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LA CAMERATA ... mi vida en la música antigua. /. por Jairo Carthy. / Caracas, 20 de septiembre de 2026

 

 

¡Se acabó la ópera! Así, de repente, sin aviso previo y sin ningún finale apoteósico (como los que a mí me gustan). La sorpresa quedó dibujada en el rostro de cada uno de los que formamos parte de aquel sueño de Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas que tantos frutos dio. Durante cinco años, los cantantes venezolanos tuvieron una plataforma donde forjar una carrera; de la noche a la mañana, la incertidumbre, la desolación y ese vacío indescifrable se convirtieron en lo único que teníamos en común.

 

Pero, afortunadamente, a los pocos meses el panorama cambió por completo. Isabel tenía - como siempre - un plan B. Contaba con un grupo de música antigua llamado Camerata - que en aquellos días se definía jocosamente como “una familia de locos que gozan haciendo música antigua” -  y me invitó a trabajar con ella solo algunas mañanas. La idea era darle a ese proyecto una imagen institucional y ver si podíamos lograr grandes cosas, tal como lo habíamos hecho en la ópera.

 

Con el equipaje de aquellos años tan productivos, comencé a trabajar hombro a hombro con ella. Lo hacíamos en la mesa de su comedor: una superficie de roble macizo con bancos a cada lado que se metamorfoseaba cada mediodía para dar paso al almuerzo familiar. Todo lo teníamos dispuesto para esa transición exprés: en cajas especiales guardábamos el material de nuestra pequeña oficina, y una simple mesa con su máquina de escribir bastaba para echar a andar lo que estaba por venir.

 

Cambié entonces a los fieles y admirados amigos que había aprendido a conocer -Verdi, Puccini, Bellini, Donizetti, Bizet, Rossini-  por otros que en ese momento eran tan nuevos para mí como lo fueron aquellos en su momento. Así, Vivaldi, Bach, Monteverdi, Handel, Mozart, Purcell, Schumann y muchos más del período renacentista y barroco pasaron a formar parte de mi cotidianidad.

 

Cuando fuimos a otorgarle presencia jurídica al grupo para abrir una cuenta bancaria y cumplir con los requisitos de ley, nos topamos con que necesitábamos casi un apellido, pues «Camerata», por sí solo, no se podía registrar. Fue así como se le agregó el “de Caracas”, sellando un nombre que llevaríamos con orgullo durante décadas.

 

Había varios frentes: la Camerata Renacentista - que en ocasiones se transformaba en Camerata Medieval - , la Camerata Barroca con un coro de cuarenta voces mixtas, la Orquesta de Cámara Collegium Musicum y el grupo Memoria de Apariencias, encargado de dar vida a las óperas de los períodos que abarcaba la institución. Todo ello bajo la dirección, el talento y la inagotable creatividad de Isabel.

 

Los años fueron pasando y, con el tiempo, la Camerata de Caracas se convirtió en un ejemplo a seguir. Llegamos a tener sede propia y un equipo administrativo de diez y hasta doce personas. Así comenzó «la aventura moderna de la música antigua», como rezaba el eslogan que utilizamos durante años.

 

Este escrito no pretende abarcar toda la trayectoria nacional e internacional de los grupos; necesitaría muchas páginas para resumir lo que durante décadas atestigüé y ayudé a construir desde dentro. Fui parte de cada montaje, de múltiples festivales y de incontables ediciones discográficas, administrando los recursos financieros y manejando una imagen gráfica que siempre estuvo supervisada - y por lo general ideada - por la propia Isabel. Gracias a su valioso asesoramiento fui aprendiendo a recrear cada época: los colores, las texturas y las tipografías adecuadas según el estilo y el compositor. Fue una escuela perfecta cuyos resultados, muchas veces, fueron elogiados por la propia crítica.

 

Durante muchísimo tiempo, Isabel tuvo que demostrarle al gobierno y a la empresa privada que valía la pena invertir en la Camerata. Fueron décadas de grandes acontecimientos, de éxitos memorables, de ausencias inevitables y de un amor desmedido por lo que hacíamos. En las etapas en que estábamos holgados financieramente, todo era celebración; y cuando no era así, apretábamos filas. Jamás en todos esos años me pidió cuentas o me revisó un informe bancario. NUNCA. Lo que yo decía era ley. Esa confianza ciega fue el pilar de un vínculo indestructible y contará por siempre con mi agradecimiento infinito.

