![]() |
| Ed. Choroní, diciembre 2025 |
![]() |
| Ed. Choroní, diciembre 2025 |
Temas: poesía, humor, artes plásticas, teatro, infantil, crónica, novela, biografía, entrevistas.
Un GRACIAS enormes a nuestras lectores y lectores que nos permiten seguir creciendo.
Y un GRACIAS enorme a todas las personas que nos ayudaron, y ayudan, de diferentes maneras.
EDICIONES CHORONÍ
Viviana Marcela Iriart: Fundadora-Directora
Jairo Carthy: Director Creativo
Joanna Costa: Prensa.
edchoroni.blogspot.com/edicioneschoroni@gmail.com
Libros de venta en Amazon y libros de lectura gratuitos.
Una historia de superación
La Fundación Camerata de Caracas se trasladó a la Quinta “Gan-Gan” pocos días después del lamentable fallecimiento de Luisa Palacios, madre de la directora. Palacios fue una extraordinaria pintora, ceramista y grabadista, reconocida tanto a nivel nacional como internacional.
La "Nena" Palacios, como era conocida en el mundo artístico, residía en esa casa. Por ello, transformar un hogar con tanta historia en una institución musical –que albergaría personal de producción, profesores impartiendo clases y grupos artísticos ensayando– se presentó como un desafío considerable.
Lograr esta metamorfosis tomó varios años. Al inicio del proceso de mudanza, la casa contaba con personal de servicio residente: una ama de llaves, una cocinera, dos sirvientas, un chofer y un jardinero. Esta situación generó una problemática inmediata: el personal se había quedado sin empleo de un día para otro, y la Camerata no disponía del presupuesto necesario para cubrir sus sueldos. Además, un equipo tan numeroso no era necesario; bastaría con un jardinero eventual y una o dos personas para la limpieza.
En consecuencia, Isabel Palacios se encargó de reubicar al antiguo personal. El ama de llaves, que había servido a la "Nena" por muchas décadas, optó por retirarse. Las dos jóvenes sirvientas restantes, sin embargo, se quedaron.
Estas dos muchachas eran muy atentas y cariñosas. Por iniciativa propia, me llevaban exquisitos desayunos a mi oficina. Una de ellas, Elcida Gómez, siempre se mostraba dispuesta a aprender.
Un día, mientras me entregaba el desayuno, le di una lista de artículos de limpieza que debíamos comprar con urgencia. Estaba escrita a mano. Elcida se quedó mirando la lista, observándola detenidamente. Pensé: «Qué raro, ¿serán muchas cosas?» Finalmente, comentó:
—Disculpe, señor Jairo, pero es que nunca había visto una letra tan bonita como la suya —me dijo.
Ante tal elogio, solo pude agradecerle. Ella continuó:
—¡Cómo me gustaría tener la letra como la suya! ¡Me sentiría la mujer más feliz del mundo!
—Puedes tenerla —le respondí—. Con práctica lo puedes lograr. Cuando quieras, compra un cuaderno de doble línea, que se usa para eso, y yo te puedo poner ejercicios de caligrafía para que imites mi manera de escribir.
Salió de mi oficina muy emocionada y apurada. Retomé mis asuntos y pensé: «Seguro ya se le olvida lo que le dije, pero bueno, no importa, me gustó lo que me dijo».
Aproximadamente dos horas después, Elcida regresó a mi oficina cargada con las compras solicitadas:
—Aquí está todo lo que me pidió, señor Jairo. ¿Me lo llevo y lo pongo con las otras cosas de la limpieza?
—Sí, claro. Déjame el limpiador para la madera.
Entonces, sacó el cuaderno de la bolsa:
—Y aquí está el cuaderno que me pidió.
No podía creerlo. Estaba genuinamente interesada y me alegré muchísimo.
—Claro, Elsy —así le decíamos—, te voy a poner el primer ejercicio. Empecemos con tu nombre y varias palabras. Debes aprender las mayúsculas y las minúsculas. Yo tengo mi propio estilo: me enseñaron varios métodos, como el Palmer, pero hice una combinación de muchos, y así escribo desde hace años. Aunque te parezca mentira, por tener la letra bonita llevo ya varios años en la Camerata. Un día te cuento.
Para resumir la historia, esta dinámica se repitió a diario, muchísimas veces. Creo que llegó a escribir cerca de 50 cuadernos. Yo le corregía algunos detalles hasta que comenzó a escribir exactamente igual a mí.
Fue emocionante ver su progreso. En ese momento, necesitábamos a alguien que se ocupara de las llamadas telefónicas de la casa, que contaba con tres líneas. Convencí a Isabel Palacios de darle a Elsy esa responsabilidad. Estaría en una pequeña mesa a la entrada de la casa, manejando la central telefónica que se había instalado. Isabel aceptó.
Elsy pasó de ser la muchacha de la limpieza a ser la recepcionista de la Fundación, pero con una condición: seguiría haciendo paralelamente la limpieza de la casa (que era muy grande y de dos pisos). Ella aceptó el trato, feliz. Yo me hice responsable de que esta labor se cumpliera.
