Y ASI PASO / LA CAMERATA ... mi vida en la música antigua / por Jairo Carthy. / Caracas, 20 de septiembre de 2026

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¡Se acabó la ópera! Así, de repente, sin aviso previo y sin ningún finale apoteósico (como los que a mí me gustan). La sorpresa quedó dibujada en el rostro de cada uno de los que formamos parte de aquel sueño de Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas que tantos frutos dio. Durante cinco años, los cantantes venezolanos tuvieron una plataforma donde forjar una carrera; de la noche a la mañana, la incertidumbre, la desolación y ese vacío indescifrable se convirtieron en lo único que teníamos en común.

 

Pero, afortunadamente, a los pocos meses el panorama cambió por completo. Isabel tenía - como siempre - un plan B. Contaba con un grupo de música antigua llamado Camerata - que en aquellos días se definía jocosamente como “una familia de locos que gozan haciendo música antigua” -  y me invitó a trabajar con ella solo algunas mañanas. La idea era darle a ese proyecto una imagen institucional y ver si podíamos lograr grandes cosas, tal como lo habíamos hecho en la ópera.

 

Con el equipaje de aquellos años tan productivos, comencé a trabajar hombro a hombro con ella. Lo hacíamos en la mesa de su comedor: una superficie de roble macizo con bancos a cada lado que se metamorfoseaba cada mediodía para dar paso al almuerzo familiar. Todo lo teníamos dispuesto para esa transición exprés: en cajas especiales guardábamos el material de nuestra pequeña oficina, y una simple mesa con su máquina de escribir bastaba para echar a andar lo que estaba por venir.

 

Cambié entonces a los fieles y admirados amigos que había aprendido a conocer -Verdi, Puccini, Bellini, Donizetti, Bizet, Rossini-  por otros que en ese momento eran tan nuevos para mí como lo fueron aquellos en su momento. Así, Vivaldi, Bach, Monteverdi, Handel, Mozart, Purcell, Schumann y muchos más del período renacentista y barroco pasaron a formar parte de mi cotidianidad.

 

Cuando fuimos a otorgarle presencia jurídica al grupo para abrir una cuenta bancaria y cumplir con los requisitos de ley, nos topamos con que necesitábamos casi un apellido, pues «Camerata», por sí solo, no se podía registrar. Fue así como se le agregó el “de Caracas”, sellando un nombre que llevaríamos con orgullo durante décadas.

 

Había varios frentes: la Camerata Renacentista - que en ocasiones se transformaba en Camerata Medieval - , la Camerata Barroca con un coro de cuarenta voces mixtas, la Orquesta de Cámara Collegium Musicum y el grupo Memoria de Apariencias, encargado de dar vida a las óperas de los períodos que abarcaba la institución. Todo ello bajo la dirección, el talento y la inagotable creatividad de Isabel.

 

Los años fueron pasando y, con el tiempo, la Camerata de Caracas se convirtió en un ejemplo a seguir. Llegamos a tener sede propia y un equipo administrativo de diez y hasta doce personas. Así comenzó «la aventura moderna de la música antigua», como rezaba el eslogan que utilizamos durante años.

 

Este escrito no pretende abarcar toda la trayectoria nacional e internacional de los grupos; necesitaría muchas páginas para resumir lo que durante décadas atestigüé y ayudé a construir desde dentro. Fui parte de cada montaje, de múltiples festivales y de incontables ediciones discográficas, administrando los recursos financieros y manejando una imagen gráfica que siempre estuvo supervisada - y por lo general ideada - por la propia Isabel. Gracias a su valioso asesoramiento fui aprendiendo a recrear cada época: los colores, las texturas y las tipografías adecuadas según el estilo y el compositor. Fue una escuela perfecta cuyos resultados, muchas veces, fueron elogiados por la propia crítica.

