SONIDO...CÁMARA... ACCION (PARTE 2) / SANGRE, SUDOR Y PERDÓN por Jairo Carthy / Caracas, 12 de abril de 2026

 

Luego de las intensas escenas que filmamos en el cementerio, el rodaje continuó con secuencias en las que yo no participaba. Sin embargo, no podía regresar a Caracas; el plan de trabajo marcaba la muerte de mi personaje para el miércoles.

 

La locación estaba en las afueras de Maracaibo, en unos caminos áridos y polvorientos que recordaban la soledad de Santa Bárbara del Zulia. Mientras tanto, en mi mente resonaba el compromiso en la capital: estaba en la semana final de la obra de teatro que les comenté anteriormente. Mi contrato era estricto: podía filmar solo hasta el mediodía de ese miércoles porque debía volar para la función de esa noche. A partir del lunes siguiente, ya sin funciones de teatro, mi tiempo sería totalmente de la producción por siete semanas.

 

Hasta ahí, el plan parecía perfecto. El detalle -ese que siempre aparece en el cine- es que eran casi las tres de la tarde y el último vuelo a Caracas salía a las cuatro. Estábamos lejos del aeropuerto y la escena que faltaba era de una complejidad técnica agotadora: la muerte del famoso "Chingo Araujo", el temido asesino al que el público ansiaba ver caer en pantalla bajo una lluvia de plomo. Bueno, en realidad la sangre corrió durante toda la película, pues mataban a casi todo el elenco, ¡y a mí me tocó ser de los primeros!

 

El maquillador de efectos especiales, un español sumamente meticuloso, fue el encargado de darme ese aspecto aterrador. Entre tantos trucos, introdujo con cuidado en mi cuero cabelludo un producto con textura de gel, parecido a un chicle negro. El diseño era ingenioso: con el calor del ambiente, el producto se derretiría poco a poco, logrando un efecto de sangre muy natural que chorrearía por mis sienes, mis ojos y mi cuello.

 

La acción era pura adrenalina: el Chingo viaja en un carro conducido por su hermano; de pronto, una camioneta se adelanta, una lona se levanta y unos sicarios con ametralladoras acaban con su vida. El hermano sobrevive al ataque (en la vida real este hombre recibió 17 tiros en su cuerpo y quedó vivo), perdemos el control y nos estrellamos contra un árbol. Por lo complicado, filmamos por partes, pero lo urgente era mi "muerte".

 

Finalmente terminamos. Los asistentes ya me esperaban con toallas y agua, pero no había mucho tiempo. Allí mismo, en medio de la calle, me desmaquillé como pude, me cambié de ropa a la velocidad del rayo y salté a un taxi rumbo al aeropuerto "La Chinita". Íbamos a más de 120 km/h por esos caminos desérticos mientras yo intentaba terminar de acomodarme la camisa.  Parecía una escena de Rápido y Furioso, pero con más estrés y menos presupuesto.

 

Al llegar, corrí como un loco hacia el mostrador. El empleado me miró con una expresión de absoluto terror. -¡El vuelo está a punto de despegar! - me informó casi sin aliento. Yo no entendía por qué me miraba así, pero mi única obsesión era subir. Me señaló las rampas de acceso y arranqué. Parecía un patinador, deslizándome por esas rampas para ganar velocidad hasta que al llegar casi a la puerta había unos Guardias Nacionales que me detuvieron en seco. Me miraban con espanto. - ¡Disculpen, pero tengo que tomar ese vuelo, es de vida o muerte! - les grité. Uno de ellos asintió con una mirada de lástima profunda y se comunicó por radio con la torre: Detengan el avión. Me gritaron: - ¡Corra, que lo están esperando!.

 

Bajo el calor agobiante de Maracaibo y el estrés, yo era una fuente de sudor. Allí estaba el avión, una aeronave pequeña con entrada por la parte trasera (sí, por el "culito" del avión). La aeromoza, asomada por la compuerta y con los ojos como platos, me gritaba: -¡Suba, suba ya! -¿Y por dónde, mija? - pensé yo, viendo que no había escalera. Al final bajaron un peldaño que quedaba altísimo. Como un primate en pleno escape, me trepé y me desplomé en el primer asiento libre.

 

El avión despegó entre las miradas de pánico de todos los pasajeros. La aeromoza se acercó con una amabilidad sospechosa: - ¿Quiere algo? ¿Un calmante? Se ve muy mal… - Agua, por favor - respondí.

