AQUEL VIEJO ATENEO DE CARACAS por Jairo Carthy / Caracas, 29 de marzo de 2026


La Casa Ramia no era solo una edificación; era el alma de la cultura venezolana. Durante años, esa majestuosa mansión de estilo neocolonial, con sus dos niveles custodiados por jardines, árboles centenarios y flores que parecían bendecidas por el clima del Parque Los Caobos, albergó al Ateneo de Caracas

 

Estaba enclavada en el corazón latente del saber, en la Plaza Morelos, allí donde convivía con el Museo de Bellas Artes, el Museo de Ciencias Naturales y, más tarde, la Galería de Arte Nacional.

En el viejo Ateneo, el arte se respiraba. No era una metáfora; el aire pesaba distinto, cargado de creatividad. Fue el epicentro de la vanguardia. Mientras en las plantas altas la Sra. María Teresa Castillo dirigía, en los salones cercanos a ella se escuchaba el rítmico golpe del ballet y la danza. En la planta baja, las paredes servían de lienzo para jóvenes artistas plásticos que, bajo ese techo protector, daban sus primeros pasos hacia la profesionalización. Muchos de los grandes maestros que hoy admiramos se forjaron allí, entre esas columnas blancas, sus pisos de madera y pasillos llenos de luz.

 

Al costado izquierdo de la casa, un sendero entre el jardín te conducía a un lugar sagrado: la cafetería del Ateneo. Era un territorio sin jerarquías. En una misma mesa podías encontrar a Salvador Garmendia o Adriano González León desmenuzando la realidad junto a teatreros y pintores. Los ilustres de la "República del Este" hacían allí su parada obligatoria, una suerte de ritual bohemio antes de perderse en los bares de Sabana Grande. Entre el humo denso de los cigarrillos y el aroma a café recién colado, se planificaron las temporadas más brillantes, las giras más ambiciosas y los sueños más locos de nuestra escena.

 

Esa cafetería servía de puente hacia el futuro: conectaba con el Teatro del Ateneo de Caracas, de arquitectura moderna. Por ese recinto desfilaron las leyendas del teatro, los directores que cambiaron el lenguaje escénico y las compañías internacionales que nos traían el mundo a casa.

A esa casa maravillosa llegó un día un joven. Caminó por la vereda del cafetín, observó el lobby del teatro y, en un instante, sintió que ese ambiente era el suyo. Que las tablas lo estaban esperando. Ese joven, por supuesto, era yo.

 

Varios montajes durante mis años de formación vi en ese Teatro, y el ser alumno de Horacio Peterson quien acababa de dejar la dirección artística del Ateneo, era casi imposible que el no hiciera referencia en las clases a muchas puestas en escena que  había dirigido, comentaba de muchos actores y actrices que lo habían acompañado y que eran grandes amigos y colaboradores y mencionaba con veneración a Anna Julia Rojas, esa mecenas inagotable cuyo nombre hoy honra nuestra memoria teatral.

 

Cuando yo asistía como espectador a esa sala que hoy llamaríamos minimalista, de paredes de cemento gris y un imponente telón color mostaza, cerraba los ojos y me proyectaba allí arriba. Soñaba con ser parte de esa historia que se filtraba por los poros de las paredes.

 

Tras casi tres años de disciplina en la Escuela de Teatro, el destino se vistió de gala. Mi debut ocurriría en el teatro que tanto añoré. Pero el regalo venía con un tinte de tragedia: mi maestro, Horacio, sería el encargado de dirigir la última obra que subiría a escena. El teatro iba a ser demolido.

 

Nada de lo que había vivido antes - exposiciones, cócteles o paseos por Los Caobos- se comparaba con la electricidad de entrar al teatro sabiendo que esta vez era mi turno. El escenario tenía una visión panorámica perfecta; era un espacio donde el susurro más leve llegaba hasta la última fila, pues la acústica era perfecta. 

