¡Se acabó la ópera! Así, de repente, sin aviso previo y sin ningún finale
apoteósico (como los que a mí me gustan). La sorpresa quedó dibujada en el
rostro de cada uno de los que formamos parte de aquel sueño de Isabel Palacios
y José Ignacio Cabrujas que tantos frutos dio. Durante cinco años, los
cantantes venezolanos tuvieron una plataforma donde forjar una carrera; de la
noche a la mañana, la incertidumbre, la desolación y ese vacío indescifrable se
convirtieron en lo único que teníamos en común.
Pero, afortunadamente, a los pocos meses el panorama cambió por
completo. Isabel tenía - como siempre - un plan B. Contaba con un grupo de
música antigua llamado Camerata - que en aquellos días se definía jocosamente
como “una familia de locos que gozan haciendo música antigua” - y me invitó a trabajar con ella solo algunas
mañanas. La idea era darle a ese proyecto una imagen institucional y ver si
podíamos lograr grandes cosas, tal como lo habíamos hecho en la ópera.
Con el equipaje de aquellos años tan productivos, comencé a trabajar
hombro a hombro con ella. Lo hacíamos en la mesa de su comedor: una superficie
de roble macizo con bancos a cada lado que se metamorfoseaba cada mediodía para
dar paso al almuerzo familiar. Todo lo teníamos dispuesto para esa transición
exprés: en cajas especiales guardábamos el material de nuestra pequeña oficina,
y una simple mesa con su máquina de escribir bastaba para echar a andar lo que
estaba por venir.
Cambié entonces a los fieles y admirados amigos que había aprendido a
conocer -Verdi, Puccini, Bellini, Donizetti, Bizet, Rossini- por otros que en ese momento eran tan nuevos
para mí como lo fueron aquellos en su momento. Así, Vivaldi, Bach, Monteverdi, Handel,
Mozart, Purcell, Schumann y muchos más del período renacentista y barroco
pasaron a formar parte de mi cotidianidad.
Cuando fuimos a otorgarle presencia jurídica al grupo para abrir una
cuenta bancaria y cumplir con los requisitos de ley, nos topamos con que
necesitábamos casi un apellido, pues «Camerata», por sí solo, no se podía
registrar. Fue así como se le agregó el “de Caracas”, sellando un nombre que
llevaríamos con orgullo durante décadas.
Había varios frentes: la Camerata Renacentista - que en ocasiones se
transformaba en Camerata Medieval - , la Camerata Barroca con un coro de
cuarenta voces mixtas, la Orquesta de Cámara Collegium Musicum y el grupo
Memoria de Apariencias, encargado de dar vida a las óperas de los períodos que
abarcaba la institución. Todo ello bajo la dirección, el talento y la
inagotable creatividad de Isabel.
Los años fueron pasando y, con el tiempo, la Camerata de Caracas se
convirtió en un ejemplo a seguir. Llegamos a tener sede propia y un equipo
administrativo de diez y hasta doce personas. Así comenzó «la aventura moderna
de la música antigua», como rezaba el eslogan que utilizamos durante años.
Este escrito no pretende abarcar toda la trayectoria nacional e
internacional de los grupos; necesitaría muchas páginas para resumir lo que
durante décadas atestigüé y ayudé a construir desde dentro. Fui parte de cada
montaje, de múltiples festivales y de incontables ediciones discográficas,
administrando los recursos financieros y manejando una imagen gráfica que
siempre estuvo supervisada - y por lo general ideada - por la propia Isabel.
Gracias a su valioso asesoramiento fui aprendiendo a recrear cada época: los
colores, las texturas y las tipografías adecuadas según el estilo y el
compositor. Fue una escuela perfecta cuyos resultados, muchas veces, fueron
elogiados por la propia crítica.
Durante muchísimo tiempo, Isabel tuvo que demostrarle al gobierno y a la
empresa privada que valía la pena invertir en la Camerata. Fueron décadas de
grandes acontecimientos, de éxitos memorables, de ausencias inevitables y de un
amor desmedido por lo que hacíamos. En las etapas en que estábamos holgados
financieramente, todo era celebración; y cuando no era así, apretábamos filas.
Jamás en todos esos años me pidió cuentas o me revisó un informe bancario. NUNCA.
