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EL INVITADO 101 / por Jairo Carthy / Caracas 1 de Marzo de 2026

 

Al finalizar las funciones de Don Juan, de Guilherme Figueiredo - tanto en el Festival de Almagro como en la temporada del Teatro La Comedia de Madrid - , recibí una invitación de mi amiga Mariangelina Celis. Ella vivía en Bruselas, donde era Agregada Cultural de la Embajada de Venezuela; y además, había sido la productora de nuestra obra.  Estaba en Madrid, pues deseaba vernos en escena una vez más antes de que regresáramos a Caracas para una nueva temporada, y allí surge la invitación. 

 

Debido a la disponibilidad de vuelos, yo viajaría un sábado y ella llegaría el domingo. Mariangelina me aseguró que no habría problema: podría descansar en su casa y disfrutar de todas las comodidades mientras ella llegaba. Así lo hicimos. Salí muy temprano hacia el aeropuerto de Barajas a tomar el vuelo a Bruselas. Mi amiga ya había coordinado con el Encargado de Negocios de la Embajada, el Dr. Nelson Castellanos, para que me buscaran.  Él, con gran gentileza, insistió en ir personalmente al aeropuerto.

 

Llegué a Bruselas a las diez de la mañana. El Dr. Castellanos resultó ser un hombre joven, atento y muy simpático. De inmediato me pidió que lo tuteara. Mientras caminábamos hacia su auto - un BMW espectacular -, noté que el nivel de vida en ese país era altísimo; allí, ver un Mercedes Benz o un Lamborghini era lo cotidiano.

 

Camino a la ciudad, observé el paisaje y le pregunté:

 

- Nelson, ¿aquí la gente juega mucho al golf?

 

Él, sorprendido, me miró.  - ¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres jugar? Hay varios campos...

 

- No, no sé jugar, respondí. - Lo digo porque llevo rato viendo campos bellísimos, parecen alfombras.

 

Nelson soltó una carcajada: - No, Jairo. Esos no son campos de golf; son los parques públicos de Bruselas.

 

Ese fue el inicio de un día inolvidable. Cruzamos puentes de piedra sobre lagos perfectos, donde nadaban cisnes blancos y patos salvajes. Me sentía dentro de una tarjeta de Hallmark  o en un libro de cuentos de hadas.

 

Fuimos a desayunar a una cafetería para probar la exquisita pastelería belga. Nelson me contó que su pasión era la equitación y que tenía varios caballos.

 

- ¿Y dónde los tienes? ¿En tu casa?  - pregunté.

 

- No, en las caballerizas del Country Club. ¿Quieres acompañarme? Paso por allí y así conoces los caballos y el Club.

 

Me pareció un plan mucho mejor que quedarme viendo televisión.

 

El Country Club era un imponente castillo medieval de piedra rodeado de jardines llenos de flores multicolor. Hacía mucho frío, unos 9 grados, pero para los belgas acostumbrados a tener temperaturas bajo cero, aquello era casi verano. Tras atender sus asuntos, Nelson me invitó a la terraza:

-Vamos para que conozcas a unas amigas y tomemos un té caliente, seguro te caerá muy bien.

 

La elegancia y el buen gusto reinaba en cada rincón. En la terraza nos esperaban cinco damas sofisticadas. Yo no entendía nada; hablaban una mezcla de francés y flamenco (neerlandés), además de alemán. Me senté a disfrutar del té y del paisaje, pero me sentí incómodo al verlas reír mientras me miraban.

- Nelson, me siento fuera de lugar - le susurré -. Siento que se burlan de mí. Por favor, llévame a casa de Mariangelina o pídeme un taxi. 

 

Él me tranquilizó de inmediato: - ¡Para nada Jairo! Al contrario, me están pidiendo que te lleve como invitado especial a la fiesta de esta noche.

 

- ¿A una fiesta? ¡Cómo se te ocurre! - exclamé.