 

Recuerdo el primer ensayo en el teatro. Fue aterrador. Nada cuadraba: ni los pasos, ni las distancias, ni la voz. Yo, acostumbrado a proyectar con fuerza, recibí una lección eterna de Horacio: - No, Jairo. En esta sala no hay que impostar. La acústica es tan cálida que la voz fluye sola; solo habla, que tus compañeros y el público  entenderán cada palabra. Tenía razón.

 

Llegó la noche del estreno. Estábamos en los camerinos - cuatro pisos de ellos, donde el numeroso elenco de Vivir como cerdos se movía entre nervios y maquillaje-. Tras el ritual de desearnos "mucha mierda", ocupé mi posición. Yo abría la obra. Ya estaba en escena cuando comenzaba y era el primero en hablar.

 

Todo se veía distinto en la penumbra. El corazón me martilleaba el pecho. De pronto, me di cuenta de algo: el telón estaba abajo. Siempre habíamos ensayado con el telón arriba. Todo se sentía diferente. No veía nada. Escuché el primer timbre... el segundo... el tercero. Un silencio sepulcral inundó la sala mientras las luces bajaban.

 

Y entonces, ocurrió el milagro. Fue un acorde perfecto de sensaciones: el sonido metálico y elegante de las cuerdas y las poleas del telón subiendo, el aire acondicionado que se desparramaba de inmediato como una ola gélida sobre el escenario y cientos de ojos observándome en la oscuridad. Las luces se encendieron. Era mi señal. Es tu momento, Jairo. Dale, carajito... esto es lo que tú quieres, me dije. Y empecé mis parlamentos y, a los pocos minutos, el pánico se transformó en flujo, en vida.

 

Ese susto, ese respeto sagrado por la escena, me acompañó toda mi carrera. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas para ustedes, me pongo nervioso recordando. Es una emoción que no caduca.

 

Esta debería ser la historia del viejo Ateneo, pero es imposible separarla de mi piel. Allí fui actor, diseñador de escenografía y publicista de nuestra obra. Durante los últimos días, vimos con dolor cómo desarmaban el tesoro: las telas, los reflectores, las maderas... incluso la cafetería de las mil anécdotas estaba sentenciada.

 

Generalmente, la última función siempre es tan emotiva y tiene tanto nervio como el estreno, pero en esta oportunidad era imposible contener las lágrimas entre los aplausos finales y el telón que subía y bajaba constantemente para que los aplausos no murieran, en ese aspecto Horacio era todo un maestro, eran los últimos aplausos que se escucharían, el último público… el final. Y al día siguiente... lo demolieron.

 

Solo quedó en pie entre los escombros una pared solitaria que tenía pintado el aviso de nuestra obra. Han pasado los años y la pregunta sigue doliendo: ¿Por qué? Entiendo la necesidad de espacio, pero ¿por qué destruir una sala con una acústica perfecta para construir una nueva que, hasta hoy, sufre de zonas sordas y fallas técnicas que ni los mejores especialistas han podido corregir? Pasé cinco años viendo el terreno baldío, viendo cómo los escombros sustituían a la cultura sin que se moviera una sola piedra para la nueva construcción. Fue un sacrificio innecesario.

 

Sin embargo, hay algo que las máquinas no pudieron tocar. Los que tuvimos la dicha de vivir, conocer y trabajar en ese teatro y en esa casa maravillosa e imponente del Ateneo de Caracas, y quien se tomó un café o una cerveza en el Cafetín con tanta gente importante, guardamos un recuerdo maravilloso… eso afortunadamente no lo pueden demoler.

Y así pasó...

