Y ASÍ PASÓ... DORIS WELLS, MAS ALLÁ DE ANA / por Jairo Carthy - Caracas, 25 de Enero de 2026

 

 
 

La película Ana, Pasión de Dos Mundos marcó un hito inolvidable en mi carrera. Fue una oportunidad de compartir escena con grandes figuras del cine. Por el lado español, el talento y la presencia de Juan Luis Galiardo y una joven adolescente que ya brillaba como estrella: Maribel Verdú. Y, representando a mi amada Venezuela, nada menos que la primera actriz Doris Wells, junto a otras actrices y actores de inmensa trayectoria.

 

En su época, esta fue la producción más costosa jamás filmada en Venezuela, una ambiciosa coproducción entre España, Venezuela y también Colombia, de este último país se sumaron dos actores de gran prestigio al elenco principal.

 

La historia nos transportaba a la fascinante década de los años veinte. Esto significó que cada pieza de vestuario, maquillaje y decoración fue confeccionada con un rigor histórico impresionante. Podría escribir páginas enteras sobre la magnitud de esta experiencia, pero hoy quiero centrarme en un suceso que lo transformó todo, cambiando mi perspectiva sobre muchas cosas.

 

El filme comienza en España, en una majestuosa casa que funge como prostíbulo. Allí reside Charo (Doris Wells), la Madame que regenta el negocio, y Ana (Maribel Verdú), la favorita de muchos clientes, incluido un rico hacendado que vive en Venezuela, Fabián (Juan Luis Galiardo). Como una de las muchas exigencias de Ana para viajar a Venezuela, es que Fabián le construya una réplica exacta de la casa española, y tenía que viajar con ella todas sus compañeras de “trabajo”.  Y así se hizo en la vida real, la producción de la pelicula la construyó en las afueras de Calabozo.  La fidelidad era tal que el equipo español, que semanas antes había rodado algunas escenas en la locación original, no podían creerlo. La casa era la protagonista, aunque en mi historia personal, la verdadera protagonista estaba por revelarse.

 

Cuando leí el guion, me sorprendió que Doris Wells aceptara el rol de Charo. Era un papel protagónico, sí, pero muy diferente a todo lo que había hecho en su extensa y respetada carrera. La trama nos lleva a Venezuela, donde las prostitutas y su Madame se aventuran a probar el “negocio más antiguo del mundo” en los llanos venezolanos.

 

La escena de la llegada era monumental. Nuestros personajes arribaban en barco al puerto de La Guaira, recreando fielmente el ambiente de los años veinte. Un bote nos llevaba a tierra firme, donde Charo y Ana desembarcaban. Allí estaba yo, interpretando a Felipe, el fiel sirviente de Don Fabián, cuya misión era convertirse en la sombra, protector y cuidador de Ana. Cien extras vestidos de época, un mercado reconstruido con minucioso detalle... todo era color y bullicio que asombraba a las recién llegadas al trópico.

 

Todo se ensayó a la perfección. Filmamos tomas secundarias y llegó el momento de la escena principal: mi encuentro con las "Damas", la bienvenida y el diálogo entre Ana y Felipe  el cual observa Charo.

- ¡Acción!

Aunque ya había filmado otras escenas, la verdad es que estaba embargado por el nerviosismo y la ansiedad de que todo saliera impecable. Marchaba bien. Doris y Maribel, se acercaban a mi y Ana me preguntaba: - ¿Y tú eres Felipe? ¿Dónde está Fabián?. Yo respondía:- ¡Ah! Usted debe ser Ana, la señorita Ana, quiero decir...

 

De repente, - ¡Corten!

 

Todo se paralizó. No entendía lo que pasaba, pero había que repetirla. Esto significaba volver a colocar a todos los extras, a las actrices en el barco... ¡empezar de cero! De nuevo, - ¡Corten! Y así, una y otra vez.

