Les prometí contarles el dramático episodio que se vivió durante una de las funciones de "El elixir de amor" de Donizetti. Por razones profundamente personales y obvias, el nombre de la protagonista permanecerá en el anonimato. Pronto comprenderán el por qué de esta reserva.
El montaje en el Teatro Nacional de Caracas fue una producción especial de tres funciones. El rol protagónico de Adina se repartió entre tres sopranos distintas, una para cada noche. Para el personaje del tenor, tuvimos el honor de contar en dos funciones con el famosísimo Maestro Luigi Alva, invitado estelar, mientras que una función recayó en el talento de nuestro tenor venezolano, Eduardo Calcaño.
Como era tradición en la Ópera de Caracas, el elenco, a excepción del Maestro Alva, fue el resultado de rigurosas audiciones. Este montaje en particular brilló bajo la dirección escénica del maestro José Ignacio Cabrujas y la dirección musical del maestro Carlos Riazuelo.
Al ser una ópera bufa, ambientada en la época actual y rebosante de color y alegría, esta producción prometía momentos inolvidables y divertidos, como aquella famosa anécdota de la franela de Superman. Mi labor en la producción era doble: además de mis responsabilidades habituales, me encargaba del maquillaje de los protagonistas, una destreza que adquirí en mi carrera como actor. Me apasionaba la capacidad de embellecer, transformar y dar nueva vida a cada cantante o actor a través del maquillaje.
En la segunda función, Adina fue interpretada por una soprano de una dulzura inusual. Su cabello corto, por arte de la magia del postizo, se convirtió en una hermosa cabellera que complementaba su aura. Poseía una voz preciosa y un talento innegable, que la había hecho triunfar en la audición. Aunque no era una muchacha, sino una mujer de unos 32 años, su carisma la hacía perfecta para la Adina de Cabrujas.
El día del estreno de su función, la emoción era palpable. El éxito de la noche anterior había sido glorioso, y las entradas para esta y la última función estaban agotadas. El compromiso con la excelencia artística se sentía en el ambiente.
El primer acto transcurrió en perfecta armonía. Las risas y los aplausos del público atestiguaban el buen ritmo. Llegó el intermedio, de tan solo quince minutos para una transformación frenética: convertir a Adina en la anfitriona bellísima de una gran fiesta popular. El camerino se convirtió en un torbellino. María de las Casas, nuestra extraordinaria diseñadora de vestuario, se encargaba del traje y el peinado, mientras yo esperaba mi turno para los retoques de maquillaje.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Apareció una figura casi espectral, como sacada de una película de terror de época. Una mujer de tez morena, con una peluca rubia ceniza y un traje ridículamente ajustado, dos tallas menos, rematado con un tapado de piel y ¡guantes! Era una aparición verdaderamente inoportuna. Con una furia contenida, se abalanzó sobre Adina y le gritó, casi al oído:
-¿Y, entonces? ¡¿Qué te pasa?! ¿Por qué estás cantando así? ¿Dónde están esos agudos maravillosos que te he enseñado? ¡Estás haciendo el ridículo, una mujer profesional como tú!
María y yo nos miramos, pasmados por la violencia de la escena. Al ver el rostro roto de nuestra soprano, María reaccionó inmediatamente: - Lo siento, señora, pero aquí no puede estar. Le ruego que salga del camerino. La mujer, fuera de sí, gritó: - ¡Yo soy su maestra de canto! ¡Vine para que reaccione, ella puede cantar mucho mejor!.
Las lágrimas de Adina brotaban sin control. Entre sollozos entrecortados, apenas pudo musitar: - Discúlpeme, Maestra... estoy muy nerviosa... es la primera vez que hago esto... de verdad lo siento...
Me sumé a la defensa de María: - Señora, usted podrá ser su maestra, su madre o su abuela, pero está prohibido que esté aquí. No sé cómo ha llegado. Llamaré a los vigilantes para que la saquen.