Mi asistente, Ana Cecilia Mendiola, era una muchacha maravillosa, muy bonita, preparada y capaz. Siempre me secundaba en todas mis "locuras". Le propuse:
—Mira, Ana, ¿qué te parece si hacemos que Elsy haga una dieta y rebaje?
Elsy tenía bastantes kilos de más, y su cabello, hasta la cintura, reflejaba que su apariencia no era algo que le preocupara, pues venía de un pueblo de Los Andes. Por supuesto, Ana Cecilia aceptó.
Fuimos a hablar con Elsy. Yo necesitaba que ella entendiera que queríamos lo mejor para ella y en ningún momento hacerla sentir mal. La acogida de Elsy fue grandiosa. Desde ese día se puso a dieta y, a los pocos días, Ana la llevó a la peluquería: le cortaron el cabello y se lo tiñeron de castaño claro con reflejos rubios. Quedó muy bien y muy bonita.
Como yo tenía mucha experiencia en maquillaje, le enseñé desde lo más básico hasta cómo cuidar su piel. Ana, por su parte, le arregló las cejas. Cada día, convertíamos a esa tímida muchacha en una empleada llena de seguridad.
Rebajó muchos kilos y Ana la llevó a comprar ropa y zapatos de tacón. Poco a poco, se convirtió en una joven cuya apariencia no revelaba sus orígenes. Se arreglaba las uñas y siempre estaba impecable.
Pero faltaba algo. Yo necesitaba que se formara más, así que conseguí unos cursos especiales para que se capacitara como Secretaria Ejecutiva en Computación. Los cursos, que serían los sábados de 8:00 a.m. a 1:00 p.m., correrían por mi cuenta. Durarían año y medio. Se lo ofrecí y, con lágrimas en los ojos, Elsy aceptó.
Todos los días se levantaba a las 5:00 a.m. para limpiar las oficinas, el salón principal y las habitaciones convertidas en salones de ensayo. Todo estaba listo para que a las 9:00 a.m., cuando llegábamos todos los que trabajábamos, ella fuera una más de nosotros.
Lamentablemente, si algo pasaba, como un derrame accidental, ella tenía que resolver y limpiar de inmediato para que no la volvieran a ver como la muchacha de la limpieza. A esas alturas, solo contábamos con ella, pues la otra joven ya trabajaba en la casa de la directora, a una cuadra de la Camerata.
Tristemente, me llamaron la atención y me pidieron que, por favor, no estuviera "cambiando" al personal de la Camerata. La advertencia era clara: si era sirvienta, era sirvienta y no secretaria.
Por supuesto, nunca cumplí esa orden. Afortunadamente, durante las más de cuatro décadas que duró mi estadía en la Camerata, ayudé y cambié la vida a muchos de ellos, aunque siempre a escondidas para no ser tan obvio.
El día de su graduación, Ana Cecilia y yo estábamos allí. Estaba tan orgullosa de lo que había logrado y nosotros también. Su empeño, su dedicación y el deseo de aprender y ser mejor obtuvo su recompensa.
Elsy tuvo que retirarse debido a la delicada salud de su padre. Siempre nos llamaba y se mantenía al tanto. Me preguntó cómo podía demostrar su agradecimiento, a lo que le dije:
—Siendo cada día mejor, preparándote y estudiando. Así sabré que contigo no me equivoqué y que, gracias a tu empeño y a tu esfuerzo, logras todo lo que te propones...
Y así pasó.
Caracas, 28 de Diciembre de 2025
Jairo Carthy
Jcarthyc@gmail.com

Más artículos en: Y ASÍ PASÓ
Ya está a la venta en Amazon el nuevo poemario del gran poeta venezolano JOSÉ PULIDO, quien en 2024 fue galardonado en Italia con el Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis” por su trayectoria poética: DETALLES METAFÍSICOS.
El libro tiene prólogo de Rodolfo Izaguirre, fotografía de portada de Carlos Ayesta, diseño gráfico de Jairo Carthy, fotos de Pulido de Gabriela Pulido Simne, editado por Ediciones Choroní para despedir un año lleno de grandes libros, exito y satisfacciones. A la venta en Amazon en versión papel y digital para el mundo entero. No dejes de leerlo.
De venta en AMAZON
El Taller Permanente de la Ópera de Caracas, hoy tristemente extinto, era mucho más que una academia: era el sueño latente de todo aspirante a cantante. Un lugar donde las voces se pulían y los futuros se tejían con notas altas.
Para ser parte de el, se requería algo más que ganas. Se necesitaba ganar la audición, y así lograbas tener asignado un maestro de Técnica Vocal y otro de Repertorio, y te abría además las puertas a un mundo de conocimientos: Idiomas, Historia de la Cultura, Análisis de la Ópera, Actuación, etc. Quienes no superaban la prueba solo podían ser oyentes, y probar suerte de nuevo.
El jurado, compuesto por los rostros más severos y sabios de la técnica vocal de aquel entonces, presidía ese rito. Su veredicto no solo definía un cupo, sino que podía sellar una promesa en un futuro cercano: cantar en las grandes producciones de la Ópera de Caracas.
