Jairo Carthy, actor para siempre: hacer teatro por el gusto de hacerlo, entrevista de José Pulido, Letralia, domingo 25 de enero de 2026

 

Jairo Carthy: “Durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época”.

El palo mayor de la balandra Isabel marca sobre el cielo el tardo vaivén del puerto adormilándose en la penumbra del atardecer.

Un marinero, cansado y alegre, se apoya en la barandilla mohosa, rota por las olas, y silba una canción que oyó hace mucho tiempo.

Ese es un fragmento del cuento “La balandra Isabel llegó esta tarde”, que escribió Guillermo Meneses, autor venezolano siempre vigente. A partir de ese cuento se generó una nueva y gran vivencia para el teatro venezolano, aunque quizás nunca se supo con certeza y Guillermo Meneses apenas lo habrá pensado.

En ese cuento se interesó Bolívar Films para hacer una película y logró captar para una coproducción a los cineastas argentinos Carlos Hugo Christensen y Enrique Faustin, cuya empresa se llamaba Chrisfa. La película se rodó en 1949 y se estrenó en 1950.

Fue dirigida por Carlos Hugo Christensen, cuyo asistente de dirección era el joven actor Horacio Peterson. Se rodó con guion de Aquiles Nazoa, música de Eduardo Serrano y protagonizada por Arturo de Córdova, Virginia Luque, América Barrio, Juana Sujo, Tomás Henríquez, Néstor Zavarce y María Gámez.

El joven Horacio Peterson fue alumno del pionero del teatro moderno en Chile, Pedro de la Barra. Su nombre era Horacio Collao, pero en el arte se consideraba hijo de don Pedro de la Barra y por eso escogió Peterson como apellido.

La balandra Isabel llegó esta tarde y trajo a Horacio Peterson: esa es la síntesis de un inicio que transformó el teatro venezolano.

 

Horacio Peterson encontró a Jairo Carthy

Horacio Peterson era un hombre teatro, un prodigio de la actuación, un maestro de la escena. Cuando llegó a Venezuela desde Chile, ya había protagonizado películas y había estado en varias obras de teatro. Actuó, dirigió, escribió y enseñó. Su vida fue una entrega al arte de la actuación. Él llevó a Carlos Giménez a Venezuela. Es obvio que el teatro venezolano contiene en su carisma esencial la exigente genética artística de Horacio Peterson.

Jairo Carthy dice algo que define muy bien lo que fue Horacio Peterson: “A Peterson había que reconocerle que te sacaba temperamento, volumen en la voz y fuerza interpretativa como fuera, gracias a esas técnicas vencí mi timidez e incluso llegué a hacer trabajos que nunca pensé que pudiera hacer y que nadie se atrevía a hacer”.

Jairo Carthy fue uno de los alumnos de Horacio Peterson. Es decir: fue uno de los seres elegidos y seleccionados para apasionarse eternamente por el teatro y dedicar su vida a la escena. Jairo ha cumplido al pie de la letra con ese designio.

La belleza como inspiración, la búsqueda de una expresión bien acabada y muy elevada en la actuación, han sido acompañantes de Jairo en su pasión por la actuación, en su alma vertida hacia el escenario.


Su devoción por la actuación y su entrega a esa existencia en la escena definieron su vida. Actualmente se dedica a escribir y a continuar su trabajo como diseñador. Ha publicado un libro que es memoria preciosa: Cómo soportar la vida con humor: las confidencias de un actor, una visión de lo que ha sido el arte de la actuación en Venezuela, una muestra de lo que se ha hecho y al mismo tiempo una narración fluida y optimista de todo lo que ha debido resolver para convertirse en actor y realizar una vida profesional en ese sentido.


Ediciones Choroní, 2025.
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Ese libro es una obra escrita con desenfado, precisión y hondura. El libro lo ha publicado la agrupación Escritoras Unidas & Cía. Editoras. Esa editorial generó el nacimiento de Ediciones Choroní, donde Jairo realiza diseños que reflejan su talento y dedicación.

Leer ese libro es enterarse de muchas intimidades importantes para conocer en profundidad el cuerpo y el alma del teatro venezolano. Para que se tome en cuenta la vida de un actor que lo ha dado todo por la escena y el arte, he aquí la entrevista con Jairo Carthy.