Lo que yo decía era ley. Esa confianza ciega fue el pilar de un vínculo
indestructible y contará por siempre con mi agradecimiento infinito.
Nos unía una complicidad diaria. Teníamos frecuentes ataques de risa
incontrolables; una sola mirada bastaba para saber exactamente qué pensaba el
otro o qué debíamos hacer. La conocía al milímetro: sabía cuándo era el momento
exacto para abordar un problema y cuándo era mejor guardar silencio.
Podría estar horas escribiendo sobre mis andanzas con Isabel a lo largo
de más de cuarenta años. Desde nuestra juventud, cuando ella era artista
exclusiva de Mito Juan Pro-Música y yo apenas me adentraba en el universo
clásico, me enseñó a comprender y a querer primero la ópera y luego la música
antigua. Recuerdo con entrañable nostalgia los momentos sencillos: ir juntos de
compras, perder el sentido dentro de una papelería fascinados por cuadernos,
libretas, lápices y bolígrafos, o acompañarla a elegir los vestidos de gala
para sus conciertos como solista. Siempre la apoyé para que luciera radiante, porque
Isabel poseía una belleza y una simpatía únicas que deslumbraban a todos.
En la Camerata no solo me limitaba a administrar, también a escuchar, a
remodelar muchas veces la sede y darle vida y color. Fui psicólogo y cómplice de muchos y muchas
aventuras y tuve la oportunidad de resolver y a veces mejorar la vida de
quienes trabajaban conmigo, recibiendo por ello no solo el respeto sino el
cariño incondicional de cada uno.
“La música que nunca conocimos” fue el eslogan para ofrecer al mundo la música del
pasado de América a través de cinco festivales, con la presencia de musicólogos
de gran relevancia internacional y agrupaciones que venían de diversos países a
mostrar el fruto de sus investigaciones rescatando piezas olvidadas.
Muchos proyectos e inventos se hicieron en la Camerata de Caracas. Desde
mi posición, vi cómo florecieron las carreras de jóvenes músicos y cantantes
que llevaban el sello MADE IN CAMERATA - o lo que era lo mismo: MADE IN ISABEL
- , pues ella era el corazón de todo, y el público se lo retribuía con aplausos
calurosos en cada montaje. No hay duda: la Camerata es Isabel.
Un
día, Isabel entró a mi oficina y me dijo:
-
Mi amor, te quiero leer algo que escribí.
Cada
texto que redactaba contaba con mi opinión, y yo era feliz teniendo la primicia
absoluta de sus ideas
-
Cuéntame, ¿qué escribiste? - le pregunté.
-
Escribí una entrevista a Puccini.
-
¿Cómo así?… ¿Una entrevista?
-
Sí, claro. Como si estuviera en esta época y un periodista lo entrevistara.
Déjame leerte y luego te explico los detalles.
Así comenzó una faceta nueva e impactante: Isabel la dramaturga. Aunque
ya había escrito artículos, ensayos e inclusive una obra de teatro llamada Genio
y locura sobre la vida de Händel, ahora se arriesgaba a traer a la vida al
mismísimo Giacomo Puccini en la época actual, el cual estaría maravillado por
el mundo moderno. Mientras leía, interpretaba a ambos personajes: el periodista
incisivo y el compositor soñador. Era un espectáculo verla. Con su cultura
inagotable y su rigor de investigadora nata, lograba que todo sonara real,
auténtico.
La felicité efusivamente, y entonces vino la mejor
parte
-Te cuento -añadió ella- . La idea es que sea como
un programa de televisión, donde el público asistente sea a su vez el público
del programa. Mientras transcurre la entrevista, cantantes en vivo acompañados
al piano interpretarán las arias más conocidas.
- ¡Qué maravilla, Isabel! - le dije -. ¿Y dónde lo quieres
hacer?
Ella, sin saberlo, sembró en mí muchas ilusiones y
sueños guardados con la respuesta que salió de su boca
¡- En nuestro teatro! Vamos a hacer un teatrico en
la sala de la Camerata. Hablaré con Carlos y veremos qué tenemos para armarlo.
