Cuando regresamos de España, luego de participar en dos Festivales Internacionales de Teatro y cumplir una temporada en Madrid, teníamos el reto de volver a montar la obra que llevamos de nuevo en Caracas, nada menos que en el prestigioso Nuevo Grupo.
En el elenco original de hacía ocho años, el personaje de Isabel (o Elvira, como en la ópera) fue interpretado por la gran Tania Sarabia. Para esta reposición y la posterior gira a Europa, ella no estaba disponible; tenía otros compromisos ineludibles de teatro y televisión. Fue el único personaje que cambió; de resto, éramos los mismos actores originales que le dábamos vida a esa versión del dramaturgo brasileño Guilherme Figueiredo llamada "DON JUAN".
Ese cambio de actriz vino acompañado de un ángel que llegó a mi vida para transformar muchas cosas y hacer realidad sueños que, en ese momento, yo creía imposibles. Su nombre - y así, con letras mayúsculas- : PERLA VONASEK.
Aparte de su innegable talento, capacidad, cultura y experiencia, Perla era una mujer sumamente divertida, de una sensibilidad y un corazón enorme. Tenía muchísimas cosas que contar y yo tenía todo por aprender de ella. Ella era la pareja de otro ser grandioso, Santiago San Miguel, productor y director de cine español. Ambos vivían en España y, por suerte para mí, estaban pasando una larga temporada en Venezuela.
Comenzamos la temporada de la obra y todo estaba saliendo muy bien. Teníamos bastante público y, de nuevo, la crítica y los comentarios nos favorecían. Una noche, justo antes de empezar la función, Perla se me acercó con complicidad: - Jairo, mi amor, esta noche te tienes que botar. Santiago viene a ver de nuevo la función y trae a un amigo de él que en estos momentos está en la pre-producción de una película.
Yo estaba feliz de ver a Santiago y, por supuesto, seguí el consejo de Perla: salí a "botarme". La sala estaba llena, y ese calor del público es el combustible que te impulsa a darlo todo. Al terminar, entre los aplausos y el desfile de gente asomándose a los camerinos, Perla me susurró: - Jairo, Santiago te espera afuera, quiere saludarte.
Me arreglé a toda prisa y salí al jardín del teatro. Allí estaba él, recibiéndome con un abrazo fraterno. - Te felicito, Jairo, estuviste excelente como siempre. Nos has hecho reír muchísimo. Mira, te presento al señor Luis Correa. Él va a dirigir una película y está interesado en conocerte.
Volteé a verle y allí estaba Luis. Con su aspecto que parecía un estilizado Papa Noel, con su pelo y barba blanca prematuras -pues era un hombre bastante joven- y unos penetrantes ojos azules que intimidaban bastante. Lo saludé muy respetuosamente y me dijo: - Aquí tienes mi tarjeta, me gustaría que me llamaras mañana, pues me gustaría que conversáramos a ver si estarías interesado en trabajar en mi película.
Casi me echo a reír. Parecía una escena de una película americana en la que al protagonista lo contratan y se convierte en superestrella. Perla se sumó al grupo y me guiñó el ojo; ella ya sabía lo que Santiago buscaba al llevar a este personaje a ver la obra.
Yo estaba muy impresionado por este encuentro. Cuando llegué a la casa le conté emocionado a mi Mamá y ella, quien, como siempre, irradiaba felicidad por mis logros.. Pero, todavía no tenía ningún detalle sobre el papel que me ofrecían, ni de qué trataba la película... absolutamente nada. Por supuesto, pasé toda la noche casi sin dormir, pensando y pensando, hasta que por fin llegó el día y, con él, la entrevista.
La oficina quedaba cerca de mi casa, así que pude ir a pie. Al llegar había un montón de personas y un gran letrero que decía: TIEMPO CERO FILMS. Me anunciaron y de inmediato me pasaron a la oficina. Afortunadamente Santiago estaba también allí; él era el productor de la película y también tenía cosas que decirme.
Luis Correa me explicó que la película se llamaría, en principio, “LA ENCRUCIJADA”, aunque ese sería el nombre que para todo se utilizaría públicamente, pues el verdadero nombre sería otro. Como la película estaba basada en hechos de la vida real, era muy peligroso que saliera a la luz pública la verdadera trama.
Se trataba de la guerra a muerte en Santa Bárbara del Zulia entre dos familias: los Semprún y los Melía. Un odio visceral que los llevaba a exterminarse uno a uno por el poder absoluto sobre las tierras y los negocios. En la ficción, los nombres cambiarían. Mi familia serían "Los Araujo" y mi personaje: Antonio Araujo, mejor conocido como "El Chingo Araujo".
Era un asesino temido, un matón que trabajaba para la familia rival y que cargaba con el rechazo de los suyos por su conducta sanguinaria.
En ese momento mi mente volaba: ¿Un asesino? ¿Un matón? ¿Un delincuente terrible? ¿Eso era lo que el Señor Correa esperaba de mí? ¿Y cómo, después de verme actuando en una obra donde, aparte de interpretar a un libidinoso criado como Leporello, el cual tenía grandes momentos de comicidad que la obra exigía, de dónde creía él que yo podía hacer un papel así? ¡Y en cine! Donde no hay el “desde lejos del teatro” u otros trucos para alcanzar una caracterización. Pues sí, él creía que yo lo podía dar. Y como él creía en mí, yo también me arriesgaría. Mi mayor reto sería lograrlo para no defraudar la confianza depositada en mi persona.
