AQUEL VIEJO ATENEO DE CARACAS por Jairo Carthy / Caracas, 29 de marzo de 2026


La Casa Ramia no era solo una edificación; era el alma de la cultura venezolana. Durante años, esa majestuosa mansión de estilo neocolonial, con sus dos niveles custodiados por jardines, árboles centenarios y flores que parecían bendecidas por el clima del Parque Los Caobos, albergó al Ateneo de Caracas

 

Estaba enclavada en el corazón latente del saber, en la Plaza Morelos, allí donde convivía con el Museo de Bellas Artes, el Museo de Ciencias Naturales y, más tarde, la Galería de Arte Nacional.

En el viejo Ateneo, el arte se respiraba. No era una metáfora; el aire pesaba distinto, cargado de creatividad. Fue el epicentro de la vanguardia. Mientras en las plantas altas la Sra. María Teresa Castillo dirigía, en los salones cercanos a ella se escuchaba el rítmico golpe del ballet y la danza. En la planta baja, las paredes servían de lienzo para jóvenes artistas plásticos que, bajo ese techo protector, daban sus primeros pasos hacia la profesionalización. Muchos de los grandes maestros que hoy admiramos se forjaron allí, entre esas columnas blancas, sus pisos de madera y pasillos llenos de luz.

 

Al costado izquierdo de la casa, un sendero entre el jardín te conducía a un lugar sagrado: la cafetería del Ateneo. Era un territorio sin jerarquías. En una misma mesa podías encontrar a Salvador Garmendia o Adriano González León desmenuzando la realidad junto a teatreros y pintores. Los ilustres de la "República del Este" hacían allí su parada obligatoria, una suerte de ritual bohemio antes de perderse en los bares de Sabana Grande. Entre el humo denso de los cigarrillos y el aroma a café recién colado, se planificaron las temporadas más brillantes, las giras más ambiciosas y los sueños más locos de nuestra escena.

 

Esa cafetería servía de puente hacia el futuro: conectaba con el Teatro del Ateneo de Caracas, de arquitectura moderna. Por ese recinto desfilaron las leyendas del teatro, los directores que cambiaron el lenguaje escénico y las compañías internacionales que nos traían el mundo a casa.

A esa casa maravillosa llegó un día un joven. Caminó por la vereda del cafetín, observó el lobby del teatro y, en un instante, sintió que ese ambiente era el suyo. Que las tablas lo estaban esperando. Ese joven, por supuesto, era yo.

 

Varios montajes durante mis años de formación vi en ese Teatro, y el ser alumno de Horacio Peterson quien acababa de dejar la dirección artística del Ateneo, era casi imposible que el no hiciera referencia en las clases a muchas puestas en escena que  había dirigido, comentaba de muchos actores y actrices que lo habían acompañado y que eran grandes amigos y colaboradores y mencionaba con veneración a Anna Julia Rojas, esa mecenas inagotable cuyo nombre hoy honra nuestra memoria teatral.

 

Cuando yo asistía como espectador a esa sala que hoy llamaríamos minimalista, de paredes de cemento gris y un imponente telón color mostaza, cerraba los ojos y me proyectaba allí arriba. Soñaba con ser parte de esa historia que se filtraba por los poros de las paredes.

 

Tras casi tres años de disciplina en la Escuela de Teatro, el destino se vistió de gala. Mi debut ocurriría en el teatro que tanto añoré. Pero el regalo venía con un tinte de tragedia: mi maestro, Horacio, sería el encargado de dirigir la última obra que subiría a escena. El teatro iba a ser demolido.

 

Nada de lo que había vivido antes - exposiciones, cócteles o paseos por Los Caobos- se comparaba con la electricidad de entrar al teatro sabiendo que esta vez era mi turno. El escenario tenía una visión panorámica perfecta; era un espacio donde el susurro más leve llegaba hasta la última fila, pues la acústica era perfecta. 

 

Recuerdo el primer ensayo en el teatro. Fue aterrador. Nada cuadraba: ni los pasos, ni las distancias, ni la voz. Yo, acostumbrado a proyectar con fuerza, recibí una lección eterna de Horacio: - No, Jairo. En esta sala no hay que impostar. La acústica es tan cálida que la voz fluye sola; solo habla, que tus compañeros y el público  entenderán cada palabra. Tenía razón.

