Dentro de la programación académica del Taller Permanente de la Ópera de Caracas, se impartían regularmente Clases Magistrales. Estas clases estaban a cargo de importantes maestros de canto de destacada trayectoria y reconocimiento mundial, quienes venían a compartir sus conocimientos con los jóvenes más avanzados del Taller, seleccionados tras una minuciosa audición.
En una ocasión, tuvimos el honor de invitar a Venezuela a una reconocida maestra de canto: Madame Vera Rozsa. De origen húngaro (nacida en Budapest) y residenciada en Londres, Inglaterra, fue profesora de destacadas cantantes internacionales como Kiri Te Kanawa, Ileana Cotubras, y Teresa Stratas, entre muchas otras que le deben a la maestra Vera la excelencia y el alto nivel musical de sus carreras.
Contar con una celebridad de su talla era motivo de gran emoción y, a la vez, de un enorme compromiso. Debíamos velar por su bienestar durante las cuatro semanas que duraba su visita. Ella era una persona ya mayor, cercana a los 70 años, y su apariencia recordaba a la Reina Isabel de Inglaterra: cabello blanco y corto, y una sonrisa que siempre la acompañaba. No hablaba absolutamente nada de español, por lo que se disponía de un traductor durante sus clases en caso de ser necesario.
El lugar donde funcionaba el Taller y donde se impartirían estas Clases Magistrales era el Museo del Teclado, ubicado en Parque Central. Todo marchaba muy bien, y el Museo se llenaba de alumnos que, aun como oyentes, aprendían de las valiosas indicaciones de la profesora.
Sin embargo, algo inesperado y trascendental para todo el país estaba por ocurrir. La mañana del viernes 18 de febrero de 1983, durante el gobierno del presidente Luis Herrera Campins, se produjo una devaluación abrupta del bolívar, un evento conocido históricamente como el “Viernes Negro”. La tasa de cambio pasó de 4,30 Bs por dólar (una tasa que se había mantenido por muchos años) a 7,50 Bs por dólar.
El caos fue tremendo. Todas las operaciones de cambio y comerciales se suspendieron, y fue necesario recalcular todos los costos. Los honorarios profesionales de la profesora Vera, que ascendían a 10.000 dólares, ya habían sido tramitados por Fundarte (nuestro organismo patrocinador) mediante un cheque en bolívares por el equivalente anterior: 43.000,oo bolivares.
Ahora, el desafío era cambiar ese cheque y convertir la suma en divisas con la nueva realidad. Un allegado de la Junta Directiva de la Ópera consiguió un contacto que podía vender los dólares a 7 bolívares, pero para ello, debíamos llevar el dinero en efectivo.
La situación se tornaba complicada: la suma era muy grande para la época, y por ser una cantidad tan elevada, el cobro del cheque debía hacerlo la profesora en persona, en la sede principal del Banco emisor, ubicada en el Centro de Caracas.
Tras planificar la logística, acordamos que yo iría con la maestra en mi carro para acompañarla. Armando Africano, quien trabajaba para la Ópera de Caracas, nos acompañaría en esta delicada diligencia.
El lunes, hacia el mediodía, saldríamos con la maestra después de su tanda de alumnos, para luego reiniciar las clases a las 3 de la tarde. Los tres nos fuimos en mi carro. Ella iba a mi lado, y yo intentaba conversar con ella lo que mi limitado inglés me permitía.
Llegamos al banco. En la puerta, Armando se bajó, y ayudó a la maestra a bajar, me abrió la puerta, yo salí y él ocupó mi lugar en el volante. Le di la instrucción: - Ya sabes Armando, solo cuando nos veas a través del vidrio que estamos a punto de salir, te estacionas para que salgamos de inmediato. No sé qué volumen tendrá un paquete de 43.000 bolívares, pero debe ser grande. Armando asintió y salió a dar vueltas por las cuadras adyacentes.
Entramos al banco. Ella se apoyaba de mi brazo, y realizamos todos los trámites necesarios. En un pequeño bolso, la maestra llevaba su pasaporte y un espectacular bolígrafo bañado en oro, una pieza que conservaba desde hacía muchísimos años, además de unos pocos dólares en efectivo para sus gastos personales. Durante nuestro insólito diálogo, motivado por mi falta de vocabulario, ella notó la cadena de oro que yo usaba, de la cual colgaba un dije con la letra “J”. Me dijo que le parecía muy bonita, pensando que la J era una cruz; realmente parecía una cruz, pues el palito que lleva arriba en cualquier jota, en este caso lo tenía casi en la mitad,por eso era facil confundirla, no le aclaré el punto pues no era importante.
Pasamos un buen rato esperando, hasta que por fin trajeron el paquete. No solo contenía billetes de 100, sino también otras denominaciones inferiores, lo cual aumentaba significativamente su volumen. Me preguntaron si deseaba contarlo. Le pregunté a la maestra, y ella, abriendo sus ojos azules por el asombro ante el fajo de billetes, me dijo que no, que no hacía falta.
Fuimos a la puerta a esperar a Armando. Él nos divisó después de varias vueltas. Repetimos la maniobra de entrada: ella se sentó de nuevo a mi lado y Armando ocupó el asiento trasero. De inmediato, salimos rumbo al Museo, pues ya se estaba haciendo tarde. Cuando íbamos llegando, Armando me dice: - A mí déjame por aquí, voy a la ferretería a comprar unas poleas para la escenografía de una ópera de una amiga a la que estoy ayudando.