Por supuesto acepté sin haber leído el libreto. Los honorarios que me ofrecían superaban cualquier monto que yo había ganado antes en teatro. Solo había un inconveniente: según el plan de rodaje, la película arrancaría una semana antes de que la obra bajara de cartelera. Luego de eso, yo estaría totalmente libre de fechas y horarios. Santiago, como el gran productor que era, me dijo: - No te preocupes, Jairo. Salimos casi todo el elenco a Maracaibo en avión el lunes a primera hora y el miércoles al mediodía ya estarás rumbo de nuevo a Caracas para hacer tu obra. Nosotros seguimos unos días más por allá y luego nos instalaremos en Calabozo, donde se rodará gran parte de la película. Es lo más parecido que hemos encontrado a Santa Bárbara del Zulia por lo que ya te explicamos.
Los tres celebramos mi incorporación a este proyecto y quedamos en que me llamarían para la firma del contrato, las pruebas de vestuario y demás formalidades. La verdad, no podía creer que algo así me estaba pasando a mí. Iba a trabajar en una película... pero, ¿cómo sería el papel? ¿Será corto? ¿Será largo?
Al llegar a mi casa, y luego de contarle con detalles todo a mi ansiada Mamá, me puse a leer el libreto. Acostumbrado a los libretos de teatro, este tenía como tres veces más de grosor, y la manera en que se escribe un guion es muy diferente. Leyendo y leyendo, estaba horrorizado y fascinado a la vez: ¡era el más malo de la película! Asesinaba al que se me pusiera por delante, hacía muchas fechorías, inclusive incendiaba a un tipo vivo. Era un loco desquiciado; por eso era uno de los primeros de la familia a los que matan, y allí se desencadena una ola de crímenes y venganzas de parte y parte.
Llegó el ansiado día. Ya había ido a buscar el vestuario que utilizaría: un traje gris para la escena del cementerio en el entierro del padre de la familia, y de resto un look como de vaquero con jeans, camisa a cuadros, sombrero y, por supuesto, botas que ayudaban a esa imagen de virilidad y poderío.
Días previos a este viaje, había terminado de leer las “Memorias” de Laurence Olivier, uno de los grandes actores de todos los tiempos. Él explicaba que, para poder interpretar un personaje en una película (la cual no se haría en orden cronológico), él había descubierto que lo mejor era que durante ese tiempo de rodaje el actor viviera como el personaje. Así no habría posibilidad de no tener claro cómo encarar cada escena.
El Maestro Olivier afortunadamente practicaba el “Método” (el sistema de actuación creado por Constantin Stanislavski), el cual consistía en buscar la verdad y el sentimiento. Yo también creía en ese método para componer. Por ello, ya le había creado la voz, la manera de caminar y de moverse a ese asesino llamado “El Chingo Araujo”, que distaba mucho de parecerse a mí.
Llegamos a Maracaibo. Nos instalaron en un hotel que, dado que la ciudad es una de las más calurosas del país, el aire acondicionado era central y no se podía regular la temperatura individualmente. Así que pasé otra noche casi en vela, muriéndome de frío y con los nervios de punta por esa primera vez ante una cámara de cine.
El llamado era a las siete de la mañana en el lobby. Y allí aparecí, para asombro de muchos, vestido como el personaje, con el traje gris, su sombrero, con su actitud sombría y una cojera que le había agregado como consecuencia de algún tiro que alguna vez le alcanzó una pierna. Todos me miraban. Yo no hablaba con nadie; me subí al autobús que nos llevaría a la locación en total silencio, pensando solo en la muerte de “mi padre” y lo mucho que lo hice sufrir.
Rodamos la escena: la madre con sus siete hijos varones ante la tumba del patriarca de la familia. Mucha tristeza, mucho dolor... y entre ellos, allí estaba yo. Sentía que la cámara se acercaba, estaba conmigo, pero no podía ni siquiera mirar de reojo. Todos los consejos del libro de Olivier los estaba poniendo en práctica: “Siente, no actúes, no es teatro… la cámara es el público que te verá cientos de veces aumentado, y el más mínimo gesto lo multiplicará. Solo siente, cree en lo que haces y hazlo con toda la verdad posible”.
Y así lo hice. Cuando a mi regreso a Caracas me encontré con Perla en el Teatro, me dijo emocionadísima: - ¡Jairo! Santiago me dijo que anoche estuvieron viendo los Rushes (que son las tomas diarias en bruto) y me dijo que están impresionados contigo. Que en la escena del cementerio estuviste conmovedor, pero al mismo tiempo dejas ver esa maldad y ese desequilibrio de tu personaje. ¡Te felicito, mi amor! Santiago y Luis sabían que lo podías lograr... ¡y eso que todavía no has filmado ni una de tus maldades!
Con la emoción de saber esos comentarios, me di cuenta de que los trasnochos y los nervios habían dado sus frutos. Ahora sí iría con todo para continuar filmando. Gracias a Luis Correa por ver más allá de lo que yo mismo pensaba, por creer en mí y por darme esa oportunidad.
Pero este viaje no termina aquí... la próxima semana viene la continuación de este relato con todo lo que pasó en las filmaciones y la escena de la muerte de mi personaje.
Y así pasó...