 

Llegó la noche del estreno. Estábamos en los camerinos - cuatro pisos de ellos, donde el numeroso elenco de Vivir como cerdos se movía entre nervios y maquillaje-. Tras el ritual de desearnos "mucha mierda", ocupé mi posición. Yo abría la obra. Ya estaba en escena cuando comenzaba y era el primero en hablar.

 

Todo se veía distinto en la penumbra. El corazón me martilleaba el pecho. De pronto, me di cuenta de algo: el telón estaba abajo. Siempre habíamos ensayado con el telón arriba. Todo se sentía diferente. No veía nada. Escuché el primer timbre... el segundo... el tercero. Un silencio sepulcral inundó la sala mientras las luces bajaban.

 

Y entonces, ocurrió el milagro. Fue un acorde perfecto de sensaciones: el sonido metálico y elegante de las cuerdas y las poleas del telón subiendo, el aire acondicionado que se desparramaba de inmediato como una ola gélida sobre el escenario y cientos de ojos observándome en la oscuridad. Las luces se encendieron. Era mi señal. Es tu momento, Jairo. Dale, carajito... esto es lo que tú quieres, me dije. Y empecé mis parlamentos y, a los pocos minutos, el pánico se transformó en flujo, en vida.

 

Ese susto, ese respeto sagrado por la escena, me acompañó toda mi carrera. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas para ustedes, me pongo nervioso recordando. Es una emoción que no caduca.

 

Esta debería ser la historia del viejo Ateneo, pero es imposible separarla de mi piel. Allí fui actor, diseñador de escenografía y publicista de nuestra obra. Durante los últimos días, vimos con dolor cómo desarmaban el tesoro: las telas, los reflectores, las maderas... incluso la cafetería de las mil anécdotas estaba sentenciada.

 

Generalmente, la última función siempre es tan emotiva y tiene tanto nervio como el estreno, pero en esta oportunidad era imposible contener las lágrimas entre los aplausos finales y el telón que subía y bajaba constantemente para que los aplausos no murieran, en ese aspecto Horacio era todo un maestro, eran los últimos aplausos que se escucharían, el último público… el final. Y al día siguiente... lo demolieron.

 

Solo quedó en pie entre los escombros una pared solitaria que tenía pintado el aviso de nuestra obra. Han pasado los años y la pregunta sigue doliendo: ¿Por qué? Entiendo la necesidad de espacio, pero ¿por qué destruir una sala con una acústica perfecta para construir una nueva que, hasta hoy, sufre de zonas sordas y fallas técnicas que ni los mejores especialistas han podido corregir? Pasé cinco años viendo el terreno baldío, viendo cómo los escombros sustituían a la cultura sin que se moviera una sola piedra para la nueva construcción. Fue un sacrificio innecesario.

 

Sin embargo, hay algo que las máquinas no pudieron tocar. Los que tuvimos la dicha de vivir, conocer y trabajar en ese teatro y en esa casa maravillosa e imponente del Ateneo de Caracas, y quien se tomó un café o una cerveza en el Cafetín con tanta gente importante, guardamos un recuerdo maravilloso… eso afortunadamente no lo pueden demoler.

Y así pasó...

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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MI TIEMPO CON JOSÉ IGNACIO CABRUJAS ... por Jairo Carthy / Caracas, 22 de Marzo de 2026

 


Las nuevas generaciones no lo conocieron y tal vez no saben quién fue él, o quizás si… pero cuando un hombre deja un legado de dimensiones tan grandes, su nombre se convierte en el norte de todas las disciplinas. Hablar de teatro, de cine o de literatura es, inevitablemente, terminar pronunciando su nombre. Fue el actor que prestó su talento, el director que dibujó mundos, el dramaturgo que nos diseccionó como sociedad, el docente generoso que entregó su saber, y ese melómano apasionado que transformó la ópera en una experiencia mística. ¿Quién reúne todas estas cualidades?  Solo él: JOSE IGNACIO CABRUJAS, el hombre de la voz gruesa y cautivante de muchos comerciales y locuciones para la televisión.  