 

Durante muchísimo tiempo, Isabel tuvo que demostrarle al gobierno y a la empresa privada que valía la pena invertir en la Camerata. Fueron décadas de grandes acontecimientos, de éxitos memorables, de ausencias inevitables y de un amor desmedido por lo que hacíamos. En las etapas en que estábamos holgados financieramente, todo era celebración; y cuando no era así, apretábamos filas. Jamás en todos esos años me pidió cuentas o me revisó un informe bancario. NUNCA. Lo que yo decía era ley. Esa confianza ciega fue el pilar de un vínculo indestructible y contará por siempre con mi agradecimiento infinito.

 

Nos unía una complicidad diaria. Teníamos frecuentes ataques de risa incontrolables; una sola mirada bastaba para saber exactamente qué pensaba el otro o qué debíamos hacer. La conocía al milímetro: sabía cuándo era el momento exacto para abordar un problema y cuándo era mejor guardar silencio.

 

Podría estar horas escribiendo sobre mis andanzas con Isabel a lo largo de más de cuarenta años. Desde nuestra juventud, cuando ella era artista exclusiva de Mito Juan Pro-Música y yo apenas me adentraba en el universo clásico, me enseñó a comprender y a querer primero la ópera y luego la música antigua. Recuerdo con entrañable nostalgia los momentos sencillos: ir juntos de compras, perder el sentido dentro de una papelería fascinados por cuadernos, libretas, lápices y bolígrafos, o acompañarla a elegir los vestidos de gala para sus conciertos como solista. Siempre la apoyé para que luciera radiante, porque Isabel poseía una belleza y una simpatía únicas que deslumbraban a todos.

 

En la Camerata no solo me limitaba a administrar, también a escuchar, a remodelar muchas veces la sede y darle vida y color.  Fui psicólogo y cómplice de muchos y muchas aventuras y tuve la oportunidad de resolver y a veces mejorar la vida de quienes trabajaban conmigo, recibiendo por ello no solo el respeto sino el cariño incondicional de cada uno. 

 

“La música que nunca conocimos” fue el eslogan para ofrecer al mundo la música del pasado de América a través de cinco festivales, con la presencia de musicólogos de gran relevancia internacional y agrupaciones que venían de diversos países a mostrar el fruto de sus investigaciones rescatando piezas olvidadas.

 

Muchos proyectos e inventos se hicieron en la Camerata de Caracas. Desde mi posición, vi cómo florecieron las carreras de jóvenes músicos y cantantes que llevaban el sello MADE IN CAMERATA - o lo que era lo mismo: MADE IN ISABEL - , pues ella era el corazón de todo, y el público se lo retribuía con aplausos calurosos en cada montaje. No hay duda: la Camerata es Isabel.

Un día, Isabel entró a mi oficina y me dijo:

- Mi amor, te quiero leer algo que escribí.

Cada texto que redactaba contaba con mi opinión, y yo era feliz teniendo la primicia absoluta de sus ideas

- Cuéntame, ¿qué escribiste? - le pregunté.

- Escribí una entrevista a Puccini.

- ¿Cómo así?… ¿Una entrevista?

- Sí, claro. Como si estuviera en esta época y un periodista lo entrevistara. Déjame leerte y luego te explico los detalles.

 

Así comenzó una faceta nueva e impactante: Isabel la dramaturga. Aunque ya había escrito artículos, ensayos e inclusive una obra de teatro llamada Genio y locura sobre la vida de Händel, ahora se arriesgaba a traer a la vida al mismísimo Giacomo Puccini en la época actual, el cual estaría maravillado por el mundo moderno. Mientras leía, interpretaba a ambos personajes: el periodista incisivo y el compositor soñador. Era un espectáculo verla. Con su cultura inagotable y su rigor de investigadora nata, lograba que todo sonara real, auténtico.

 

La felicité efusivamente, y entonces vino la mejor parte

-Te cuento -añadió ella- . La idea es que sea como un programa de televisión, donde el público asistente sea a su vez el público del programa. Mientras transcurre la entrevista, cantantes en vivo acompañados al piano interpretarán las arias más conocidas.

