qué bueno que lo pude conocer, disfrutar y aprender.
Escribir y diseñar
¿Estás escribiendo teatro aparte de los artículos?
No todavía, pero me encantaría hacerlo. Te confieso que siempre quise escribir, pero siempre me ha parecido que la literatura es un arte y una disciplina la cual respeto mucho. Pero he tenido tan buenos comentarios con mi libro Cómo soportar la vida con humor: confidencias de un actor, y ahora con la columna todos los domingos, que creo que me atrevería a escribir teatro. Podría ser fácil pues conozco, por mi experiencia como actor, los ingredientes que debería tener para que guste al público: las pausas, el ritmo, la duración... muchos detalles que pudieran serme útiles.
¿Dónde estás viviendo?
En Caracas. Aquí sigo a pesar de tantas cosas. No es fácil por toda la situación que se vive. La hiperinflación es tremenda y no es fácil para los que llegamos a la tercera edad; no tenemos oportunidades, parece que una trayectoria no es un buen aval para conseguir un empleo. Menos mal que las cosas a las que me dedico las hago por mi cuenta y así no dependo de nadie.
En estos inicios del nuevo siglo, ¿qué ha cambiado en tu modo de ver y hacer arte y cultura?
Definitivamente el concepto de hacer las cosas por el solo deseo de hacerlas. La entrega con que hace muchos años hacíamos todo ya no existe, ni la mística para enfrentar un trabajo en cualquier disciplina artística. Es cierto que la situación económica no ayuda, pero por ejemplo, yo trabajé en el diseño gráfico y allí sí cobraba lo justo; en cambio, hacer teatro era diferente, nunca estaba pendiente de cuánto me pagarían o si me pagarían. El amor al arte cubría todo y no sólo como actor: colaboré en muchas actividades teatrales y lo hacía sólo por el gusto de hacerlo. Pero ahora no es así; la gente que comienza quiere cobrar unos honorarios altísimos. No lo critico, pero a veces esa actitud hace que muchos proyectos no se lleven a cabo por los elevados costos en contrataciones.
¿Qué te entristece?
La falta de oportunidades que tienen los jóvenes actualmente en Venezuela. La falta de educación y los valores que se han ido perdiendo. A veces, cuando estoy con jóvenes y les cuento (yo hablo mucho) anécdotas o relatos, no lo pueden creer; creen que estoy exagerando y son las mismas cosas que yo viví cuando fui adolescente y que era lo normal para esos tiempos.
¿Cuáles palabras usas más?
“Excelente”, “muy bien”, “qué bueno”..., frases o palabras que conllevan algo positivo. Tampoco soy de las personas que les preguntas “¿Cómo estás?” y te contestan “¡Excelente! ¡Superbién!”, y te lo recalcan cuando tú sabes que no es así. Simplemente las empleo para dar énfasis a algo si se presta la ocasión. La verdad no me había dado cuenta sino hasta ahora que me preguntas.
¿Qué añoras?
Hacer teatro, volver a actuar, a crear un personaje, transformarme de nuevo en alguien más. Y tener presente que será la última vez; entonces sentiré que se cerró un ciclo que, como todo, tiene un final.
La escritura me llena totalmente; me da gusto escribir y que a la gente le guste o se entretenga y conmueva con mis relatos. Es algo que no esperaba, es un regalo con el que la vida me está premiando.
Poeta, narrador y periodista venezolano (Villa de Cura, Aragua, 1945). Reside en Génova, Italia. Dirigió las revistas BCVCultural, del Banco Central de Venezuela (BCV), hasta 2012, y Circunvalación del Sur, del Círculo Metropolitano de Poesía, en 2008, así como las páginas de arte de los diarios venezolanos El Nacional (1981-1988), El Diario de Caracas (1991-1995) y El Universal (1996-98). También fue jefe de redacción de la revista Imagen (1994-1996). Ha publicado los poemarios Esto (1971), Paralelo lelo (1971), Los poseídos (1999, Premio Municipal de Literatura 2000, mención Poesía), Peregrino de vidrieras (2001), Duermevela (2004) y Heridas espaciales y mermelada casera (2019), y las novelas Muro de confesiones (1985), Pelo blanco (1987), Una mazurkita en La Mayor (1989), Los mágicos (1999), La canción del ciempiés (2004), El bululú de las ninfas (2007, II Premio Miguel Otero Silva de Novela), El requetemuerto (2012) y Ponzoña de paisaje (2015). Además es autor de los libros de cuentos Vuelve al lugar que se te ha señalado (1998) y Los héroes son villanos tímidos (2013), de los libros de entrevistas Muro de confesiones (1985) y La sal de la tierra (2004), y de las biografías Dudamel, la sinfonía del barrio (2011), y Luis Domínguez Salazar: el pintor de los misterios (2013). Textos suyos forman parte de antologías como Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos (Salamanca, España, 2018), Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà (Borella Edizioni, 2018) y El puente es la palabra, antología de poetas venezolanos en la diáspora (Kira Kariakin y Eleonora Requena, compiladoras; Caritas Venezuela, 2019), entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. En 2012 participó como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En 2018 y en 2019 fue invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. En 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la serie “José Pulido pregunta” y publica las entrevistas que ha realizado a creadores literarios y demás artistas. Fotografía del autor: Gabriela Pulido Simne
Trabajar en el
teatro me enseñó que los dramas más intensos no siempre ocurren sobre el
escenario. En esta anécdota, recuerdo un estreno inolvidable donde la soberbia
de un colega y un error imperdonable nos costaron casi el futuro de la Ópera de
Caracas. Una lección de humildad que todavía hoy me hace sonreír.