 

Con cada repetición, el nerviosismo aumentaba, y la espontaneidad inicial se desvanecía. El ambiente se tensó; era la hora del almuerzo, el calor era asfixiante bajo esos trajes y el maquillaje. La desesperación crecía al no avanzar. Cerca de la décima repetición, justo antes de dar la acción, el camarógrafo se acercó a mí y, casi gritando frente a todos, me dijo:

- Jairo, no te muevas. Di todo lo que tengas que decir aquí. Yo moveré la cámara y todo saldrá bien.

Mi rostro debió ser de total incredulidad. Él se apresuró a explicar: - La Señora te está tapando (refiriéndose a Doris Wells). No sé por qué se mueve, pero te tapa totalmente. Hagámoslo como te digo, aunque ella te tape, yo me moveré con la cámara y la escena saldrá.

Con esa sensación de desconcierto y duda, filmamos la toma.

- ¡Corten! ¡Listo, queda esa toma! - anunció el productor - ¡Corte de comida!

Yo miraba a Doris Wells; ella solo sonreía. Maribel me miraba, como diciendo: ¿Qué acaba de pasar?.

 

 

La polémica escena de la película

 

Fui directo a hablar con el director, Santiago San Miguel. Le agradecí la oportunidad, pero fui tajante: - Ha sido maravilloso trabajar para ti, pero con esa señora no sigo. Tenemos demasiada relación como personajes, y no voy a vivir el infierno que acabo de pasar por su culpa.

 

Una muy querida amiga, quien tenía uno de los personajes pincipales y era la esposa del Director , Perla Vonasek, me tomó del brazo: - Ven acá, mi amor, cálmate. Tienes toda la razón, pero vamos a conversar y a relajarnos. Este calor es insoportable. ¿Nos tomamos una cerveza bien fría?

 

Y me convenció. No quería perjudicar la producción, pues sustituir mi personaje implicaría repetir muchas escenas. El siguiente llamado era para el día siguiente, la continuación de la llegada de las "Damas"a Venezuela.

 

Llegué a la Casa Guipuzcoana, en La Guaira, el punto de reunión, bastante nervioso. Tenía que enfrentar a Doris Wells, y sabía que no sería fácil. Apenas me vio, se acercó: -Hola, mi amor, te estaba esperando. Ven, siéntate aquí conmigo, en mis piernas, como cuando eras niño.

 

En ese instante comprendí que Perla y Santiago habían hablado con ella. Intenté excusarme, sintiendo la mirada de todo el mundo: - Disculpe, pero no me parece, no entiendo…

 

- Ven, no te dé pena. Pena me debería dar a mí por lo que pasó ayer. De verdad, no sé qué me pasó, la repetidera me parecía divertida, pero ven, siéntate.

Me senté en sus rodillas, para no contradecirla, y poco a poco me fui rodando hasta que quedamos compartiendo la silla.

 

- Ya sé que eres el hijo de Ramón Carthy. Me recordé que él te llevaba muchas veces a Radio Caracas Televisión cuando eras niño y siempre te sentabas en mis piernas, y conversábamos los dos. Han pasado muchos años, y ahora estamos juntos en este proyecto. Te prometo que nada parecido volverá a pasar. Lo que pueda hacer por ti, solo pídemelo y lo tendrás.

 

Y así fue. A partir de ese momento, fuimos inseparables.

 

Nos fuimos varias semanas a Calabozo para rodar en el famoso set de la casa. La  mayoría del elenco era citado a las 5 de la mañana, ella, por su nombre y trayectoria, llegaba a las 7 a.m., y yo con ella, pues mi preparación era sencilla. El trayecto hasta la locación, de una hora, se convirtió en el escenario de nuestra gran amistad. Yo le repasaba los parlamentos; ella, ¡imagínense!, me pedía consejos sobre su personaje. Durante la filmación, yo estaba atento a su bienestar. Descubrí a una mujer increíblemente divertida, de una belleza deslumbrante y con un glamour y una clase poco comunes. Era fascinante verla transformarse al actuar, encarnando a esa Madame interesada en el dinero, capaz de vender a las jóvenes al mejor postor.