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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SIEMPRE SE ESCUCHARÁN SUS PASOS EN LA ESCENA, por José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis”, Italia 2024: prólogo del libro "CARLOS GIMÉNEZ MEMORY biografía" de Viviana Marcela Iriart

 





El Soneto 6 de William Shakespeare podría recitarse hoy en la tumba de Carlos Giménez, de Carlitos, como lo llamábamos y lo seguiremos llamando quienes tuvimos su amistad y el privilegio de verlo trabajando una obra de teatro, oficio que realizaba con la misma pasión que pusieron en boga los hombres y las mujeres que amaron el teatro y lo convirtieron en una magistral expresión del alma.

 

SONETO 6 DE SHAKESPEARE

 

No dejes que la cruda mano invernal estrague

ese verano tuyo sin que antes se destile:

conserva tu esencia en un precioso envase,

antes de que el tesoro más bello se aniquile.

 

No es vedada usura usar así la vida,

y alegra a quien paga la renta de buen grado;

hacer de ti una copia lo mismo supondría,

y si son diez por una, diez veces contentado.

 

Y más feliz diez veces aún te sentirías

si en otros diez iguales diez veces te copiases:

¿Entonces, al marcharte, la muerte qué haría

si a ti como heredero viviente te dejases?

 

No seas obstinado, que toda tu excelencia

ni Muerte ni gusanos obtengan por herencia

 

 

LA CONDICIÓN HUMANA

 

La condición humana, la sinceridad plena respecto a la condición humana. Lo que la gente no había advertido en su diario vivir. Eso le interesaba sobremanera a Carlos Giménez y lo expresaba en el teatro que organizaba y creaba sobre el escenario.

Él era un panorama humano, un destello de vida que no se apagaba. Y el fenómeno creador que lo acompañó desde siempre no resultaba fácil de descubrir pero cuando se avizoraba su fortaleza para dirigir, su magia para conmover era imposible dejar de admirar y querer lo que hacía.

El mundo podría estar encerrado en un frasco y Carlos lo miraría desde afuera y Carlos lo recorrería desde adentro y todo el cristal que el frasco usaba como envoltorio desaparecería cuando Carlos invocara la visión teatral.

Ese es uno de los puntos esenciales de lo que él sabía realizar: invocar la visión teatral y conseguir que la más alta expresión humana funcionara en un escenario y trascendiera hacia todos los senderos del alma.

Creo que Viviana Marcela Iriart fue una de sus amigas más observadoras, una de las más acuciosas y apasionadas a la hora de valorar lo que él lograba en la escena. Ella pudo mirar más profundamente en él, ella lo analizó como quien estudia las emanaciones del lenguaje que jamás deja de brillar.

Viviana Marcela ha logrado establecer una memoria sólida, irreductible, con su escritura y su noble deseo de que el olvido nunca toque la obra de Carlos Giménez. Ella es la muestra más clara y justa de lo que en última instancia anhela un creador en el arte: que alguien sea intensamente impresionado por la obra y haga posible que su recuerdo no desaparezca.

Porque en el teatro los escenarios se vacían y se vuelve a llenar con piezas, actores, escenografías, directores y dramaturgos, pero siempre hacen eso: se vacían y el público también va, viene y cambia: a veces para retroceder porque cada público debe comenzar de cero, desde el principio.

Viviana Marcela Iriart consigue que los nuevos públicos se empapen con las virtudes y la peculiaridad de Carlos Giménez, un hombre de teatro que se entregó tanto a esa pasión como cualquiera de los grandes teatreros que existieron transformaron en gran voz universal el lenguaje de las tablas.

No solo fulguraba en el oficio de hacer teatro, sino también en la propuesta existencial de amar el teatro. Hablando de pronto sobre el ángulo de una obra, Carlos Giménez podía extraer de sus sensaciones y conocimientos frases enriquecedoras que clarificaban cualquier niebla, que desenredaban cualquier madeja. Sus palabras salidas del hondo conocimiento de la escena, hacían más visible el alma de cualquier dramaturgo, de cualquier creador. Convertía en seres cotidianos a Shakespeare, Ibsen, Chejov, Ionesco, a cualquiera.