-¡A mí no me saca nadie!, bramó la mujer. - Ya me voy, pero voy a estar pendiente a ver si a partir de ahora sacas ese papel. ¡Quiero oír esos agudos, quiero volumen, pasión, todo lo que te enseñé!.
María de las Casas, una mujer de carácter implacable, respetada por su trayectoria, talento e incluso por haber sido Miss Venezuela, tomó a la intrusa del brazo y la empujó hacia la salida. - ¡Fuera de aquí! No venga a hacer daño con sus comentarios malsanos.
Al fin, la pesadilla se fue. Adina lloraba con una impotencia desoladora. - No le hagas caso a esa mujer, la consolaba María. - Lo estás haciendo excelente, ¿verdad, Jairo?. --¡Claro que sí, es la verdad, y estás preciosa!, confirmé. - Ahora, por favor, cálmate y deja de llorar, porque así no puedo maquillarte.
Salí corriendo en busca de Isabel Palacios. Como músico y cantante, ella podría brindarle el apoyo emocional que yo, solo con palabras de ánimo, no podía darle. Le conté la tragedia mientras volvíamos corriendo al camerino. Isabel abrazó a Adina y le dijo con firmeza: - No le hagas caso a esa mujer, que no es ni maestra ni nada. Estás cantando precioso. Y esos agudos que ella te pide ni siquiera están en la partitura. Estás cantando exactamente como debe ser.
La logró tranquilizar. Pude, entonces, comenzar la difícil tarea de disimular sus ojos congestionados, mientras María le ajustaba un tocado. A pesar del retraso, Adina quedó bellísima. Salimos al segundo acto, donde ella y el tenor encabezaban la escena.
Desde el público, yo la observaba con el corazón encogido. Se notaba su tensión, pero afortunadamente, todo iba fluyendo. Las risas y los aplausos volvieron, y la ópera se acercaba a su final. Donizetti creó un dueto sublime en la culminación, un momento para el lucimiento absoluto de la soprano y el tenor.
De repente, Adina comenzó a cantar su parte del dueto ¡tres tonos por encima de lo indicado! La partitura pide un crescendo emotivo y cada vez más agudo, pero ella ya lo llevaba al límite. Al intentar forzar su voz a tales alturas, perdió el control, se quedó sin aire, y en un instante de dolorosa vulnerabilidad, se detuvo. Se hizo el silencio.
Carlos Riazuelo, el director, paró la orquesta. El silencio se volvió aterrador. El rostro de Adina era la imagen de la desesperación, sus ojos implorando perdón al público, a los palcos, a los balcones. La confusión del tenor era inmensa. Él le tomó las manos.
En ese silencio que lo abarcaba todo, se escuchó la voz de Riazuelo. Una voz dulce, tierna, amable y serena:
-¡Vamos, tú puedes! Tranquila. Yo sé que lo puedes hacer. Has cantado como nunca, y ahora terminemos como solo tú sabes, como lo hicimos en los ensayos.
La soprano asintió con la cabeza, el tenor la abrazó. Riazuelo dio la indicación a la orquesta, marcando el tono para evitar otro descontrol. Retomaron el dueto. Cuando llegó el hermoso agudo final, que Donizetti pide con dulzura, nitidez y volumen, Adina lo dio. Fue perfecto.
Al terminar, la reacción fue indescriptible. Una ovación increíble. La gente se puso de pie, aplaudía y gritaba "¡Bravo!". Adina, con una venia, agradeció la solidaridad y el apoyo de su público. Muchas personas lloraban, incluyéndome. Era imposible no emocionarse tras presenciar un acto tan profundo de apoyo humano y fragilidad.
Nadie nunca más volvió a saber de esta cantante. Cuando fuimos al camerino ya no estaba. Solo estaba el traje y su partitura. No regresó nunca más a un escenario. Desapareció... como si se la hubiera tragado la tierra. No pudo superar lo que vivió esa noche.
Y es una lástima inmensa, porque estoy seguro de que habría tenido una carrera brillante. Por la dignidad de su recuerdo y por la pena de su adiós silencioso, es que prefiero, aún hoy, omitir su nombre.
Y así pasó...
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com