¿Un teatro? ¿Un teatro propio?... Mi corazón dio un vuelco. Aquel
proyecto lo asumí como algo mío. Durante décadas de conciertos solo asistía a
los montajes más apoteósicos - como el Mesías de Händel, Il Festino
de Banchieri, la Pasión según San Marcos de Keiser, Fiestas de pasión
y gloria o los estrenos de las óperas- ; pero esta vez me involucré en cada
detalle. Diseñé una logística impecable para la reserva y venta de entradas
numeradas. El público, que siempre agotó las entradas, quedaba maravillado por
la organización y la calidez del espacio. Y yo los recibí en cada una de las funciones.
Durante el proceso de creación, supervisé de cerca el trabajo de Carlos,
un joven talentoso y muy dispuesto. Le fui enseñando los secretos del
escenario: la terminología teatral, la magia de las luces, la mística tras
bambalinas. Logré sembrar en él esa misma pasión que luego se reflejó en cada
temporada de La Entrevista.
Después de Puccini vinieron varias entregas dedicadas a Mozart,
Monteverdi, Vivaldi y Beethoven, entre otros. Como siempre, disfrutaba del
privilegio único de escuchar primero los textos en la voz de su autora. Y debo
confesar que, aunque grandes actores interpretaban a los personajes, nadie lo
hacía mejor que Isabel. Su encarnación de Beethoven, con el acento alemán que
le imprimía y el matiz de su dificultad auditiva, era simplemente insuperable.
Ese teatrico despertó en mí algo que nunca se había dormido. A veces,
cuando la jornada terminaba y me encontraba totalmente solo en la sede, me
subía al escenario. Encendía los reflectores, sentía la madera bajo mis pies y
comenzaba a improvisar un cuento, un chiste o una anécdota ante la atenta
mirada de mi perra adorada, que vivía allí. En esa soledad comencé a soñar
despierto. Planifiqué desde un espectáculo unipersonal - que luego se
transformaría en libro - hasta montar una comedia del absurdo junto a Isabel
que parecía escrita pensando en los dos. Ese espacio revivió el fuego sagrado
de mi verdadera pasión: el teatro.
El lugar ganaba renombre, el público llenaba las funciones e incluso un
director y dramaturgo reconocido presentó una de sus obras en nuestra sala.
Todo fluía con una luz hermosa, hasta que irrumpió algo inesperado cuyos
alcances jamás imaginamos: la pandemia del COVID-19.
Al principio no entendíamos nada. ¿Un virus? ¿Una cuarentena de unos
días? Pronto la realidad nos golpeó. No fueron días, fueron años. El mundo se
detuvo, el silencio se apoderó de las calles y los encuentros presenciales
quedaron prohibidos. Para el arte vivo, el golpe fue devastador.
Y empezó el cambio… el sinsentido. Sin programación ni público, no era
factible continuar. Pasaron algunos meses. Sabía lo que teníamos que hacer,
pero no era fácil: toda una vida no se desecha ni se olvida así como así; eran
muchos, muchísimos años.
Un día, recogí mis cosas - que no eran muchas- , bajé las escaleras y
llegué al teatro. El escenario estaba a oscuras, las sillas vacías; ese espacio
que hasta hacía muy poco contenía toda la vida, los aplausos y los ¡bravos! por
lo que allí presentamos. Sentía un dolor profundo y callado, el recordatorio
inevitable de que todo ciclo tiene su final. Encendí todas las luces y subí al
escenario, sabiendo que era la última vez.
Las paredes de esa hermosa casa guardan para siempre incontables risas,
momentos gloriosos y también algunas lágrimas. Pero también guardan mis ilusiones:
el deseo ardiente de regresar a las tablas. Había llegado, entonces, el momento
de hacer mutis.
Fui apagando las luces de la escena, poco a poco, lentamente. En el
centro quedó encendido un solo reflector cenital, resplandeciendo en la
penumbra como una pequeña llama rebelde .
Lo miré por un instante, con el corazón apretado de gratitud y nostalgia
por todo. Caminé hacia el interruptor y, suavemente, lo apagué también.
La oscuridad abrazó el escenario, dejando a oscuras el espacio, pero
guardando intactos, en el silencio de la memoria, mis sueños más queridos y los
recuerdos de lo vivido durante tantos años… BLACKOUT…
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com