 

La biografía que ha realizado Marcela Viviana Iriart es una puerta amplia por donde es posible entrar al mundo de Carlos Giménez y amar más el teatro junto con él. Inclusive, hasta quienes no lo conocieron sabrán en algún momento que Carlos Giménez forma parte sustancial del teatro porque siempre se escucharán sus pasos en la escena.

 

© José Pulido

Diseño de portada del libroJairo Carthy

Próximamente publicado por Ediciones Choroní

 


MI TIEMPO CON JOSÉ IGNACIO CABRUJAS ... por Jairo Carthy / Caracas, 22 de Marzo de 2026

 


Las nuevas generaciones no lo conocieron y tal vez no saben quién fue él, o quizás si… pero cuando un hombre deja un legado de dimensiones tan grandes, su nombre se convierte en el norte de todas las disciplinas. Hablar de teatro, de cine o de literatura es, inevitablemente, terminar pronunciando su nombre. Fue el actor que prestó su talento, el director que dibujó mundos, el dramaturgo que nos diseccionó como sociedad, el docente generoso que entregó su saber, y ese melómano apasionado que transformó la ópera en una experiencia mística. ¿Quién reúne todas estas cualidades?  Solo él: JOSE IGNACIO CABRUJAS, el hombre de la voz gruesa y cautivante de muchos comerciales y locuciones para la televisión.  

 

Mis recuerdos son como una película que se proyecta con nitidez. Lo veo siendo el Eloy de “La Revolución” de Chocrón, o el Torbaldo en “Casa de Muñecas” de Ibsen. Pero, por encima de todo su interpretación de Pío Miranda en su propia obra, “El día que me quieras”, fueron trabajos como actor que quedan en mi mente y que en mi proceso de formación disfruté, aprendí y valoré por haber tenido la oportunidad de disfrutar.  Pío Miranda, aquel patético soñador, atrapado entre la utopía y la desolación, fue un regalo del azar el verlo a él haciendo el papel: porque fue escrito para Fausto Verdial, pero por problemas de salud, obligó a José Ignacio a saltar a las tablas para no detener el estreno de la temporada. Verlo allí fue una lección de vida; luego Fausto retomaría el papel con igual maestría, pero haber presenciado a Cabrujas habitando su propia criatura fue todo un privilegio.

 

Tenía la capacidad casi divina de escribir para sus actores, conociendo de antemano sus silencios, sus alcances y sus límites. Escribía para sus "favoritos", para esos rostros de eterna confianza que él sabía que no iban a representar un papel, sino a encarnar una verdad.

 

Recuerdo claramente aquel ensayo general de una de las Galas de Ópera que compartimos.  Se me acercó y, con esa naturalidad, me soltó una promesa que me hizo temblar: - Voy a escribir una obra para ti. Me dijo que sería sobre un escritor de telenovelas y junto a la maravillosa Irma Palmieri destacada comediante de la televisión haría pareja. En ese instante, sentí que el Rey Midas me había tocado el hombro. Para un actor, que Cabrujas te soñara en un personaje era convertirte, de golpe, en una pieza de oro reluciente.

 

La televisión, con su voracidad insaciable, empezó a devorar sus horas. Ese "monstruo" donde todo es para ayer, donde la inmediatez castiga la pausa, le robó espacio al teatro, pero nos devolvió al analista lúcido. Todos esperábamos con ansiedad su columna semanal; “El país según Cabrujas” no era periodismo, era una brújula moral. En sus letras, Venezuela se miraba al espejo, con sus miserias y sus esperanzas. Y los sábados... ah, los sábados eran de la ópera. En su casa, rodeado de miles de discos, literalmente cientos de docenas que eran su tesoro más preciado, se daban cita los amigos "operáticos" para descubrir las grabaciones más recientes del bel canto.