 

El dramaturgo y director José Ignacio Cabrujas junto con Jairo Carthy, durante un ensayo de la obra teatral Fiero amor, de 1989.



Trabajar con Palacios y Cabrujas

¿Puedes contar un poco tu experiencia con la ópera y el teatro?

Mi experiencia en el teatro ha sido lo mejor de mi vida. Fui alumno de Horacio Peterson, debuté con él y durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época. Es lo más importante que he realizado: tener una trayectoria en teatro y también en cine.

Comencé a trabajar en la Fundación Mito Juan Promúsica, destinada a la promoción de artistas de música clásica y a llevar sus carreras a un plano internacional. Fue creada y desarrollada por Mariangelina Celis, quien estuvo al frente durante muchos años, y yo a su lado apoyándola y aprendiendo, logrando que artistas de la talla de Abraham Abreu, José Francisco del Castillo, Harriet Serr, Antonio Bujanda e Isabel Palacios, entre otros, lograran su internacionalización.

En ese entonces conocí a Isabel Palacios, y como las actividades de Mito Juan finalizarían, me ofreció un cargo importante para trabajar con ella y con José Ignacio Cabrujas en la recién creada Ópera de Caracas. Acepté de inmediato; sentía que trabajando con ellos estaría un poco más ligado al teatro, y así fue.

Durante los años que duró la compañía aprendí muchas cosas: no sólo a entender y valorar cada título y compositor, sino lo difícil que era cantar de acuerdo a la tesitura que exigía cada partitura. Eso lo vivía a diario, pues teníamos el Taller Permanente de la Ópera de Caracas, donde se formaron muchos cantantes que luego hicieron una carrera profesional.

La ópera, sin duda, fue una gran escuela, y lamentamos mucho cuando se terminó. De la misma manera que un día Fundarte la creó, de un día para otro se terminó. Lo más triste es que el último montaje, que fue Don Giovanni de Mozart, tuvo un éxito sin precedentes. La puesta en escena de Cabrujas, la escenografía de José Salas y todos los que participaron en esa superproducción —cantantes, actores, coros, figurantes—, hicieron de ese montaje algo grandioso. Nunca nos imaginamos que, al caer el telón de la última función, sería el final de varios años de trabajo constante y superación.

 

¿Puedes hablar de tu colaboración y amistad con Cabrujas?

A José Ignacio Cabrujas lo conocía de lejos por mi trayectoria como actor. Lo admiraba no sólo como dramaturgo, sino como actor; verlo en La revolución junto a Rafael Briceño fue algo increíble. Estar presente en la noche del estreno mundial de El día que me quieras, de su autoría, interpretando el personaje de Pío Miranda, fue un privilegio que sólo pocos pudimos tener, pues el personaje era de Fausto Verdial y él retomó la temporada luego de recuperar su salud. Esa interpretación, y otras tantas, marcaron una admiración y respeto por él, sin imaginar que el destino me tenía preparada la sorpresa de conocerlo, convivir y hacer muchas cosas juntos.

Al trabajar en la Ópera de Caracas hicimos una amistad. Él había visto varios trabajos míos como actor y, por supuesto, para mí era muy importante trabajar con él. Allí, en la ópera, yo siempre estaba atento a lo que necesitaba, iba a los ensayos y aprendía.

Él tenía una relación con Isabel Palacios y, cuando se terminó la ópera, me fui a trabajar con ella en la Camerata de Caracas. Isabel y yo trabajamos juntos por más de cuarenta años, pero en la primera etapa de la Camerata no teníamos sede y por ello funcionábamos en la casa de Isabel. Los ensayos se hacían en una de las salas del Teatro Teresa Carreño. Ya José Ignacio e Isabel se habían casado y él tenía su estudio en esa casa. Gracias a ese trato diario y a la convivencia en esa casa, fui conociendo a un José Ignacio muy distinto al que se paraba a dirigir una ópera o una obra de teatro. Era muy tímido, muy genial y a veces muy torpe para muchas cosas; allí estaba yo dispuesto a ayudarlo y tenía una ternura increíble que contrastaba con esa voz de bajo profundo que tenía.