 

Nos unía una complicidad diaria. Teníamos frecuentes ataques de risa incontrolables; una sola mirada bastaba para saber exactamente qué pensaba el otro o qué debíamos hacer. La conocía al milímetro: sabía cuándo era el momento exacto para abordar un problema y cuándo era mejor guardar silencio.

 

Podría estar horas escribiendo sobre mis andanzas con Isabel a lo largo de más de cuarenta años. Desde nuestra juventud, cuando ella era artista exclusiva de Mito Juan Pro-Música y yo apenas me adentraba en el universo clásico, me enseñó a comprender y a querer primero la ópera y luego la música antigua. Recuerdo con entrañable nostalgia los momentos sencillos: ir juntos de compras, perder el sentido dentro de una papelería fascinados por cuadernos, libretas, lápices y bolígrafos, o acompañarla a elegir los vestidos de gala para sus conciertos como solista. Siempre la apoyé para que luciera radiante, porque Isabel poseía una belleza y una simpatía únicas que deslumbraban a todos.

 

En la Camerata no solo me limitaba a administrar, también a escuchar, a remodelar muchas veces la sede y darle vida y color.  Fui psicólogo y cómplice de muchos y muchas aventuras y tuve la oportunidad de resolver y a veces mejorar la vida de quienes trabajaban conmigo, recibiendo por ello no solo el respeto sino el cariño incondicional de cada uno. 

 

“La música que nunca conocimos” fue el eslogan para ofrecer al mundo la música del pasado de América a través de cinco festivales, con la presencia de musicólogos de gran relevancia internacional y agrupaciones que venían de diversos países a mostrar el fruto de sus investigaciones rescatando piezas olvidadas.

 

Muchos proyectos e inventos se hicieron en la Camerata de Caracas. Desde mi posición, vi cómo florecieron las carreras de jóvenes músicos y cantantes que llevaban el sello MADE IN CAMERATA - o lo que era lo mismo: MADE IN ISABEL - , pues ella era el corazón de todo, y el público se lo retribuía con aplausos calurosos en cada montaje. No hay duda: la Camerata es Isabel.

Un día, Isabel entró a mi oficina y me dijo:

- Mi amor, te quiero leer algo que escribí.

Cada texto que redactaba contaba con mi opinión, y yo era feliz teniendo la primicia absoluta de sus ideas

- Cuéntame, ¿qué escribiste? - le pregunté.

- Escribí una entrevista a Puccini.

- ¿Cómo así?… ¿Una entrevista?

- Sí, claro. Como si estuviera en esta época y un periodista lo entrevistara. Déjame leerte y luego te explico los detalles.

 

Así comenzó una faceta nueva e impactante: Isabel la dramaturga. Aunque ya había escrito artículos, ensayos e inclusive una obra de teatro llamada Genio y locura sobre la vida de Händel, ahora se arriesgaba a traer a la vida al mismísimo Giacomo Puccini en la época actual, el cual estaría maravillado por el mundo moderno. Mientras leía, interpretaba a ambos personajes: el periodista incisivo y el compositor soñador. Era un espectáculo verla. Con su cultura inagotable y su rigor de investigadora nata, lograba que todo sonara real, auténtico.

 

La felicité efusivamente, y entonces vino la mejor parte

-Te cuento -añadió ella- . La idea es que sea como un programa de televisión, donde el público asistente sea a su vez el público del programa. Mientras transcurre la entrevista, cantantes en vivo acompañados al piano interpretarán las arias más conocidas.

- ¡Qué maravilla, Isabel! - le dije -. ¿Y dónde lo quieres hacer?

 

Ella, sin saberlo, sembró en mí muchas ilusiones y sueños guardados con la respuesta que salió de su boca

¡- En nuestro teatro! Vamos a hacer un teatrico en la sala de la Camerata. Hablaré con Carlos y veremos qué tenemos para armarlo.