En la segunda audición del Taller, entre la marea de nerviosismo y esperanza, apareció una joven muy especial. No pasaba desapercibida. Su nombre: INÉS SALAZAR. Esbelta, de pelo negro azabache, con una mirada muy penetrante que parecía ver a través del nerviosismo. Armando Africano, con su don natural y simpatía, se acercó a ella de inmediato. Y en pocos minutos, ya había desentrañado su historia, mientras ella, entregaba la partitura de lo que iba a ser su presentación.
Cuando llegó su turno, el tiempo se detuvo. No recuerdo qué pieza cantó, pero sí la densidad del aire que creó. Fue algo difícil, audaz, una muestra de talento que robó la atención de todo el público, forzado a un silencio sepulcral, pues aquello no era un concierto; y estaba prohibido aplaudir.
Armando y yo, cómplices, nos colábamos en la sala de deliberación del jurado con excusas triviales, buscando un indicio, un eco de aprobación. Queríamos escuchar lo que nuestros corazones ya sabían: Inés debía quedarse.
Afuera, la ansiedad era palpable. Para esos jóvenes, era el único camino hacia una carrera profesional. Yo estaba seguro de que quedaría. Había visto otros casos con menos atributos y habían quedado elegidos.
Al final de la tarde, la Directora Isabel Palacios, junto al jurado, aparecieron en el escenario. El momento de la verdad había llegado. Mi vista estaba fija en Inés, lista para celebrar su triunfo. Lentamente, los nombres fueron cayendo. Uno a uno. Y la lista terminó. Inés no fue nombrada.
El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier aplauso. Armando corrió hacia ella. Sus hermosos ojos ya estaban vidriosos, empañados por lágrimas de tristeza y frustración. Tratamos, con palabras vacías, de levantarle el ánimo, de hablarle de una próxima oportunidad. Ella, con una gentileza desarmante, nos dio las gracias. Salió del teatro lentamente, su andar pausado y pesado, llevando sobre sus hombros el peso de una derrota inmerecida.
Sentí una mezcla de rabia e impotencia. ¿Cómo era posible? Me obligué a callar, racionalizando con un doloroso: “Quizás su simpatía, su porte y su hermosa voz no fueron suficientes para ser aceptada”. Yo no sabía de canto la verdad y a lo mejor algo que no veía era la razón de este resultado.
Y aunque no lo crean, esto se repitió dos veces más. Un total de tres veces se presentó Inés ante ese jurado indiferente. Ya éramos amigos, una hermandad forjada en la espera y la desazón. El resultado, aunque doloroso, empezó a teñirse de un humor amargo: no aceptada, pero oyente; una opción que su orgullo afortunadamente jamás le permitió tomar.
Pero el destino, a veces, tiene una manera grandiosa de corregir los errores humanos.
Un día, llegaron a Caracas los maestros Osvaldo Alemanno, tenor italiano, y Helena Lazarska soprano polaca, quienes estaban impartiendo clases de técnica vocal en varias ciudades del mundo. En esas Clases Magistrales, Inés se presentó una vez más. Se dictaban en coproducción con la Ópera de Caracas. Esta vez, no hubo titubeos. Ambos profesores quedaron fascinados al instante por su extraordinaria voz, su temperamento, su fuerza dramática. Vieron en Inés no una aspirante, sino el potencial puro para convertirse en una estrella destinada a brillar en el firmamento de la ópera mundial. Y así paso…
Al terminar las clases, Inés Salazar partió. Se fue de Venezuela, guiada por las manos de esos ángeles que vinieron a alumbrar el camino que el Taller no quiso ver. La estadía en Europa fue difícil, la lucha económica, brutal. Pero Inés lo logró. Poco a poco, con una voluntad inquebrantable, se convirtió en una cantante de primera categoría, llegando a compartir escenario con gigantes como Plácido Domingo y Luciano Pavarotti, dirigida por maestros como Franco Zeffirelli.
Su carrera se alzó maravillosa. Me enteraba de sus triunfos a la distancia, viendo a la joven rechazada convertirse en una figura de fama internacional. Y por fin, el momento cumbre: fue contratada por el Teatro Teresa Carreño para una temporada de ópera, como la estrella internacional que era, cobrando el caché que solo las leyendas merecen.
Estoy seguro de que, en la plenitud de su gloria, Inés no guardó rencor a quienes le cerraron la puerta. Pero la ironía era palpable: TODAS aquellas que la rechazaron, ahora intentaban adjudicarse su mérito. Era patético, todas decían que era su alumna y mi mirada inquisidora a algunas de ellas las hizo callar.
Afortunadamente, nunca la aceptaron en el Taller. Su talento fue forjado en otras latitudes, lejos del juicio ciego de su tierra. Y así se cumplió, una vez más, el amargo refrán: “Nadie es profeta en su tierra.”
Y así pasó...
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
Caracas, 21 de Dicembre de 2025
T r a b a j a r e n l a Ó p e r a d e C a r a c a s e r a un a a v e n t u r a , p e r o e s t a r e n el...