Trabajar en el teatro me enseñó que los dramas más intensos no siempre ocurren sobre el escenario. En esta anécdota, recuerdo un estreno inolvidable donde la soberbia de un colega y un error imperdonable nos costaron casi el futuro de la Ópera de Caracas. Una lección de humildad que todavía hoy me hace sonreír.
En cada estreno de la Ópera de Caracas, nuestro mayor empeño era lograr que el Presidente de la República asistiera. No era solo por el prestigio; la intención real era que, al presenciar la calidad de nuestro trabajo, el Gobierno Nacional nos otorgara un presupuesto propio. Queríamos dejar de depender de Fundarte, el organismo de la Gobernación al cual pertenecíamos.
El día del estreno de “El Elixir de amor”, de Donizetti, recibí en mi oficina una llamada de Isabel Palacios. El presidente Luis Herrera Campins confirmaba su asistencia esa noche. Isabel me pidió que notificara de inmediato a la Dirección de Teatros de Fundarte para que tomaran todas las previsiones necesarias ante tan distinguida visita.
Acaté la orden de inmediato, aunque sin entusiasmo. El Director de Teatros era nada más y nada menos que el primer actor Esteban Herrera, con quien ya había tenido bastantes roces profesionales y personales (detallados con lujo de detalles en mi libro Cómo soportar la vida con humor. Confesiones de un actor). Al llamarlo, me atendió su asistente y me lo pasó:
-¿Aló? Buenos días.
-Buenos días, Esteban. Te habla Jairo Carthy, de la Ópera de Caracas. Te informo que esta noche en el estreno de la opera contaremos con la presencia del Presidente.
-¿Y entonces? respondió secamente.
-Bueno, quería que estuvieras al tanto para que tomaras las previsiones necesarias…
No me dejó terminar. Con su característico mal genio, soltó:
-Mira, Jairo, me parece una falta de respeto que vengas a decirme cómo debo hacer mi trabajo. Cuando viene un presidente, hay un protocolo que se debe cumplir y punto. Y así lo haremos. A estas alturas de mi vida no va a venir nadie, y menos tú, a darme lecciones.
Traté de explicarle que solo seguía instrucciones de Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas, pero su respuesta fue un cortante: - Ya me informaste, allí estaré. Y colgó.
Llegó la noche. Entre el correcorre habitual, yo solo tenía que maquillar a Yazmira Ruiz, la protagonista, quien cantaba junto al tenor invitado Luigi Alva. Como terminé temprano, me aposté en el lobby a esperar a la Junta Directiva, quienes debían recibir a los invitados especiales. Sin embargo, la hora se acercaba y ninguno de ellos aparecía.
De repente, el silencio fue roto por sirenas. Varias camionetas negras con el escudo de Venezuela y luces rojas intermitentes rodearon el teatro, acompañadas de motorizados armados. Del vehículo principal descendió el presidente Luis Herrera Campins. Era la primera vez que veía a un mandatario en persona. Uno de los escoltas se dirigió a mí:
- ¿Dónde está el palco presidencial?
-Arriba, en el primer piso a la izquierda - respondí.
Corrí al escenario para avisar a Isabel y José Ignacio. Ambos se emocionaron; era el momento que habíamos esperado desde el primer montaje. Como nadie de la Junta Directiva había llegado, regresé al lobby para ejercer de anfitrión improvisado, pero me encontré con una escena surrealista: el Presidente bajaba las escaleras molesto, seguido de sus escoltas y todo su séquito. No lo podía creer. Así como llegaron, se fueron. Las sirenas se alejaron y reinó el silencio.
Atónito, le pregunté a un acomodador del teatro qué había pasado. Su respuesta fue increíble:
- El palco estaba cerrado con llave. Nadie tenía la llave para abrir y, por razones de seguridad, el Presidente no puede esperar.
En ese instante, las frases de Esteban Herrera retumbaron en mi mente: "Hay un protocolo que se cumple y punto".
Fui a dar la noticia al escenario.
-Y entonces ¿qué pasó? ¿Todo está bien?
-No Isabel, Luis Herrera se fue.
-¡¿Cómo QUE SE FUE?!!!!
-Si subió vio que el palco estaba cerrado, nadie tenía la llave y por razones de seguridad se tuvo que ir.
-Pero bueno Jairo, ¿tú no le avisaste a Esteban Herrera como te pedí?
-Por supuesto, Isabel, personalmente hablé con él, se molestó, pues no debíamos decirle lo que debía hacer y ya tú ves.
-¿Y que hicieron los de la Junta Directiva?
-Nada, pues ninguno de ellos habían llegado. La frustración de Isabel era evidente.
Al salir de nuevo al lobby, vi que los miembros de la Junta Directiva finalmente habían llegado y, con total parsimonia, recibían al público ignorando que el invitado de honor ya se había marchado.
Subí al palco presidencial y comprobé que la puerta seguía cerrada. Al bajar, en ese momento, vi entrar a Esteban Herrera al teatro. Bajé las escaleras lentamente; era el momento perfecto. Me acerqué, lo miré fijamente a los ojos y le dije: - El Presidente vino y se tuvo que ir. El palco estaba con llave. Tu protocolo y tu logística no funcionaron.
Y me alejé hacia el escenario mientras él se quedaba congelado. Caminé hacia los camerinos con una pequeña sonrisa de satisfacción. Fue triste perder esa oportunidad política, pero aquel desplante de la realidad ante la arrogancia de Esteban fue un cierre inolvidable.
Y así pasó…
Jairo Carthy
De venta en AMAZON