 

Fue en ese refugio de arias y libretos donde mi relación con él trascendió la admiración profesional para convertirse en una amistad. Mientras todos le decían "Maestro", para mí siempre fue José Ignacio. Con el respeto que da el cariño, lo tuteé siempre. Compartí su día a día, trabajando con su esposa, Isabel Palacios, en la Camerata de Caracas. Durante años, su casa fue mi oficina. Allí conocí al Cabrujas íntimo, al que pocos tuvieron acceso; el hombre detrás de la leyenda.

 

Juntos vivimos el desarrollo de la Fundación Ópera de Caracas. Al lado de Isabel, Carlos Riazuelo y Hans Neumann, José Ignacio se empeñó en demostrar que el talento venezolano podía sostener los roles protagónicos que las compañías extranjeras les negaban. Recuerdo su puesta en escena de Don Juan de Mozart como algo apoteósico: el escenario, en una metamorfosis casi imperceptible, se convertía en un altar de una iglesia, inmenso donde los personajes se transformaban en santos. Fue una era de oro de cinco años que, dolorosamente, el Estado venezolano decidió apagar al quitarle el subsidio. Un silencio repentino que nos dolió a todos.

 

Pero ese cierre abrió para mí la puerta a la cotidianidad del genio. Descubrí su pasión por la cocina: - Jairo, cocinar es lo que me gusta más, más que escribir, más que dirigir, me confesó un día entre olores a especias y sofritos. Verlo cocinar era ver un ritual de perfección. Era un chef riguroso, un alquimista que solo aceptaba ingredientes de primera calidad. Las pastas eran su especialidad. Era todo un ritual sentarse a comer lo que había preparado y degustar esa sazón única que tenía.

 

Yo colaboraba con él en muchas cosas, estaba muy pendiente de enviar su columna para que estuviera a tiempo en el periódico, A veces recibía amigos en el salón de la casa y junto a Boris Izaguirre y Perla Farías quienes trabajaban con él en algunas telenovelas comenzaba a echar cuentos y anécdotas, yo sabía que iba improvisando la historia en el momento, ya había oído otras versiones, pero igual eran increíbles, uno le creía todo a pesar de que a veces eran difíciles de creer.  Me ocupaba de ayudarlo en muchas cosas, a pesar de su genialidad a veces era torpe para ciertas cosas.  Su luna de miel con Isabel la dejó en mis manos;  planifiqué todo para que fuera un viaje inolvidable desde que salieran de la recepción de la boda. Y así fue, yo estuve muy satisfecho por el resultado.

 

Mientras esperaba que escribiera la obra que me había prometido, me pidió que trabajara en un montaje que iba a hacer en el Ateneo de Caracas, era una obra de Ibsen Martínez titulada “Fiero Amor”  la cual tendría de protagonista al primer actor Gustavo Rodríguez interpretando al Presidente Rómulo Betancort.  Yo tendría el rol de Pío Miranda, el mismo de su obra “El día que me quieras” era un verdadero honor para mí.  Lamentablemente, la experiencia no fue buena, para nada, muchas cosas ocurrieron en el desarrollo de ese montaje, y no guardo buenos recuerdos de esta obra.  Afortunadamente, entre José Ignacio y yo todas las asperezas se limaron y seguimos siendo los amigos que hasta ese momento habíamos sido. Amistad blindada por el respeto mutuo.

 

Luego vino la mudanza de la Camerata, su nueva oficina, y ese distanciamiento natural que imponen los nuevos espacios. Y de pronto, lo que nadie podía prever. Su muerte inesperada... Se fue en su mejor momento, cuando el mundo entero reclamaba su pluma. Dejó proyectos a medio camino, historias sin final y un vacío que, décadas después, todavía se siente frío.

 

Se fue el escritor, el dramaturgo, el director... pero sobre todo se fue el amigo.   Fue un artista total, una llamarada de inteligencia que iluminó nuestra identidad. Hoy, al mirar atrás, solo puedo dar gracias. Qué bueno que estuve ahí. Qué bueno que pude conocerlo, disfrutarlo y aprender de él.