 

Mis recuerdos son como una película que se proyecta con nitidez. Lo veo siendo el Eloy de “La Revolución” de Chocrón, o el Torbaldo en “Casa de Muñecas” de Ibsen. Pero, por encima de todo su interpretación de Pío Miranda en su propia obra, “El día que me quieras”, fueron trabajos como actor que quedan en mi mente y que en mi proceso de formación disfruté, aprendí y valoré por haber tenido la oportunidad de disfrutar.  Pío Miranda, aquel patético soñador, atrapado entre la utopía y la desolación, fue un regalo del azar el verlo a él haciendo el papel: porque fue escrito para Fausto Verdial, pero por problemas de salud, obligó a José Ignacio a saltar a las tablas para no detener el estreno de la temporada. Verlo allí fue una lección de vida; luego Fausto retomaría el papel con igual maestría, pero haber presenciado a Cabrujas habitando su propia criatura fue todo un privilegio.

 

Tenía la capacidad casi divina de escribir para sus actores, conociendo de antemano sus silencios, sus alcances y sus límites. Escribía para sus "favoritos", para esos rostros de eterna confianza que él sabía que no iban a representar un papel, sino a encarnar una verdad.

 

Recuerdo claramente aquel ensayo general de una de las Galas de Ópera que compartimos.  Se me acercó y, con esa naturalidad, me soltó una promesa que me hizo temblar: - Voy a escribir una obra para ti. Me dijo que sería sobre un escritor de telenovelas y junto a la maravillosa Irma Palmieri destacada comediante de la televisión haría pareja. En ese instante, sentí que el Rey Midas me había tocado el hombro. Para un actor, que Cabrujas te soñara en un personaje era convertirte, de golpe, en una pieza de oro reluciente.

 

La televisión, con su voracidad insaciable, empezó a devorar sus horas. Ese "monstruo" donde todo es para ayer, donde la inmediatez castiga la pausa, le robó espacio al teatro, pero nos devolvió al analista lúcido. Todos esperábamos con ansiedad su columna semanal; “El país según Cabrujas” no era periodismo, era una brújula moral. En sus letras, Venezuela se miraba al espejo, con sus miserias y sus esperanzas. Y los sábados... ah, los sábados eran de la ópera. En su casa, rodeado de miles de discos, literalmente cientos de docenas que eran su tesoro más preciado, se daban cita los amigos "operáticos" para descubrir las grabaciones más recientes del bel canto.

 

Fue en ese refugio de arias y libretos donde mi relación con él trascendió la admiración profesional para convertirse en una amistad. Mientras todos le decían "Maestro", para mí siempre fue José Ignacio. Con el respeto que da el cariño, lo tuteé siempre. Compartí su día a día, trabajando con su esposa, Isabel Palacios, en la Camerata de Caracas. Durante años, su casa fue mi oficina. Allí conocí al Cabrujas íntimo, al que pocos tuvieron acceso; el hombre detrás de la leyenda.

 

Juntos vivimos el desarrollo de la Fundación Ópera de Caracas. Al lado de Isabel, Carlos Riazuelo y Hans Neumann, José Ignacio se empeñó en demostrar que el talento venezolano podía sostener los roles protagónicos que las compañías extranjeras les negaban. Recuerdo su puesta en escena de Don Juan de Mozart como algo apoteósico: el escenario, en una metamorfosis casi imperceptible, se convertía en un altar de una iglesia, inmenso donde los personajes se transformaban en santos. Fue una era de oro de cinco años que, dolorosamente, el Estado venezolano decidió apagar al quitarle el subsidio. Un silencio repentino que nos dolió a todos.

 

Pero ese cierre abrió para mí la puerta a la cotidianidad del genio. Descubrí su pasión por la cocina: - Jairo, cocinar es lo que me gusta más, más que escribir, más que dirigir, me confesó un día entre olores a especias y sofritos. Verlo cocinar era ver un ritual de perfección. Era un chef riguroso, un alquimista que solo aceptaba ingredientes de primera calidad. Las pastas eran su especialidad. Era todo un ritual sentarse a comer lo que había preparado y degustar esa sazón única que tenía.