 

Mi vecino de asiento, al verme de cerca, pegó un grito: -¡Señor, por Dios! ¿Qué le pasó? Fue entonces cuando me pasé la mano por la cara para secarme el sudor y lo que vi fue sangre. El "chicle" negro del maquillaje había hecho su función a la perfección: con el sudor y el calor, se había derretido por completo, y yo iba chorreando líquido rojo de manera "muy natural". Lo increíble es que me dejaron subir así, sin pedirme ni el boleto, pensando que era un herido de gravedad.

 

Por cierto, el muchacho del grito era nada más y nada menos que Amílcar Boscán, el solista del grupo musical “Guaco”.  Al final, llegué al teatro a mi función, aunque la escena no sirvió y tuvimos que repetirla semanas después en Calabozo, donde pude "morir" con toda la calma del mundo.

 

Hacer cine es un arte de contrastes. Pocos días después, me citaron para la escena de la muerte de "nuestro padre". Yo estaba muy nervioso, no solo por la dificultad del papel, sino porque actuaría frente al primer actor Carlos Márquez, una figura de trayectoria impecable. Debía pedirle perdón en su lecho de muerte por haberle destruido la vida a él y a toda la familia.

 

El director Luis Correa me dio una instrucción que me dejó petrificado: - Jairo, no quiero melodrama. Quiero que sea increíblemente conmovedora, que se sienta un arrepentimiento sincero en tu voz, pero no quiero que llores. Un tipo como el que interpretas no lloraría, pero quiero que el público vea esas lágrimas ahí, a punto de desbordarse. Quiero que, por única vez, sientan compasión por ti.

 

Respiré hondo. Recordé las lecciones del libro de Laurence Olivier: en el cine, tu rostro se verá cien veces más grande. El público verá tu alma a través del lente, con un acercamiento así tu cara ocupará la pantalla, solo siente, cree en lo que dices, habla con el corazón, con el sentimiento.

 

Filmamos primero las escenas con toda la familia: la madre sufrida, los hermanos llorando, el dolor colectivo. Yo me mantuve inmóvil, agarrándome la cabeza en un gesto de "no puede ser". Todo salió natural y fluido.

 

Pero entonces, llegó el truco del cine. Me preparé para mi escena íntima con Carlos, me senté en su cama, observaba como respiraba con dificultad, le tomé la mano y... -- ¡Corten! - gritó Luis. Carlos Márquez se levantó, se quitó la pijama de enfermo y apareció vestido de civil, impecable. - Encantado de conocerte, Jairo. Muy bien todo, me dijo con una sonrisa antes de marcharse. Nos vemos en otras escenas.

 

Me quedé asombrado. De repente, los técnicos desarmaron la cama donde él había estado acostado. En el lugar donde estaba Carlos, pusieron la cámara en un trípode pequeño. Me sentí desolado. ¿A una cámara le pediría perdón? Me hacía falta su mirada, sentir su mano fría, su presencia. Luis Correa  pidió silencio absoluto. – Mira Jairo no anunciaré ni cámara ni acción. Me dijo: - Tómate tu tiempo, mira el lente y hazlo cuando lo sientas.

 

Me quedé solo con la cámara. Recordé las lecciones de Laurence Olivier: en un primer plano, tu rostro es gigante; el público verá cada poro, cada intención. No puedes fingir. Cerré los ojos, invoqué todas las culpas del personaje , me imaginaba a mi padre, respirando con dificultad, estaba muriendo… y con el dolor más grande que podía sentir,  dije mi única línea viendo fijamente al lente: - Perdóname, papá.

 

Lo dije con la voz rota, con las venas de las sienes latiendo y ese brillo en los ojos que Luis me había pedido. Cuidando que las lágrimas no cayeran.  El silencio en el set era absoluto. Pasaron los segundos que parecieron horas hasta que escuché el "¡Corten!" seguido de un aplauso cerrado. ¡La toma había quedado! Luis me abrazó y me dijo: - Sabía que no me equivocaría contigo. Eres grande y llegarás muy lejos.

 

Sus palabras nunca las olvido, así como su fe y su confianza en que yo podía hacer todo lo que el guion exigía.  Cuando vi esa escena en la película es realmente conmovedora, y claro luego de estar editada es perfecta, con la reacción del padre cuando escucha ese perdón de su hijo antes de morir.

 

Este artículo, con estas anécdotas tan variadas quiero que sirva como homenaje a quienes me dieron la oportunidad, a quienes creyeron en mí y a quienes siempre me trataron con un respeto infinito dándome un lugar importante y destacado durante todo el rodaje.  A Luis Correa, a Santiago San Miguel y a Juan Andrés Valladares en la fotografía, fue maravilloso contar con ustedes en esta aventura novedosa para mí…

 

Y así pasó…     

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com


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