Nos llevábamos muy bien. A veces recibía personas en la sala y echaba cuentos y anécdotas, y yo me quedaba embelesado oyéndolas, aun teniendo cosas importantes por atender. Era increíble oír sus historias. Llegamos a tener una amistad tan grande que hasta su luna de miel con Isabel la dejó en mis manos; yo planifiqué todo para que fuera un viaje inolvidable desde que salieran de la recepción de la boda. Conocí al Cabrujas cocinero: era su verdadera pasión, siempre me lo decía: “Para mí es lo más importante y lo que más disfruto de la vida”. A veces me invitaba a almorzar, nos servíamos un whisky y, mientras cocinaba, hablábamos de muchas cosas, nunca de teatro. Por supuesto, los platos que hacía eran de un nivel sorprendente, muy elaborados; tenía una sazón exquisita. Era todo un chef que cuidaba al máximo los ingredientes; todo tenía que ser de primera calidad. Era todo un ritual sentarse a comer lo que había preparado.

Hicimos muchos planes juntos, unos se concretaron y otros no. Su muerte fue tan inesperada; tenía tanto que dar y estaba en su mejor momento como escritor de telenovelas, había muchos países que deseaban trabajar con él. Dejó un vacío enorme en muchos aspectos: como escritor (tenía varias columnas en la prensa y yo lo ayudaba en la logística del envío, etc., eran otros tiempos), como dramaturgo, como director, como amigo y como padre. En fin, era todo un artista. Qué bueno que lo pude conocer, disfrutar y aprender.

 

Escribir y diseñar

¿Estás escribiendo teatro aparte de los artículos?

No todavía, pero me encantaría hacerlo. Te confieso que siempre quise escribir, pero siempre me ha parecido que la literatura es un arte y una disciplina la cual respeto mucho. Pero he tenido tan buenos comentarios con mi libro Cómo soportar la vida con humor: confidencias de un actor, y ahora con la columna todos los domingos, que creo que me atrevería a escribir teatro. Podría ser fácil pues conozco, por mi experiencia como actor, los ingredientes que debería tener para que guste al público: las pausas, el ritmo, la duración... muchos detalles que pudieran serme útiles.

 

¿Dónde estás viviendo?

En Caracas. Aquí sigo a pesar de tantas cosas. No es fácil por toda la situación que se vive. La hiperinflación es tremenda y no es fácil para los que llegamos a la tercera edad; no tenemos oportunidades, parece que una trayectoria no es un buen aval para conseguir un empleo. Menos mal que las cosas a las que me dedico las hago por mi cuenta y así no dependo de nadie.

 

En estos inicios del nuevo siglo, ¿qué ha cambiado en tu modo de ver y hacer arte y cultura?

Definitivamente el concepto de hacer las cosas por el solo deseo de hacerlas. La entrega con que hace muchos años hacíamos todo ya no existe, ni la mística para enfrentar un trabajo en cualquier disciplina artística. Es cierto que la situación económica no ayuda, pero por ejemplo, yo trabajé en el diseño gráfico y allí sí cobraba lo justo; en cambio, hacer teatro era diferente, nunca estaba pendiente de cuánto me pagarían o si me pagarían. El amor al arte cubría todo y no sólo como actor: colaboré en muchas actividades teatrales y lo hacía sólo por el gusto de hacerlo. Pero ahora no es así; la gente que comienza quiere cobrar unos honorarios altísimos. No lo critico, pero a veces esa actitud hace que muchos proyectos no se lleven a cabo por los elevados costos en contrataciones.

 

¿Qué te entristece?

La falta de oportunidades que tienen los jóvenes actualmente en Venezuela. La falta de educación y los valores que se han ido perdiendo. A veces, cuando estoy con jóvenes y les cuento (yo hablo mucho) anécdotas o relatos, no lo pueden creer; creen que estoy exagerando y son las mismas cosas que yo viví cuando fui adolescente y que era lo normal para esos tiempos.

 

¿Cuáles palabras usas más?

“Excelente”, “muy bien”, “qué bueno”..., frases o palabras que conllevan algo positivo. Tampoco soy de las personas que les preguntas “¿Cómo estás?” y te contestan “¡Excelente! ¡Superbién!”, y te lo recalcan cuando tú sabes que no es así. Simplemente las empleo para dar énfasis a algo si se presta la ocasión. La verdad no me había dado cuenta sino hasta ahora que me preguntas.

 

¿Qué añoras?

