Y ASÍ PASÓ... EL OTRO LADO DE LAS HISTORIAS por Jairo Carthy / Domingo 8 de noviembre de 2026

 


Cuando comencé a escribir mi libro “Cómo soportar la vida con humor. Confidencias de un actor” y la columna “Y así pasó…”, quise rescatar historias reales, pero sobre todo luminosas y divertidas, donde la gente pudiera reírse y disfrutar de la lectura. Por los comentarios que recibí, creo que lo logré: algunos lectores rieron a carcajadas, otros con una sonrisa más contenida, otros mas comedidos, pero aunque sea una sonrisa logré sacar a cada uno de ellos.

 

Sin embargo, con el tiempo me quedé pensando que en ambos proyectos faltaba una pieza fundamental; el mismo vacío que da pie a la tristeza, a la amargura, a la soledad, y que hace que el trabajo de un actor no sea solo un oficio difícil, sino a veces una prueba imposible de cumplir. Permitir que ese vacío permanezca oculto da pie a una lectura superficial de lo que significa ser actor. Lamentablemente, la vida tiene un reverso, un lado oscuro del que no nos gusta hablar, el que solemos callar, pero que es justamente el que nos convierte en seres humanos con una sensibilidad y unos sentimientos que el público jamás llega a imaginar.

 

En el año más prolífico de mi carrera – trabajé en dos películas y en dos obras de teatro casi al mismo tiempo, algo inusual para la época -, sufrí la pérdida más devastadora de mi existencia. A partir de ese momento, mi vida se quebró en un antes y un después: mi madre, el ser más importante de mi universo, murió, y con ella se derrumbaron muchísimas cosas dentro de mí.

 

No voy a detenerme en lo doloroso, traumatizante y terrible que fue aquel trance, ni en la falta inmensa que, incluso hoy, tras el paso de los años, sigo sin lograr superar. Escribir sobre la ausencia, la infinita soledad, el silencio y la falta de rumbo es apenas natural; quienes han atravesado por una pérdida semejante me entienden y saben que nada ni nadie puede llenar ese vacío eterno. Solo queda aferrarse a esa motivación que uno pierde, para luego - en homenaje a ella - volver a levantarse, seguir y seguir hasta donde las fuerzas alcancen.

 

Si hablara extensamente de ese dolor, me tomaría muchas páginas, pero este artículo no trata sobre la tragedia de su partida, sino sobre las batallas silenciosas que tuve que librar y vencer para poder cumplir con los compromisos profesionales que ya estaban en marcha cuando ocurrió lo irreparable.

 

Durante el rodaje de la película “ASESINO NOCTURNO”, las filmaciones se habían suspendido por la Semana Santa, cumpliendo con las normas sindicales de descanso. Mi mami fue trasladada de urgencia a la clínica el Domingo de Ramos, y su fallecimiento ocurrió el Martes Santo. Su entierro fue el Miércoles Santo. Al velorio y al sepelio acudieron muchas personas del equipo de la película; y tanto el director como el productor tuvieron un gesto humano inolvidable al modificar el plan de rodaje - algo sumamente complejo en esa industria - para darme unos días de tregua.

 

Entre los días modificados y el descanso propio de la Semana Santa, junté cerca de diez días para intentar sobreponerme . Antes de la pausa, nos encontrábamos filmando la secuencia clímax y final de la película: una persecución implacable al asesino protagonista, dentro de las escaleras de un edificio nocturno. Mi personaje era un policía detective muy dedicado a su trabajo, involucrado en el caso por el profundo respeto que le tenía al Director de la Policía.

 

Filmamos innumerables fragmentos durante varias noches: yo corriendo de un piso a otro con una pesada arma similar a una ametralladora, una y otra vez, en planos cortos que en ese momento me parecían inconexos. Pero cuando vi la película terminada, quedé boquiabierto. El ritmo vertiginoso de toda aquella secuencia, sumado a una edición magistral, la música y los efectos de sonido, dio como resultado una escena extraordinaria. Recuerdo cómo el público en la sala aplaudía emocionado cuando el asesino caía abatido en cámara lenta, tras un disparo por la espalda del Director de la policía.

 

Todos estos detalles técnicos importan para entender lo que vino después. Cuando por fin regresé al set, el abrazo cálido y solidario de los técnicos me reconfortó. Todo iba más o menos en orden hasta que la maquilladora se me acercó, me miró fijamente y exclamó: - ¡Jairo, por Dios! ¡Cómo estás de demacrado! No pareces el mismo de siempre. Tuve que confesarle lo evidente: había perdido ocho kilos en cuestión de días. Comer se había vuelto un suplicio, aunque yo frente al espejo no me notaba tan cambiado. De inmediato, ella mandó a buscar a la script para revisar las instantáneas que se toman al final de cada escena - en aquel tiempo, fotos Polaroid - para mantener la continuidad exacta del vestuario, la barba, el peinado, etc. . Al comparar aquellas fotos con mi rostro reflejado en el espejo, el contraste era muy grande.