 

Aprendí muchísimo a su lado. Hicimos planes, muchísimos planes. Ella soñaba hacer  una miniserie junto a Marina Baura y Carlos Mata, la que sería su despedida como actriz, y yo trabajaría con ella en la producción. Aunque siempre le recordaba: - Acuérdate que lo mío es actuar.

 

-Claro, Jairo, eso lo sé. Ya verás la cantidad de cosas que vamos a hacer, eres muy talentoso y con esa voz, todas las puertas se te abrirán.

 

Pero no fue así. Ninguna de esas puertas se pudo abrir.  El destino había trazado un final precipitado con una enfermedad incurable que la estaba consumiendo y no lo sabíamos.

 

Una mañana, mientras esperábamos el taxi en el lobby del hotel para nuestro encuentro diario, me dijo: - No sé qué me pasa, tengo un dolor terrible en el pecho. Seguro que dormí mal . Fui de inmediato a la cocina y pedí que le prepararan un té de anís estrellado. - Tómate esto, Doris, seguro que son gases, te va a aliviar . Y, en efecto, la alivió… por unas horas.

 

Le tocaban las escenas más fuertes de su personaje, justo cuando todo en la trama comenzaba a desmoronarse. Y el mismo drama se replicaba en la vida real, donde la enfermedad iba destruyendo lentamente a este maravilloso ser que en apenas una semanas nos habiamos hecho inseparables.  Repasábamos la letra; yo veía que por momentos le costaba respirar, pero al pararse en el set y enfrentarse a Fabián, la adrenalina hacía su magia, y la fuerza y el coraje de Charo brotaban con intensidad. ¡Cómo la admiraba! Era increíble verla, aunque por dentro, sabía que cada vez estaba peor.

 

Este texto es un humilde homenaje a un ser maravilloso, lleno de alegría, de vida, y de planes y proyectos que, con el tiempo, se volvieron sueños truncados. Un homenaje a la gran actriz, a la gran mujer. Conocí aspectos suyos que nadie sabía. Al regresar al hotel, siempre poníamos en el taxi a Wilfrido Vargas y, junto a Cristina Reyes, otra excelente actriz y amiga valiosísima, ibamos moviendonos al ritmo del merengue todo el camino.

 

Recuerdo que le alegró mucho saber que mi padre vendría ese Diciembre e hicimos planes para que se encontraran de nuevo y ver juntos la pelicula.  Pero nada de eso sucedió. Yo tenía que regresar a Caracas tres días antes de que finalizara las filmaciones.  De repente, cambiaron el plan de rodaje: un avión vino a buscarla. No quiso volver a ver a nadie.   Se fue apagando, poco a poco.  No llegó a ver su película y yo, nunca más la volvi a ver.

 

Esta no es solo una anécdota de cine; es la memoria de cómo una de las figuras más grandes de nuestra pantalla se detuvo, me miró y me tomó de la mano. Ese gesto en la silla, ese abrazo sutil después del conflicto, no fue solo un acto de disculpa, sino el inicio de una amistad genuina que me regaló las lecciones más valiosas sobre el arte, la humanidad y la fragilidad de la vida. Aún resuena en mí su voz llena de promesas y fe en mi talento. Aunque el destino le impidió concretar esos sueños, Doris Wells me abrió una puerta mucho más importante que cualquier oportunidad profesional: la puerta de la confianza y el afecto incondicional. La recuerdo con el ritmo alegre de Wilfrido Vargas, con su belleza imponente y con esa promesa de un futuro que hoy, sin ella, se convierte en el recuerdo más dulce y emotivo de un set de filmación que ya es eterno.