Hacer teatro, volver a actuar, a crear un personaje, transformarme de nuevo en alguien más. Y tener presente que será la última vez; entonces sentiré que se cerró un ciclo que, como todo, tiene un final.

La escritura me llena totalmente; me da gusto escribir y que a la gente le guste o se entretenga y conmueva con mis relatos. Es algo que no esperaba, es un regalo con el que la vida me está premiando.

Y ASÍ PASÓ ... CUESTIÓN DE PROTOCOLO por Jairo Carthy / Caracas 8 de Febrero de 2026

 

  

Trabajar en el teatro me enseñó que los dramas más intensos no siempre ocurren sobre el escenario. En esta anécdota, recuerdo un estreno inolvidable donde la soberbia de un colega y un error imperdonable nos costaron casi el futuro de la Ópera de Caracas. Una lección de humildad que todavía hoy me hace sonreír.

En cada estreno de la Ópera de Caracas, nuestro mayor empeño era lograr que el Presidente de la República asistiera. No era solo por el prestigio; la intención real era que, al presenciar la calidad de nuestro trabajo, el Gobierno Nacional nos otorgara un presupuesto propio. Queríamos dejar de depender de Fundarte, el organismo de la Gobernación al cual pertenecíamos.

 

El día del estreno de “El Elixir de amor”, de Donizetti, recibí en mi oficina una llamada de Isabel Palacios. El presidente Luis Herrera Campins confirmaba su asistencia esa noche. Isabel me pidió que notificara de inmediato a la Dirección de Teatros de Fundarte para que tomaran todas las previsiones necesarias ante tan distinguida visita.

 

Acaté la orden de inmediato, aunque sin entusiasmo. El Director de Teatros era nada más y nada menos que el primer actor Esteban Herrera, con quien ya había tenido bastantes roces profesionales y personales (detallados con lujo de detalles en mi libro Cómo soportar la vida con humor. Confesiones de un actor). Al llamarlo, me atendió su asistente y me lo pasó:

-¿Aló? Buenos días.

-Buenos días, Esteban. Te habla Jairo Carthy, de la Ópera de Caracas. Te informo que esta noche en el estreno de la opera contaremos con la presencia del Presidente.

-¿Y entonces? respondió secamente.

-Bueno, quería que estuvieras al tanto para que tomaras las previsiones necesarias…

No me dejó terminar. Con su característico mal genio, soltó:

-Mira, Jairo, me parece una falta de respeto que vengas a decirme cómo debo hacer mi trabajo. Cuando viene un presidente, hay un protocolo que se debe cumplir y punto. Y así lo haremos. A estas alturas de mi vida no va a venir nadie, y menos tú, a darme lecciones.

 

Traté de explicarle que solo seguía instrucciones de Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas, pero su respuesta fue un cortante: - Ya me informaste, allí estaré. Y colgó.

 

Llegó la noche. Entre el correcorre habitual, yo solo tenía que maquillar a Yazmira Ruiz, la protagonista, quien cantaba junto al tenor invitado Luigi Alva. Como terminé temprano, me aposté en el lobby a esperar a la Junta Directiva, quienes debían recibir a los invitados especiales. Sin embargo, la hora se acercaba y ninguno de ellos aparecía.

 

De repente, el silencio fue roto por sirenas. Varias camionetas negras con el escudo de Venezuela y luces rojas intermitentes rodearon el teatro, acompañadas de motorizados armados. Del vehículo principal descendió el presidente Luis Herrera Campins. Era la primera vez que veía a un mandatario en persona. Uno de los escoltas se dirigió a mí:

- ¿Dónde está el palco presidencial?

-Arriba, en el primer piso a la izquierda - respondí.

 

Corrí al escenario para avisar a Isabel y José Ignacio. Ambos se emocionaron; era el momento que habíamos esperado desde el primer montaje. Como nadie de la Junta Directiva había llegado, regresé al lobby para ejercer de anfitrión improvisado, pero me encontré con una escena surrealista: el Presidente bajaba las escaleras molesto, seguido de sus escoltas y todo su séquito. No lo podía creer. Así como llegaron, se fueron. Las sirenas se alejaron y reinó el silencio.