 

- Esta noche se celebran los 100 años del Country Club de Bruselas. Hay cien invitados de todo el mundo y ellas quieren que tú seas el invitado 101. Les dije que eres un actor venezolano que estabas de gira por España, y venías invitado por la Embajada de Venezuela y, además, el hermano de Deborah Carthy Deu, la actual Miss Universo. Eres la celebridad de la noche.

 

Efectivamente, mi hermana Deborah había sido coronada como Miss Universo representando a Puerto Rico, y su triunfo me llenaba de gran orgullo, ella es una luchadora incansable y además de su belleza tenía todos los atributos para ser Reina universal.

 

- Pero no tengo ropa para algo así —objeté.

 

- No te preocupes. Vamos a la boutique de Gianni Versace. Allí alquilan trajes de etiqueta. Con ese bronceado y tu peinado engominado de latin lover, las vas a volver locas.

 

¿Gianni qué? … Era la primera vez que escuchaba el nombre de Versace. La tienda era un espectáculo de cristal. Gracias al estatus diplomático de Nelson, las puertas se abrían a nuestro paso. Tras varias pruebas, el esmoquin quedó listo.

 

Pasamos la tarde recorriendo Bruselas, una ciudad espectacular que mezcla castillos antiguos con arquitectura moderna. Fuimos a su elegante apartamento a prepararnos. Me afeité y me peiné al estilo de Carlos Gardel, cabello engominado echado para atrás. El esmoquin de seda tenía una caída impecable. Yo me preguntaba: “¿Quién me va a creer esto?”.

 

Llegamos tarde a propósito para llamar la atención. Entré con un abrigo de piel de Nelson apoyado solo sobre un hombro, haciendo una entrada puramente teatral. El salón estaba organizado en mesas de herradura con candelabros enormes. Al poco tiempo, pronunciaron mi nombre en el discurso de apertura. Nelson me susurró: — Levántate y haz una venia.

 

Lo hice, y la curiosidad de los asistentes creció.

 

Durante el brindis, pedí agua mineral. No quería que el champán me diera sueño. Así, totalmente sobrio, tuve a un mesonero dedicado exclusivamente a servirme agua Evian toda la noche. Esto me permitió observar cómo la nobleza europea se desinhibía con el alcohol. Frente a mí estaba el Conde de Luxemburgo; a un lado, la Princesa de Suecia; al otro, el Príncipe de Dinamarca y una princesa de Malasia. Era la monarquía en pleno y yo estaba allí, entre ellos.

 

Al comienzo pensé que Nelson me estaba echando broma, pero luego descubrí que no era así, mujeres mayores muy elegantes con sus tiaras de piedras preciosas, un joven rubio también de la nobleza llevaba un corbatín de oro macizo, era un desfile de personas extrañas, joyas, Príncipes, Princesas, Duques, ¡en fin! Y por supuesto me repetía: ¿Quién me va a creer esto que estoy viviendo?

 

El momento cumbre fue el baile. Sin las barreras del idioma - hablando una mezcla de español, inglés e italiano -  con total desparpajo terminé charlando con medio salón. Estaba relajado, nadie me conocía y yo no conocía a nadie.  Una señora muy elegante, parecida a Hillary Clinton, me sacó a bailar. De pronto, la gente hizo una rueda a nuestro alrededor. Yo, con mi estilo caribeño, la soltaba, le daba vueltas y la acercaba al compás de la música. Nelson se escondía tras una columna muerto de la risa. Mi pareja de baile, aunque disimulaba, parecía algo desconcertada por mi ímpetu. Yo la tenía tomada de las dos manos y la alejaba y acercaba a mi, así durante un buen rato.  Creo que empezaba a incomodarse. Finalmente, Nelson me hizo señas para que la soltara y cediera el turno a otra pareja. La pobre mujer salió huyendo, aunque con mucha clase.