 

Y así pasó …

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 
 
 
Más artículos en: Y ASÍ PASÓ 
 
 
 

De venta en AMAZON


 

"Abrazo de Palabras", el nuevo y extraordinario poemario de José Pulido, enero 2026, Ediciones Choroní


     
"EL ÁVILA ES COMO DECIR AMÉN CUANDO SE REZA POR CARACAS"


Conmovedor poemario de José Pulido en homenaje a algunas de las personas de la cultura que lo inspiran: María Teresa Castillo, Carlos Giménez, Rodolfo Izaguirre, Elisa Lerner, Marilyn Monroe, Morella Muñoz, Cabrujas, Hanni Ossott, Sonia Sanoja... y Caracas y el Ávila. 

Diseño de portada de Claudia Patricia Lopez Osornio. Diseño gráfico de Jairo Carthy.  Ediciones Choroní, enero 2026

A la venta en Amazon. 
 

Y ASÍ PASÓ... EL SILENCIO DE ADINA / por Jairo Carthy - Caracas, 18 de Enero de 2026

 

Les prometí contarles el dramático episodio que se vivió durante una de las funciones de "El elixir de amor" de Donizetti. Por razones profundamente personales y obvias, el nombre de la protagonista permanecerá en el anonimato. Pronto comprenderán el por qué de esta reserva.

 

El montaje en el Teatro Nacional de Caracas fue una producción especial de tres funciones. El rol protagónico de Adina se repartió entre tres sopranos distintas, una para cada noche. Para el personaje del tenor, tuvimos el honor de contar en dos funciones con el famosísimo Maestro Luigi Alva, invitado estelar, mientras que una función recayó en el talento de nuestro tenor venezolano, Eduardo Calcaño.

 

Como era tradición en la Ópera de Caracas, el elenco, a excepción del Maestro Alva, fue el resultado de rigurosas audiciones. Este montaje en particular brilló bajo la dirección escénica del maestro José Ignacio Cabrujas y la dirección musical del maestro Carlos Riazuelo.

 

Al ser una ópera bufa, ambientada en la época actual y rebosante de color y alegría, esta producción prometía momentos inolvidables y divertidos, como aquella famosa anécdota de la franela de Superman. Mi labor en la producción era doble: además de mis responsabilidades habituales, me encargaba del maquillaje de los protagonistas, una destreza que adquirí en mi carrera como actor. Me apasionaba la capacidad de embellecer, transformar y dar nueva vida a cada cantante o actor a través del maquillaje.

 

En la segunda función, Adina fue interpretada por una soprano de una dulzura inusual. Su cabello corto, por arte de la magia del postizo, se convirtió en una hermosa cabellera que complementaba su aura. Poseía una voz preciosa y un talento innegable, que la había hecho triunfar en la audición. Aunque no era una muchacha, sino una mujer de unos 32 años, su carisma la hacía perfecta para la Adina de Cabrujas.

 

El día del estreno de su función, la emoción era palpable. El éxito de la noche anterior había sido glorioso, y las entradas para esta y la última función estaban agotadas. El compromiso con la excelencia artística se sentía en el ambiente.

 

El primer acto transcurrió en perfecta armonía. Las risas y los aplausos del público atestiguaban el buen ritmo. Llegó el intermedio, de tan solo quince minutos para una transformación frenética: convertir a Adina en la anfitriona bellísima de una gran fiesta popular. El camerino se convirtió en un torbellino. María de las Casas, nuestra extraordinaria diseñadora de vestuario, se encargaba del traje y el peinado, mientras yo esperaba mi turno para los retoques de maquillaje.

 

De repente, la puerta se abrió de golpe. Apareció una figura casi espectral, como sacada de una película de terror de época. Una mujer de tez morena, con una peluca rubia ceniza y un traje ridículamente ajustado, dos tallas menos, rematado con un tapado de piel y ¡guantes! Era una aparición verdaderamente inoportuna. Con una furia contenida, se abalanzó sobre Adina y le gritó, casi al oído:

-¿Y, entonces? ¡¿Qué te pasa?! ¿Por qué estás cantando así? ¿Dónde están esos agudos maravillosos que te he enseñado? ¡Estás haciendo el ridículo, una mujer profesional como tú!