- ¡Qué maravilla, Isabel! - le dije -. ¿Y dónde lo quieres hacer?

 

Ella, sin saberlo, sembró en mí muchas ilusiones y sueños guardados con la respuesta que salió de su boca

¡- En nuestro teatro! Vamos a hacer un teatrico en la sala de la Camerata. Hablaré con Carlos y veremos qué tenemos para armarlo.

 

¿Un teatro? ¿Un teatro propio?... Mi corazón dio un vuelco. Aquel proyecto lo asumí como algo mío. Durante décadas de conciertos solo asistía a los montajes más apoteósicos - como el Mesías de Händel, Il Festino de Banchieri, la Pasión según San Marcos de Keiser, Fiestas de pasión y gloria o los estrenos de las óperas- ; pero esta vez me involucré en cada detalle. Diseñé una logística impecable para la reserva y venta de entradas numeradas. El público, que siempre agotó las entradas, quedaba maravillado por la organización y la calidez del espacio. Y yo los recibí en cada una de las funciones. 

 

Durante el proceso de creación, supervisé de cerca el trabajo de Carlos, un joven talentoso y muy dispuesto. Le fui enseñando los secretos del escenario: la terminología teatral, la magia de las luces, la mística tras bambalinas. Logré sembrar en él esa misma pasión que luego se reflejó en cada temporada de La Entrevista.

 

Después de Puccini vinieron varias entregas dedicadas a Mozart, Monteverdi, Vivaldi y Beethoven, entre otros. Como siempre, disfrutaba del privilegio único de escuchar primero los textos en la voz de su autora. Y debo confesar que, aunque grandes actores interpretaban a los personajes, nadie lo hacía mejor que Isabel. Su encarnación de Beethoven, con el acento alemán que le imprimía y el matiz de su dificultad auditiva, era simplemente insuperable.

 

Ese teatrico despertó en mí algo que nunca se había dormido. A veces, cuando la jornada terminaba y me encontraba totalmente solo en la sede, me subía al escenario. Encendía los reflectores, sentía la madera bajo mis pies y comenzaba a improvisar un cuento, un chiste o una anécdota ante la atenta mirada de mi perra adorada, que vivía allí. En esa soledad comencé a soñar despierto. Planifiqué desde un espectáculo unipersonal - que luego se transformaría en libro - hasta montar una comedia del absurdo junto a Isabel que parecía escrita pensando en los dos. Ese espacio revivió el fuego sagrado de mi verdadera pasión: el teatro.

 

El lugar ganaba renombre, el público llenaba las funciones e incluso un director y dramaturgo reconocido presentó una de sus obras en nuestra sala. Todo fluía con una luz hermosa, hasta que irrumpió algo inesperado cuyos alcances jamás imaginamos: la pandemia del COVID-19.

 

Al principio no entendíamos nada. ¿Un virus? ¿Una cuarentena de unos días? Pronto la realidad nos golpeó. No fueron días, fueron años. El mundo se detuvo, el silencio se apoderó de las calles y los encuentros presenciales quedaron prohibidos. Para el arte vivo, el golpe fue devastador.

 

Y empezó el cambio… el sinsentido. Sin programación ni público, no era factible continuar. Pasaron algunos meses. Sabía lo que teníamos que hacer, pero no era fácil: toda una vida no se desecha ni se olvida así como así; eran muchos, muchísimos años.

 

Un día, recogí mis cosas - que no eran muchas- , bajé las escaleras y llegué al teatro. El escenario estaba a oscuras, las sillas vacías; ese espacio que hasta hacía muy poco contenía toda la vida, los aplausos y los ¡bravos! por lo que allí presentamos. Sentía un dolor profundo y callado, el recordatorio inevitable de que todo ciclo tiene su final. Encendí todas las luces y subí al escenario, sabiendo que era la última vez.