 

Fue una de las noches más increíbles de mi vida. A veces me cuesta creer que fue real, pero las diapositivas que conservo con aquel traje de Versace confirman la veracidad de la historia. Al terminar la velada en el Country Club, Nelson me mostró un poco de la vida nocturna de Bruselas: bares donde las mascotas son bienvenidas y las prostitutas, mujeres absolutamente bellas y perfectas se exhiben en una calle especial, en vitrinas,  totalmente desnudas para que uno pueda escoger la que más le guste.

 

Simplemente, una experiencia inolvidable.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 

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CRISTINA REYES ... la belleza de lo natural / por Jairo Carthy / Caracas, 22 de Febrero de 2026

 


Al llegar a la casa, me detuvo el conserje del edificio:  - Sr. Jairo, ahora tenemos a dos actores en este edificio. Una colega suya se acaba de mudar al piso 10; es una mujer espectacular: Cristina Reyes.

 

No pude ocultar mi asombro. Su llegada era tan inesperada como incómoda. En aquel entonces, ella representaba toda la frivolidad, superficialidad y pedantería que se les atribuía a las actrices de televisión. Ojalá las cosas hayan cambiado, pero eso era lo que el medio les exigía; luego entendí el por qué. Yo la conocía de verla en alguna telenovela: era dueña de una belleza fuera de serie, pero siempre encarnaba a la malvada de la historia, a la mujer acaudalada y triunfadora. Nunca interpretaba a alguien común que debiera trabajar para ganarse la vida. Esos elementos, sumados a su porte y distinción, contribuían a la imagen de que era, definitivamente, una diva inalcanzable que caía pesada.

 

Un día, sonó el timbre de mi apartamento. Antes de abrir, pregunté: - ¿Quién es?  - Soy yo, Jairo. Cristina , escuché del otro lado.

 

No entendía nada. ¿Cristina Reyes? ¿Cómo sabía mi nombre? Al abrir la puerta, efectivamente era ella, pero una versión que jamás imaginé: sin una gota de maquillaje, descalza, vistiendo unos shorts rosados, una blusa corta blanca y el cabello recogido en una sencilla cola. Su aspecto era el polo opuesto a la imagen que yo guardaba de ella.

 

-Tu nombre me lo dio un amigo que tenemos en común - continuó diciendo -. Me sugirió que viniera, pues siempre es bueno contar con el apoyo de un vecino, y siendo tú actor, ¿quién mejor para iniciar una amistad?

 

Alargó su mano y me preguntó: - ¿Amigos? Estaba tan sorprendido que tardé unos segundos en reaccionar y estrecharla.  Allí comenzó no solo una relación de vecinos, sino una maravillosa amistad y camaradería que ha perdurado siempre.

 

Ella era decidida. De inmediato me dijo: - Ven, sube a mi casa. Te invito a tomar café y a probar una torta que acabo de hacer. La seguí de inmediato. Subimos las escaleras, pues solo un piso nos separaba. Su apartamento era más pequeño que el mío, pero estaba decorado con muy buen gusto; se notaba el alma de artista en cada rincón. Me llamó la atención un detalle: no había ni una sola foto de ella exhibida.

 

Nuestras tertulias se hicieron frecuentes. Ella se interesaba por mi carrera y yo por la suya. Pronto descubrimos que las distancias entre el teatro y la televisión eran abismales. Cristina anhelaba interpretar personajes reales, como los de las novelas brasileñas que causaban furor entonces; quería salir sin maquillaje si la escena era al despertar, o hacer cosas cotidianas como lavarse los dientes o fregar los platos. Nada de eso se permitía en una telenovela nacional, a menos que fueras la protagonista sufrida; pero la antagonista, la "villana", jamás podía permitirse tal humanidad.