María y yo nos miramos, pasmados por la violencia de la escena. Al ver el rostro roto de nuestra soprano, María reaccionó inmediatamente: - Lo siento, señora, pero aquí no puede estar. Le ruego que salga del camerino. La mujer, fuera de sí, gritó: - ¡Yo soy su maestra de canto! ¡Vine para que reaccione, ella puede cantar mucho mejor!.

Las lágrimas de Adina brotaban sin control. Entre sollozos entrecortados, apenas pudo musitar: - Discúlpeme, Maestra... estoy muy nerviosa... es la primera vez que hago esto... de verdad lo siento...

 

Me sumé a la defensa de María: - Señora, usted podrá ser su maestra, su madre o su abuela, pero está prohibido que esté aquí.  No sé cómo ha llegado. Llamaré a los vigilantes para que la saquen.

-¡A mí no me saca nadie!, bramó la mujer. - Ya me voy, pero voy a estar pendiente a ver si a partir de ahora sacas ese papel. ¡Quiero oír esos agudos, quiero volumen, pasión, todo lo que te enseñé!.

 

María de las Casas, una mujer de carácter implacable, respetada por su trayectoria, talento e incluso por haber sido Miss Venezuela, tomó a la intrusa del brazo y la empujó hacia la salida.  - ¡Fuera de aquí! No venga a hacer daño con sus comentarios malsanos.

 

Al fin, la pesadilla se fue. Adina lloraba con una impotencia desoladora. - No le hagas caso a esa mujer, la consolaba María. - Lo estás haciendo excelente, ¿verdad, Jairo?.  --¡Claro que sí, es la verdad, y estás preciosa!, confirmé. - Ahora, por favor, cálmate y deja de llorar, porque así no puedo maquillarte.

 

Salí corriendo en busca de Isabel Palacios. Como músico y cantante, ella podría brindarle el apoyo emocional que yo, solo con palabras de ánimo, no podía darle. Le conté la tragedia mientras volvíamos corriendo al camerino. Isabel abrazó a Adina y le dijo con firmeza: - No le hagas caso a esa mujer, que no es ni maestra ni nada. Estás cantando precioso. Y esos agudos que ella te pide ni siquiera están en la partitura. Estás cantando exactamente como debe ser.

 

La logró tranquilizar. Pude, entonces, comenzar la difícil tarea de disimular sus ojos congestionados, mientras María le ajustaba un tocado. A pesar del retraso, Adina quedó bellísima. Salimos al segundo acto, donde ella y el tenor encabezaban la escena. 

 

Desde el público, yo la observaba con el corazón encogido. Se notaba su tensión, pero afortunadamente, todo iba fluyendo. Las risas y los aplausos volvieron, y la ópera se acercaba a su final. Donizetti creó un dueto sublime en la culminación, un momento para el lucimiento absoluto de la soprano y el tenor.

 

De repente, Adina comenzó a cantar su parte del dueto ¡tres tonos por encima de lo indicado! La partitura pide un crescendo emotivo y cada vez más agudo, pero ella ya lo llevaba al límite. Al intentar forzar su voz a tales alturas, perdió el control, se quedó sin aire, y en un instante de dolorosa vulnerabilidad, se detuvo. Se hizo el silencio. 

 

Carlos Riazuelo, el director, paró la orquesta. El silencio se volvió aterrador. El rostro de Adina era la imagen de la desesperación, sus ojos implorando perdón al público, a los palcos, a los balcones. La confusión del tenor era inmensa. Él le tomó las manos.