 

La pobre mujer pasó cerca de dos horas intentando maquillarme, disimulando con sombras la delgadez extrema de mis mejillas. Todo era incómodo, trabajando a pie de calle dentro de un tráiler. La solución final fue tan insólita como desesperada: rellenarme los cachetes con algodón. Menos mal que esa secuencia no requería parlamentos, ya que solo me tocaba perseguir al protagonista. Como el departamento de vestuario guardaba varias camisas que usaba mi personaje, me enfundaron varias franelas y camisas una sobre otra; afortunadamente, la chaqueta de detective ayudó a disimular el volumen. El calor era insoportable, y la molestia en la boca, también. Así pasaron varios días en los que yo trataba de comer sin ganas, solo por el compromiso sagrado con la película. Al ver el resultado final en la pantalla grande, me quedé atónito: en un plano estoy normal, en el siguiente más delgado, un vaivén invisible para el espectador común, pero evidente para mi.

 

Había otra escena pendiente de alto riesgo: el asesino huía hacia la azotea y yo debía neutralizarlo trepando por una estructura muy peligrosa desde el edificio de al lado para disparar desde allí. El director tenía todo calculado, pero la postura en la que quería que me acostara para efectuar el disparo era verdaderamente extrema. En circunstancias normales probablemente no me habría atrevido, pero en aquel momento de profundo desamparo, la vida me importaba poco. Tomaron todas las precauciones, me amarraron con arneses de seguridad y los bomberos estaban en alerta. La escena salió perfecta en una sola toma; al disparar, la culata me empujó con tanta fuerza hacia atrás que, de no haber estado sujeto, habría caído al vacío. Todo ese esfuerzo extremo, visto en pantalla, cobró una intensidad sobrecogedora.

 

Paralelamente a esta filmación, yo ensayaba dos obras de teatro. La primera era LA PASIÓN LORQUIANA, donde interpretaba a Federico García Lorca joven. Los textos y poemas eran de una belleza sublime; aunque complejos de interpretar, estaban cargados de una fuerza visceral. A mi mamá le encantaba que se los leyera en la casa, y yo aprovechaba esos momentos para repasar el libreto y memorizarlos junto a ella.

 

Cuando ocurrió la tragedia, pensé que jamás podría hacer esa obra. Había un verso en particular que decía: “Y si me pongo a pensar en ella… la dibujo, la hago moverse blanca… ¡y VIVA!”. Por supuesto, cada vez que pronunciaba esas palabras y levantaba la mano para trazar su silueta en el aire, estaba dibujando a mi madre.

 

Una tarde, en un ensayo cercano al estreno, llegó esa escena. Me tocaba interpretarla frente a un actor que encarnaba al maestro y consejero de Lorca. Estábamos cara a cara, tal como exigía la puesta en escena. Al levantar el brazo para dibujarla en el vacío, rompí a llorar de manera incontrolable. La directora detuvo el ensayo y todos los compañeros del elenco - cerca de cuarenta personas - comenzaron a llorar conmigo. Yo intentaba retomar el hilo, pero la voz se me quebraba por completo. -Déjame intentarlo - le rogué a la directora, que insistía en suspender el ensayo -. Tengo que lograrlo ahora; si no, no podré hacerlo durante las funciones.

 

Y así, una y otra vez, volvía a empezar. Fallaba, respiraba hondo y lo intentaba de nuevo, hasta que las palabras comenzaron a fluir sobre las lágrimas. Al final de la escena, la sala estalló en aplausos, aunque el ensayo se dio por concluido.

 

Durante las funciones de la temporada, ese instante era indescriptible. La tristeza y el eco de su memoria me acompañaban hasta el final de la noche. En cada función las lágrimas brotaban solas, la voz se me atragantaba; aquella escena no respondía a lo que debía ser, pero el público me seguía con una devoción inusitada. Cada frase, cada silencio compartido creaba un puente invisible, y yo podía ver cómo los ojos de los espectadores en primera fila también se anegaban de lágrimas. Siempre sentí que cada función era un réquiem a mi madre, un homenaje vivo a su ausencia y a su profundo amor por esos textos.

 

El cierre de aquel montaje era inolvidable: Lorca vestido de blanco, bailaba un vals con un maniquí que simbolizaba a las mujeres que nunca tendría, a la imposibilidad de ser padre debido a su condición. Durante la danza, una gran tela blanca los envolvía junto a los demás personajes que habían aparecido a lo largo de la obra, hasta que un bailarín, tras un taconeo seco y elegante, abría los brazos mientras una ráfaga de disparos imaginarios fusilaba al poeta.