 

Y así pasó.

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

PD. Si quieres conocer los detalles de “Fiero Amor” en mi libro “Cómo soportar la vida con humor. Confesiones de un actor” los encuentras. 

 

 

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"FLORECER CON LUPUS: Relato de una guerrera que eligió ser feliz" de Carmen Carmona: cuentos para los momentos difíciles, Ediciones Choroní, marzo 2026

 


De venta en Amazon y en Autoreseditores.com


La particularidad de este libro de Carmen Carmona es que en él, ella no nos cuenta su batalla contra el lupus: nos regala los cuentos que la ayudaron en su momento más difícil, cuando estaba al borde de la muerte y sus pequeños hijos, Pedro y Alejandro, se turnaban para leérselos sin saber si ella los escuchaba. 

Esos cuentos que ella misma había escrito muchos años atrás y publicado con seudónimo, cuentos suyos acompañados de cuentos budistas, zen, hindúes, sufi... cuentos que nos invitan a disfrutar de la vida pese a las adversidad. Cuentos que nos dan alegría, placer, esperanza y fuerza.  

Carmen, hoy ya en remisión, ha decidido publicar este libro con su verdadero nombre para compartir su felicidad y su alegría por la vida que, con sus altibajos, siempre merece la pena ser vivida y vivida en todo su esplendor. Este libro nos habla de eso… y mucho más.

Carmen Carmona, venezolana,  fue Presidenta del Instituto de Cultura del Edo. Miranda, Directora de Cultura de la Alcaldía de Chacao, Productora del Festival Internacional de Teatro de Caracas, Productora del Ateneo de Caracas, productora de más de 100 obras de teatro en Venezuela y Estados Unidos. Obligada a abandonar su país por el chavismo, vive en el exilio en Miami, trabajando duramente para salir adelante. 

"Cuando escribí la Introducción 1 nunca imaginé que, 18 años después, que mis jóvenes hijos me leyeran mi libro los 18 días que estuve hospitalizada al borde de la muerte, sin que los médicos supieran qué era lo que me estaba matando, me iba a resultar de tanta ayuda, me iba a traer tanta paz en medio de la desesperación. (...)

Pero muchas cosas habían pasado en esos 18 años y tener que dejar mi país, Venezuela, fue, sin que lo supiera entonces, el comienzo de mi enfermedad: una se puede enfermar de dolor de patria, morir de nostalgia de patria, agonizar de exilio.

Con dos niños pequeños, divorciada, tuve que abandonar mi apartamento que tanto me había costado comprar, mi trabajo que tanto me gustaba, mi ciudad, mi gente, mi familia y partir a países amables pero extranjeros: primero España, después Estados Unidos, donde vivo actualmente. (...).

Pasaron cinco años y el Lupus entró en remisión.

Entonces me dije: tengo que volver a publicar este libro (...)  Porque si yo pude entrar en remisión, casi curarme, de una enfermedad tan terrible, tú también puedes. Y si estás pasando por algo parecido, ojalá que mi libro te sirva de ayuda como me sirvió a mí.

 Y como dijo el gran escritor argentino Julio Cortázar:

 “Nada está perdido si tenemos el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.

 Gracias por leerme. Gracias por existir". Carmen Carmona, Introducción II, fragmento.

 

“A pesar de las cargas que la vida le presentó, mi hermana de la vida Carmuchi, emergió de su prueba más fuerte, más sabia, y con una profunda gratitud por la existencia misma. Este libro nos invita a reflexionar sobre lo hermoso que es vivir, sobre la importancia de cada instante compartido con aquellos a quienes amamos. Su viaje nos recuerda que, aunque algunos itinerarios pueden ser difíciles, cada paso cuenta, cada lucha tiene sentido y cada sueño es un destello que merece ser alcanzado”. Fragmento del prólogo de Karl Hoffmann.

