Las actividades en el Museo del Teclado eran un torbellino de creatividad. Entre los proyectos de la Ópera de Caracas y los de la Dirección de Música, casi no se notaba la diferencia; éramos un solo equipo donde todos colaborábamos con todos. Al menos para nosotros, esa distinción no existía.
Además de escribir poesías y convertir la oficina en un "Kinder" (como ya les he contado), también sabíamos trabajar —¡y mucho!—. Uno de esos retos monumentales fue el homenaje a una mujer extraordinaria, ejemplo para generaciones y maestra de muchos cantantes: la soprano FEDORA ALEMÁN. Estábamos absolutamente emocionados de formar parte de este proyecto.
Fedora, caraqueña de nacimiento, fue la primera venezolana en conquistar el mercado internacional con su canto lírico. Fue una pionera que rompió esquemas, pero lo que más nos cautivaba era su espíritu: siempre sonriente, alegre y con una belleza inigualable que conservó intacta a través de los años. Era un privilegio absoluto sumergirse en su mundo para intentar que sus objetos más preciados estuvieran representados en su exposición homenaje.
Pero para montar una muestra así, había que empezar por el principio: su casa. Ella con su especial carácter y dispuesta a ayudar nos dice: - Si quieren pueden ir a mi casa y registrar a ver qué les conviene llevarse- Estabamos sorprendidos de tanta generosidad y camaradería. Y así lo hicimos, fuimos a buscar y buscar entre las décadas de historia que ella, afortunadamente, había guardado. Entrar en la intimidad de su hogar era algo que nos daba mucho respeto, casi timidez, pero ella nos facilitaba todo con su dulzura:
— Ustedes llévense lo que necesiten; solo pregúntenme si encuentran algo y no saben qué es o a qué pertenece.
Encontramos carpetas, sobres, cajas y cajitas llenas de recortes de prensa de todo el mundo, fotografías familiares y escritos personales. Partituras dedicadas a ella por grandes compositores, vestuarios que había utilizado, premios, medallas, condecoraciones y muchas cosas más que contaban la historia de esta genial e importante artista. Salimos de allí con un verdadero arsenal por lo que decidimos mudar todo ese material a la oficina para analizarlo y ordenarlo con calma, permitiéndole a ella mantener su espacio y su tiempo.
Al llegar al Museo con aquel cargamento de cajas y maletas, el primer reto fue: ¿dónde exhibimos los trajes? Armando, siempre resolutivo, se fue a los depósitos de la famosa tienda Selemar. Allí consiguió un tesoro: un montón de maniquíes que hoy llamaríamos "vintage". Parecían sacados de los años cincuenta; eran verdaderas reliquias con mecanismos internos para ajustar las medidas de busto, cadera, cintura,tallas e incluso la altura. ¡Algo totalmente novedoso para nosotros!
Junto a estos, usamos otros más modernos y, al terminar la exposición, el dueño de la tienda quedó tan encantado con la Exposición, que se los regaló a Armando. Por su parte, Fundarte nos prestó las famosas "bateas": unas vitrinas tipo mesitas, perfectas para proteger con vidrio desde un documento hasta una joya siempre bajo llave, evitando que algún "admirador despistado” se llevara un recuerdo.
Parte del homenaje, era la producción de un Disco LP patrocinado por Fundarte con piezas memorables de su repertorio. Fue un honor ver que incluían las Bachianas Brasileñas, pues el mismísimo Heitor Villa-Lobos llegó a decir: "Fedora Alemán es la mejor intérprete de este trabajo".
Para la carátula del disco, hicimos una sesión de fotos y, como ya era tradición, la responsabilidad del maquillaje recayó sobre mí. Fedora tenía una piel de porcelana a pesar de los años y unos ojos tan expresivos que facilitaban enormemente mi labor. Nos divertimos muchísimo; ella, siempre coqueta y llena de simpatía, nos guiaba entre poses:
— Muchachos, ¡lo importante es el cuello!, decía entre risas y emrojecida, asegurándose de salir impecable. ¡lo importante es el cuello!
Un día estábamos reunidos en el museo Ana Cecilia, Nelly, Armando, Corina (la artífice de los detalles creativos más increíbles en este y otros trabajos) y yo, cuando de repente llegó Fedora para ver cómo iba el montaje. Mientras ojeaba los papeles que estábamos clasificando, Ana Cecilia —quien tenía más confianza por ser Fedora la suegra de su hermana Beatriz— le preguntó:
— Fedora, estamos viendo muchos poemas de admiradores de todo el mundo, pero nos llamó la atención este con un título tan raro...
De inmediato, Fedora se sonrojó y comenzó a reír. Todos nos quedamos intrigados. — ¿Cómo se llama el poema?, preguntó Armando. Nelly contestó: — "Las T de FA".
Nuestra diva soltó una risa pícara y muy ruborizada nos preguntó: —¿No entienden?. Y señalándose el busto con total elegancia, remató: — ¡Las T de Fedora Alemán! Es un poema muy bonito.
La carcajada fue general. Fue un momento mágico. Efectivamente, ella siempre había destacado por su porte y ese detalle de su anatomía que la hacía tan llamativa y elegante. Por supuesto, pusimos el poema en una de las vitrinas y pasamos semanas vigilando, entre risas, si el público descubría el secreto del título. Era, en verdad, una poesía sutil y muy respetuosa.
La exposición fue un éxito rotundo. Todo —la iluminación, los afiches que parecían flotar en el aire, los vestuarios— estaba a la altura de su trayectoria. Fedora se tomó el tiempo de agradecernos individualmente con esa calidez que solo tienen los grandes. Éramos, sin duda, un gran equipo.
Lo que nunca imaginamos en aquel entonces fue que, años más tarde, cuando la Ópera ya había desaparecido y cada uno de nosotros había tomado rumbos distintos, el destino cerraría el círculo: Fedora Alemán regresaría al Museo pero esta vez como Directora de Música y del Museo del Teclado.
Y así pasó.
Jairo Carthy