 

Las paredes de esa hermosa casa guardan para siempre incontables risas, momentos gloriosos y también algunas lágrimas. Pero también guardan mis ilusiones: el deseo ardiente de regresar a las tablas. Había llegado, entonces, el momento de hacer mutis.

 

Fui apagando las luces de la escena, poco a poco, lentamente. En el centro quedó encendido un solo reflector cenital, resplandeciendo en la penumbra como una pequeña llama rebelde .  Lo miré por un instante, con el corazón apretado de gratitud y nostalgia por todo. Caminé hacia el interruptor y, suavemente, lo apagué también.

 

La oscuridad abrazó el escenario, dejando a oscuras el espacio, pero guardando intactos, en el silencio de la memoria, mis sueños más queridos y los recuerdos de lo vivido durante tantos años… BLACKOUT…

 

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com 

 

 


 


ISABEL PALACIOS... el eco de una ovación infinita / por Jairo Carthy / Caracas, 15 de Marzo de 2026

 


Una mañana, la puerta de mi oficina se abrió para dar paso a Isabel Palacios. Su presencia, siempre magnética, venía acompañada de un mandato irresistible

.

-Toma, Jairo, me dijo, ofreciéndome dos boletos - estas entradas son para ti y tu papá. Tienes que ir a este concierto el domingo; dirijo a la Simón Bolívar. Sé bien que no eres un asiduo de las salas de conciertos, pero te lo aseguro: esta vez te va a fascinar. Esta obra tiene todos los ingredientes que sé que a ti te gustan.

 

Con esa introducción, rechazarla era sencillamente imposible. Le aseguré que asistiríamos y que mi papá estaría encantado. Durante años, él había cultivado una admiración ferviente por Isabel, tanto por la artista monumental como por la mujer carismática; ya le había realizado varias sesiones de fotos, cautivado siempre por su desenvoltura y ese poder natural ante la cámara.

 

Tomé las entradas en mis manos y leí: CARMINA BURANA de Carl Orff. Ese nombre se grabó en mi memoria para siempre, como la marca de un hecho trascendental a punto de ocurrir. Y así fue. La profecía de Isabel se cumplió con creces: no solo me gustó, sino que aquella obra me convirtió en un devoto instantáneo.

 

Formalmente, Carmina Burana se define como una cantata escénica que exige una orquesta titánica, una sección de percusión masiva capaz de sacudir los cimientos. En el frente vocal, requiere solistas de primera línea, un coro mixto de grandes dimensiones, un coro pequeño y un coro infantil. Es una arquitectura de sonido apabullante. Desde su estreno en Frankfurt en 1937, cada presentación alrededor del mundo ha sido un triunfo rotundo, pero lo que estaba por vivir superaba cualquier registro histórico.

 

Llegó el esperado domingo. Era a las once de la mañana y el escenario sería la emblemática Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, un coliseo con capacidad para 2.500 personas. Estábamos en una ubicación privilegiada. La sala se fue colmando, butaca tras butaca, hasta que no quedó un solo resquicio vacío. Había jóvenes de pie y sentados en las escaleras; era un lleno total, una marea humana vibrando en una espera eléctrica.

 

Entonces, comenzó el desfile en el inmenso escenario. Los tres coros participantes, el coro de niños, los solistas y, finalmente, la orquesta tomaron sus posiciones. El aire pesaba de tanta expectativa. Y por fin, hizo su entrada la Maestra Palacios. Vestida con un elegante traje de lino beige y el cabello recogido, lucía absolutamente imponente.

 

Un aplauso atronador rompió el silencio. Las luces se atenuaron lentamente, concentrándose en el podio. Y con los acordes rugientes de "O Fortuna!", esa maravilla indescriptible comenzó.