 

En ese silencio que lo abarcaba todo, se escuchó la voz de Riazuelo. Una voz dulce, tierna, amable y serena:

-¡Vamos, tú puedes! Tranquila. Yo sé que lo puedes hacer. Has cantado como nunca, y ahora terminemos como solo tú sabes, como lo hicimos en los ensayos.

 

La soprano asintió con la cabeza, el tenor la abrazó. Riazuelo dio la indicación a la orquesta, marcando el tono para evitar otro descontrol. Retomaron el dueto. Cuando llegó el hermoso agudo final, que Donizetti pide con dulzura, nitidez y volumen, Adina lo dio. Fue perfecto.

 

Al terminar, la reacción fue indescriptible. Una ovación increíble. La gente se puso de pie, aplaudía y gritaba "¡Bravo!". Adina, con una venia, agradeció la solidaridad y el apoyo de su público. Muchas personas lloraban, incluyéndome. Era imposible no emocionarse tras presenciar un acto tan profundo de apoyo humano y fragilidad. 

 

Nadie nunca más volvió a saber de esta cantante. Cuando fuimos al camerino ya no estaba. Solo estaba el traje y su partitura. No regresó nunca más a un escenario. Desapareció... como si se la hubiera tragado la tierra. No pudo superar lo que vivió esa noche.

 

Y es una lástima inmensa, porque estoy seguro de que habría tenido una carrera brillante. Por la dignidad de su recuerdo y por la pena de su adiós silencioso, es que prefiero, aún hoy, omitir su nombre.

 

Y así pasó...

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com


Más artículos en: Y ASÍ PASÓ 
 
 

 De venta en AMAZON



Y ASÍ PASÓ ... / FUERA DE LIBRETO por Jairo Carthy / Caracas, 11 de enero de 2026

 

En los montajes de la Ópera de Caracas, había un barítono que era la sensación del momento. No solo tenía una espectacular voz, sino una simpatía que desarmaba al más serio. Su nombre: William Alvarado, el eterno buen humor hecho persona.

 

Dos óperas quedaron grabadas en la memoria de la compañía: “El Elixir de amor” de Donizetti y “Don Giovanni” de Mozart. Y, claro, William tenía papeles protagónicos en ambas.

 

El maestro José Ignacio Cabrujas, el director de estas aventuras, decidió darle una sacudida moderna a “El Elixir”: ¡la ambientó en una estación de gasolina! El escenario tenía un árbol gigante y multicolor que parecía sacado de un cuento psicodélico

 

Fui a un ensayo y vi mi oportunidad. William interpretaba a "Belcore", un policía pedante y fanfarrón que llegaba en moto. En el clímax de su confrontación con el tenor (Nemorino) por la chica (Adina), William se daba golpes en el pecho como un gorila en celo para mostrar su machismo. ¡Era divertidísimo!

 

Y ahí, ¡Zas!, se encendió el bombillo de la genialidad (o de la travesura). Como la ópera era cómica y se prestaba para el desparpajo, le propuse a William una idea de oro:

- Mira, William, ¿por qué no le metemos picante? En vez de los golpes de gorila, nos inventamos una franela con la "S" de Superman. Te abres la camisa de policía como si fuera tu identidad secreta. ¡El público va a enloquecer!

 

A William le pareció una idea épica. El único problema: mantener el secreto de Estado hasta la noche del estreno. Solo se revelaría el día de la función. Manos a la obra. Compré la franela azul, y yo mismo, con toda la destreza de un artesano clandestino, dibujé, recorté y pegué el logotipo. Quedó perfecta y escandalosamente vistosa.

 

Llegó el gran día. En el camerino, le puse con mucho cuidado la franela a William. ¡Se veía espectacular! El tipo era fuerte y tenía unos pectorales que hacían justicia a la "S".

Mi cómplice, Armando Africano, el Coordinador de la Opera de Caracas, era el único otro ser humano al tanto de la conspiración. Nos sentamos en el público con una sonrisa de niños traviesos a esperar nuestro momento de gloria.