Con prólogo del actor y productor Karl Hoffmann y diseño de portada y del libro de Jairo Carthy, el l libro puede comprarse en Amazon y en Autoreseditores.com (para América Latina es mejor comprarlo aquí porque el envío es más barato que el de Amazon). 

 

Un cuento de "FLORECER CON LUPUS: Relato de una guerrera que eligió ser feliz"

 

LA ENFERMEDAD NO ES UN CASTIGO

 

En el siglo XIX un turista muy rico visitó al

 famoso rabino polaco Hofetz Chaim 

y se quedó asombrado ​al ver que la casa del rabino ​

consistía sencillamente en una habitación​ ​llena de libros.

 

El único mobiliario era una mesa y un banco. 

-Rabino, ¿dónde están tus muebles?”

preguntó asombrado el millonario turista. 

-Dónde están los tuyos?

respondió el rabino Hofetz.  

-¿Los míos? Pero si yo sólo soy un visitante…​ ​Estoy aquí de paso... dijo el turista. 

-Lo mismo que yo, ​contestó el rabino Hofetz.

 

Todas y todos estamos de paso.

La vida es finita.

Todo, absolutamente todo,

tiene un principio y un final.

Y los seres humanos no podemos

escaparnos  de esa finitud.

Para que otros seres humanos vivan

es necesario que otros mueran.

Si no, el planeta Tierra colapsaría

y nadie podría vivir sobre él.

Observa la naturaleza.

Ella es una gran fuente de enseñanza.

Podrás ver cómo los animales

se enferman y mueren.

Cómo las plantas cumplen su ciclo y mueren.

Pero no se acaba la selva.

No desaparece el bosque.

 

- ¿Y a mí que me importa

si yo ya no voy a estar viva, vivo?

puede que te preguntes.

Entonces, querido amigo, querida amiga,

la que esta moribunda es tu alma.

Y si tu alma muere, ¿crees que puedes

seguir viviendo sin ella?

 

Las personas nos enfermamos porque

de algo tenemos que morir.

Y siempre es mejor morir de enfermedad

que morir asesinado.

O morir de hambre.

O morir en un campo de concentración.

O morir en una sala de torturas.

O morir por falta de medicinas.

O morir por falta de asistencia medica.

O morir por discriminación racial, sexual,

de género… cualquier tipo de discriminación.

O morir por culpa de la ignorancia,

ajena o propia.

O morir por culpa del fanatismo.

O morir por luchar por “la verdad”.

O morir de miedo por perder

las cosas materiales.

O morir de soledad

Entonces, ¿no es más natural simplemente

morir de vida?

¡Morir de vida!

Lo cual no significa resignarse a la enfermedad 

 

Y mucho menos buscarla o incentivarla.

Ni tampoco enfermar de estar enfermo.

Ni culpar a los otros y muchos menos

culparte a ti por tu enfermedad.

Porque tú no eres culpable de tu enfermedad.

Tú no eres responsable de que la enfermedad

haya aparecido.

 

Tu enfermedad no es un castigo

por algo que hayas hecho mal.

Pero hay muchas cosas que puedes hacer

para curarte o para vivir con la enfermedad

sin que te haga tanto daño.

 

En primer lugar: no te sientas culpable

por tu enfermedad.

El sentimiento de culpa mata más que

la enfermedad.

El sentimiento de culpa

es la peor enfermedad.

 

¿Por qué vas a sentirte culpable

de haber enfermado si la enfermedad

es una integrante más de la vida?

¿Acaso te sientes culpable

de tener hijos, de tener hijas?

¿Te sientes culpable de tener hambre?

¿Te sientes culpable de reír?

¿De llorar? ¿De cantar?

La enfermedad y la salud son las dos caras

de una misma moneda llamada Vida.