Recuerdo haberme hundido en mi butaca, apoyando el brazo en la rodilla, quedando petrificado hasta el final. Ver a Isabel dirigir era un espectáculo de pura energía vital. Blandía la batuta con magistral destreza, esculpiendo cada nota e infundiendo a la obra una emoción desbordada, un éxtasis y un poder visceral... porque Carmina Burana lo tiene todo. Este no es un tratado musical, sino el testimonio de quien fue testigo de un momento cumbre; un instante electrizante que, hasta la fecha, no se ha replicado en esa sala, a pesar de los grandes artistas que la han pisado.

 

El aria de la soprano fue pura hechicería. La interpretación del barítono, los niños, los coros... todo era perfecto. Pero la intervención de los percusionistas - el corazón pulsante y la fuerza dramática de la obra - fue un despliegue fuera de serie. De nuevo, el retorno de "O Fortuna!", ahora con una intensidad final demoledora, marcó la conclusión de la obra.

 

En ese instante, se desató la ovación más estruendosa que jamás haya presenciado. Todo el público se puso de pie, como obedeciendo a un resorte invisible, y el aplauso creció hasta convertirse en un delirio colectivo. La gente gritaba y vitoreaba. La Maestra Palacios era la artífice incuestionable de esa maravilla que nos había conmovido hasta la médula.

 

Mi papá, siempre meticuloso, sacó su reloj para medir el tiempo de esa ovación interminable: 14 minutos y medio. Era increíble. Isabel hizo saludar a todos: coros, solistas y miembros de la orquesta, mientras recibía esa avalancha de gratitud que parecía no tener fin. Un ramo de rosas y su batuta eran lo único que sostenía mientras se inclinaba una y otra vez ante un reconocimiento histórico.

 

Después de ese éxito memorable e inigualable al frente de la maravillosa Orquesta Sinfónica Simón Bolívar del Sistema, Isabel recibió contratos de otras orquestas, dirigiendo conciertos, operas, ballet y siendo la cabeza de muchos proyectos musicales.

 

Años más tarde, junto a la Camerata Barroca de Caracas, Isabel llevó de nuevo a escena esta majestuosa obra en su versión para dos pianos y percusión completa. Arnaldo Pizzolante y Carlos Urbaneja fueron los solistas pianistas y, junto al Coro de la Camerata Barroca, la Camerata Infantil y el extraordinario equipo de percusión de la Orquesta Simón Bolívar, repitieron el milagro. Hicimos dos funciones a sala llena ante un público que, insaciable, rogaba por más.

 

Quedó demostrado que hay encuentros que solo ocurren una vez en la vida, pero cuyo eco, como el de aquel primer golpe de timbal, resuena para siempre en quienes tuvimos la fortuna de estar allí.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

Jcarthyc@gmail.com

 

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Y ASÍ PASÓ ... COMER, COMER... Y COMER por Jairo Carthy / 13 de Septiembre de 2026

 

Queridos amigos y amigas:

 

Tras la acogida que ha tenido la columna “Y ASÍ PASÓ…” en tantos rincones del mundo, estamos de regreso con mucha emoción. Hoy abrimos una nueva etapa para compartir con ustedes cinco artículos inéditos: relatos nacidos de esa memoria viva, recuerdos que rinden homenaje a una época dorada e inolvidable donde el arte, el teatro y la cultura marcaban el ritmo de nuestras vidas.

 

Pero eso no es todo… Queremos celebrar este camino compartido con un regalo muy especial. Al culminar la publicación de estos nuevos artículos, pondremos a su disposición, de manera completamente GRATUITA, el libro digital “Y ASÍ PASÓ…”.

 

En esta obra hemos reunido minuciosamente cada uno de los relatos y anécdotas que semana tras semana han formado parte de esta columna. Será una edición muy especial para que puedan conservarla, volver a leerla y disfrutar sin costo alguno de este viaje lleno de afectos, nostalgias, humor y vivencias imborrables.