 

Me explicó que, por contrato, no podía salir a la calle sin maquillaje: debía estar siempre impecable, sonriente y "perfecta" para el público. Por eso, en pantalla, aparecía con dormilonas que parecían trajes de gala, muy maquillada incluso con pestañas postizas y el cabello como para un comercial de champú , para una escena que se estaba acabando de levantar por la mañana.  Fui descubriendo tantas facetas de ella que me dio pena mi prejuicio inicial. Era totalmente diferente; de hecho, su sencillez la hacía ver mucho más bonita y juvenil. Se ganaba a la gente con su autenticidad. Cuando llegaba de grabar me daba mucha risa; parecía otra persona. Frente a mis ojos, veía cómo la diva se desvanecía para dar paso a la Cristina que muy pocos conocían.

 

De repente, un día volvió a tocar mi puerta con insistencia. Ya yo sabía que era ella. —¡Mi vido! - así me llamaba -. ¡Vamos a trabajar juntos en una película! Me acabo de enterar, ¡qué alegría más grande!

 

Y así fue. Fue una sorpresa.  Nos habían contratado a cada uno por su lado. Tuve el honor de compartir con ella la aventura llamada “Ana, pasión de dos mundos”, donde, para variar, ella era la antagonista de Maribel Verdú. Pero, afortunadamente, su personaje, “Clarita”, era una prostituta de origen humilde que había luchado mucho por salir adelante. Eso le dio la oportunidad de hacer algo distinto. Trabajamos mucho en ello y ella logró darle al personaje una dimensión humana que trascendía su evidente belleza física.

 

Descubrir su calidad humana fue un regalo. Le encantaba ayudar. Era invitada de honor en Los Nevados, un pueblo en Mérida, a donde llevaba juguetes, ropa y medicinas que recolectaba incansablemente entre sus conocidos y empresas. Se iba a caballo, en Jeep o a pie por esas montañas. Aunque nunca la acompañé, admiraba profundamente su dedicación y el amor con que la recibían en esas tierras.

 

Durante el rodaje de la película, hizo algo increíble. En una secuencia, mi personaje usaba alpargatas y yo acompañaba a Maribel Verdú, quien conducía un caballo; Cristina venía en otro detrás de nosotros. Nos detuvimos según las marcas del director y, de repente, un caballo me pisó el pie. Por profesionalismo, no dije nada; esperé a que terminara la escena. Al grito de “¡Corten!”, solté un alarido de dolor. Al quitarme la alpargata, el dedo no paraba de sangrar. Todos corrieron, pero ella fue la primera. Me limpió la herida y, al ver que la hemorragia seguía, le dije bromeando: - Si fuera el dedo de la mano sería perfecto, porque me lo meto en la boca y la saliva corta la sangre. Ella me miró con esos ojos maravillosos y me dijo: —No te preocupes, mi vido, ya vas a ver.

 

Acto seguido, se metió mi dedo del pie en su boca para detener la sangre. Yo no podía creerlo. Fue una muestra de humildad y calidad humana que dejó paralizados a técnicos y actores. Lo cierto es que surtió efecto: la sangre se detuvo y pudo curarme debidamente.

 

Durante las semanas del rodaje de la película, nos invitaba casi a diario a su habitación a comer panquecas, ella las cocinaba en una cocinita pequeñita de camping y tenía todos los implementos para hacerlo.  Pasabamos ratos muy agradables compartiendo con los actores españoles y eso podía ser a cualquier hora, desde la hora del desayuno hasta medianoche.  Sus panquecas se hicieron famosas.

 

Esa es solo una de las tantas vivencias donde su bondad y optimismo salían a flote. Un día, llegué a mi oficina y Yelitza, una gran amiga de muchos años y cómplice en muchas de mis locuras, me cuenta: - Ayer, en la carretera de La Victoria, vi a una mujer desde lejos que se cayó de un parapente. ¡Parece loca! . Sabrá Dios que le habrá pasado. 

 

Horas más tarde, Cristina me llamó con un hilo de voz: - Mi vido, no te asustes, pero estoy hospitalizada. Ayer me caí de un parapente y me rompí la columna. Era la misma historia de Yelitza. Así era ella: audaz, intrépida y amante de los deportes extremos, todo lo contrario a mis gustos. Fui a la clínica de inmediato y la encontré enyesada desde el cuello hasta los glúteos, con los brazos en posición de abrazo. Era una estampa dolorosa, pero ella mantenía el humor y se reía de lo sucedido.