 

Atónito, le pregunté a un acomodador del teatro qué había pasado. Su respuesta fue increíble:

- El palco estaba cerrado con llave. Nadie tenía la llave para abrir y, por razones de seguridad, el Presidente no puede esperar.

 

En ese instante, las frases de Esteban Herrera retumbaron en mi mente: "Hay un protocolo que se cumple y punto".

 

Fui a dar la noticia al escenario.

-Y entonces ¿qué pasó? ¿Todo está bien?

-No Isabel, Luis Herrera se fue.

-¡¿Cómo QUE SE FUE?!!!!

-Si subió vio que el palco estaba cerrado, nadie tenía la llave y por razones de seguridad se tuvo que ir.

-Pero bueno Jairo, ¿tú no le avisaste a Esteban Herrera como te pedí?

-Por supuesto, Isabel, personalmente hablé con él, se molestó, pues no debíamos decirle lo que debía hacer y ya tú ves.

-¿Y que hicieron los de la Junta Directiva?

-Nada, pues ninguno de ellos habían llegado. La frustración de Isabel era evidente.

 

Al salir de nuevo al lobby, vi que los miembros de la Junta Directiva finalmente habían llegado y, con total parsimonia, recibían al público ignorando que el invitado de honor ya se había marchado.

 

Subí al palco presidencial y comprobé que la puerta seguía cerrada. Al bajar, en ese momento, vi entrar a Esteban Herrera al teatro. Bajé las escaleras lentamente; era el momento perfecto. Me acerqué, lo miré fijamente a los ojos y le dije: - El Presidente vino y se tuvo que ir. El palco estaba con llave. Tu protocolo y tu logística no funcionaron.

 

Y me alejé hacia el escenario mientras él se quedaba congelado. Caminé hacia los camerinos con una pequeña sonrisa de satisfacción. Fue triste perder esa oportunidad política, pero aquel desplante de la realidad ante la arrogancia de Esteban fue un cierre inolvidable. 

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com 


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Y ASÍ PASÓ... MEMORIAS DE UN VIERNES NEGRO por Jairo Carthy / Caracas, 1 de febrero de 2026


Dentro de la programación académica del Taller Permanente de la Ópera de Caracas, se impartían regularmente Clases Magistrales. Estas clases estaban a cargo de importantes maestros de canto de destacada trayectoria y reconocimiento mundial, quienes venían a compartir sus conocimientos con los jóvenes más avanzados del Taller, seleccionados tras una minuciosa audición.

 

En una ocasión, tuvimos el honor de invitar a Venezuela a una reconocida maestra de canto: Madame Vera Rozsa. De origen húngaro (nacida en Budapest) y residenciada en Londres, Inglaterra, fue profesora de destacadas cantantes internacionales como Kiri Te Kanawa, Ileana Cotubras, y Teresa Stratas, entre muchas otras que le deben a la maestra Vera la excelencia y el alto nivel musical de sus carreras.

 

Contar con una celebridad de su talla era motivo de gran emoción y, a la vez, de un enorme compromiso. Debíamos velar por su bienestar durante las cuatro semanas que duraba su visita. Ella era una persona ya mayor, cercana a los 70 años, y su apariencia recordaba a la Reina Isabel de Inglaterra: cabello blanco y corto, y una sonrisa que siempre la acompañaba. No hablaba absolutamente nada de español, por lo que se disponía de un traductor durante sus clases en caso de ser necesario.

 

El lugar donde funcionaba el Taller y donde se impartirían estas Clases Magistrales era el Museo del Teclado, ubicado en Parque Central. Todo marchaba muy bien, y el Museo se llenaba de alumnos que, aun como oyentes, aprendían de las valiosas indicaciones de la profesora.

 

Sin embargo, algo inesperado y trascendental para todo el país estaba por ocurrir. La mañana del viernes 18 de febrero de 1983, durante el gobierno del presidente Luis Herrera Campins, se produjo una devaluación abrupta del bolívar, un evento conocido históricamente como el “Viernes Negro”. La tasa de cambio pasó de 4,30 Bs por dólar (una tasa que se había mantenido por muchos años) a 7,50 Bs por dólar.

 

El caos fue tremendo. Todas las operaciones de cambio y comerciales se suspendieron, y fue necesario recalcular todos los costos. Los honorarios profesionales de la profesora Vera, que ascendían a 10.000 dólares, ya habían sido tramitados por Fundarte (nuestro organismo patrocinador) mediante un cheque en bolívares por el equivalente anterior: 43.000,oo bolivares.