 

Y sí, amigos, el plan funcionó a la perfección.

 

Cuando William se enfrenta a Nemorino y se abre la camisa... ¡BOOM! Superman en la estación de gasolina. El teatro estalló. Gritos, risas histéricas y un vendaval de carcajadas que casi ahogan la música. Nadie, absolutamente nadie, lo vio venir.

 

En el intermedio, yo estaba flotando de la emoción, sintiéndome el genio del humor. Pero la alegría me duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Cabrujas me estaba esperando.

Me soltó un sermón que aún recuerdo:

- Eres muy creativo, Jairo, y sí, fue un chiste barato que gustó. Pero escúchame bien: YO SOY EL DIRECTOR. Esta puesta en escena, con sus virtudes y sus defectos, es MÍA. Lo tuyo fue una falta de respeto y de ética imperdonable para un profesional como tú. Si querías "inventar", me lo hubieras consultado. ¡Tenía razón! Me quedé hecho polvo. El público estaba encantado y lo felicitaba a él por la sorpresa y su genialidad.

 

(No todo fue risa. En ese mismo montaje, pasó algo más... algo terrible. Próximamente, en otra entrega.)

 

Pero las advertencias de Cabrujas son como las dietas de Año Nuevo: duran poco.

 

William sabía que, años atrás, yo había tenido un éxito arrollador interpretando a "Leporello" en una versión moderna de “Don Juan” (los detalles de ese montaje están en mi libro “Como soportar la vida con humor, Confesiones de un actor.”)

Y vino con la súplica:

— Jairo, necesito tu ayuda. Quiero que me crees mi propio Leporello, con ese toque de locura que tú le diste. ¡Quiero robarme el show como tú lo hiciste!

Pensé: Ese personaje me dio críticas extraordinarias, y ¿por qué no repetir la dosis?

 

Así que, de nuevo, empezamos la conspiración, esta vez silenciosa y técnica. Le di instrucciones a William a espaldas de Cabrujas: "Debes cojear, debes tener un defecto físico, un caminar diferente, un brazo mas corto que el otro". Al llegar a los ensayos generales, ya estaba transformado, y con el maquillaje! Le dimos un aire libidinoso y repulsivo, y William le agregó el toque maestro de la falta de algunos dientes.

 

El resultado fue EXTRAORDINARIO. William se convirtió en un Leporello único y se robó el show cada noche, justo como me había pasado a mí.

 

Pero lo que yo no podía saber y ni siquiera sospechar era el giro del destino (porque estas cosas casi nunca suceden) y es que luego de ocho años, la obra de teatro “Don Juan” donde yo formaba parte, se volvería a montar para participar en un Festival en España, con funciones en Madrid y reponerla de regreso de nuevo en Caracas.

 

Cuando hicimos la temporada, solo había pasado un año de haberse presentado la ópera “Don Giovanni”. El día del estreno William estaba en primera fila. La gente que había visto la ópera me felicitaba por mi actuación con un comentario que me hacía soltar una carcajada interna:

- ¡Jairo, te felicito! Se nota que te inspiraste en la creación del "Leporello" de William. ¡Son casi idénticos!

 

Nunca aclaré la verdad,  tanto William como yo disfrutamos dándole vida cada uno en su mundo a Leporello. En esta ocasión, el maestro Cabrujas jamás sospechó mi "dirección escondida". Me aseguré de que William hiciera que todo pareciera espontáneo.

 

 

Y así pasó.

Jairo Carthy

Jcarthyc@gmail.com


 Más artículos en: Y ASÍ PASÓ 
 
 
 
 
De venta en AMAZON
 

Nueva edición del poemario "Te he soñado tanto LIBERTAD-I have dreamed of you so much FREEDOM", de Beatriz Iriart, más económica para América Latina, en AutoresEditores

       Poemas de este libro han sido leídos, publicados e inspirado obras musicales en Conmemoraciones del Holocausto en Europa y América.