 

Yo colaboraba con él en muchas cosas, estaba muy pendiente de enviar su columna para que estuviera a tiempo en el periódico, A veces recibía amigos en el salón de la casa y junto a Boris Izaguirre y Perla Farías quienes trabajaban con él en algunas telenovelas comenzaba a echar cuentos y anécdotas, yo sabía que iba improvisando la historia en el momento, ya había oído otras versiones, pero igual eran increíbles, uno le creía todo a pesar de que a veces eran difíciles de creer.  Me ocupaba de ayudarlo en muchas cosas, a pesar de su genialidad a veces era torpe para ciertas cosas.  Su luna de miel con Isabel la dejó en mis manos;  planifiqué todo para que fuera un viaje inolvidable desde que salieran de la recepción de la boda. Y así fue, yo estuve muy satisfecho por el resultado.

 

Mientras esperaba que escribiera la obra que me había prometido, me pidió que trabajara en un montaje que iba a hacer en el Ateneo de Caracas, era una obra de Ibsen Martínez titulada “Fiero Amor”  la cual tendría de protagonista al primer actor Gustavo Rodríguez interpretando al Presidente Rómulo Betancort.  Yo tendría el rol de Pío Miranda, el mismo de su obra “El día que me quieras” era un verdadero honor para mí.  Lamentablemente, la experiencia no fue buena, para nada, muchas cosas ocurrieron en el desarrollo de ese montaje, y no guardo buenos recuerdos de esta obra.  Afortunadamente, entre José Ignacio y yo todas las asperezas se limaron y seguimos siendo los amigos que hasta ese momento habíamos sido. Amistad blindada por el respeto mutuo.

 

Luego vino la mudanza de la Camerata, su nueva oficina, y ese distanciamiento natural que imponen los nuevos espacios. Y de pronto, lo que nadie podía prever. Su muerte inesperada... Se fue en su mejor momento, cuando el mundo entero reclamaba su pluma. Dejó proyectos a medio camino, historias sin final y un vacío que, décadas después, todavía se siente frío.

 

Se fue el escritor, el dramaturgo, el director... pero sobre todo se fue el amigo.   Fue un artista total, una llamarada de inteligencia que iluminó nuestra identidad. Hoy, al mirar atrás, solo puedo dar gracias. Qué bueno que estuve ahí. Qué bueno que pude conocerlo, disfrutarlo y aprender de él.

 

Y así pasó.

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

PD. Si quieres conocer los detalles de “Fiero Amor” en mi libro “Cómo soportar la vida con humor. Confesiones de un actor” los encuentras. 

 

 

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Tres poemas del poemario ABRAZO DE PALABRAS de José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis Italia, 2024, Ediciones Choroní, enero 2026

 

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Alberto Hernández, febrero de 2026: " Poemas para varios homenajes. Este es un libro de la amistad recorrida a través de los tantos nombres que estuvieron y están cerca de la sintaxis afectiva del poeta José Pulido. Este, en verdad, es un libro de abrazos con palabras, con la memoria intacta del afecto. El país cultural, el país humano, el país de la poesía, el del teatro, el del canto y la danza, el país recogido en el silencio de un monólogo dialogado, en la conversación poética de quien escribe como si estuviera hablando con el cosmos, con el mundo entero, a través de una habitual sinceridad que atraviesa el tiempo.

Libro de personajes, de nuestros personajes, de los más sensibles e íntimos afectos. Libro donde el abrazo es el sentido más visible de la creación. José Pulido, una vez más, escribe conversando con ese alguien visible e invisible que la poesía crea para hacernos más humanos, más próximos al calor de la existencia (...). Esta es una poesía celebratoria. (...)".