 

Faltaba una semana para el estreno de una obra de teatro llamada “El Chingo”, de Edilio Peña, era un proyecto muy importante para mí carrera. Le dije que no se preocupara, que ya veríamos cómo llevarla a una función más adelante. Pero ella sentenció: - Yo voy igual, mi vido. Ese estreno no me lo pierdo; es tu noche y quiero estar allí.

 

Y cumplió. Primero llegó al teatro un ramo de 72 rosas rojas de tallo largo, tan inmenso que no cabía por la puerta y tuvo que quedarse en el lobby. Luego llegó ella, una hora antes de la función. La producción tomó previsiones para sentarla en primera fila y que estuviera visible lo menos posible, no quería llamar la atención. Le dediqué la función y ella, como no podía aplaudir por el yeso, gritaba con toda su alma: “¡Bravo, bravo!”. Fue una noche mágica.

 

A veces, comparando nuestras carreras, ella me decía: - Quisiera tener tu experiencia y tu currículum haciendo teatro y creando personajes. Y yo le respondía entre risas: - Y yo quisiera ganar lo que tú ganas en televisión, aunque sea por un mes. Mi sueldo en la cultura era modesto y el de ella, con horas extras, era astronómico. Pero ella era generosa y disfrutaba compartiendo cada éxito con sus amigos.

 

 

 

 

Podría escribir horas sobre nuestras anécdotas. Aprendí que, aunque viniéramos de medios distintos, ella de la fama y la popularidad, yo del rigor y la satisfacción del aplauso en vivo, en el fondo buscábamos lo mismo: un canal para expresarnos y brillar a través del trabajo.

 

Uno de sus últimos trabajos antes de irse al Tíbet a un retiro espiritual fue en una novela de Cabrujas. Era un papel corto, moriría en el capítulo 25, pero le permitía hacer algo diferente. Mi consejo, muy extraño por tratarse de mi, fue: - Cristina, no actúes. Sé simplemente tú, con esa alegría y bondad que tienes. No interpretes; deja que el público conozca a la mujer maravillosa que vive en ti.

 

Y así lo hizo. El personaje lo permitía.  Apareció natural, casi sin maquillaje y vestida sin lujos. Sus diálogos tenían una naturalidad que emocionaban a los espectadores, era un papel corto pero muy bien escrito.  Fue un éxito rotundo y recibió críticas excelentes. Yo fui muy feliz de verla triunfar y cumplir ese sueño.

 

Eramos inseparables, amigos por siempre. Al final del día, nuestras charlas me enseñaron que el teatro y la televisión no son mundos antagónicos, sino dos espejos que reflejan la misma búsqueda humana. Yo, desde las tablas, perseguía la verdad a través del rigor y el sudor del aplauso inmediato; ella, desde la pantalla, luchaba por encontrar esa misma verdad detrás de las capas de maquillaje y los contratos de perfección.

 

Aprendí que no importa si el escenario es de madera o de píxeles: el talento real, como el de Cristina, consiste en saber despojarse de los artificios. Ella fue mi mejor lección de que el éxito no está en la cuenta bancaria ni en el vestuario de gala, sino en la capacidad de meterse en el barro - o en la boca, si el dedo de un amigo sangra -  para demostrar que lo más valioso que podemos interpretar es nuestra propia humanidad.

 

Hoy, cuando recuerdo a la “villana” que resultó ser un ángel, sonrío. Porque aunque ella anhelaba la libertad del teatro y yo la solvencia de la televisión, ambos descubrimos que en el arte, y en la vida, lo único que realmente perdura es la autenticidad con la que tocamos el alma de los demás.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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FEDORA ALEMÁN... única. /. por Jairo Carthy / Caracas 15 de Febrero de 2026

 

Las actividades en el Museo del Teclado eran un torbellino de creatividad. Entre los proyectos de la Ópera de Caracas y los de la Dirección de Música, casi no se notaba la diferencia; éramos un solo equipo donde todos colaborábamos con todos. Al menos para nosotros, esa distinción no existía.