 

Trabajar simultáneamente en EL BARBERO DE SEVILLA representó otro abismo. Tenía a mi cargo un personaje que en el argot teatral se describe como “servido”, porque es de los más divertidos de la pieza, permitiéndome jugar con la comicidad y dotar a Don Bazilio de esa gracia y perversidad propia del maestro de música. Pero, ¡qué difícil resulta hacer reír cuando por dentro el alma está hecha cenizas!

 

Las dificultades se apilaban unas sobre otras, y en este montaje me ocurrió algo insólito que afortunadamente logré superar: ¡no podía memorizar! Mi mente parecía bloqueada, como si un mecanismo interno se hubiera negado a retener información nueva a consecuencia del dolor. Afortunadamente era un papel breve, con un extenso y memorable monólogo, famoso en si mismo, con múltiples entradas y salidas que me permitían repasar el libreto en bambalinas. Para alguien como yo, acostumbrado a memorizar la letra desde las primeras lecturas de mesa, aquello era desesperante. Mi personaje llevaba unas grandes carpetas con partituras; pues bien, tanto en las partituras, como en las carpetas, sobre la enorme mesa de la escena e incluso en el interior de los guantes negros que usaba, escondí pequeños papeles con frases clave que me servirían de salvavidas en caso de quedar en blanco. Gracias a ese invento de emergencia nunca fallé, aunque confieso que es la primera vez que no pude disfrutar plenamente de los entre telones de una producción.

 

La noche del estreno significó un triunfo íntimo que nadie sospechaba. La obra se estrenó en el Teatro Las Palmas; los lectores de mi libro recordarán que fue allí donde comenzó mi destino, el lugar exacto donde un día decreté que actuaría y tendría al público de pie aplaudiéndome. Y tal como lo soñé, sucedió. Al salir a saludar, el público entero se levantó de sus asientos. Del patio de butacas comenzaron a llover claveles y rosas rojas - enviados con cariño por mis compañeros de La Pasión Lorquiana - mientras los gritos de “¡Bravo!” resonaban en la sala. Con un papel breve había logrado destacar dentro de un elenco estelar. Al quitarme la peluca frente al público, el intenso maquillaje ocultó mis ojos anegados en lágrimas. Había alcanzado el sueño que tanto anhelaba compartirlo con mi mamá, pero ella ya no estaba físicamente a mi lado para celebrarlo. La obra fue un éxito rotundo y, para mí, un desafío superado noche tras noche.

 

Apenas terminó aquella temporada, comenzó el rodaje de ANA, PASIÓN DE DOS MUNDOS, una coproducción realizada entre España, Venezuela y Colombia. La mayor parte de los escenarios se levantaron en un set construido en Calabozo, mientras que los interiores del prostíbulo donde transcurre la trama se filmaron en los Estudios de Cine de la Universidad Simón Bolívar, en Sartenejas, muy cerca de Caracas.

 

Una de las secuencias más delicadas era la muerte de “Charo”, la madame del burdel, interpretada magistralmente por la primera actriz Doris Wells. Mi personaje, el fiel sirviente y campesino Felipe, debía permanecer al lado de la cama, y el director marcó que fuera yo,  quien le cerrara los ojos en el momento del trágico deceso. Estaba muy nervioso. Doris acababa de enviudar recientemente en la vida real. Durante el ensayo general, al ver a Doris “morir” sobre el lecho, los recuerdos me atropellaron y no pude contener el llanto. Nadie entendía nada en el set. Doris se incorporó de inmediato, me abrazó con una fuerza inmensa y me dijo al oído: - Ya, Jairo, tranquilo… ya pasó.

 

Supongo que el director y los productores ya sabían lo de la muerte de mi mamá, y Doris también, a juzgar por su reacción tan noble y empática. Al haber presenciado la muerte de su propio esposo, Doris reprodujo con absoluta fidelidad lo que sucede en la realidad, alejándose de los clichés melodramáticos que las telenovelas suelen inventar. Aquel momento era idéntico; para colmo de coincidencias, mi mamá y Doris compartían el mismo tono de piel y el cabello rubio. Conmovido por la situación, el director modificó la puesta en escena: yo permanecería a un lado de la cama, y fue Fabián - el protagonista de la película- quien finalmente se encargó de cerrarle los ojos a “Charo”


Afortunadamente, el ritmo vertiginoso del rodaje, las exigencias de la producción y el estar temporalmente lejos de mi casa me ayudaron a enfocar la mente en el día a día, manteniendo a raya los recuerdos que por momentos amenazaban con devorarme.

 

Y así, entre bambalinas, silencios y aplausos, se tejen muchas pequeñas historias que acompañan a las grandes anécdotas que hoy comparto, escribo y atesoro. Quise abrir esta ventana y mostrarles estos detalles porque, como advertí al principio, la carrera de un actor es una eterna e impredecible montaña rusa de emociones; pero, sobre todo, porque el dolor y la tristeza también forman parte indisoluble de la vida.

 

Y así pasó…

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com 

 

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 ¡QUE LO DISFRUTES!

 


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