EL ESPÍRITU

 

No nos derrumbemos totalmente

las ascuas de la vida se ocuparán de eso

tratemos lo inmediato y lo posible

 

mira pasar vacíos desde tu ventana

como si te pertenecieran las alturas

como si tuvieras un nido en la torre de Babel

que el viento aloje tus historias

en calles y mercados donde ciertas angustias se alimentan

 

la gente no está ganada para creer que presenciaste

el momento en que un espíritu se volvió visible

pero debes contarlo una y otra vez porque así ha ocurrido

 

quitaste un cabello gris mal caído en su hombro

y de paso susurraste que parecía un cabello de mujer

entonces Borges sonrió desde la ceguera y dijo que sí

 

 

 

EL CUERPO DE MARÍA

 

Hay que tener oídos de aves indefensas que no pueden volar

sensibilidad para escuchar el sueño matriz de las cigarras

es difícil reconocer una voz surgida del más hondo existir

muy pocas profundidades del hombre están habitadas

 

Su corazón era una diana completamente iluminada

y la voz articulada desde los abismos acertó como flecha

No significa que la voz profunda superara en valor

a los oídos y el alma que desentrañaron el mensaje

 

Desde un principio él estaba falleciendo en sus manos

él estaba pereciendo como cuerpo ante el feroz amor espiritual

y eso hacía posible que ambos corazones envueltos en lo inútil

 

decidieron amarse hasta que no pareciera amor lo enamorado

y esto es lo que podría pensarse de manera muy sencilla

respecto a cómo padeció ternuras la señora María Kodama

 

 

 

MI GUITARRA DEL PLEISTOCENO

 

Cuando uno se rinde

es mejor no mirarse demasiado

para eso está la mente

para inventar ecocidios de amor

 

Mi primera guitarra no sabía tocar

y era del pleistoceno

no recuerdo la segunda

mi primera novia era la novia de un gentío

se llamaba Marilyn y su peor pesadilla

fue no saber que ambos existíamos instantáneamente

Ella: 35 años.

Yo: 16

Ella: nació y murió en verano

Yo: acumulaba trópicos

de viudo ficticio y todavía ignoraba

cómo exprimirle pasión a una guitarra

-manos torpes y cuerdas clitorianas: pleito obsceno-

¿cuál pasión? mi novia prestada se la había llevado toda

 

Mi novia era una revista que se casaba con puros viejos

uno que bateaba, otro que escribía

y ni siquiera adivinó con sus carnes rotundas de armonía

que yo tenía quince años

cuando los Beatles cantaban inútilmente

porque mi guitarra era puros boleros

y tuve necesidad de conseguir una segunda novia

que hablara español

y fuera todo: maravillosa, sagrada,

como una vecina voluptuosa: María Félix,

pero a María jamás la vi desnuda.

Marilyn era y seguirá siendo una guitarra de marfil

(Sonó cursi)

 

 



JOSÉ PULIDO: Poeta, escritor y periodista venezolano. Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y del Colegio Nacional de Periodistas de Venezuela. Vive en Génova, Italia.
2024: Premio Internacional de Excelencia "Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis" , Italia.
2022: Mención Honorífica del I Premio Internacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, México.
2000: Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía,
1989: Segundo Premio Miguel Otero Silva de Novela, Editorial Planeta, Venezuela.
Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España e Italia y su presencia es constante en el Festival Internacional de Poesía de Génova, Italia






Con cuadro de portada de de la artista plástica argentina Claudia Patricia Lopez Osornio,  fotografìa de contraportada de Gabriela Pulido Sinme  y diseño gráfico de Jairo Carthy, publicado por Ediciones Choroní, este libro del gran poeta José Pulido es imprescindible para cualquier amante de la poesía.


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Tres poemas del poemario DETALLES METAFÌSICOS de José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis Italia, 2024, Ediciones Choroní, diciembre 2025

 




 

 

 

 

 

 

HABRÁ ALGO QUÉ DECIR

 

Siempre hablarán lo mismo y creerán que es nuevo

el reino animal pululando en celo y el perfecto amor

obviamente el comienzo es un estreno para quien comienza

y eso es suficiente a la hora de aceptar los contenidos de la vida

 

Adorarán sentir que son como diamantes en sus manos

tazas, tenedores, ajos, espárragos, los dúctiles rayos de la luna

y podrán combinar amores caseros y milagros de hogar

con cálidos tormentos para los días opacos que acontecen

 

Cuando dejan correr en tácita estampida las caricias

es como la apertura emocionante de una grandiosa orquesta

y en tempo de allegro el corazón expresa su cordaje

 