 

Ahora, el desafío era cambiar ese cheque y convertir la suma en divisas con la nueva realidad. Un allegado de la Junta Directiva de la Ópera consiguió un contacto que podía vender los dólares a 7 bolívares, pero para ello, debíamos llevar el dinero en efectivo.

 

La situación se tornaba complicada: la suma era muy grande para la época, y por ser una cantidad tan elevada, el cobro del cheque debía hacerlo la profesora en persona, en la sede principal del Banco emisor, ubicada en el Centro de Caracas.

 

Tras planificar la logística, acordamos que yo iría con la maestra en mi carro para acompañarla. Armando Africano, quien trabajaba para la Ópera de Caracas, nos acompañaría en esta delicada diligencia.

 

El lunes, hacia el mediodía, saldríamos con la maestra después de su tanda de alumnos, para luego reiniciar las clases a las 3 de la tarde. Los tres nos fuimos en mi carro. Ella iba a mi lado, y yo intentaba conversar con ella lo que mi limitado inglés me permitía.

 

Llegamos al banco. En la puerta, Armando se bajó, y ayudó a la maestra a bajar, me abrió la puerta, yo salí y él ocupó mi lugar en el volante. Le di la instrucción: - Ya sabes Armando, solo cuando nos veas a través del vidrio que estamos a punto de salir, te estacionas para que salgamos de inmediato. No sé qué volumen tendrá un paquete de 43.000 bolívares, pero debe ser grande.  Armando asintió y salió a dar vueltas por las cuadras adyacentes.

 

Entramos al banco. Ella se apoyaba de mi brazo, y realizamos todos los trámites necesarios. En un pequeño bolso, la maestra llevaba su pasaporte y un espectacular bolígrafo bañado en oro, una pieza que conservaba desde hacía muchísimos años, además de unos pocos dólares en efectivo para sus gastos personales. Durante nuestro insólito diálogo, motivado por mi falta de vocabulario, ella notó la cadena de oro que yo usaba, de la cual colgaba un dije con la letra “J”. Me dijo que le parecía muy bonita, pensando que la J era una cruz; realmente parecía una cruz, pues el palito que lleva arriba en cualquier jota, en este caso lo tenía casi en la mitad,por eso era facil confundirla, no le aclaré el punto pues no era importante.

 

Pasamos un buen rato esperando, hasta que por fin trajeron el paquete. No solo contenía billetes de 100, sino también otras denominaciones inferiores, lo cual aumentaba significativamente su volumen. Me preguntaron si deseaba contarlo. Le pregunté a la maestra, y ella, abriendo sus ojos azules por el asombro ante el fajo de billetes, me dijo que no, que no hacía falta.

 

Fuimos a la puerta a esperar a Armando. Él nos divisó después de varias vueltas. Repetimos la maniobra de entrada: ella se sentó de nuevo a mi lado y Armando ocupó el asiento trasero. De inmediato, salimos rumbo al Museo, pues ya se estaba haciendo tarde. Cuando íbamos llegando, Armando me dice: - A mí déjame por aquí, voy a la ferretería a comprar unas poleas para la escenografía de una ópera de una amiga a la que estoy ayudando.

 

Me estacioné, él se despidió – Nos vemos ahora, y se bajó del carro. Yo tenía una tarjeta que debía canjear por un ticket de estacionamiento normal al entrar a Parque Central.

 

Había una bajada donde estaba la taquilla. Hice el canje y comencé a descender la rampa. De repente, vi por el espejo retrovisor a tres motorizados, con pasamontañas en el rostro. En segundos, uno de ellos estaba a mi lado, y con una destreza increíble, metió la mano por la ventana, apagó el carro y arrojó las llaves lejos. Me obligó a bajarme a punta de jaloneos, a lo que yo me resistía. En ese forcejeo, aproveché el momento: el paquete de dinero, que había envuelto en un suéter que había llevado, lo tiré al piso del carro y, con el pie, lo fui empujando discretamente debajo del asiento.

 

De pronto, volteo a ver a la maestra. Otro de los delincuentes la tenía agarrada, halándole el cabello, con una afilada navaja en su garganta. Por supuesto, la adorable maestra estaba petrificada.