 

Además de escribir poesías y convertir la oficina en un "Kinder" (como ya les he contado), también sabíamos trabajar —¡y mucho!—. Uno de esos retos monumentales fue el homenaje a una mujer extraordinaria, ejemplo para generaciones y maestra de  muchos cantantes: la soprano FEDORA ALEMÁN. Estábamos absolutamente emocionados de formar parte de este proyecto.

 

Fedora, caraqueña de nacimiento, fue la primera venezolana en conquistar el mercado internacional con su canto lírico. Fue una pionera que rompió esquemas, pero lo que más nos cautivaba era su espíritu: siempre sonriente, alegre y con una belleza inigualable que conservó intacta a través de los años. Era un privilegio absoluto sumergirse en su mundo para intentar que sus objetos más preciados estuvieran representados en su exposición homenaje.

 

Pero para montar una muestra así, había que empezar por el principio: su casa. Ella con su especial carácter y dispuesta a ayudar nos dice: - Si quieren pueden ir a mi casa y registrar a ver qué les conviene llevarse-  Estabamos sorprendidos de tanta generosidad y camaradería.  Y así lo hicimos, fuimos a buscar y buscar entre las décadas de historia que ella, afortunadamente, había guardado. Entrar en la intimidad de su hogar era algo que nos daba mucho respeto, casi timidez, pero ella nos facilitaba todo con su dulzura:

— Ustedes llévense lo que necesiten; solo pregúntenme si encuentran algo y no saben qué es o a qué pertenece.

 

Encontramos carpetas, sobres, cajas y cajitas llenas de recortes de prensa de todo el mundo, fotografías familiares y escritos personales. Partituras dedicadas a ella por grandes compositores, vestuarios que había utilizado, premios, medallas, condecoraciones y muchas cosas más que contaban la historia de esta genial e importante artista. Salimos de allí con un verdadero arsenal  por lo que decidimos mudar todo ese material a la oficina para analizarlo y ordenarlo con calma, permitiéndole a ella mantener su espacio y su tiempo.

 

Al llegar al Museo con aquel cargamento de cajas y maletas, el primer reto fue: ¿dónde exhibimos los trajes?  Armando, siempre resolutivo, se fue a los depósitos de la famosa tienda Selemar. Allí consiguió un tesoro: un montón de maniquíes que hoy llamaríamos "vintage". Parecían sacados de los años cincuenta; eran verdaderas reliquias con mecanismos internos para ajustar las medidas de busto, cadera, cintura,tallas e incluso la altura. ¡Algo totalmente novedoso para nosotros!

 

Junto a estos, usamos otros más modernos y, al terminar la exposición, el dueño de la tienda quedó tan encantado con la Exposición, que se los regaló a Armando. Por su parte, Fundarte nos prestó las famosas "bateas": unas vitrinas tipo mesitas, perfectas para proteger con vidrio desde un documento hasta una joya siempre bajo llave, evitando que algún "admirador despistado” se llevara un recuerdo.

 

Parte del homenaje, era la producción de un Disco LP patrocinado por Fundarte con piezas memorables de su repertorio. Fue un honor ver que incluían las Bachianas Brasileñas, pues el mismísimo Heitor Villa-Lobos llegó a decir: "Fedora Alemán es la mejor intérprete de este trabajo".

 

Para la carátula del disco, hicimos una sesión de fotos y, como ya era tradición, la responsabilidad del maquillaje recayó sobre mí. Fedora tenía una piel de porcelana a pesar de los años y unos ojos tan expresivos que facilitaban enormemente mi labor. Nos divertimos muchísimo; ella, siempre coqueta y llena de simpatía, nos guiaba entre poses:

— Muchachos, ¡lo importante es el cuello!, decía entre risas y emrojecida, asegurándose de salir impecable. ¡lo importante es el cuello!