Si se tiene salud, en algún momento

se puede tener enfermedad.

Porque para tener enfermedad

primero hay que tener salud.

Entonces, ¿vas a sentirte culpable

por estar viva, por estar vivo?

La enfermedad es una de las piedras

que encontramos en el camino hacia el Arcoiris.

Hay quien la salta aquí o allá.

Pero siempre, en algún momento del camino,

la piedra se atravesará.

Entonces puede que eso que llamamos

Vida se detenga. O no.

Pero de todas maneras, eso que llamamos Vida

en algún momento se detendrá.

La enfermedad no es mas

que una de las estaciones

en las que se detiene el tren de la Vida,

antes de llegar a la estación central.

 

Entonces, querida amiga, querido amigo,

¡Si estas enferma, si estás enfermo

es porque estás viva, estás vivo!

¡Alégrate de formar parte de la Vida!

Con sus dificultades, a veces terribles,

vivir es maravilloso.

 

En segundo lugar: no te resignes

a la opinión de los expertos.

Los expertos también se equivocan.

La religión se equivoca.

Las amistades se equivocan.

La medicina se equivoca.

Una y uno se equivoca.

 

La ciencia avanza y retrocede.

Lo que hoy es malo,

mañana puede ser bueno y viceversa.

No te quedes con una sola opinión.

No dejes que te enfermen

más de lo que estás.

No permitas que te entierren

antes de tiempo.

 

Hay un antiguo y sabio cuento sufi

que dice lo siguiente:

Un hombre a quien se consideraba muerto

fue llevado por sus amigos para ser enterrado.

Cuando el féretro estaba a punto de ser introducido

en la tumba, el hombre revivió

y comenzó a golpear la tapa del féretro.

Los amigos abrieron el féretro

y el hombre se incorporó:

- ¿Qué estan haciendo?

dijo a los sorprendidos amigos.

- Estoy vivo. No he muerto.

 

Sus palabras fueron recibidas con asombrado

silencio. Al fin uno de los amigos acertó a hablar.

- Amigo, tanto los médicos como los sacerdotes

han certificado que has muerto.

¿Y cómo van a equivocarse los expertos?

 

Entonces volvieron a atornillar

la tapa del féretro

Y lo enterraron debidamente.

 

Resumiendo tenemos que:

Primero no tienes que sentirte culpable

por haberte enfermado;

Segundo, no tienes que permitir

que te enferme la opinión de los expertos.

La enfermedad es un túnel.

La luz está al final del camino.

 

Cuando estés enferma,

cuando estés enfermo,

busca la mano amiga.

La primera mano amiga

esta dentro de ti, búscala.

Cuando la encuentres,

busca la mano amiga externa.

Dos manos unidas son más fuertes

que la más fuerte de las enfermedades.

Y si crees que no hay mano amiga

es porque todavía no encontraste la tuya.

O porque no puedes ver.

 

A veces la mano amiga

está mas cerca de lo que crees.

Solo tienes que saber mirar.

Pero la mano no es para que te aferres a ella.

La mano es para compartir el camino,

que en definitiva es sólo tuyo.

Una mano puede ser la mano

de un ser humano.

Pero también puede ser la mano de Dios,

el Dios de tu religión cualquiera que esta sea.

 

También puede ser un animal,

un libro, una canción,

el sol, la luna, las estrellas...

Una mano puede ser cualquier cosa que te sirva.

Porque Dios, o lo que para ti es Dios,

está en todas las cosas. Y si tienes a Dios

dentro de ti, entonces, querida amiga,

querido amigo, tú no estás sola,

tú no estas solo.

 

 

 

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AQUEL VIEJO ATENEO DE CARACAS por Jairo Carthy / Caracas, 29 de marzo de 2026

La Casa Ramia no era solo una edificación; era el alma de la cultura venezolana. Durante años, esa majestuosa mansión de estilo neocolonial,...