 

Los invito a acompañarnos en estas próximas entregas y a estar atentos para descargar su ejemplar. ¡Gracias por leer, por recordar conmigo y por ser parte de este recorrido! 

Jairo Carthy

 

 


 

En mi trayectoria artística, hubo una pausa de un par de años en los que decidí cambiar los escenarios por los itinerarios. Había estudiado turismo y, tras mucho insistir, logré entrar en la OTI (Organización Turística Internacional). Era una agencia de viajes que contaba con una extensa clientela la mayoría judíos y de excelente posición, y acudían a nosotros, ya que los dueños de esta Empresa también eran judíos.

 

Mi jefa era una peruana espectacular: ojos azules que intimidaban, cabello negro azabache y un temple de acero para los negocios. Como ella sabía que yo era actor, no solo me apoyaba en mis ensayos y funciones, sino que se divertía mucho con mis historias. Éramos, en esencia, cómplices.

 

Todo marchaba bien hasta que, una mañana después de Navidad, ella me soltó la pregunta del millón: - Jairo, ¿te gusta la comida peruana? Como buen hijo de mi madre, respondí con honestidad: - Solo conozco el ceviche de camarones de mi mamá. Nada más. Sus ojos brillaron. - Entonces hoy vas a graduarte. Vamos a un sitio especial, es muy sencillo, pero se come la verdadera comida peruana.

 

Mi Jefa estaba embarazada como de 6 meses.  A pesar de su voluminoso vientre seguía manejando, llegamos al Restaurante donde, en cuestión de minutos, la mesa se convirtió en un campo de batalla de sabores: Ceviche de Mero, Papas a la Huancaína, un Cau Cau (delicioso), Anticuchos, Causa rellena, Ají de Gallina... y para cerrar, el postre era Mazamorra Morada con Pisco Sour y refrescos Inca Kola. Yo estaba al borde del colapso gástrico, pero, ¿cómo decirle que no a mi jefa, que estaba ahí, embarazada y feliz, iniciándome en los secretos de su tierra?

 

De pronto, el teléfono interrumpió el almuerzo. Era su marido. Celoso, controlador y - para mi desgracia- alguien con quien yo me llevaba muy bien. - Sí, mi amor, surgió un inconveniente, ya vamos para allá. Estoy con Jairo, no te preocupes, le dijo ella, con una calma increible.

 

Rápidamente, pedimos la cuenta y salimos apurados.  Yo no entendía nada, ¿para qué íbamos a su casa? Llegamos al maravilloso Pent House de ellos, donde se divisaba toda Caracas. Nos abrió la puerta el mayordomo de guantes blancos, yo estaba sorprendido, no sabía que existía ese nivel de sofisticación en esa pareja tan joven.  El marido me recibió con una sonrisa: - ¡Bienvenido, Jairo! Qué placer que nos acompañes a almorzar.

¿Qué dijo? ¿A ALMORZAR? Mi jefa, notando que estaba a punto de meter la pata, se adelantó: —¡Sí! Le dije a Jairo que nos esperabas. Vamos, siéntate.

 

Lo que siguió fue un guion de terror: de más está decir que el buen gusto imperaba en la mesa, la vajilla, los cubiertos, las copas, todo era de primera, y por supuesto me ofrecen vino: - ¿Quieres una copa de vino blanco? Tú no puedes tomar mi amor, solo Jairo y yo. Por supuesto no quería vino ni nada, y traen el primer plato. Sirvieron una crema. Yo intentaba comerla con mucha lentitud mientras rezaba por un milagro. De repente, mi jefa se levantó: - Disculpen, me siento mal. Cosas del embarazo... y salió disparada al baño a "vomitar".

 

Yo la miraba con horror. ¿Qué haces?, pensaba. ¡Nos vas a matar a los dos con este teatro!