En cada estreno de la Ópera de Caracas, nuestro mayor empeño era lograr
que el Presidente de la República asistiera. No era solo por el prestigio; la
intención real era que, al presenciar la calidad de nuestro trabajo, el
Gobierno Nacional nos otorgara un presupuesto propio. Queríamos dejar de
depender de Fundarte, el organismo de la Gobernación al cual pertenecíamos.
El día del estreno de “El Elixir de amor”, de Donizetti, recibí en
mi oficina una llamada de Isabel Palacios. El presidente Luis Herrera Campins
confirmaba su asistencia esa noche. Isabel me pidió que notificara de inmediato
a la Dirección de Teatros de Fundarte para que tomaran todas las previsiones
necesarias ante tan distinguida visita.
Acaté la orden de inmediato, aunque sin entusiasmo. El Director de
Teatros era nada más y nada menos que el primer actor Esteban Herrera, con
quien ya había tenido bastantes roces profesionales y personales (detallados
con lujo de detalles en mi libro Cómo soportar la vida con humor.
Confesiones de un actor). Al llamarlo, me atendió su asistente y me lo
pasó:
-¿Aló?
Buenos días.
-Buenos
días, Esteban. Te habla Jairo Carthy, de la Ópera de Caracas. Te informo que
esta noche en el estreno de la opera contaremos con la presencia del
Presidente.
-¿Y
entonces? respondió secamente.
-Bueno,
quería que estuvieras al tanto para que tomaras las previsiones necesarias…
No me dejó terminar. Con su característico mal genio, soltó:
-Mira, Jairo, me parece una falta de respeto que vengas a decirme cómo
debo hacer mi trabajo. Cuando viene un presidente, hay un protocolo que se debe
cumplir y punto. Y así lo haremos. A estas alturas de mi vida no va a venir
nadie, y menos tú, a darme lecciones.
Traté de explicarle que solo seguía instrucciones de Isabel Palacios y
José Ignacio Cabrujas, pero su respuesta fue un cortante: - Ya me informaste,
allí estaré. Y colgó.
Llegó la noche. Entre el correcorre habitual, yo solo tenía que
maquillar a Yazmira Ruiz, la protagonista, quien cantaba junto al tenor
invitado Luigi Alva. Como terminé temprano, me aposté en el lobby a esperar a
la Junta Directiva, quienes debían recibir a los invitados especiales. Sin
embargo, la hora se acercaba y ninguno de ellos aparecía.
De repente, el silencio fue roto por sirenas.
Varias camionetas negras con el escudo de Venezuela y luces rojas intermitentes
rodearon el teatro, acompañadas de motorizados armados. Del vehículo principal
descendió el presidente Luis Herrera Campins. Era la primera vez que veía a un
mandatario en persona. Uno de los escoltas se dirigió a mí:
- ¿Dónde está el palco presidencial?
-Arriba,
en el primer piso a la izquierda - respondí.
Corrí al escenario para avisar a Isabel y José Ignacio. Ambos se
emocionaron; era el momento que habíamos esperado desde el primer montaje. Como
nadie de la Junta Directiva había llegado, regresé al lobby para ejercer de anfitrión
improvisado, pero me encontré con una escena surrealista: el Presidente bajaba
las escaleras molesto, seguido de sus escoltas y todo su séquito. No lo podía
creer. Así como llegaron, se fueron. Las sirenas se alejaron y reinó el
silencio.
Atónito,
le pregunté a un acomodador del teatro qué había pasado. Su respuesta fue
increíble:
-
El palco estaba cerrado con llave. Nadie tenía la llave para abrir y, por
razones de seguridad, el Presidente no puede esperar.
En ese instante, las frases de Esteban Herrera retumbaron en mi mente: "Hay
un protocolo que se cumple y punto".
Fui
a dar la noticia al escenario.
-Y entonces ¿qué pasó? ¿Todo está bien?
-No Isabel, Luis Herrera se fue.
-¡¿Cómo QUE SE FUE?!!!!
-Si subió vio que el palco estaba cerrado, nadie
tenía la llave y por razones de seguridad se tuvo que ir.
-Pero bueno Jairo, ¿tú no le avisaste a Esteban
Herrera como te pedí?
-Por supuesto, Isabel, personalmente hablé con él,
se molestó, pues no debíamos decirle lo que debía hacer y ya tú ves.
-¿Y que hicieron los de la Junta Directiva?
-Nada, pues ninguno de ellos habían llegado. La frustración de Isabel era evidente.
Al salir de nuevo al lobby, vi que los miembros de
la Junta Directiva finalmente habían llegado y, con total parsimonia, recibían
al público ignorando que el invitado de honor ya se había marchado.
Subí al palco presidencial y comprobé que la puerta seguía cerrada. Al
bajar, en ese momento, vi entrar a Esteban Herrera al teatro. Bajé las escaleras
lentamente; era el momento perfecto. Me acerqué, lo miré fijamente a los ojos y
le dije: - El Presidente vino y se tuvo que ir. El palco estaba con llave. Tu
protocolo y tu logística no funcionaron.
Y me alejé hacia el escenario mientras él se quedaba congelado. Caminé
hacia los camerinos con una pequeña sonrisa de satisfacción. Fue triste perder
esa oportunidad política, pero aquel desplante de la realidad ante la
arrogancia de Esteban fue un cierre inolvidable.