 

Un día estábamos reunidos en el museo Ana Cecilia, Nelly, Armando, Corina (la artífice de los detalles creativos más increíbles en este y otros trabajos) y yo, cuando de repente llegó Fedora para ver cómo iba el montaje. Mientras ojeaba los papeles que estábamos clasificando, Ana Cecilia —quien tenía más confianza por ser Fedora la suegra de su hermana Beatriz— le preguntó:

— Fedora, estamos viendo muchos poemas de admiradores de todo el mundo, pero nos llamó la atención este con un título tan raro...

De inmediato, Fedora se sonrojó y comenzó a reír. Todos nos quedamos intrigados. — ¿Cómo se llama el poema?, preguntó Armando. Nelly contestó: — "Las T de FA".

Nuestra diva soltó una risa pícara y muy ruborizada nos preguntó: —¿No entienden?. Y señalándose el busto con total elegancia, remató: — ¡Las T de Fedora Alemán! Es un poema muy bonito.

 

La carcajada fue general. Fue un momento mágico. Efectivamente, ella siempre había destacado por su porte y ese detalle de su anatomía que la hacía tan llamativa y elegante. Por supuesto, pusimos el poema en una de las vitrinas y pasamos semanas vigilando, entre risas, si el público descubría el secreto del título. Era, en verdad, una poesía sutil y muy respetuosa.

 

La exposición fue un éxito rotundo. Todo —la iluminación, los afiches que parecían flotar en el aire, los vestuarios— estaba a la altura de su trayectoria. Fedora se tomó el tiempo de agradecernos individualmente con esa calidez que solo tienen los grandes. Éramos, sin duda, un gran equipo.

 

Lo que nunca imaginamos en aquel entonces fue que, años más tarde, cuando la Ópera ya había desaparecido y cada uno de nosotros había tomado rumbos distintos, el destino cerraría el círculo: Fedora Alemán regresaría al Museo pero esta vez como Directora de Música y del Museo del Teclado.

 

Y así pasó.

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

  

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Y ASÍ PASÓ ... CUESTIÓN DE PROTOCOLO por Jairo Carthy / Caracas 8 de Febrero de 2026

 

  

Trabajar en el teatro me enseñó que los dramas más intensos no siempre ocurren sobre el escenario. En esta anécdota, recuerdo un estreno inolvidable donde la soberbia de un colega y un error imperdonable nos costaron casi el futuro de la Ópera de Caracas. Una lección de humildad que todavía hoy me hace sonreír.

En cada estreno de la Ópera de Caracas, nuestro mayor empeño era lograr que el Presidente de la República asistiera. No era solo por el prestigio; la intención real era que, al presenciar la calidad de nuestro trabajo, el Gobierno Nacional nos otorgara un presupuesto propio. Queríamos dejar de depender de Fundarte, el organismo de la Gobernación al cual pertenecíamos.

 

El día del estreno de “El Elixir de amor”, de Donizetti, recibí en mi oficina una llamada de Isabel Palacios. El presidente Luis Herrera Campins confirmaba su asistencia esa noche. Isabel me pidió que notificara de inmediato a la Dirección de Teatros de Fundarte para que tomaran todas las previsiones necesarias ante tan distinguida visita.

 

Acaté la orden de inmediato, aunque sin entusiasmo. El Director de Teatros era nada más y nada menos que el primer actor Esteban Herrera, con quien ya había tenido bastantes roces profesionales y personales (detallados con lujo de detalles en mi libro Cómo soportar la vida con humor. Confesiones de un actor). Al llamarlo, me atendió su asistente y me lo pasó:

-¿Aló? Buenos días.

-Buenos días, Esteban. Te habla Jairo Carthy, de la Ópera de Caracas. Te informo que esta noche en el estreno de la opera contaremos con la presencia del Presidente.