Me estacioné, él se despidió – Nos vemos ahora, y se bajó del carro. Yo tenía una tarjeta que debía canjear por un ticket de estacionamiento normal al entrar a Parque Central.
Había una bajada donde estaba la taquilla. Hice el canje y comencé a descender la rampa. De repente, vi por el espejo retrovisor a tres motorizados, con pasamontañas en el rostro. En segundos, uno de ellos estaba a mi lado, y con una destreza increíble, metió la mano por la ventana, apagó el carro y arrojó las llaves lejos. Me obligó a bajarme a punta de jaloneos, a lo que yo me resistía. En ese forcejeo, aproveché el momento: el paquete de dinero, que había envuelto en un suéter que había llevado, lo tiré al piso del carro y, con el pie, lo fui empujando discretamente debajo del asiento.
De pronto, volteo a ver a la maestra. Otro de los delincuentes la tenía agarrada, halándole el cabello, con una afilada navaja en su garganta. Por supuesto, la adorable maestra estaba petrificada.
Finalmente, me sacó del carro. Preferí no seguir poniendo resistencia. Lo único que me preguntaban era: -¿Dónde está el dinero? ¿Dónde?, ¿Dónde". Yo respondía: -¿Cuál dinero? Yo no tengo nada.
La paciencia del que me apuntaba se estaba acabando. Con la culata de la pistola, me dio un golpe muy fuerte en la cabeza, lo cual produjo una herida de la que la sangre corrió de inmediato. - Te pregunté que ¿Dónde está el dinero? volvio a preguntar. Yo, a pesar de la amenaza, seguía negando: - No sé de cuál dinero me hablas.
Todo esto pasaba ante los ojos de mucha gente, pero nadie hizo nada. Solo estaba yo para defenderme y defender a la maestra Vera. El tipo me siguió dando golpes, hasta que el que amenazaba a la maestra le dice a los otros: - ¡Seguro que el tipo que se bajó se lo llevó, vámonos de aquí!.
Para no irse con las manos vacías, me arrancaron la cadena de oro y el reloj que llevaba. A la profesora le quitaron el bolígrafo y los dólares en efectivo, tirando el pasaporte a la calle. El tercer motorizado, que estaba vigilando, les dio una señal, y los tres salieron a toda velocidad en sus motos.
Mi aspecto era terrible: la camisa llena de sangre y adolorido por la cantidad de golpes. Ahora, tenía que buscar las llaves. Recogí el pasaporte del piso y le pregunté a Vera Rozsa cómo estaba. Ella solo asentía con la cabeza, llorando desconsoladamente, pues no entendía nada de lo que acababa de suceder.
Como pude, me agaché debajo de unos carros, llenándome de grasa y tierra. Nadie me ayudaba; la gente me veía desde lejos, compadeciéndose de mi situación, hasta que por fin di con las llaves. Corrí al carro, lo encendí y me dirigí a mi puesto de estacionamiento.
Los nervios me tenían destrozado. Lo único que acertaba a decirle a la maestra era: “I’m sorry, please forgive me, I’m so sorry”... perdón, perdóneme, lo siento mucho. Repetí esa frase docenas de veces. Sentía tanta vergüenza por lo que habíamos pasado. En mi mente, tenía la idea fija de la imagen que se llevaría de nuestro país.
Ella abrió la guantera de mi carro, encontró un trapo que siempre llevaba por si acaso, y con una dulzura extrema, comenzó a limpiarme la cara y a quitar el exceso de sangre. Mientras, me decía muy bajito muchas cosas que no entendí, pero que traduje como: "No te preocupes, ya estamos bien...".
Llegamos al Museo. Todos nos estaban esperando en la puerta, pues Armando ya había llegado y, al ver que nos habíamos demorado, había dado la alarma. Por supuesto, me ayudaron, me buscaron una franela limpia, y me lavé la cara, el cabello, las manos, todo, lo más que pude en el baño. De la noche a la mañana, me había convertido en un héroe: había salvado el dinero de los honorarios de Vera Rozsa.
Con el paso de los días, yo mismo no podía creer mi reacción y lo que había pasado. Creo que si eso pasara en esta época, como mínimo me hubieran pegado un tiro por la frustración del ladrón de no encontrar el dinero. Es obvio que estaban en combinación con alguien del banco; en esa época no existían celulares, pero igual se las arreglaron para dar aviso y perseguirnos. A pesar de que han pasado muchos años, siempre tengo el vidrio del carro arriba, y cuando se acerca una moto, revivo de inmediato lo que pasó. Verdaderamente fue terrible.
Cuando la profesora terminó el curso, se organizó una celebración de despedida. Para mi sorpresa, la maestra me tenía de regalo una cadena de oro con una cruz, también de oro. Me pareció un gesto muy bonito y todavía la conservo. Nunca me la puse. Yo, por mi parte, le entregué en nombre de todos, un bolígrafo muy parecido al que le robaron, también bañado en oro, producto de una colecta entre todos los que participaron en esas Clases Magistrales.
Hay muchas anécdotas de esos tiempos. Afortunadamente, esta, a pesar de todo, tuvo un final feliz.
Y así pasó...
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com