 

Ella regresó, me picó el ojo ¡qué descaro! Y pidió un té mientras yo seguía atrapado en la mesa con el marido, que, ignorante de mi agonía, llamaba al mayordomo para que me sirviera más crema. "No, de verdad... es suficiente", intentaba yo, pero la campanilla ya había sonado. Mi ración de crema se multiplicó como por arte de magia.

 

Y ahora venía el plato principal.  Cuando llegaron los canelones de espinaca y ricota, mi cuerpo dijo basta. - Disculpen, necesito un momento, dije, y corrí al baño, que afortunadamente estaba cerca.

 

Al entrar al baño me di cuenta de que estaba lo suficientemente cerca del comedor, así que mi plan de provocarme el vómito para desalojar algo de mi estómago debía ser rápido y lo más silencioso que pudiera.  No se imaginan lo difícil que fue, por más que hacía esfuerzos con todas las técnicas que uno se imagina poner en práctica no se devolvía nada.  Y lo peor era el tiempo de no sobrepasar el estimado en orinar un momento, lavarse las manos y salir.

 

Por fin logré que algo saliera, pero ahora me ardía la garganta, arreglé todo y salí.

 

-¿Te sientes bien?, me preguntaron. -Todo si muy bien (medio afónico). Hubiera querido decirles claro que NOOOO, me acabo de comer como diez platos de la gastronomía peruana, postre, refrescos, y me he tenido que tomar casi dos platos de crema que ni siquiera sé de qué es y me falta una generosa ración de canelones rellenos y ¿quieren que esté bien?

 

Por fin a duras penas medio me comí los canelones, de verdad estaban exquisitos, pero no podía más.  Cuando llegó la hora del postre allí si dije que estaba full y que no podía comer más, además que no me gustaba el dulce (eso nadie se lo creyó) y mi Jefa tranquila, degustando su tacita de té y disfrutando el horror que yo sufrí.

 

Y así pasó… 

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 


 


 

Y ASÍ PASÓ ... / FUERA DE LIBRETO por Jairo Carthy / Caracas, 11 de enero de 2026

 

En los montajes de la Ópera de Caracas, había un barítono que era la sensación del momento. No solo tenía una espectacular voz, sino una simpatía que desarmaba al más serio. Su nombre: William Alvarado, el eterno buen humor hecho persona.

 

Dos óperas quedaron grabadas en la memoria de la compañía: “El Elixir de amor” de Donizetti y “Don Giovanni” de Mozart. Y, claro, William tenía papeles protagónicos en ambas.

 

El maestro José Ignacio Cabrujas, el director de estas aventuras, decidió darle una sacudida moderna a “El Elixir”: ¡la ambientó en una estación de gasolina! El escenario tenía un árbol gigante y multicolor que parecía sacado de un cuento psicodélico

 

Fui a un ensayo y vi mi oportunidad. William interpretaba a "Belcore", un policía pedante y fanfarrón que llegaba en moto. En el clímax de su confrontación con el tenor (Nemorino) por la chica (Adina), William se daba golpes en el pecho como un gorila en celo para mostrar su machismo. ¡Era divertidísimo!

 

Y ahí, ¡Zas!, se encendió el bombillo de la genialidad (o de la travesura). Como la ópera era cómica y se prestaba para el desparpajo, le propuse a William una idea de oro:

- Mira, William, ¿por qué no le metemos picante? En vez de los golpes de gorila, nos inventamos una franela con la "S" de Superman. Te abres la camisa de policía como si fuera tu identidad secreta. ¡El público va a enloquecer!

 

A William le pareció una idea épica. El único problema: mantener el secreto de Estado hasta la noche del estreno. Solo se revelaría el día de la función. Manos a la obra. Compré la franela azul, y yo mismo, con toda la destreza de un artesano clandestino, dibujé, recorté y pegué el logotipo. Quedó perfecta y escandalosamente vistosa.

 

Llegó el gran día. En el camerino, le puse con mucho cuidado la franela a William. ¡Se veía espectacular! El tipo era fuerte y tenía unos pectorales que hacían justicia a la "S".