 

¿Un teatro? ¿Un teatro propio?... Mi corazón dio un vuelco. Aquel proyecto lo asumí como algo mío. Durante décadas de conciertos solo asistía a los montajes más apoteósicos - como el Mesías de Händel, Il Festino de Banchieri, la Pasión según San Marcos de Keiser, Fiestas de pasión y gloria o los estrenos de las óperas- ; pero esta vez me involucré en cada detalle. Diseñé una logística impecable para la reserva y venta de entradas numeradas. El público, que siempre agotó las entradas, quedaba maravillado por la organización y la calidez del espacio. Y yo los recibí en cada una de las funciones. 

 

Durante el proceso de creación, supervisé de cerca el trabajo de Carlos, un joven talentoso y muy dispuesto. Le fui enseñando los secretos del escenario: la terminología teatral, la magia de las luces, la mística tras bambalinas. Logré sembrar en él esa misma pasión que luego se reflejó en cada temporada de La Entrevista.

 

Después de Puccini vinieron varias entregas dedicadas a Mozart, Monteverdi, Vivaldi y Beethoven, entre otros. Como siempre, disfrutaba del privilegio único de escuchar primero los textos en la voz de su autora. Y debo confesar que, aunque grandes actores interpretaban a los personajes, nadie lo hacía mejor que Isabel. Su encarnación de Beethoven, con el acento alemán que le imprimía y el matiz de su dificultad auditiva, era simplemente insuperable.

 

Ese teatrico despertó en mí algo que nunca se había dormido. A veces, cuando la jornada terminaba y me encontraba totalmente solo en la sede, me subía al escenario. Encendía los reflectores, sentía la madera bajo mis pies y comenzaba a improvisar un cuento, un chiste o una anécdota ante la atenta mirada de mi perra adorada, que vivía allí. En esa soledad comencé a soñar despierto. Planifiqué desde un espectáculo unipersonal - que luego se transformaría en libro - hasta montar una comedia del absurdo junto a Isabel que parecía escrita pensando en los dos. Ese espacio revivió el fuego sagrado de mi verdadera pasión: el teatro.

 

El lugar ganaba renombre, el público llenaba las funciones e incluso un director y dramaturgo reconocido presentó una de sus obras en nuestra sala. Todo fluía con una luz hermosa, hasta que irrumpió algo inesperado cuyos alcances jamás imaginamos: la pandemia del COVID-19.

 

Al principio no entendíamos nada. ¿Un virus? ¿Una cuarentena de unos días? Pronto la realidad nos golpeó. No fueron días, fueron años. El mundo se detuvo, el silencio se apoderó de las calles y los encuentros presenciales quedaron prohibidos. Para el arte vivo, el golpe fue devastador.

 

Y empezó el cambio… el sinsentido. Sin programación ni público, no era factible continuar. Pasaron algunos meses. Sabía lo que teníamos que hacer, pero no era fácil: toda una vida no se desecha ni se olvida así como así; eran muchos, muchísimos años.

 

Un día, recogí mis cosas - que no eran muchas- , bajé las escaleras y llegué al teatro. El escenario estaba a oscuras, las sillas vacías; ese espacio que hasta hacía muy poco contenía toda la vida, los aplausos y los ¡bravos! por lo que allí presentamos. Sentía un dolor profundo y callado, el recordatorio inevitable de que todo ciclo tiene su final. Encendí todas las luces y subí al escenario, sabiendo que era la última vez.

 

Las paredes de esa hermosa casa guardan para siempre incontables risas, momentos gloriosos y también algunas lágrimas. Pero también guardan mis ilusiones: el deseo ardiente de regresar a las tablas. Había llegado, entonces, el momento de hacer mutis.

 

Fui apagando las luces de la escena, poco a poco, lentamente. En el centro quedó encendido un solo reflector cenital, resplandeciendo en la penumbra como una pequeña llama rebelde .  Lo miré por un instante, con el corazón apretado de gratitud y nostalgia por todo. Caminé hacia el interruptor y, suavemente, lo apagué también.

 

La oscuridad abrazó el escenario, dejando a oscuras el espacio, pero guardando intactos, en el silencio de la memoria, mis sueños más queridos y los recuerdos de lo vivido durante tantos años… BLACKOUT…

 

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com 

 

 


 


LA CAMERATA ... mi vida en la música antigua. /. por Jairo Carthy. / Caracas, 20 de septiembre de 2026

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