Estudiar teatro con Horacio Peterson era como subirse a una montaña rusa sin cinturón de seguridad: nunca sabías hacia dónde te lanzaría o qué esperaba de nosotros. En sus clases, y mientras se representaban las improvisaciones del día, la postura era sagrada. Teníamos que sentarnos con la espalda tan recta como bailarines de ballet (o como si nos hubiéramos tragado un perchero), porque si te encorvabas un milímetro, ahí aparecía su famosa vara de madera para "corregir" la posición con un toque de disciplina.
Horacio nos enseñaba la gramática del escenario: los famosos "trucos". Cómo dar un golpe sin tocar al otro, cómo recibir una cachetada coreografiada, cómo desmayarse con elegancia y, por supuesto, cómo besar apasionadamente... de mentira.
Yo, que en ese entonces era un rebelde del realismo, sentía que esos trucos se veían muy falsos. Desmayarse en "cuatro tiempos" me parecía una ofensa a la gravedad. Por eso, cuando me tocaban escenas violentas, le pedía a mis compañeros: -Pégame de verdad, no muy fuerte, pero que se sienta. Buscaba la reacción natural, convencido de que la técnica era el enemigo de la verdad. El Maestro nos enseñaba que el que debía hacer el espectáculo era el que recibía el golpe, más que el que lo daba.
Un día, Horacio nos lanzó un reto: escribir, dirigir y actuar nuestra propia escena. Lamentablemente, cuando improvisábamos, estábamos más pendientes de qué decir o crear una escena “inteligente” que de interpretar y caracterizar un personaje, que en realidad era para lo que nos estábamos preparando, no para ser dramaturgos.
Como estábamos bajo la influencia total de las telenovelas de la época, terminé armando un melodrama de alto impacto. La trama era un clásico: una pareja está conversando en la sala de la casa de ella, comienzan a ser muy cariñosos, el romance sube de tono y, en el clímax del beso, entra la madre a descubrirlos. ¿El giro dramático? El galán también se había acostado con la suegra sin saberlo.
Decidido a romper con la "farsa" de la técnica, convencí a mi compañera de que nos besáramos de verdad: - Para que se vea real, -le dije. Ella, muerta de la pena, aceptó solo porque la "mamá" de la escena y yo la acorralamos con argumentos artísticos. Yo quería ser el pionero del realismo en la escuela; estaba seguro de que Horacio me daría una medalla.
Llegó el día de la presentación eran como 10 trabajos que se iban a presentar, nosotros éramos casi los últimos, y estábamos nerviosos porque todo saliera muy bien Mi compañera, nerviosa, se retocó el maquillaje unas cincuenta veces. Labios de un rojo intenso, perfectos para el drama. Mientras yo estaba pendiente de los otros trabajos para arreglar los elementos de escenografía que usaríamos en el nuestro.
Salimos a escena, empezó el coqueteo y, finalmente, nos fundimos en el esperado beso apasionado. La madre debía interrumpir gritando el nombre de su hija, pero se quedó muda. Yo creo que lo hizo a propósito para vernos sufrir, así que, en nombre del arte, nosotros seguimos dándonos el beso del siglo.
Cuando por fin la "madre" soltó el grito y cortó la acción, me voltee hacia ella. Estaba petrificada: - ¡Qué actriz!, pensé yo: - está roja de la ira, no puede ni hablar. Pero cuando giré a ver a mi pareja, casi me da un síncope: parecía un payaso de circo que acababa de sobrevivir a un tornado. El labial rojo que se había retocado mil veces estaba desparramado por toda su boca, la quijada y las mejillas.
De inmediato caí en cuenta: si ella estaba así, yo debía parecer al Guasón después de una pelea. Éramos dos estatuas pintarrajeadas. La "madre" hacía esfuerzos heroicos por no reírse, tapándose la cara con las manos para fingir que lloraba de dolor, pero los hombros le saltaban de la carcajada contenida. El público (nuestros compañeros) estalló en un rugido de risas incontrolables.
Aquello era un desastre total, a esas alturas nosotros tres no podíamos parar de reír, pero Horacio, con su genio habitual para salvar el caos, empezó a meter a otros alumnos a escena. En segundos, pasamos de un drama familiar a un sanatorio de enfermos mentales donde todos gritábamos y reíamos. Fue la única forma de justificar nuestras caras manchadas y la risa histérica.
Al terminar, Horacio casi me expulsa. Por disciplina me quedé callado, pero años después le expliqué que yo solo quería "verdad". Me perdonó, pero me quedó claro que el truco existe por una razón: para no terminar pareciendo un grafiti.
Años más tarde, el destino (y Horacio) me cobraron mi obsesión por la realidad. En el musical LOCURA ES…, yo interpretaba al tipo más rudo del pueblo. En una escena, mi pareja (una mujer mayor) me insultaba desde el otro extremo del escenario. La orden de Horacio era clara: yo debía cruzar a toda velocidad y darle una cachetada fulminante.
Durante los ensayos pedimos que quitara el golpe, pero Horacio no cedió. La noche del estreno, con la adrenalina a mil, se me fue la mano. Le di un golpe tan real que casi la mando al foso de la orquesta. El público soltó un "¡Oh!", colectivo. Yo sudaba frío pensando: - Si a mí me arde la mano, ella debe estar viendo pajaritos. En el intermedio, ella fue una dama: - No te preocupes, gajes del oficio. Esas cosas pasan. Ya se me aliviará el dolor.
Pero la procesión iba por dentro. Durante toda la temporada, la escena se volvió fingidísima porque yo tenía pánico de volver a tocarla. Sin embargo, ella estaba esperando su momento. En la última función, cuando fui a darle la cachetada técnica, me agarró la mano con una fuerza de acero, me torció el brazo y se me fue encima. Me dio cachetadas, tirones de pelo y patadas. Yo no podía quejarme porque mi personaje era un "macho", así que tuve que aguantar la paliza frente a todo el teatro, y por fin los otros actores la agarraron y ella me miraba con una gran satisfacción.
Nunca le reclamé. Tenía toda la razón. Desde entonces, le tengo un respeto sagrado a la técnica. La violencia en escena, aunque sea "por amor al arte", siempre trae sus consecuencias.
Y así pasó...
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com