-¿Y entonces? respondió secamente.

-Bueno, quería que estuvieras al tanto para que tomaras las previsiones necesarias…

No me dejó terminar. Con su característico mal genio, soltó:

-Mira, Jairo, me parece una falta de respeto que vengas a decirme cómo debo hacer mi trabajo. Cuando viene un presidente, hay un protocolo que se debe cumplir y punto. Y así lo haremos. A estas alturas de mi vida no va a venir nadie, y menos tú, a darme lecciones.

 

Traté de explicarle que solo seguía instrucciones de Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas, pero su respuesta fue un cortante: - Ya me informaste, allí estaré. Y colgó.

 

Llegó la noche. Entre el correcorre habitual, yo solo tenía que maquillar a Yazmira Ruiz, la protagonista, quien cantaba junto al tenor invitado Luigi Alva. Como terminé temprano, me aposté en el lobby a esperar a la Junta Directiva, quienes debían recibir a los invitados especiales. Sin embargo, la hora se acercaba y ninguno de ellos aparecía.

 

De repente, el silencio fue roto por sirenas. Varias camionetas negras con el escudo de Venezuela y luces rojas intermitentes rodearon el teatro, acompañadas de motorizados armados. Del vehículo principal descendió el presidente Luis Herrera Campins. Era la primera vez que veía a un mandatario en persona. Uno de los escoltas se dirigió a mí:

- ¿Dónde está el palco presidencial?

-Arriba, en el primer piso a la izquierda - respondí.

 

Corrí al escenario para avisar a Isabel y José Ignacio. Ambos se emocionaron; era el momento que habíamos esperado desde el primer montaje. Como nadie de la Junta Directiva había llegado, regresé al lobby para ejercer de anfitrión improvisado, pero me encontré con una escena surrealista: el Presidente bajaba las escaleras molesto, seguido de sus escoltas y todo su séquito. No lo podía creer. Así como llegaron, se fueron. Las sirenas se alejaron y reinó el silencio.

 

Atónito, le pregunté a un acomodador del teatro qué había pasado. Su respuesta fue increíble:

- El palco estaba cerrado con llave. Nadie tenía la llave para abrir y, por razones de seguridad, el Presidente no puede esperar.

 

En ese instante, las frases de Esteban Herrera retumbaron en mi mente: "Hay un protocolo que se cumple y punto".

 

Fui a dar la noticia al escenario.

-Y entonces ¿qué pasó? ¿Todo está bien?

-No Isabel, Luis Herrera se fue.

-¡¿Cómo QUE SE FUE?!!!!

-Si subió vio que el palco estaba cerrado, nadie tenía la llave y por razones de seguridad se tuvo que ir.

-Pero bueno Jairo, ¿tú no le avisaste a Esteban Herrera como te pedí?

-Por supuesto, Isabel, personalmente hablé con él, se molestó, pues no debíamos decirle lo que debía hacer y ya tú ves.

-¿Y que hicieron los de la Junta Directiva?

-Nada, pues ninguno de ellos habían llegado. La frustración de Isabel era evidente.

 

Al salir de nuevo al lobby, vi que los miembros de la Junta Directiva finalmente habían llegado y, con total parsimonia, recibían al público ignorando que el invitado de honor ya se había marchado.

 

Subí al palco presidencial y comprobé que la puerta seguía cerrada. Al bajar, en ese momento, vi entrar a Esteban Herrera al teatro. Bajé las escaleras lentamente; era el momento perfecto. Me acerqué, lo miré fijamente a los ojos y le dije: - El Presidente vino y se tuvo que ir. El palco estaba con llave. Tu protocolo y tu logística no funcionaron.

 

Y me alejé hacia el escenario mientras él se quedaba congelado. Caminé hacia los camerinos con una pequeña sonrisa de satisfacción. Fue triste perder esa oportunidad política, pero aquel desplante de la realidad ante la arrogancia de Esteban fue un cierre inolvidable. 

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com 


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