Diríase de una ruta que va del corazón hacia la boca

y tiende a ser difícil por los tantos paisajes incrustados

pero al lograr el recorrido la luz entera se transforma en beso

 

 

 

SEGUNDO POEMA PARA UNA POETA AMIGA

 

Giraba en el taburete y creo que todos nos sentimos

golpeados con brusca ternura por el día

que se enquistó anímicamente en forma de carrusel

 

Se reía libremente lanzando humo desde el alma

y descubrimos en nosotros una película de vaqueros

donde varios jinetes asaltaban un tren

y eran como perros persiguiendo un conejo

 

Estaba llena de palabras, cada una pariendo la siguiente

caían como cataratas de agua bendita sobre los demonios

de quienes podíamos aceptar -hasta el fondo- su voz

 

Gira tú también, dijo empujando mi hombro más cercano

y todo para hallar el modo de juntar ideas

en un ámbito irónico creado por imágenes caídas en charcos,

en alambres de púas, en abrazos de hotel,

senos maternos derrotados en telas baratas.

Ámbito pasado por alto: rasgar una esquina

de la cajetilla y extraer el primero 

 

Estaba llena de palabras hermosas y palabras heridas

dejamos de girar para tomar pequeños tragos

el hastío de tener que envejecer mañana y tarde

el hastío de tener que enseñar mansamente lo peor

estaba llena de palabras secándose de música:

de fragmentos de amor estaba llena



RETROCEDER LA PÁGINA

 

Ya vengo dice alguien y la puerta suena

El tintinnabulum “ahuyenta espíritus” logra sumarse

a la ausencia de todo el exterior inventando

una garganta infinita de pichones

 

y más allá los vientos bajan desde las nubes como halcones

que juegan picoteando las hojas derramadas

y ascienden de nuevo en tal desorden que los árboles

manotean como señores fastidiados

 

el mundo goza de enormes extensiones

según nuestro tamaño y duración

y debido a esa circunstancia

es preferible gastar minutos de vagancia en la lectura

de las páginas donde nació lo singular del hijo perdido de Praga

“Canción de Amor y Muerte del Corneta Cristóbal Rilke”

 

Y en cada frase debo recomenzar una y otra vez

porque existen allí unas honduras bordadas en misterios

de tal belleza que se debe retornar a la lectura

cuando la puerta abre y cierra

y el eco de unas voces,

nidos de fantasmas en el espacio inescrutable

repiten y repiten advertencias

 

Te lo voy a contar: Rilke, ya lo sabes, sufría de leucemia

y cortando una rosa para celebrar a una amiga

se hirió con una espina y entonces falleció, el poeta pereció en su ley

y en aquel libro que escribió a su pariente decía lo siguiente:

 

“Ha besado una pequeña rosa

que ahora puede marchitarse sobre su pecho.

El de Langenau lo ha visto, pues no logra dormir.

Piensa: yo no tengo ninguna rosa,

Ninguna”.

 

Cuando el viento baja de nuevo como apostando una carrera

con las golondrinas esenciales

con las brujas que endulzan el aliento de otoño

alguien dice ya vengo

y es fácil olvidar el párrafo anterior

y todo lo que antes importaba

 



 JOSÉ PULIDO: Poeta, escritor y periodista venezolano. Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y del Colegio Nacional de Periodistas de Venezuela. Vive en Génova, Italia.

2024: Premio Internacional de Excelencia "Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis" , Italia.
2022: Mención Honorífica del I Premio Internacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, México.
2000: Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía,
1989: Segundo Premio Miguel Otero Silva de Novela, Editorial Planeta, Venezuela.
Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España e Italia y su presencia es constante en el Festival Internacional de Poesía de Génova, Italia





 

 

 Con fotografìa de portada de Carlos Ayesta, fotografìa de contraportada de Gabriela Pulido Sinme  y diseño gráfico de Jairo Carthy, publicado por Ediciones Choroní, este libro del gran poeta José Pulido es imprescindible para cualquier amante de la poesía.


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SIEMPRE SE ESCUCHARÁN SUS PASOS EN LA ESCENA, por José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis”, Italia 2024: prólogo del libro "CARLOS GIMÉNEZ MEMORY biografía" de Viviana Marcela Iriart

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