Mi cómplice, Armando Africano, el Coordinador de la Opera de Caracas, era el único otro ser humano al tanto de la conspiración. Nos sentamos en el público con una sonrisa de niños traviesos a esperar nuestro momento de gloria.

 

Y sí, amigos, el plan funcionó a la perfección.

 

Cuando William se enfrenta a Nemorino y se abre la camisa... ¡BOOM! Superman en la estación de gasolina. El teatro estalló. Gritos, risas histéricas y un vendaval de carcajadas que casi ahogan la música. Nadie, absolutamente nadie, lo vio venir.

 

En el intermedio, yo estaba flotando de la emoción, sintiéndome el genio del humor. Pero la alegría me duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Cabrujas me estaba esperando.

Me soltó un sermón que aún recuerdo:

- Eres muy creativo, Jairo, y sí, fue un chiste barato que gustó. Pero escúchame bien: YO SOY EL DIRECTOR. Esta puesta en escena, con sus virtudes y sus defectos, es MÍA. Lo tuyo fue una falta de respeto y de ética imperdonable para un profesional como tú. Si querías "inventar", me lo hubieras consultado. ¡Tenía razón! Me quedé hecho polvo. El público estaba encantado y lo felicitaba a él por la sorpresa y su genialidad.

 

(No todo fue risa. En ese mismo montaje, pasó algo más... algo terrible. Próximamente, en otra entrega.)

 

Pero las advertencias de Cabrujas son como las dietas de Año Nuevo: duran poco.

 

William sabía que, años atrás, yo había tenido un éxito arrollador interpretando a "Leporello" en una versión moderna de “Don Juan” (los detalles de ese montaje están en mi libro “Como soportar la vida con humor, Confesiones de un actor.”)

Y vino con la súplica:

— Jairo, necesito tu ayuda. Quiero que me crees mi propio Leporello, con ese toque de locura que tú le diste. ¡Quiero robarme el show como tú lo hiciste!

Pensé: Ese personaje me dio críticas extraordinarias, y ¿por qué no repetir la dosis?

 

Así que, de nuevo, empezamos la conspiración, esta vez silenciosa y técnica. Le di instrucciones a William a espaldas de Cabrujas: "Debes cojear, debes tener un defecto físico, un caminar diferente, un brazo mas corto que el otro". Al llegar a los ensayos generales, ya estaba transformado, y con el maquillaje! Le dimos un aire libidinoso y repulsivo, y William le agregó el toque maestro de la falta de algunos dientes.

 

El resultado fue EXTRAORDINARIO. William se convirtió en un Leporello único y se robó el show cada noche, justo como me había pasado a mí.

 

Pero lo que yo no podía saber y ni siquiera sospechar era el giro del destino (porque estas cosas casi nunca suceden) y es que luego de ocho años, la obra de teatro “Don Juan” donde yo formaba parte, se volvería a montar para participar en un Festival en España, con funciones en Madrid y reponerla de regreso de nuevo en Caracas.

 

Cuando hicimos la temporada, solo había pasado un año de haberse presentado la ópera “Don Giovanni”. El día del estreno William estaba en primera fila. La gente que había visto la ópera me felicitaba por mi actuación con un comentario que me hacía soltar una carcajada interna:

- ¡Jairo, te felicito! Se nota que te inspiraste en la creación del "Leporello" de William. ¡Son casi idénticos!

 

Nunca aclaré la verdad,  tanto William como yo disfrutamos dándole vida cada uno en su mundo a Leporello. En esta ocasión, el maestro Cabrujas jamás sospechó mi "dirección escondida". Me aseguré de que William hiciera que todo pareciera espontáneo.

 

 

Y así pasó.

Jairo Carthy

Jcarthyc@gmail.com


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Y ASI PASO / LA CAMERATA ... mi vida en la música antigua / por Jairo Carthy. / Caracas, 20 de septiembre de 2026

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