 

Finalmente, me sacó del carro. Preferí no seguir poniendo resistencia. Lo único que me preguntaban era: -¿Dónde está el dinero? ¿Dónde?, ¿Dónde". Yo respondía: -¿Cuál dinero? Yo no tengo nada.

 

La paciencia del que me apuntaba se estaba acabando. Con la culata de la pistola, me dio un golpe muy fuerte en la cabeza, lo cual produjo una herida de la que la sangre corrió de inmediato. - Te pregunté que ¿Dónde está el dinero? volvio a preguntar. Yo, a pesar de la amenaza, seguía negando: - No sé de cuál dinero me hablas.

 

Todo esto pasaba ante los ojos de mucha gente, pero nadie hizo nada. Solo estaba yo para defenderme y defender a la maestra Vera. El tipo me siguió dando golpes, hasta que el que amenazaba a la maestra le dice a los otros: - ¡Seguro que el tipo que se bajó se lo llevó, vámonos de aquí!.

 

Para no irse con las manos vacías, me arrancaron la cadena de oro y el reloj que llevaba. A la profesora le quitaron el bolígrafo y los dólares en efectivo, tirando el pasaporte a la calle. El tercer motorizado, que estaba vigilando, les dio una señal, y los tres salieron a toda velocidad en sus motos.

 

Mi aspecto era terrible: la camisa llena de sangre y adolorido por la cantidad de golpes. Ahora, tenía que buscar las llaves. Recogí el pasaporte del piso y le pregunté a Vera Rozsa cómo estaba. Ella solo asentía con la cabeza, llorando desconsoladamente, pues no entendía nada de lo que acababa de suceder.

 

Como pude, me agaché debajo de unos carros, llenándome de grasa y tierra. Nadie me ayudaba; la gente me veía desde lejos, compadeciéndose de mi situación, hasta que por fin di con las llaves. Corrí al carro, lo encendí y me dirigí a mi puesto de estacionamiento.

 

Los nervios me tenían destrozado. Lo único que acertaba a decirle a la maestra era: “I’m sorry, please forgive me, I’m so sorry”... perdón, perdóneme, lo siento mucho. Repetí esa frase docenas de veces. Sentía tanta vergüenza por lo que habíamos pasado. En mi mente, tenía la idea fija de la imagen que se llevaría de nuestro país.

 

Ella abrió la guantera de mi carro, encontró un trapo que siempre llevaba por si acaso, y con una dulzura extrema, comenzó a limpiarme la cara y a quitar el exceso de sangre. Mientras, me decía muy bajito muchas cosas que no entendí, pero que traduje como: "No te preocupes, ya estamos bien...".

 

Llegamos al Museo. Todos nos estaban esperando en la puerta, pues Armando ya había llegado y, al ver que nos habíamos demorado, había dado la alarma. Por supuesto, me ayudaron, me buscaron una franela limpia, y me lavé la cara, el cabello, las manos, todo, lo más que pude en el baño. De la noche a la mañana, me había convertido en un héroe: había salvado el dinero de los honorarios de Vera Rozsa.

 

Con el paso de los días, yo mismo no podía creer mi reacción y lo que había pasado. Creo que si eso pasara en esta época, como mínimo me hubieran pegado un tiro por la frustración del ladrón de no encontrar el dinero. Es obvio que estaban en combinación con alguien del banco; en esa época no existían celulares, pero igual se las arreglaron para dar aviso y perseguirnos. A pesar de que han pasado muchos años, siempre tengo el vidrio del carro arriba, y cuando se acerca una moto, revivo de inmediato lo que pasó. Verdaderamente fue terrible.

 

Cuando la profesora terminó el curso, se organizó una celebración de despedida. Para mi sorpresa, la maestra me tenía de regalo una cadena de oro con una cruz, también de oro. Me pareció un gesto muy bonito y todavía la conservo. Nunca me la puse. Yo, por mi parte, le entregué en nombre de todos, un bolígrafo muy parecido al que le robaron, también bañado en oro, producto de una colecta entre todos los que participaron en esas Clases Magistrales.

 

Hay muchas anécdotas de esos tiempos. Afortunadamente, esta, a pesar de todo, tuvo un final feliz.

 

Y así pasó...

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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